Traidores a la patria. Apuntes tras las elecciones del 10N

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Por JAVIER ARISTU

Street scene Kingwood West Virginia-Walker Evans 1935 [Library of Congress, Prints & Photographs Division, FSA-OWI Collection]

Street scene Kingwood West Virginia-Walker Evans 1935 [Library of Congress, Prints & Photographs Division, FSA-OWI Collection]

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Hace treinta años caía el Muro de Berlín. La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 marcó, simbólicamente, el fin de una experiencia y de un mito: los del comunismo en tierras europeas. Con el derrumbe de aquellas piedras se fue también, en una primera fase, una manera de entender la vida social, un paradigma sociopolítico, una filosofía de vida. En una segunda fase, como no podía ser de otra manera, se debilitaron e incluso en algunos casos desaparecieron las antítesis de aquel proyecto, los modelos políticos y sociales que dieron sentido a la lucha contra el comunismo durante el periodo de la Guerra fría: partidos socialcristianos, liberales e incluso socialdemócratas dejaron su función predominante en sus respectivas sociedades y dieron paso a nuevas formulaciones políticas que tenían poco que ver con el contraste paradigmático “comunismo/social-liberalismo” de los treinta años gloriosos.

Tras la desaparición del comunismo, se le fue incorporando al modelo liberal occidental, a lo largo de un lento proceso durante estos últimos treinta años nada gloriosos, un conglomerado de representaciones políticas heterogéneas, amorfas, mutantes y con señas de identidad distintas y a la vez unívocas. Un capitalismo completamente cambiado y transformado ha sido el ecosistema que ha provocado el nacimiento de una heteróclita malla de formaciones populistas, nacionalistas, independentistas, soberanistas que pueblan la geografía europea y ponen en cuestión la estabilidad de sus sociedades, todavía sustentadas por formaciones socialdemócratas, liberales o conservadoras. Paradójicamente, o precisamente por ello, la crisis de este particular Estado-Nación ha provocado el surgimiento de fuerzas nacionalistas provenientes, a su vez, de la destrucción de los tradicionales lazos de cohesión social y de identidad (de clase, de nación, de ideología) resultados por un lado del sistema comunista y, por otro y paralelamente, del sistema industrial fordista de las sociedades capitalistas.

Este nuevo capitalismo, financiero, globalizado, invasivo, digitalizado, ha terminado por destruir las viejas identidades sin crear nuevas señas de identidad colectivas ni nuevas correas de seguridad. Este innovador capitalismo es quizás el actor principal de toda esta obra que dura más de dos décadas: ser rico, sin límites para apropiarse de todo cuanto esté a su alcance, sea esto un startup, un colegio o una demanda de salud. Estamos en un territorio de selva, sin leyes consensuadas, sin referentes de ruta, con horizontes desconocidos. Y el saldo de este estado colectivo de ánimo es preocupante: sociedades indefensas, objetiva y subjetivamente, castigadas por la agresión de poderes económicos conocidos y con nombre y apellido, y huérfanas de un Estado paralizado y a su vez maniatado por deudas públicas equivalentes al cien por cien de su PIB. Deuda que ha venido a constituirse en el “sistema natural de financiación” de los Estados y que tiene atados a la mayoría de los países del capitalismo avanzado: Francia (98%), Estados Unidos (104%), Bélgica (102%), Singapur (113), Italia (132%), Portugal (121%), Japón (234%). Concretamente, España tenía en 2007 una deuda del 35% de su PIB, hoy llega casi al 100%.Estamos, por tanto, en un momento crítico donde la destrucción social se contrapesa con una reconstrucción por la base y por la cúspide de nuevos dispositivos de (des)conexión productiva, de (re)organización social y de (des)composición política. En fin, un momento no precisamente dulce.


Este nuevo capitalismo, financiero, globalizado, invasivo, digitalizado, ha terminado por destruir las viejas identidades sin crear nuevas señas de identidad colectivas ni nuevas correas de seguridad


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En esta tesitura destructiva y reconstructiva, en España llevamos ya cuatro elecciones generales a lo largo de cuatro años (2015-2019). Y sin conseguir todavía los resultados que den una fórmula de estabilidad y durabilidad al gobierno de los españoles. La crisis española de 2008, concreción nacional de la internacional, se llevó por delante el bipartidismo de nuestros peculiares treinta gloriosos, cuando PSOE y PP se intercambiaban gobiernos nacionales, regionales, diputaciones y ayuntamientos permitiendo en sus márgenes la existencia de una pequeña fuerza de izquierda (IU) y de los dos polos referentes de la cara nacionalista periférica del país (PNV y CiU).Estas segundas elecciones de 2019 han demostrado que el bipartidismo se ha debilitado,aunque no ha desaparecido. Ha perdido fuerza y capacidad de absorción, pero los partidos que le dieron sentido no dejan de ser ejes centrales de combinaciones parlamentarias [Gráfico 1].

