Por qué Marx tenía razón

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Por PERE JODAR

Terry Eagleton. ¿Por qué Marx tenía razón? Traducción de Albino Santos Mosquera (Ediciones Península, Barcelona 2015)

'¿Por qué Marx tenía razón?' (Terry Eagleton, Ediciones Península, 2015)

‘¿Por qué Marx tenía razón?’ (Terry Eagleton, Ediciones Península, 2015)

La crisis de 2008 volvió a poner sobre mesas, sobremesas, sillones y círculos de debate, incluso medios de comunicación, algunos autores malditos para el establishment. Y, en esa categoría, Marx ocupa una posición privilegiada. Ciertamente a partir de esa fecha, el enfoque marxista ha experimentado un nuevo auge; no sólo entre científicos sociales o economistas críticos, sino que incluso algunos economistas más cercanos al mainstream neoclásico lo citan. Pero también ha aparecido una película del joven Marx, diversas biografías más o menos heterodoxas entre las que destacaría la de un historiador no marxista (Johathan Sperber) y, naturalmente, reediciones más cuidadas de sus publicaciones.

En este panorama Terry Eagleton, tan sorprendente en su erudición, como en su prosa amena tan llena de ejemplos y situaciones reales, publicó en 2011 este recomendable texto que tiene por finalidad  romper los estereotipos con los que se califica la obra de Karl Marx.

Para ello, y ya en el prefacio, Eagleton  propone un interrogante sencillo que parafraseo: ¿pueden estar equivocadas o ser desatinadas las objeciones que se plantean a Marx? Con ello no pretende presentar a un Karl Marx perfecto o infalible, cosa con la que el mismo Marx estaría en desacuerdo, sino que ante el apresuramiento de los que pretenden enterrar sus ideas de forma definitiva, mostrar la validez de una manera de pensar, de enfocar la realidad, que desnuda al sistema capitalista. Cada capítulo del libro está dedicado a la tarea de desmontar argumentos que descalifican al marxismo: utopía, obsolescencia y defunción; estatismo, violencia y dictadura; materialismo determinista y economicista; análisis de clase; viejos y nuevos movimientos.

Utopía, obsolescencia y defunción

¿Es el marxismo una utopía? Aunque en una buena parte de las críticas a Marx se le atribuyen sendos fracasos como futurólogo, nos dice Eagleton, Marx no estaba muy interesado en el futuro y menos en asegurar un futuro idílico o utópico, aunque sí apuntó rasgos de un futuro abierto, en construcción. En cierta manera el socialismo, el comunismo, se edifica con base a un movimiento real, no en lo que la gente dice sino en lo que hace. El futuro pensado, idealizado, conduce al desastre; a la distopía, como la que vivimos en la hegemonía neoliberal. Ese fin de la historia de la que los islamistas radicales o el auge de la extrema derecha, nos arranca de golpe.Para Marx, el socialismo es la democracia tomada realmente en serio y no la democracia entendida como una farsa política. Prosigue Eagleton: Los marxistas son, por una parte, unos tipos realistas que se muestran escépticos ante cualquier moralismo elevado y recelan del idealismo. Dotados de una mentalidad suspicaz por naturaleza, tienden a buscar los intereses materiales que se ocultan latentes bajo la embriagadora retórica política. Están alerta ante las monótonas (ya menudo innobles) fuerzas que subyacen a los mensajes devotos y a los proyectos y visiones sentimentales. Pero su actitud se debe a su deseo de ver a los hombres y a las mujeres libres de esas fuerzas, convencidos como están (los marxistas) de que las personas son capaces de las mejores cosas. Por lo tanto, combinan su pragmatismo con una gran fe en la humanidad1. Quizás ese sea un problema del marxismo, la de tener una visión idealizada de la naturaleza humana. Realistas y esperanzados, pero no sentimentales, ni cínicos. Aunque, al mismo tiempo, esa visión humanista implica un poderoso desafío al estado de cosas vigente. En todo caso el marxismo no promete la perfección humana, ni un reino de leche y miel, sino una sociedad menos opresiva, injusta, explotadora, más libre, en la que tendríamos que continuar lidiando con las miserias humanas. En definitiva: Marx fue, según Adorno, un enemigo de la utopía por el bien de la realización de ésta.


