Identidades y proyectos en las izquierdas del siglo XXI

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Por PACO RODRÍGUEZ DE LECEA

Fotografía: Enric de Santos

Fotografía: Enric de Santos

El punto de partida de este trabajo es la propuesta del profesor Mark Lilla, catedrático de Humanidades en la Universidad de Columbia, en su reciente libro The Once and Future Liberal (2017), traducido en España como El regreso liberal1. “Liberal” ha de entenderse en este contexto con la acepción que tiene la palabra en la práctica política estadounidense;es decir, como una actitud progresista frente a las opciones conservadoras; y no con la acepción usual en Europa en relación a los partidos liberales y a las políticas que defienden.

La posición de Lilla puede resumirse así: las opciones políticas de progreso deberían centrarse menos en la defensa de los movimientos que buscan el reconocimiento social de un abanico de identidades crecientemente plural y diverso, y en cambio incidir más en el empeño de garantizar mayorías electorales suficientes para respaldar gobiernos basados en sus posiciones.

En este mismo número de Pasos a la Izquierda, el lector encontrará un debate, publicado originalmente en Le Monde y traducido por Javier Aristu, entre Lilla y el sociólogo Eric Fassin, que ayuda a situar de forma más precisa la propuesta en cuestión. Otros libros recientes contribuyen de distintas formas y en grados también diferentes a enriquecer el punto controvertido. El que parece (incluso por su título) más próximo a la intención de Lilla es La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé2. Veremos, sin embargo, que las propuestas de ambos autores ofrecen diferencias sensibles de perspectiva. De otra parte Jordi Gracia ha escrito un panfleto, en el sentido noble de la palabra3, que aporta más argumentos al debate sobre las justificaciones de una práctica política progresista en el siglo actual. Y finalmente, Ignacio Sánchez-Cuenca nos ha entregado un ensayo4 de corte filosófico y en consecuencia no coyuntural, pero que, sobre todo en sus capítulos finales, incide en el mismo núcleo de problemas. También lo hace Íñigo Errejón en su prólogo, nada protocolario, al volumen de Sánchez-Cuenca.

Vamos a repasar todo este abanico de contribuciones.

De la guerra de los movimientos a la de las posiciones

Nada que ver con Gramsci, la “guerra” a la que se refiere Mark Lilla es la de los movimientos sociales movilizados en torno a causas identitarias y dirigidos a la reivindicación del reconocimiento social de la diversidad existente.  Una característica común a tales movimientos es su desinterés por la política “clásica”, la consistente en ganar posiciones en las instituciones a través de la consecución de mayorías en las elecciones de distintos niveles.Los movimientos de este tipo florecen en las aulas universitarias, y muchos de ellos apenas irradian influencia más allá de ese círculo restringido. «Los temas que no afectan a su identidad ni siquiera se perciben; ni la gente a quien afectan», señala Lilla, que critica el solipsismo, e incluso el narcisismo,subyacente en estas posiciones. Un ejemplo paradigmático es el manifiesto feminista lanzado en 1977 por el Combahee River Collective, un colectivo bostoniano de mujeres negras y lesbianas: «La política más profunda y potencialmente más radical viene de nuestra propia identidad, en oposición a trabajar para terminar con la opresión que sufre otra persona.»5

Cada cual por sí. Era la misma propuesta lanzada tres años antes, en 1974, por el filósofo de Harvard Robert Nozick en un ensayo titulado Anarquía, Estado y Utopía, que tuvo un gran éxito de público. «No hay una entidad social con bienes que soporte algún sacrificio por su propio bien. Solo hay personas individuales con sus vidas individuales. Al usar a una de esas personas en beneficio de otras, la usas a ella y beneficias a los otros. Nada más.»6

El mismo pensamiento de fondo catapultaría pocos años después a Ronald Reagan a la presidencia;ahí germinó la semilla del neoliberalismo rampante. Es la razón que lleva a Lilla a afirmar, en su polémica con Fassin: «Los años 90 han sido la cuna tanto del neoliberalismo como de la política de identidad. Por eso hablo de un “reaganismo de izquierdas”.»

El gran déficit de los movimientos que siguen esta dinámica sería la carencia de una visión política capaz de sostenerlos. Así lo expone también Lilla ante Eric Fassin: «La izquierda identitaria domina ampliamente en el terreno cultural pero carece de poder político. Ha perdido todo contacto con una gran parte del país.»