Gráfico 1


Estas segundas elecciones de 2019 han demostrado que el bipartidismo se ha debilitado, aunque no ha desaparecido. Ha perdido fuerza y capacidad de absorción, pero los partidos que le dieron sentido no dejan de ser ejes centrales de combinaciones parlamentarias


Se ha confirmado: ni Unidas Podemos desbanca al PSOE ni C’s da el sorpasso al PP. Aquel proyecto de los nuevos sujetos políticos nacidos en 2015 no ha tenido éxito: uno, Ciudadanos, casi ha desaparecido y el otro, Podemos, pasa por aprietos. Aun perdiendo votos, y muchos, desde 2015 tanto PSOE como PP siguen siendo los bastiones de la correlación izquierda/derecha, una correlación que por otra parte sigue estabilizada [Gráfico 2]

Gráfico 2

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El nacionalismo periférico –hay que distinguirlo del nacionalismo centralista– abunda en siglas pero poco más: su incremento en votos populares es mínimo y sigue estando desequilibrado frente a las opciones estatales [Gráfico 3]. Hablamos de un conjunto de 650.000 votos en Euskadi, los que reúnen PNV y Bildu de un total de electores de 1.183.000 votos, lo que supone aproximadamente el 55 por ciento del voto vasco. Y en Cataluña son 1.640.000 los votantes soberanistas (ERC, JxCat, CUP), que suponen el 42,3 por ciento del voto expresado en Cataluña.En Galicia la fuerza estrictamente nacionalista, el BNG, no llega a los 120.000 votos, lo que supone el 8 por ciento del de esa comunidad. El voto en el País vasco y en Cataluña sigue manifestando un alto porcentaje de voto nacionalista o soberanista o independentista, pero con dos vectores internos en tensión permanente: por un lado, la capacidad de hegemonía del PNV en su país hay que compensarla con el otro sujeto soberanista como es Bildu; y en Cataluña asistimos de nuevo al debate histórico entre ex-convergentes y esquerras republicanas por ver quién hegemoniza el procés. El otro vector sin duda es el de la diversidad, complejidad o particularidad identitaria de las sociedades vasca y catalana, manifestadas indefectiblemente desde 1977: son electorados partidos por la mitad entre nacionalismo particularista e identidad española. Son sociedades donde la coexistencia de identidades subjetivas diferentes ha sido a la vez un modo de convivencia y una fuente de conflictos, sin síntesis completa hasta el momento para que podamos definirla como síntesis superadora del conflicto. Más bien en estos momentos estamos en estado de conflictividad de esa cohabitación.

Gráfico 3

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De los resultados estrictamente matemáticos, podemos deducir que la mayoría de los partidos de ámbito estatal pierden y solo Vox gana. Políticamente, sin embargo, puede que haya otros ganadores y otros perdedores, cosa que veremos conforme avancen las semanas hacia la previsible investidura de Pedro Sánchez con un gobierno de coalición entre PSOE y UP.


De los resultados estrictamente matemáticos, podemos deducir que la mayoría de los partidos de ámbito estatal pierden y solo Vox gana. Políticamente, sin embargo, puede que haya otros ganadores y otros perdedores


Ahora bien, los resultados son malos para casi todas estas fuerzas porque ninguna de las estatales, salvo Vox, se puede decir que gana sensiblemente respecto a hace cuatro años. Ninguna fuerza política sale de estas elecciones pudiendo decir que es la gran ganadora. Es el PSOE sin duda el que, aun no cumpliendo ninguno de los objetivos que se marcó en el verano, puede sacar mejores réditos de estas elecciones al poder articular un gobierno bajo su guía. Y es UP quien estando septiembre a punto de perder todas sus bazas ahora se encuentra, en el mapa de correlaciones políticas, algo mejor que hace un año. Paradojas de la política.