En todo caso el marxismo no promete la perfección humana, ni un reino de leche y miel, sino una sociedad menos opresiva, injusta, explotadora, más libre, en la que tendríamos que continuar lidiando con las miserias humanas


Claro que si los sucesivos intentos de implantar el socialismo han fracasado, sí, además, en los años 70 del pasado siglo el marxismo estaba en primera línea del debate intelectual y académico y en los años 80 su impacto se circunscribió a círculos militantes o especializados, ello facilita a los críticos del marxismo el plantear su final definitivo. Eagleton contraargumenta diciendo que mientras exista el capitalismo la crítica radical es necesaria. Diversos factores sustanciaron el auge de la hegemonía capitalista a finales del siglo XX e inicios del XXI: cambios en el sistema, la sociedad postindustrial, el consumismo, las nuevas tecnologías, la descentralización productiva, la eclosión de la identidad trabajadora en nuevas identidades con necesidad de reconocimiento (feminismo, localismo, ecologismo, etnia), la globalización, la explotación de la mano de obra de los países periféricos, el comercio desigual, la conversión de ciudadanos de los países del Sur en miembros de la nuevas oleadas migratorias; la rápida y fácil caída de la URSS, el abrazo chino a un capitalismo de estado. El fin de la historia en un océano capitalista.

Pero, curiosamente, en esa etapa de triunfo, la rentabilidad se ha ido reduciendo  y los nuevos mecanismos dispuestos para garantizarla: financiarización, mercantilización, privatización y desregulación, nos despiertan del sueño capitalista con más paro, precariedad, pobreza aun trabajando. En definitiva, hay una vuelta al escenario de la acumulación primitiva de capital, mediante la desposesión y el crecimiento exacerbado de la desigualdad. Eagleton (tampoco Marx) no niega la capacidad del sistema de generar progresos asombrosos, aunque siempre retorna al punto de partida: explotación y desigualdad que actualmente, podríamos añadir, cuestiona el mismo fundamento de las sociedades (las personas), así como los límites ecológicos del planeta. Así que el autor se pregunta ¿qué es más antiguo y nefasto este capitalismo depredador, o un pensamiento que lo cuestiona? Un pensamiento que dice que hay pobres, sólo porque así lo quieren los inmensamente ricos.

Materialismo determinista y economicista

Eagleton apunta con su prosa provocativa: A Marx nunca le quitó mucho el sueño la cuestión de siel mundo está hecho de materia, de espíritu o de queso azul. De hecho Marx alababa las ideas materialistas procedentes de la clase media y sus intelectuales defendiendo la justicia, la libertad y los derechos humanos, pero criticaba su entusiasmo con el individualismo, la propiedad privada y el libre mercado. Ese materialismo de clase media reducía el sujeto humano a la contemplación y la pasividad y, justamente, Marx quería poner en primer plano sujetos activos, no fetichizados por una u otra ideología. Según Eagleton los seres humanos tienen una historia por necesidad, en función de la abundancia o de la escasez y, en todo caso, sólo podemos satisfacer nuestras necesidades naturales por medios sociales: produciendo colectivamente nuestros medios de producción. Lo económico, lo biológico y lo social unidos en términos de intereses, acción, sentimientos, emociones, deseos y lenguaje. Por ello la teoría marxista no es sólo un instrumento para analizar el mundo, sino también para cambiarlo… Marx es un gigante del pensamiento que desconfía muy sinceramente de las ideas exaltadas. Y esto lleva a Eagleton a citar la vilipendiada y famosa doctrina marxista de la base y la superestructura: “En la producción social de su vida, los hombres contra en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política, y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social”. La superestructura son las instituciones, o conjuntos de prácticas como sugiere Eagleton, tales como la religión, la educación y la cultura que producen ideas que legitiman el sistema (ideología), el Estado, el derecho, la política, el parentesco; también las universidades que según Eagleton se han convertido en órganos del capitalismo empresarial. Pero base y superestructura forman un conjunto de interacciones intensas; el sistema de propiedad y el orden social imperante condiciona y a la vez se apoya en las instituciones y las ideas e instituciones pueden ejercer una influencia formidable… cuando se alían con intereses materiales poderosos. Para Eagleton las superestructuras son esenciales para el sistema por su carácter explotador; sin explotación continuarían existiendo sin necesidad de generar fetiches y alienación, explorando caminos de libertad, haciendo reales y veraces la moral y la ética, tan alejada del egoísta universo capitalista.