Los esfuerzos de la miríada de organizaciones movidas por la exigencia de reconocimiento social se despilfarran al no estar encauzados por una gran síntesis unificadora como la que unió a los Estados Unidos, después del crac de 1929,en la estela de la propuesta de F.D. Roosevelt de un New Deal, un “nuevo pacto” para todo el país. Reflexiona Lilla:«Las fuerzas que funcionan en la política saludable de los partidos son centrípetas; animan a las facciones y a los intereses a unirse para plantear objetivos y estrategias comunes. Obligan a todos a pensar o, al menos, a hablar sobre el bien común. En la política de movimientos, las fuerzas son siempre centrífugas, alientan facciones cada vez más pequeñas obsesionadas con un solo asunto y practicantes de rituales de superioridad ideológica.»7

La dispersión nociva ha afectado a la propia filosofía política que sostiene a los partidos progresistas. La diversidad consecuente a la afirmación de los valores del individualismo extremo conduce a una situación en la que «… los partidos ya no saben lo que quieren en un sentido amplio, solo lo que no quieren en un sentido menor.»

El remedio que propone Lilla para esta situación es, literal y sencillamente, «ganar elecciones». Es decir, la vuelta al combate político institucional. «Una férrea ley de las democracias dice que lo que se consigue por medio de la política de movimientos puede deshacerse por medio de la política institucional. No sucede al revés.»8
En consecuencia, «la época de la política de movimientos ha terminado. No necesitamos más manifestantes, necesitamos más alcaldes, gobernadores, legisladores estatales, miembros del Congreso…»

La trampa de la manipulación

El título que ha dado Daniel Bernabé a su último libro, La trampa de la diversidad, podría indicar una afinidad con el enfoque de Lilla, que luego no se confirma apenas en el texto (Bernabé no cita a Lilla, aunque los dos coinciden en algunas valoraciones sobre la dispersión de objetivos de los movimientos identitarios). No son estos, sin embargo, la diana de la crítica de Bernabé, que la explicita en un subtítulo en portada: Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora. El “cómo” consiste aquí en el merchandising al que han sometido los defensores del mercado a la política, mediante «un refinado sistema de persuasión. La política, como herramienta democrática, queda así reducida, de un debate racional en sociedad, a un producto de consumo.»9

Los movimientos de la diversidad surgen, en todo caso, de una previa unificación identitaria inducida para toda la sociedad en torno al concepto de clase media. Las personas ya no votan en función de la clase social a la que pertenecen, sino de aquella a la que “aspiran” a pertenecer.Este proceso de identificación con algo que en el fondo les es extraño provoca «una ansiedad por diferenciarse en los individuos, una búsqueda de su identidad perdida, una necesidad de ser alguien en la competición de especificidades.»10

La uniformización masiva de las expectativas genera, a modo de rebote, una diversificación tramposa. Bernabé no da grandes pistas para desentrañar el mecanismo que impulsa dicha deriva, solo ejemplos extraídos de la cultura de masas y en particular de la televisión; alguno de ellos, por cierto, tan peregrino que me lleva a preguntarme si habla en serio o nos está tomando el pelo a todos11.

El quid del problema estaría, entonces, en la desaparición de la clase trabajadora en el radar de los medios comunicativos y culturales, a pesar de que en el siglo xxi dicha clase sigue constituyendo la mayoría social.«La clase trabajadora aunque es la mayoritaria en la sociedad ha desaparecido por completo del mapa de la representación. Es decir que mientras que durante la mitad del siglo xix y casi todo el siglo xx fue una clase para sí, después de un proceso de identificación teórica por el marxismo y de un proceso de organización por parte de los movimientos comunista y anarquista, en el siglo xxi sigue siendo una clase en sí, aunque desconoce la existencia de sí misma. Si la modernidad nos trajo la conciencia de que el ser humano tenía capacidad de cambiar la historia para su beneficio mediante la razón, esto es, la idea del progreso, la posmodernidad rompió la noción de historicidad, de gran relato, de horizonte, dejando a la izquierda desarmada para afrontar sus cometidos. El proyecto del neoliberalismo destruyó la acción colectiva y fomentó el individualismo de una clase media que ha colonizado culturalmente a toda la sociedad. De esta manera hemos retrocedido a un tiempo premoderno donde las personas compiten en un mercado de especificidades para sentirse, más que realizadas, representadas.»12