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Detengámonos en el voto de Vox y en sus causas. Y tengamos cuidado con la fácil comparación con los “populismos” de otros países, llámense Liga en Italia, Rassemblement National en Francia o Alternative en Alemania por ejemplo. Vox es a la vez un fenómeno con similitudes europeas pero con raíces muy españolas. La propuesta del partido de Abascal ha capturado una importante franja de voto de esos sectores socioeconómicos que podemos decir que están influidos por la «antipolítica»: es un voto del cabreo, de la protesta, del rechazo a un sistema político y económico que castiga o margina a parte de sus ciudadanos. Se parece, en ese sentido, a los «chalecos amarillos» franceses, pero nada más. Por otra parte, el votante de Vox es un votante que generalmente lo hizo en las anteriores elecciones al PP y Ciudadanos, es un voto del campo de la derecha. Como se ha explicado en diversos medios por distintos analistas, hay dos impulsos que han sido determinantes para configurar ese desplazamiento del voto del bloque PP/C’s hacia Vox. Esos dos desencadenantes habrían sido el de la llamada «identidad nacional» agredida por la otra marca separatista catalana, y el de la «presencia del extranjero» entre nosotros, extranjero que nos quitaría a los españoles el trabajo, la vivienda, la protección del estado. Ambas cuestiones están relacionadas entre sí y afectan al campo de las subjetividades y de los valores más que al de los intereses económicos como grupo social. En este sentido, el votante de Vox está relacionado con ese voto social caracterizado por la sensación de indefensión ante la potencia del impacto globalizador y transformador del capitalismo. No es tanto el voto «españolista» en clave histórica de raza o de franquismo sociológico –nuestro «fascismo español»– aunque también lo sea en muchos casos, como un voto de protesta difusa y amorfa ligada al deterioro de las condiciones de vida de capas medias golpeadas por la inseguridad y el aumento de las desigualdades [ver Los orígenes del populismo. Estudio sobre un cisma político y social en este mismo número de PI]. Vox por tanto es la expresión de un voto simple, diáfano, de rechazo al sistema actual de convivencia, pero al mismo tiempo aporta datos que hacen más compleja y dificultosa la relación de las propuestas de una izquierda actual con el conjunto de una sociedad disgregada y agredida.

Pasado el voto viene la acción política. ¿Cómo se va a actuar en relación con un partido que propone, aun basándose artificiosamente en ella, la derogación del cuerpo básico de la nuestra Constitución? No otra cosa es la invitación que nos ha hecho Vox a eliminar el Estado de las Autonomías y el rechazo precisamente del artículo primero de  nuestra CE: «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.» La presencia de Vox en el Congreso con 52 diputados es el factor tóxico más agresivo de toda nuestra democracia en sus 42 años de existencia. Hasta ahora, ese factor tóxico ha desarrollado una potente capacidad de envenenar y pervertir a buena parte de la tradicional derecha española: véanse especialmente los casos de Andalucía y Comunidad de Madrid, donde la coalición de PP y C’s gobierna con el apoyo necesario de Vox. La experiencia de Ciudadanos, convertido en liebre del ascenso de Vox (Ernest Juliana dixit), es lo suficientemente clarificadora como para plantearse qué gana y qué pierde el PP aliándose con Vox. Hasta ahora el partido de Casado sigue jugando a las casitas con el partido xenófobo creyendo que lo va a manejar sin darse cuenta del riesgo sistémico que tiene para nuestra democracia–de la que también forma parte desde su inicio el partido fundado por Fraga–cualquier veleidad combinatoria con Vox. Pero, por la otra parte, queda pendiente la reflexión de nuestra izquierda política a partir de esos 3.600.000 votos cosechados por Vox. ¿Es responsabilidad de esa izquierda –PSOE y UP entre otros– que haya crecido aquel partido? ¿Tienen algo que ver los errores, deficiencias, incapacidades y contradicciones de nuestros exponentes progresistas que siguen hablando del dedo que señala la luna en vez de fijarse en esta? Ha llegado seguramente la hora de análisis más complejos y más allá de nuestro perímetro de salvación.

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De todos los mapas y gráficos que han venido publicándose en estos días postelectorales hay uno que me parece significativo. Es el que publicó el diario El País donde se recogen los resultados por municipio, coloreando el ganador [Gráfico 4].

Gráfico 4

De ese mapa se deduce una España organizada políticamente en torno a las siguientes representaciones: 1) una nación con el PSOE asentado en buena parte de su territorio, en el centro-sur, en el este levantino y en el norte asturiano y aragonés; 2) otra España del centro-oeste donde predomina el PP; 3) un centro metropolitano madrileño donde vence el PP pero con impulso de Vox; 4) dos periferias nacionalistas, la primera en Euskadi con el PNV-Bildu, según el territorio foral que sea, y en el caso de Cataluña, ERC o Junts, con la salvedad de que en las zonas litorales de este territorio, las más pobladas, y con la segunda metrópolis de España, Barcelona, dominan la conjunción del PSC y Comunes.