Marx nos habla de otra manera de construir subjetividades que también se basa en intereses materiales, pero es acción colectiva, es lucha de clases. Unas clases que no son reducibles a factores meramente económicos. La propiedad y, sobre todo, el trabajo no son factores exclusivamente económicos


Pero la crítica al marxismo proviene no tanto por esta distinción, sino por el supuesto predominio o determinación de las fuerzas económicas sobre el resto. Y, sí, aquí apunta Eagleton que según Marx, el primer acto histórico fue la producción de los medios con los que satisfacer nuestras necesidades materiales. Sin producción material no puede haber civilización. Pero si en su análisis o enfoque sobre la realidad sólo tuviera en cuenta los elementos económicos estaríamos ante un reduccionismo; un solo factor explicando todo, mientras que el marxismo es un enfoque pluralista, complejo, de manera que posibilita admitir que la violencia, el trabajo duro y la explotación ocupan un lugar importante en la historia humana, pero no olvida que los factores políticos y sociales tienen vida propia y el resultado, la historia, será fruto de la interacción de todos ellos. El análisis marxista del capitalismo, proporciona un contexto,unas estructuras, cuya comprensión ayuda a entender las subjetividades que anidan en su interior y el papel que éstas juegan en el terreno de la hegemonía y la dominación. En este sentido el reduccionismo economicista proviene de aquellos que se centran exclusivamente en el mercado, la competitividad, la productividad, la abstracción del individuo racional persiguiendo ganancias, mientras se deja de lado las necesidades de las personas y las sociedades. Banqueros, inversores, políticos, académicos especializados se comportan como sí sólo importara lo económico; fijémonos en lo que realmente representa la Unión Europea, la Troika, sino el aplastamiento de lo político y lo social por lo económico. Y, frente a ello ¿qué ofrecen?, una democracia basada en unas elecciones pensadas como si fuera un mercado individualizado del voto. En cambio Marx nos habla de otra manera de construir subjetividades que también se basa en intereses materiales, pero es acción colectiva, es lucha de clases. Unas clases que no son reducibles a factores meramente económicos. La propiedad y, sobre todo, el trabajo no son factores exclusivamente económicos. El trabajo en Marx, dice Eagleton, implica toda una antropología: una teoría de la naturaleza y la acción humana, del cuerpo y sus necesidades, de la naturaleza de los sentidos, de las ideas de cooperación social y realización personal…El trabajo implica también género, parentesco y sexualidad. Materialidad y espiritualidad. Lo económico, lo material, nos acercan o alejan del bienestar humano, pueden facilitar un buen trabajo y una buena vida o alejarnos de ellos. Trabajar por amor al arte, hacer actividades por el mero hecho de realizarlas, desarrollar la creatividad humana, tener mucho tiempo libre… ese es su objetivo.

Por tanto, Marx, no plantea un determinismo económico o histórico frente a la acción humana. Justamente, remarca Eagleton, lo original del marxismo no es ni la idea de revolución, ni la de clase social, ni la de alienación, que Marx toma prestadas de otros pensadores. Si es en parte original su énfasis en la economía (las fuerzas productivas) que, sin embargo, están en interacción convulsa, conflictiva, con unas relaciones sociales (de producción), lo que da lugar a unos modos de producción que se suceden en la historia. Pero lo que aporta originalidad a este constructo es la idea de la lucha de clases; pura agencia social en acción: ligar esas dos ideas (la lucha de clases y el modo de producción) entre sí para producir un escenario histórico novedoso. Esta genialidad puede ser interpretada de modo mecanicista, el avance de las fuerzas productivas por si solo conducirá a una transformación de las relaciones de producción que allanará el camino del socialismo; lo que estaría alejado de la lucha de clases, puesto que invita al quietismo político. Pero lo que realmente muestra Marx no es un artefacto para hacer la revolución, sino un instrumento complejo para comprender lo que sucede, el porqué de la explotación, de la alienación, de la falta de libertad real para decidir las cosas importantes de nuestras vidas. En definitiva, para adquirir conciencia. La cita de Marx que utiliza Eagleton es, en este sentido, imprescindible: “La historia no hace nada, no posee una riqueza inmensa, no libra combates. Ante todo es el hombre, el hombre real y vivo, quien hace todo eso y realiza combates; estemos seguros de que no es la historia la que se sirve del hombre como de un medio para realizar (…) sus propios fines; la historia no es más que la actividad del hombre que persigue sus objetivos”. Hoy día hablaríamos de personas, o de hombres y mujeres, pero esta frase muestra lo alejado del determinismo o del fatalismo que estaba Marx.