Según Daniel Bernabé, los movimientos de la diversidad surgen, en todo caso, de una previa unificación identitaria inducida para toda la sociedad en torno al concepto de clase media. Las personas ya no votan en función de la clase social a la que pertenecen, sino de aquella a la que “aspiran” a pertenecer (…) A su juicio, el quid del problema estaría en la desaparición de la clase trabajadora en el radar de los medios comunicativos y culturales, a pesar de que dicha clase sigue constituyendo la mayoría social


En este párrafo se presentan las dos grandes categorías sobre las que pivota la argumentación de Bernabé: la modernidad y la posmodernidad. La primera fue el tiempo de la política como debate de ideas, y desembocó en grandes episodios trágicos: el fascismo, el nazismo y el estalinismo. En la posmodernidad el proyecto neoliberal ha convertido la política en espectáculo, la tragedia ha devenido en farsa, y los ideales de la izquierda se han desviado en dos sentidos difícilmente conciliables intelectualmente: de un lado la política “aspiracional”, que promueve la uniformidad social a través de la hegemonía del ideal de bienestar de las clases medias; de otro lado, la política del “reconocimiento”, que exacerba las diversidades y se desinteresa de la “distribución”, el auténtico núcleo duro de la política en la época anterior. A más igualdad aspiracional, mayor desigualdad práctica; a más reconocimiento, también más desigualdad. Estas serían las ecuaciones en el esquema que propone el autor.

En el horizonte aparece entonces la ultraderecha, «favorecida por la diversidad como mercado». Su acción es descrita en un párrafo apocalíptico: «Los ultras aprovechan diferentes sectores de estilos de vida, aficiones y tendencias para colar su mensaje, para normalizarse de acuerdo con la ideología liberal dominante, para despojarse de su estética más obvia. Desde los videojuegos hasta el medievalismo, desde el feminismo hasta el animalismo, son utilizados por los nuevos reaccionarios para introducir sus conflictos en una esfera mayor de influencia a la que nunca habían tenido acceso. Internet ha supuesto un campo de pruebas magnífico para la ultraderecha. Las teorías de la conspiración, el machismo y el tradicionalismo son fundamentalmente los tres epígrafes donde los extremistas apuestan fuerte para ganar adeptos e introducir sus mensajes.»13

En el último capítulo del libro, «Jóvenes papas, viejos comunistas», propone Bernabé una posible salida a la situación (Desactivando la trampa), con un discurso bastante sinuoso. Señala la importancia de la disputa por la hegemonía cultural que ostenta hoy el neoliberalismo;y, al mismo tiempo, la imposibilidad de esa disputa. «Hoy somos incapaces de imaginar un mundo alternativo a este, de distinguir el neoliberalismo de fenómenos como los amaneceres o la lluvia. La política ha perdido por completo su autonomía…»14

Señala la necesidad de que la clase trabajadora, que describe como “transversal” a las nuevas identidades, vuelva desde la posmodernidad a la modernidad anterior, y sea de nuevo una clase “para sí”, capaz de reconocerse a sí misma, como en los siglos xix y xx. «Basándose en el papel que desempeñaban los trabajadores en el sistema productivo, se construía una potencialidad revolucionaria que atravesaba transversalmente nacionalidades, géneros, orientaciones sexuales y razas.»15

Pero Bernabé no da ningún indicio sobre la organización y la praxis necesarias, en un contexto de fragmentación creciente del trabajo, para conseguir ese objetivo16. «Este no es un libro sobre el mundo del trabajo, el papel de los sindicatos o la composición de la clase trabajadora, sí sobre los procesos culturales que han facilitado que esa clase trabajadora haya perdido la conciencia de sí misma.»17

Los procesos culturales mencionados conducen a una situación en la que «la política de izquierdas hoy no compite contra la política de derechas, sino contra todo un sistema de ocio planificado que coloniza cualquier tiempo muerto del que los trabajadores disponen. La política de izquierdas compite contra una idea que se repite desde hace más de cuarenta años y que ha calado profundo hasta en ella misma, la de no hay alternativa. Ser de izquierdas es, entre otras cosas, una identidad.»18 No hay trucos, advierte Bernabé como conclusión, no hay atajos, no hay fórmulas mágicas. «Las respuestas las tienen [ustedes] en una gloriosa tradición de políticos, teóricos, militantes, revolucionarios, filósofos, pensadores, escritores, músicos, pintores y poetas, mujeres y hombres, que nos dejaron un legado que recuperar, el de la modernidad, el del siglo xx, para ponerlo de nuevo en marcha conociendo los errores que nos han traído hasta aquí.»