Ese mapa expresa bastante bien algunas de las actuales coyunturas y expectativas de España como historia y como proyecto de sociedad.

Por un lado, nos encontramos con «dos Españas», no tanto en clave ideológica como de nivel de desarrollo. Una, situada por encima del Ebro y hacia el Este, con los ejes económicos vasco, catalán, el levante valenciano y en menor medida el zaragozano, y lanzada a una carrera por incorporarse a los nuevos y decisivos estadios de la nueva organización económica global. Otra, de Madrid hacia abajo, con las tres regiones con menos desarrollo del país, Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura.


No podemos descuidar la presencia de dos grandes polos poblacionales y económicos que se constituyen en los ejes articuladores de una nueva realidad global y de un conflicto territorial. Me refiero a la tensión entre las dos metrópolis globales, Madrid y Barcelona


En segundo lugar, destacaría la configuración de «tres modelos políticos de país»: una España territorial y electoralmente organizada en torno a los dos grandes partidos de Estado, PP y PSOE, y que respondería al sentido de «España como Nación»; y otra articulada en torno a dos realidades culturales e históricas diversas, Euskadi y Cataluña, con hegemonías relativas de sus formaciones nacionalistas. En este diseño cartográfico se centra el presente debate sobre el modelo de Estado y las cuestiones que de él se suscitan: ¿de la España de las Autonomías a una España bilateralmente relacionada con País Vasco y Cataluña? ¿Hacia una España federal que supere las Autonomías sin eliminarlas y donde cada una de estas establezca su propia bilateralidad con el Estado? ¿Son estas las preguntas pertinentes y acaso tenemos hoy día las respuestas a las mismas?

Pero, en tercer lugar, no podemos descuidar la presencia de dos grandes polos poblacionales y económicos que se constituyen en los ejes articuladores de una nueva realidad global y de un conflicto territorial. Me refiero a la tensión entre las dos metrópolis globales, Madrid y Barcelona, tensión que según Jacint Jordana «han tomado un enorme protagonismo en el marco de la globalización y cuyo crecimiento en las últimas décadas ha tensionado, y mucho, las dinámicas políticas tradicionales»1. Más de 11 millones de españoles viven en Madrid o Barcelona, casi 1 de cada 4 ciudadanos. Madrid es la segunda metrópolis europea y Barcelona la cuarta y, como nos dice Jordana, «ambas forman parte de un grupo reducido de ciudades, no más de una docena en Europa, donde circulan recursos e información a gran velocidad, en un juego de dimensiones planetarias»2. En estos dos polos se ha concentrado históricamente el núcleo fundamental de las elites económicas, financieras, culturales y políticas del país, y el Estado de las Autonomías de 1978 no vino a contrapesar esta tensión sino que, a partir de una obsesión centralizadora de considerar “Madrid como centro y cúspide del Estado”, posiblemente la ha aumentado.

De ahí la necesidad de repensar el conflicto territorial no en clave historicista sino a la luz de los procesos modernizadores en marcha, las dinámicas globalizadoras, las reconversiones tecnológicas y el contexto europeo. En mi opinión, no existe una “deuda histórica” con las naciones o nacionalidades periféricas, no hay que atribuir a las actuales generaciones una pretendida deuda de reconocimiento que las anteriores no pagaron. Más que a una resurrección de la querella histórica hoy estamos ante un problema de recolocación de fuerzas económicas, de reajustes sociales, productivos y tecnológicos, y de respuesta de los grupos dirigentes territoriales y de otros componentes sociales ante esos procesos.

