Pequeño diccionario del quehacer político

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Por RICCARDO TERZI

n1_14_aMilanés, nacido el 8 de noviembre de 1941, militante temprano en el PCI, en el que desempeñó entre 1975 y 1981 el cargo de secretario provincial del Milanese. Riccardo Terzi destacó ya en esa época en el frente cultural, y se hizo notar por sus posicionamientos críticos, pero siempre razonados y coherentes, que levantaron algunas ampollas ocasionales entre los defensores orgánicos de la línea política de la dirección del partido. La paciencia y la ironía (título que dio a una recopilación de ensayos de contenido político y sindical escritos entre 1982 y 2010) fueron sus armas en esa esgrima de alta escuela.

Centró su trabajo en la actividad sindical a partir del año 1983. Fue secretario general de la CGIL de la Lombardía desde 1988 hasta 1994. Desde esta fecha hasta 2003 fue responsable de políticas institucionales de la CGIL nacional. Volvió a la Lombardía en 2003 como secretario general regional de la Federación de Pensionistas (SPI-CGIL), y fue elegido en 2006 secretario nacional de esta entidad. Falleció en la noche del viernes 11 al sábado 12 de septiembre de 2015, víctima de una enfermedad fulminante.

Un ensayo suyo sobre «Sindicato y política» le dio a conocer en los países de habla española y dio origen a un animado debate en la blogosfera. También puede consultarse en la red un curioso debate epistolar de Terzi con Fausto Bertinotti, “Desacuerdos amistosos”, que había sido publicado en 2014 en Italia bajo el título de “La discorde amicizia”.

A modo de un “Pequeño Diccionario de la política” se han seleccionado algunos textos significativos del pensamiento de Riccardo Terzi, dispuestos según un temario laxo y en un orden alfabético convencional. Es una forma de selección y de presentación que corre el riesgo de traicionar en algún caso el pensamiento del autor, caracterizado siempre por la compacidad y la coherencia interna; pero es a pesar de todo el método preferible con vistas a su divulgación. Los textos proceden de dos libros publicados por Ediesse: «La pazienza e l’ironia» (2012) y «La discorde amicizia» (2014). La traducción ha corrido a cargo en unos casos de José Luis López Bulla, y en otros de Paco Rodríguez de Lecea, que ha sido el encargado de la selección.

Ambigüedad (como virtud)

Quien siempre es audaz, o siempre prudente, es un político demediado, porque da siempre la misma respuesta, incluso cuando las situaciones y las relaciones de fuerza se modifican. En suma, la ambigüedad es la forma sustancial de la política, su forma de adherirse a la complejidad de la realidad, y no un defecto que se deba extirpar, como pretenden los ingenuos y los moralistas.

Antipolítica

El ataque a la política, al sistema de partidos, ¿no es algo que sirve a los grandes poderes constituidos? Se puede estar, esa es la paradoja, fuera del sistema y ser funcional al sistema. Por eso, el tema no es la revuelta. Todos nosotros estamos enredados en una red de complicidades, y no basta el gesto, la protesta, la rabia de la antipolítica, porque todo eso puede ser fácilmente reabsorbido y manipulado.

Capitalismo y cultura

El capitalismo no es sólo dominio, poder del capital financiero, sino que es la forma como se organiza nuestra vida colectiva. Una forma distinta sólo puede adquirir vida si se actúa en todas las direcciones, si se hace valer en todos los campos una lógica diferente, una escala de valores distinta, y precisamente para eso el factor ideológico y cultural es un arma indispensable, en ausencia de la cual sólo son posibles las batallas defensivas, destinadas a perderse antes o después.

Democracia (1)

La democracia es por naturaleza relativista, porque se ocupa de cómo se decide, y deja abierto de par en par el resultado de la decisión. La democracia es, en síntesis, la idea de que la decisión es asunto de todos, sin que existan áreas reservadas, confiadas a un grupo restringido de expertos competentes. Ahora, es precisamente ese universalismo de la democracia lo que se pone en cuestión. El relativismo de la democracia es visto como un factor de fragilidad, de incertidumbre, de turbulencia, y se busca entonces una autoridad externa a la que confiar el mantenimiento del sistema.

Democracia (2)

La idea democrática puede dar vida a un movimiento largo, complejo, plural, y puede ser el lugar de encuentro entre la izquierda histórica y los nuevos movimientos. Pensar y practicar la democracia, en su radicalidad, como el instrumento para recuperar el control sobre todos los procesos de toma de decisiones, en todos los campos, me parece una idea que merece ser profundizada y analizada en todas sus posibles implicaciones.