Se puede achacar, como hace el profesor Baylos, al planteamiento aquí expuesto el defecto de que, en lugar de partir de lo “realmente existente”, propone un retorno a una etapa anterior (la “modernidad”) para rectificar desde allí el curso errático de las cosas. Pero sirve de muy poco, en ese viaje al pasado, predicar la vuelta a una clase trabajadora “para sí” y no únicamente “en sí”. Las grandes luchas de los dos últimos siglos tuvieron por escenario la fábrica, y la fábrica fue entonces cifra y paradigma del mundo para la imaginación socialista. Pero la fábrica no existe hoy, al menos en las mismas condiciones. Ante una producción fragmentada y externalizada, y con una fuerza de trabajo muy mayoritariamente flexibilizada y precaria, la “condición de fábrica” ya no puede aglutinar y homogeneizar las reivindicaciones de la clase trabajadora. Y la diversidad realmente existente es una dificultad añadida, pero no una trampa, en el camino hacia plataformas reivindicativas capaces de contener una nueva síntesis de progreso.Como señala el sindicalista italiano Bruno Trentin en sus Diarios19 (y se refiere de forma explícita, no a la diversidad en la sociedad, sino específicamente en la clase trabajadora): «… un sindicato de los derechos [asume] la diversidad y la personificación de las necesidades (de legitimación, de empoderamiento, de participación y de autorrealización) como primer y único punto de referencia de una estrategia reivindicativa.» Y precisa la idea así, en el siguiente párrafo: « … la única unidad posible nace de la diversidad y de la capacidad (sobre la cual se mide la creatividad política de una asociación de personas) para determinar, en cada ocasión, qué derecho a favor de un grupo limitado de sujetos puede garantizar mediante su consecución la posibilidad de realización de derechos para los otros, y la conquista de una porción de poder para todos.»


Ante una producción fragmentada y externalizada, y con una fuerza de trabajo muy mayoritariamente flexibilizada y precaria, la “condición de fábrica” ya no puede aglutinar y homogeneizar las reivindicaciones de la clase trabajadora


Otro peligro, más grave,acecha a la propuesta de Bernabé: el verse absorbida y manipulada por el mismo merchandising que denuncia, de modo que la “trampa” siempre activada de la diversidad la deje reducida a un mero producto de consumo efímero. Para evitar semejante destino, tal vez el libro debería haber recurrido menos a los códigos de la cultura de masas predominante, y arrancar con más brío de la “gloriosa tradición de políticos, teóricos, militantes, filósofos”, etc., que en su opinión deben inspirar un trayecto para el que no hay “atajos ni fórmulas mágicas”.

Sentirse de izquierdas

«Ser de izquierdas es, entre otras cosas, una identidad», dice Bernabé en uno de los últimos párrafos citados en el anterior apartado. Es seguramente el mismo punto de partida de Jordi Gracia, salvo que este, en sus largas enumeraciones de lo que “no es” y lo que “sí es” de izquierdas, se desliza desde la identidad hacia la simple postura (no digo al “postureo”) y pierde de vista algunos puntos cardinales necesarios para fijar las coordenadas políticas de algo sustancialmente mudable y relativo.

La izquierda no es un absoluto; siempre “es” izquierda (está situada a la izquierda) en relación a otra cosa.Su discurrir puede llevar implícita una dirección general, pero en el camino que conduce hacia unos objetivos “últimos”,cada revuelta sucesiva invertirá inevitablemente las posiciones como en un carrusel que gira sin parar. Esto no es una metáfora vacía: hemos oído a dirigentes de izquierda afirmar campanudamente que “bajar los impuestos es de izquierdas”, como si se tratara de una ley general o de un dogma inamovible. Evidentemente, no es así, aunque no se puede descartar el valor potencial de progreso de una bajada calculada de impuestos en un momento crítico, en orden a producir determinados efectos progresivos en la marcha de la economía.