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La izquierda tiene una oportunidad a partir de este 10N. PSOE y UP han reaccionado con presteza y habilidad tras haber fallado estrepitosamente tres meses antes. Tienen ante sí el reto de conformar un ejecutivo dispuesto a acometer –me parece muy exagerado el término ‘resolver’– los grandes desafíos que tiene esta sociedad en proceso de profundas transformaciones. El primero de todos ellos es el de variar el rumbo de la dirección que ha venido teniendo los procesos productivos y del trabajo. No es nada fácil y necesitará, eliminando cualquier tentación jacobina o autoritaria, del diálogo y el acuerdo de los grandes agentes sociales –patronal y sindicatos– además de los políticos. Un segundo eje se debe situar en la mejora y reforma del estado de bienestar, especialmente de los dispositivos de protección social, de la sanidad y de la enseñanza, ésta de nuevo en fase de confrontación polémica dado el papel ultramontano de la patronal del sector. Sería una insensatez que el gobierno que salga del preacuerdo firmado el pasado día 12 de noviembre dedicase todas las energías a la resolución –otra vez un término exagerado– del llamado ‘problema territorial’. Es evidente que le debe prestar atención pero este solo tendrá salida a partir de tres condiciones, hoy difícilmente hacederas: la salida de los independentistas de su bucle autista, salida que vendría marcada por la división en la aparente unidad entre ERC y JxCat; la en cierto modo reconversión de un PP ‘aznarista’ hacia un modelo de partido conservador que entienda la cuestión territorial española a la luz de los tiempos actuales; y, finalmente, la capacidad de la izquierda española –incluyendo a las izquierdas periféricas– por superar también viejos esquemas y abrirse hacia una nueva vía federal, encaje que me parece el más flexible para alcanzar alguna estabilidad duradera. Sin esas tres condiciones será imposible cualquier reforma constitucional o constituyente, único modo de avanzar hacia un modelo de Estado compuesto adecuado.


La izquierda tiene una oportunidad a partir de este 10N (…) Tiene ante sí el reto de conformar un ejecutivo dispuesto a acometer –me parece muy exagerado el término ‘resolver’– los grandes desafíos que tiene esta sociedad en proceso de profundas transformaciones


Una coda

Ni sueño húmedo ni pesadilla. Lo que debemos pensar, tras los funestos sucesos de julio y septiembre y tras el preacuerdo del 12N, es que algo ha empezado a funcionar y que, más tarde que pronto, algunos se han arremangado y puestos a la obra de tratar los problemas del país. No sabemos hasta dónde va a llegar –caso de que obtenga el voto favorable en la Cámara–este posible gobierno progresista; un gobierno inédito en la historia política española desde noviembre de 1936 cuando, por primera vez, se configuró, en plena guerra, uno de amplio acuerdo republicano, incluidos socialistas, comunistas y anarquistas bajo la presidencia de Largo Caballero. Este de 2019 sería un gobierno denominado “progresista” que viene con una mochila poco esperanzadora, más bien muy negativa en lo que se refiere a la cultura de diálogo y de respeto entre las izquierdas. Algunos se van a tener que tragar las palabras que durante estos últimos años pronunciaron en multitud de foros y publicaciones. No voy a ser yo quien se las recuerde porque ahora toca hablar del futuro, de los horizontes. Hay mucho que hacer y por eso solo podemos sino manifestar nuestro escéptico optimismo, o nuestro escepticismo optimista, ante este nuevo periodo que se abre en la crónica política de un país atormentado y machadianamente complejo.

Finalizo con la provocación retórica que es una llamada a la traición. Necesitamos traidores, dirigentes que sean capaces de enfrentarse a las corrientes rutinarias de la política y provocar un giro, enfrentarse a veces a sus propias bases corporativizadas y seguidistas. Un cambio de rumbo que replantee la necesidad de un proyecto capaz de abrir vías en esta selva social rompiendo viejos esquemas, antiguos posicionamientos y planteamientos instalados en el orden y la norma. Venimos oyendo hablar de que el procés necesita traidores, ese tipo de dirigente capaz de imprimir una vuelta de hoja y por ello susceptible de ser vilipendiado de botifler, pero a quien los años posteriores le darán seguramente la razón. Pero, ¿no es menos verdad que nuestra izquierda española necesita también de botiflers, impíos e iconoclastas? Incrédulos que, sin mirar lo que dirán los medios de las 8 de la mañana ni los seguidores de Instagram, comiencen a penetrar en terrenos donde lo único que les espera, seguramente, es el peligro y la trampa pero que, a la vez, es el único medio para alcanzar una tierra que merezca la pena. Como escribiera Eliot en su poema La tierra baldía: «Aquí no hay agua solo roca/roca y no agua por un camino arenoso/serpenteante sobre las montañas/que son montañas de rocas sin agua…»3

En la costa gaditana, frente a Tánger, 17 de noviembre de 2019.

 

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Javier Aristu. Ha sido profesor de Lengua y Literatura Española. Coordina el blog de opinión En Campo Abierto y es coeditor de Pasos a la izquierda.

 

NOTAS

1.- Jordana, Jacint. Barcelona, Madrid y el Estado. Los Libros de La Catarata, 2019. [^]

2.- Ibídem. [^]

3.- Agradezco las sugerencias de Antonio Sánchez López y Javier Tébar, que sin duda mejoraron el contenido. [^]