Foto: Roman Kruglov

Foto: Roman Kruglov

Dialéctica de lo individual y lo colectivo

No he sido nunca un conformista, un sacerdote de la ortodoxia, y siempre he sentido un cierto desasosiego individual. Las reglas severas del PCI me quedaban estrechas, y algún precio pagué por ello. Pero es esencial entender que el yo se disuelve si no sabe construir un sistema sólido de relaciones sociales; que en último término, el yo no sobrevive a la disolución del nosotros.

Escisiones

La ruina de la izquierda arranca del espíritu de escisión que la asaltó, del encarnizamiento en la defensa de posiciones parciales, de la sustitución de la confrontación de puntos de vista por la pelea sectaria. En este sentido, sostengo que las escisiones tienen como efecto volvernos a todos más estúpidos.

Estado

Del Estado sólo se ha predicado que debería extinguirse. Pero esta extinción queda como un evento mítico, imaginario. Y a la espera de que el mito se cumpla, todo queda justificado. De ese modo se concreta una brecha total entre el presente y el futuro: hoy, un dominio despiadado; mañana – quién sabe cuándo – el final de todo dominio. Es la relación de los medios con los fines lo que está privado de coherencia.

Europa

El fin de Europa, que ciertamente emerge como una posibilidad, significa también el fin de todos los sueños que han alimentado nuestra vida. Democracia, movimiento obrero, socialismo, derechos, laicidad: todos son productos de la historia y de la civilización europea, y en la quiebra del viejo continente ellos también están destinados a quebrar. Y es ese precisamente el movimiento que se está verificando hoy: Europa pierde el paso, y con ella toda nuestra cultura política se está viendo arrinconada. El ocaso de Occidente es nuestro propio ocaso. Nos corresponde a nosotros, en tanto que izquierda europea, reencontrar las razones de un proyecto que dé sentido y perspectiva a la causa común de Europa.

Fastidio de la retórica

Yo experimento, lo confieso, cierto fastidio por los gestos, por las manifestaciones externas, por las palabras dichas a gritos, por todo lo que corre el riesgo de reducirse sólo a retórica. Tal vez sea un rasgo aristocrático, un modo demasiado distante de observar la realidad, sin tener en cuenta los aspectos emotivos, el valor de los símbolos, de la fuerza de lo irracional que a menudo desbarata todos nuestros cálculos políticos. En mi actitud hay también algo de broma, como cuando sostengo que todo aplauso es un error político. He tenido ocasión de ilustrar esa tesis a Luciano Lama y a Giancarlo Pajetta, que eran dos profesionales del aplauso.

Globalización de la política

En la época de la globalización, que es el horizonte ineludible de nuestro tiempo, es preciso reinventar las formas y los instrumentos de la acción social y política, superando las viejas ataduras de la dimensión estatal-nacional. [Ulrich] Beck insiste con justeza en el nuevo carácter transnacional que debe tener hoy necesariamente cualquier movimiento, cualquier iniciativa, para poder actuar con eficacia sobre los procesos de fondo, sobre las estructuras imperantes de la economía y del mercado mundiales. Mientras la política, los partidos, las organizaciones del trabajo, sigan siendo estructuras exclusivamente nacionales, encerradas en la dimensión clásica del Estado-nación, ligadas a una estructura territorial delimitada, no tendrán la menor posibilidad de éxito. No hay visión estratégica si no es en una perspectiva global. Si falta ésta, sólo son posibles tácticas defensivas y de ajuste, que no consiguen atacar los problemas de fondo.

Izquierda, su lugar

El campo de la izquierda es el lugar de las grandes organizaciones políticas y sociales, aunque a menudo puedan resultar inadecuadas, contradictorias, lastradas por procesos internos de burocratización; pero ese lugar sigue siendo el único posible en el que pueden tomar cuerpo las ideas de la izquierda. Fuera de ese contexto duro, difícil, donde cualquier pequeño avance exige un enorme desgaste de fuerza, sólo existe una izquierda virtual, que cultiva su pureza doctrinaria sin verificarla nunca en su relación con la realidad.

Izquierda y conservación

La gran oleada de la modernización capitalista empuja a una disolución de las relaciones, naturales y sociales, y agrede a la misma dignidad humana al subordinarla a las necesidades impersonales del mercado. Y entonces [desde la izquierda] no se puede prescindir del momento de la conservación, de la defensa de un patrimonio humano en peligro de quedar disuelto, arrastrado por la locomotora progresista de la historia.