Jordi Gracia exagera en busca de un mayor efecto dramático algunas de sus afirmaciones. Así, al sostener que la izquierda ha sido derrotada doblemente por la derecha neoliberal: «El nuevo capitalismo ha ganado por goleada, pero ha añadido todavía una vuelta de tuerca más, típicamente neoliberal. Ha logrado inculcar la culpa a la izquierda por su pecaminosa propensión a ser de izquierdas mientras cambia de casa y de coche y consume vinos caros y calza zapatos carísimos. La izquierda, hoy, también es capitalista.»20

La afirmación solo puede ser válida respecto de una izquierda muy acotada, tanto desde el punto de vista geográfico como del nivel de renta. Lo mismo puede decirse de esta otra afirmación estentórea: «La izquierda ha perdido el discurso porque la Historia se ha terminado ─Fukuyama sabía lo que decía; tenía razón─ …”21 No es de izquierdas, se podría reprochar al autor, considerar la Historia un libro ya cerrado, para el que todos los capítulos venideros son previsibles y están previstos en el cielo de los algoritmos, bajo la divisa “No hay alternativa”.Volveré sobre este punto en el turno de conclusiones. Baste decir aquí que una característica de la identidad de la izquierda, tal vez la más importante o incluso la única importante, es la insatisfacción con el presente y la apertura a un futuro definido por cambios significativos para mejor.

El libro contiene, sin embargo, críticas mucho más razonables hechas a la izquierda: fundamentalismo ideológico, por ejemplo, y mala gestión de sus propios éxitos. «La izquierda nueva suele vivir mal … la pérdida del monopolio de una causa propia y tiende tozudamente a la radicalización o beatificación de la causa, perdiendo así por el camino la credibilidad o el respeto de las mayorías.»22


Una característica de la identidad de la izquierda, tal vez la más importante o incluso la única importante, es la insatisfacción con el presente y la apertura a un futuro definido por cambios significativos para mejor


La conclusión de Jordi Gracia sobre la supervivencia de la izquierda en el siglo xxi se contiene en un largo párrafo que empieza por definir su horizonte político real como «modesto y hasta antiquimérico, pero es el único verosímil.» La salida, para él, es el recurso a un Estado «fortalecido», como único instrumento posible para «mitigar la desigualdad y conjurar los abusos».

«O es el Estado democrático o no es nadie. La globalización ni es pasajera ni ha tenido efectos superfluos o menores. El poder económico y financiero escapa al control de los Estados y esto, que es una pésima noticia, contiene a su vez una buena noticia: la reducción de las soberanías nacionales en el nuevo mundo es más una realidad positiva para la izquierda que un eventual obstáculo. O dicho de otro modo, la fortaleza política de una federación de Estados en Europa parece la única herramienta viable para contrarrestar los intereses de los grandes capitales. Lo que puede cambiar todavía es la restitución del privilegio ciudadano de contar con el Estado como aliado moral y socio político, el Estado como estructura de contrapoder económico, el Estado como instrumento de la redistribución y garantía intencional de la igualdad de oportunidades.»23

La idea,aunque no agota la panoplia de herramientas posibles de cambio en manos de las izquierdas plurales, me parece útil y verosímil. No es ocioso, de otro lado, subrayar su compatibilidad con el planteamiento de Lilla. Este último propone la vuelta a las instituciones para evitar la dispersión y el narcisismo de una izquierda ensimismada; Gracia llega a la misma conclusión por un camino distinto y con un objetivo diferente: el baqueteado Estado-nación, con sus instituciones centenarias tan criticadas como vieux jeu, se ha convertido en el último baluarte sólido desde el quela ciudadanía está aún en condiciones de resistir al tsunami desregulador atizado por las finanzas globales.

La opinión de un político

La relación del último libro que examinamos en este repaso, el de Ignacio Sánchez-Cuenca, con la polémica suscitada por Lilla, es más sutil; pero existe. Así lo sugiere el prologuista, Íñigo Errejón, especialmente calificado para echar su cuarto a espadas en el pleito puesto que no es un sociólogo, un ensayista o un filósofo, sino un político en ejercicio. Esto es lo que dice: «Este libro puede ser leído, además, como una reflexión valiosa y oportuna en torno a una polémica muy de actualidad entre los círculos intelectuales progresistas, especialmente desde la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas. Imbuida de academicismo y culturalismo, la izquierda posmoderna se habría olvidado del hombre medio en favor de un abanico de reivindicaciones de reconocimiento identitario de “minorías” ─feminismo, antirracismo, reconocimiento LGTBI, etcétera─, regalando así el voto de clase a emprendedores políticos de signo reaccionario como el propio Trump. Según este argumento, las fuerzas progresistas son incapaces de ganar, de construir mayorías y articular un proyecto general, porque se han olvidado de hablar de lo que es común a toda la ciudadanía, de los problemas “realmente importantes”, y pierden el tiempo en guerras culturales de minorías.»24

A juicio de Errejón, los críticos tienen razón en principio, porque la deriva particularista exalta las diferencias  sin intentar tejer con ellas una alternativa. Pero cometen dos errores: el primero es un “giro idealista”, al considerar que «la fragmentación del mundo del trabajo, los cambios tecnológicos y hasta antropológicos que lleva asociada la globalización neoliberal, no habrían trastocado en lo fundamental la unidad basada en coincidencias económicas.» El segundo, desconocer que el paso de la unidad de intereses económico-corporativos a una formulación en términos de interés general «es y ha sido siempre una labor de construcción cultural, intelectual e incluso mítica» por parte de un grupo social que se convierte en sujeto activo irradiador de un orden alternativo. Y concluye: «La unidad no está dada, tampoco en la economía: es un resultado, precario y temporal, de la actividad política.» Y poco más adelante: «Lo universal no existe pero es imprescindible. Está siempre por construirse, en disputa. Es el corazón de la actividad política.»25

Fotografía: Enric de Santos

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La cuestión moral

El libro de Sánchez-Cuenca se sitúa en el terreno de filosofía para adjudicar a la izquierda una superioridad moral, y a la derecha una superioridad intelectual en el terreno de la praxis política. Una objeción: ¿de qué izquierda y qué derecha habla? No son términos unívocos ni absolutos, sino relativos y en muchas ocasiones cambiantes, según el tema de que se trate,como ya advertía más arriba. Al entrar en los ejemplos concretos, resulta que en muchas ocasiones la izquierda ha incurrido en conductas abiertamente inmorales según los parámetros usuales de lo que consideramos ético; y la derecha se ha comportado de un modo torpe y cerril. En el capítulo 8, «La superioridad intelectual de la derecha», se expone lo siguiente: « … en lo tocante a reglas institucionales, la derecha no encuentra rival en la izquierda. Las grandes aportaciones del liberalismo (el Estado de derecho, la división de poderes, los frenos y contrapesos institucionales, la democracia representativa, las reglas electorales, el control judicial de las decisiones políticas) no tienen parangón en la izquierda. Esta, más preocupada por avanzar hacia el socialismo, ha hecho dejación de funciones en materia de innovación institucional.»26

Lo que se dice es irrebatible, pero deja la sospecha de que tal vez las etiquetas no han sido bien colocadas. ¿Tiene sentido hablar de derecha e izquierda en el siglo xviii, antes por consiguiente de la creación de los parlamentos modernos? ¿Fueron de izquierdas o de derechas el barón de Montesquieu, el marqués de Condorcet, el enciclopedista Jean Le RondD’Alembert? En cuanto a la gran tradición del liberalismo, sus representantes ocuparon con asiduidad las bancadas de la izquierda en los principales parlamentos a lo largo del siglo xix, y hemos visto más arriba que un estudioso estadounidense como Mark Lilla emplea el término “liberal” como sinónimo de progresista.

Así lo señala también Íñigo Errejón en el prólogo al libro: «En opinión de nuestros críticos … la izquierda y la derecha son los polos naturales de la política, como los puntos cardinales de un mapa. Sin embargo, para afirmar que no hay identificaciones políticas posibles fuera del esquema izquierda-derecha, tienen que cerrar los ojos a gran parte del presente y a toda la historia política previa a la Revolución francesa: ciertamente, son más los casos en los que la gente se agrupa tras referentes simbólicos que no replican el par izquierda-derecha que aquellas ocasiones en que sí.»27

En cualquier caso, no es esta la cuestión que interesa a los efectos de este trabajo en el sugerente estudio de Sánchez-Cuenca, sino algunas observaciones de carácter más directamente político contenidas hacia el final de su exposición. El tema de la “superioridad moral”, incluso de un “exceso de moralidad”, que también advertía, como queda expuesto más arriba, Jordi Gracia, está perfectamente definido y acotado en el siguiente párrafo: «Aunque sería absurdo pasar por alto los horrores y excesos del comunismo, que pueden incluso haber superado a los del nazismo si nuestra unidad métrica de valoración es el muerto, intentar mezclar ambas ideologías a todos los niveles es un ejercicio de oscurantismo. A causa de su universalismo, la izquierda tiene la capacidad de reinventarse apelando de formas nuevas a su ideal emancipatorio. Justamente de ahí procede su superioridad moral frente a otras ideologías. Esa es la mayor paradoja: a pesar de su lado oscuro, mantiene una capacidad casi ilimitada para continuar siendo una inspiración de las luchas por un mundo más justo.»28