Libertad de pensamiento

No existe una auténtica libertad de pensamiento si no conseguimos pensar según un punto de vista general, objetivo, que trascienda nuestra parcialidad individual, o dicho de otro modo el subjetivismo de las emociones y las conveniencias; una mirada que intente aferrar la totalidad de nuestra condición humana. Como decía Spinoza: «sub specie aeternitatis».

Maquiavelo

Nunca he compartido los arrebatos líricos de la utopía y me mantengo fiel a Maquiavelo, a su realismo: un realismo que conecta estrechamente los fines y los medios como elementos indisolubles de un proceso único, como las articulaciones concretas de un proyecto político.

Marx

Mi opinión personal es que Marx sigue siendo una clave indispensable de acceso a la comprensión e interpretación  de la sociedad capitalista, de la que desvela su mecanismo secreto, las relaciones de poder y la distorsión alienante de las relaciones humanas. El capitalismo actual aparece como una ampliación extrema y monstruosa de los caracteres que Marx intuyó como una forma de despliegue del dominio, del control autoritario sobre el trabajo y la vida de las personas; como una organización «total», que comprime todo espacio de autonomía  y pone fuera de juego cualquier forma de subjetividad alternativa.

Sin embargo, por otro lado, su mesianismo revolucionario y el anuncio de un futuro «reino de la libertad» no han superado la prueba de la historia. Puede parecer paradójico, pero la idea de la revolución no está adecuadamente elaborada y pensada por Marx. Este fallo teórico es lo que ha posibilitado que las degeneraciones hayan hecho descarrilar al movimiento comunista. Como elaboró el momento de la negación y dejó totalmente en suspenso la futura organización política y social, se abrió una brecha por la que han podido colarse y reproducirse las antiguas lógicas de la opresión y el dominio sin encontrar ninguna resistencia eficaz.

Matteo Renzi

Encuentro irritantes y patéticos a los personajes como Renzi, tan llenos de sí mismos y, por lo tanto, llenos de nada.

Negación

El momento de la negación ha de llevarse a fondo, hasta sus últimas consecuencias, de modo despiadado, sin cálculos de conveniencia, de equilibrio o de oportunidad. Pero, a su vez, la negación necesita una superación, es decir, necesita producir una forma nueva, un nivel de síntesis más alto, para salir de su parcialidad. La negación es sólo un momento, un pasaje. Lo que cuenta es el movimiento de conjunto, en el que todos los puntos de vista parciales son superados y se produce un equilibrio de fuerzas nuevo y más avanzado.

Partido (viejo y nuevo)

Cuando entré en el PCI, hace cincuenta años [hacia 1961], aún estaba en activo toda la vieja guardia, desde Luigi Longo hasta Umberto Terracini, Pietro Secchia o Mauro Scoccimarro. El PCI estaba dirigido por una aristocracia legitimada por la historia, desde la epopeya de la lucha antifascista, y su régimen interno se fundaba en una jerarquía rígida que dejaba poquísimo margen al pluralismo y al desacuerdo. Pero se trataba de una «comunidad», al mismo tiempo acogedora y opresiva. Ahora el vuelco es total. Vivimos la época del narcisismo, de la atención espasmódica al propio ego, de la competencia individual, para emerger, para aparecer, para conquistar alguna migaja de poder o de privilegio, o incluso sólo un poco de visibilidad.

Personalismo

La competencia no se establece hoy entre ideas, entre proyectos, sino entre personas, entre jefes políticos. No es el partido el que se expresa a través de un líder, sino el líder el que da forma al partido. Esta es la “novedad” que nos ofrece la sociedad post-ideológica: nos hemos liberado del dominio de las ideas para caer bajo el dominio de una relación servil de fidelidad a la persona.

Religión y política

La esfera pública y la esfera privada no están separadas, sino que la una actúa sobre la otra. Por eso no funciona la pretensión liberal de confinar la religión en el espacio de lo privado, y esta cuestión hace bastante más complicado el problema de la laicidad, porque ésta se construye y se defiende en el seno de una confrontación viva entre concepciones diversas. La religiosidad nos desafía no sólo en el terreno de la fe, sino en el terreno, enteramente político, de la idea de sociedad y de justicia, y no es posible sustraerse a ese desafío.

Simplificación

La derecha es la simplificación, y la izquierda el pensamiento complejo.

Sindicato

Pienso que el sindicato, en el momento en que profundiza su función de representación, puede ser el portador de una nueva cultura. Un sindicato autónomo, que tiene su fuerza en sí mismo, y que no se deja enredar en las maniobras de la política. En mis arrebatos más idealistas he llegado a hablar de un sindicato «filosófico», que busca representar a las personas en toda la complejidad de su condición, y que para eso busca respuesta a las preguntas fundamentales. Naturalmente la realidad es más prosaica, y el perfil del sindicato es todavía incierto y oscilante.

Foto: Roman Kruglov

Foto: Roman Kruglov

Sociedad civil, democracia y partidos políticos

El axioma “deben decidir los ciudadanos, no los partidos” es un puro sofisma, porque en una democracia compleja los ciudadanos sólo pueden tener peso en el interior de las instituciones de la democracia representativa, y en consecuencia los partidos políticos son el instrumento, el único disponible, para organizar la participación democrática. Eso estaba clarísimo para uno de los máximos teóricos del liberalismo político, Hans Kelsen. «El individuo aislado no tiene, políticamente, una existencia real, al no poder ejercer una influencia real en la formación de la voluntad del Estado.» ¿Se ha devaluado acaso el fundamento de esta verdad, o no ocurre más bien que esa impotencia del individuo aislado se ha hecho en nuestros días más y más evidente hasta un extremo dramático? Por tanto, sigue siendo actualísima la conclusión de Kelsen: «Sólo la ilusión o la hipocresía puede hacernos creer que la democracia es posible sin partidos políticos.» Si entra en crisis el mecanismo de la democracia representativa, no se anuncia un futuro de mayor libertad, sino que se está preparando el terreno para la dispersión de las fuerzas sociales a partir de intereses corporativos, y para el dominio en definitiva de grupos de presión oligárquicos restringidos e incontrolados, alimentados por flujos financieros transnacionales.

Tiempo como medida del valor

Nuestro horizonte cultural no debería estar guiado por el apremio del cambio, sino más bien por el esfuerzo en profundizar en el valor de las cosas que permanecen, que duran en el tiempo: de lo que es universalmente humano. El tiempo es el gran seleccionador, y lo que dura, lo que permanece, lo que atraviesa el curso de la historia, alcanza un nivel de universalidad que lo coloca al resguardo de lo efímero, de lo contingente, de la moda. Como ocurre, por ejemplo, con la música de Bach, en la que toma forma el movimiento de lo eterno.

Togliatti

Mi modelo político es aún el de Palmiro Togliatti, que en los años treinta, en pleno régimen fascista, analiza con frialdad racional los puntos fuertes y las debilidades del sistema, e intenta señalar los espacios posibles que se abren a la iniciativa política, las contradicciones sobre las que incidir, las posibles alianzas. Me parece que este es el trabajo que sería útil llevar a cabo, en las condiciones actuales: no una caricatura de la realidad, no la invectiva impotente contra el peor de los gobiernos posibles, sino, siguiendo el método togliattiano, «el análisis concreto de la situación concreta». Por ahora no veo que nadie trabaje seriamente en esta perspectiva.

Trabajo como centro de la política

Hoy, desde una consideración benévola de las posiciones de la izquierda en sus diferentes expresiones, puede decirse que el centro de su política lo constituyen los derechos de la persona. El trabajo está ahí sólo en la medida en que no se puede olvidar por completo que las personas algunas veces consiguen trabajar de un modo u otro. Pero la verdadera gran pasión de la izquierda se vuelca en los derechos civiles, siguiendo en eso el modelo de Zapatero, valeroso en el frente de la laicidad pero dócil a las recetas sociales del liberalismo económico. Si pensamos el trabajo como el centro, como el punto fijo en torno al cual gira todo lo demás, entonces todo el rumbo de la política económica debe corregirse, para señalar el empleo, el pleno empleo, como sugería Riccardo Lombardi, como la «variable independiente a la que debe quedar subordinado todo lo demás.» Exactamente lo contrario de lo que hoy se practica.

Universalidad de la política

La clase obrera, según Engels, es la heredera de la filosofía clásica alemana. Ese sigue siendo mi punto de vista, a pesar de todas las transformaciones que desde entonces se han producido. Me interesa la izquierda, política y social, sólo en la medida en que propone objetivos universales, de liberación del hombre.