En el Epílogo, que Sánchez-Cuenca subtitula «Elogio (fúnebre) de la socialdemocracia», se describe cómo el ideal comunista ha quebrado con la implosión del socialismo real, y cómo la socialdemocracia ha sustituido el ideal de la emancipación por el del bienestar, y se ha convertido de ese modo en cooperante paliativa en los destrozos que la derecha azuzada por el gran capital está infligiendo al Estado social. Surgen, en particular después de la gran crisis financiera de 2008, “nuevas” izquierdas (son mencionados Corbyn, Sanders, Mélenchon, Tsipras, Iglesias), pero «curiosamente, desde el punto de las políticas a realizar, lo que proponen no solo no es revolucionario, sino incluso puede sonar nostálgico, pues prometen hacer políticas socialdemócratas clásicas»29. La respuesta (“parte de la respuesta”),en cambio, tiene que ver con «una forma novedosa de relacionarse con los votantes, creando coaliciones nuevas mediante la hipótesis populista. Se apela transversalmente a los “descontentos” del sistema …, y se les promete un empoderamiento democrático y un sentido de comunidad política (de pueblo) que es justamente lo que la socialdemocracia ha perdido.»30

El último párrafo del libro señala que es pronto aún para saber cómo, ni cuándo, ni por quién, se llenará el agujero enorme que ha dejado la crisis de la socialdemocracia en los sistemas políticos occidentales. Deberá ser algo que gane la confianza de la gente y que vaya más allá del Estado del bienestar, dice Sánchez-Cuenca.

En efecto, cabe considerar definitivamente fallido el intento de sustituir la promesa de redención por una garantía institucional acerca de una felicidad privada modesta. Los autores cuya lectura hemos emprendido proponen algunas soluciones: una de ellas es la lucha electoral por una presencia mayor en las instituciones (pero no está claro el “para qué” esa ocupación de cargos institucionales en todos los niveles, qué contenidos y qué programas sostendrían el esfuerzo ciudadano requerido para plantar cara a las corporations).

La recomposición de una conciencia militante de las clases trabajadoras es otro recurso apuntado: una clase capaz de postularse “para sí”, de nuevo. Inmunizar a esas clases subalternas y precarizadas contra el bombardeo continuo de información y de propaganda tendentes a hacer germinar aspiraciones a una vida más fácil y glamurosa, adquirible sin esfuerzo y en cómodos plazos.


La divisoria real entre derecha e izquierda como identidades diferenciadas que apuestan por futuros distintos para el mundo de hoy, pasa por la extensión del universo de los derechos a más gentes


Este último objetivo, que resulta bastante deficiente desde varios puntos de vista, podría definirse mejor a partir de la idea de un cambio de sustancia en el trabajo en sí, en la racionalidad que lo sustenta, y en la esfera de autonomía de la persona que lo realiza y es responsable de él. En esa dirección creo que apunta la crítica mencionada de Antonio Baylos, y es exactamente ahí donde incide la propuesta citada de Bruno Trentin, cuando coloca la legitimación, el empoderamiento, la participación y la autorrealización como objetivo “primero y único” de una gran plataforma sindical general, que es tanto como decir una reivindicación universal.

En este proceso de generación de unidad a partir de la diversidad real, la ciudadanía “empoderada” ganará fuerza y cohesión para una interlocución de nuevo tipo con el Estado, caracterizado ahora no como poder supremo y soberano, sino como baluarte necesario contra la desregulación sistemática de los derechos y las garantías individuales, sociales y políticas en un orden financiero global.

Pero no acaba aquí la apuesta para las nuevas izquierdas. La divisoria real entre derecha e izquierda como identidades diferenciadas que apuestan por futuros distintos para el mundo de hoy, pasa por la extensión del universo de los derechos a más gentes. Sami Naïr ha hablado de una izquierda “reaccionaria” a propósito del problema de los migrantes y los refugiados. Ya he comentado más arriba cómo los conceptos relativos, orientativos, situacionales, de izquierda y derecha se pierden en el carrusel de acontecimientos que giran sin parar en la gran feria global, emborronando todas las perspectivas. Es necesario decir muy alto que Francis Fukuyama no tuvo razón, y que no es posible desde posiciones de izquierda recibir a quienes llegan a nuestras playas o a nuestras fronteras huyendo de realidades innombrables, con el discurso de que la Historia se ha acabado y no hay más sitio para ellos.

Hacer algo así equivaldría a entregar graciosamente la cuchara; enterrar para siempre en un sepulcro cerrado con siete llaves la pretendida superioridad moral de la izquierda.

_________________

Paco Rodríguez de Lecea. Coeditor de “Pasos a la izquierda” y escritor.

 

Notas

1.- Mark Lilla, El regreso liberal. Más allá de la política de identidad. Debate, Barcelona 2018. Traducción de Daniel Gascón. [^]
2.- Daniel Bernabé, La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora. Akal, Madrid 2018. [^]
3.- Jordi Gracia, Contra la izquierda. Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI. Nuevos Cuadernos Anagrama, Barcelona 2018. [^]
4.- Ignacio Sánchez-Cuenca, La superioridad moral de la izquierda. Prólogo de Íñigo Errejón. Lengua de Trapo y Ctxt, Madrid 2018. [^]
5.- M. Lilla, cit., p. 91. [^]
6.- M. Lilla, cit., p. 40. [^]
7.- M. Lilla, cit., p. 85. [^]
8.- M. Lilla, cit., p. 117. [^]
9.- D. Bernabé, cit, p. 89. [^]
10.- D. Bernabé, cit, p. 188. [^]
11.- «Aznar ganó las elecciones generales de 1996 y sería aventurado decir que la culpa la tuvo [la serie televisiva] Médico de familia. Evidentemente el descrédito socialista tras los casos de corrupción, las políticas contrarias a los trabajadores, la implicación de sus líderes en casos de terrorismo de Estado y la crisis económica de 1993 tuvieron bastante que ver. Lo que sí es cierto es que aquel joven José María Aznar se parecía mucho más al doctor afable y televisivo que su oponente Felipe González, o al menos mucho más que el comunista Julio Anguita. Aznar no ganó aquellas elecciones por una serie de televisión, pero sí aquella serie de televisión mostró la pujanza del grupo social de la clase media como modelo aspiracional y, por tanto, de las ideas que decía representar el Partido Popular.»D. Bernabé, cit., p. 127. [^]
12.- D. Bernabé, cit., p. 115. [^]
13.- D. Bernabé, cit., p. 188-89. [^]
14.- D. Bernabé, cit., p. 230. [^]
15.- D. Bernabé, cit., p. 238. [^]
16.- Antonio Baylosha reprochado esta inconcreción ─no solo del libro de Bernabé─ en un comentario reciente sobre “Trabajo, clase obrera, política (Debates culturales del verano)”: «… el debate al que aluden estas notas … se entretiene en el relato sobre las distopías hechas realidad, … o sobre las estrategias de base sobre las que se debe edificar la acción política como desobediencia y como proyecto de transformación social. Pero sin mencionar las formas organizativas sobre las que edificar esa resistencia y esa alternatividad partiendo de lo realmente existente.» (ver “Según Antonio Baylos”, 17 agosto 2018). [^]
17.- D. Bernabé, cit., p. 233. [^]
18.- D. Bernabé, cit., p. 246. [^]
19.- Bruno Trentin, La utopía cotidiana. Diarios 1988-1994. Selección de textos, traducción y notas: Paco Rodríguez de Lecea y Javier Aristu. El Viejo Topo, Vilassar de Dalt, Barcelona). El apunte, en p. 60, corresponde al domingo 5 de noviembre de 1989. [^]
20.- J. Gracia,cit., p. 79. [^]
21.- J.Gracia,cit.,p. 66. [^]
22.- J.Gracia,cit.,p. 18. [^]
23.- J.Gracia,cit.,p. 78. [^]
24.- I. Sánchez-Cuenca, cit., p. XVII. [^]
25.- I. Sánchez-Cuenca, cit., p. XXI-XXII. [^]
26.- I. Sánchez-Cuenca, cit., p. 88. [^]
27.- I. Sánchez-Cuenca, cit., p. X. [^]
28.- I. Sánchez-Cuenca, cit., pp. 85-86. [^]
29.- I. Sánchez-Cuenca, cit., p. 108. [^]
30.- I. Sánchez-Cuenca, cit., p. 109. [^]