El papel de las clases sociales

La clase para el marxismo, según Eagleton, como la virtud para Aristóteles, no guarda tanta relación con lo que sentimos como con lo que hacemos. Tiene que ver con dónde estamos situados dentro de un modo de producción concreto. Compramos o vendemos fuerza de trabajo, o hacemos otra cosa. Ciertamente la clase ha cambiado, cambia y se transforma, pero ¿ha desaparecido la clase obrera? El sistema capitalista es veloz, híbrido, transformista, flexible. La mercancía y su fetiche el dinero lo iguala todo y, paradójicamente, mientras los ricos son hay más ricos que nunca, mientras la brecha que les separa de los pobres se incrementa, los cambios culturales (ejecutivos y directivos con camisa de cuadros o camiseta y tejanos) pueden generar la apariencia de que las barreras de poder y dominación se disuelven. Mientras se invaden países en nombre de la democracia, los países ‘avanzados y democráticos’ involucionan hacia formas, más o menos sutiles de autoritarismo, en cuya cúspide destacan  bancos y multinacionales que no rinden cuentas ante nadie más que a sus accionistas. No obstante Marx era el primero en reconocer los logros de la clase capitalista aunque, como nos señala Eagleton, no estaba exento de humor negro al anunciarle que el propio sistema da a luz a su enterrador: la clase obrera. No porque trabaje más duro, de hecho Marx quiere abolir todo el trabajo que no sea libre, sino por el lugar que ocupa en el modo de producción capitalista, de manera que sus miembros pueden hacer posible la emancipación universal. Citando a Marx: “Debe formarse una clase que tenga cadenas radicales, una clase que esté en la sociedad civil pero que no sea una clase de la sociedad civil, una clase que sea la disolución de todas las clases, un sector de la sociedad cuyo sufrimiento le confiera un carácter universal, y que no reclame un resarcimiento particular porque la injusticia de la que ha sido objeto no es una injusticia particular, sino una injusticia en general. Debe formarse un sector de la sociedad que no invoque ningún estatus tradicional, sino solamente un estatus humano”. Según Eagleton la clase obrera es funcional y está desposeída, es específica y universal, forma parte integral de la sociedad civil pero es una especie de nada. Alienada y dominada y, por ello, necesitada de alianzas políticas para conseguir la emancipación.


Mientras se invaden países en nombre de la democracia, los países ‘avanzados y democráticos’ involucionan hacia formas, más o menos sutiles de autoritarismo, en cuya cúspide destacan bancos y multinacionales que no rinden cuentas ante nadie más que a sus accionistas


Eagleton señala que, contra el acervo común, el proletariado original no era sólo la clase obrera masculina de cuello azul, sino también los campesinos, las mujeres que producían fuerza de trabajo en forma de hijos o se integraban en el servicio doméstico y, hoy día, en gran parte del Tercer Mundo y de forma abundante en los servicios intensivos en mano de obra de los países centrales, el proletario típico continúa siendo mujer. Por ello, cita a David Harvey cuando dice que “el proletariado global es más numeroso que nunca”. La clase obrera manual ha disminuido, pero la clase obrera incluye a todas aquellas personas que se ven obligadas a vender su fuerza de trabajo al capital; o bien están sometidas a la disciplina empresarial o tienen un escaso o nulo control sobre sus condiciones de trabajo, extensivo a sus condiciones de vida. Hoy en día una buena parte de los trabajos de los servicios no disponen de autonomía y están sometidos a la autoridad que decide sobre su carga de trabajo, su salario, su salud, etc. La ‘proletarización’ de una buena parte de los trabajadores no manuales hace razonable incluirlos en la clase obrera; del mismo modo que los jubilados, desempleados o enfermos crónicos y los precarios de todo tipo por muy eventual o informal que sea su ocupación. Si bien una parte de los asalariados tienen una situación privilegiada, la actual crisis también ha cuestionado el supuesto aumento de la clase media, producto de la sociedad de la información y el conocimiento.

Revolución, estatismo, violencia y dictadura

Se acusa al marxismo de tener como objetivo el cambio revolucionario que se sustenta en la violencia y el caos, frente a la reforma social, pacífica, moderada y gradual. Paradojas de nuestro tiempo, hoy los trabajadores tememos a los innovadores que han incorporado la palabra reforma a su vocabulario manipulador, aplicando reformas laborales allá donde quieren decir descenso del salario y peores condiciones de trabajo, o reforma de las pensiones allá donde quieren decir arrebatar ese derecho y mercantilizarlo, del mismo modo se aplica a la reforma social y del bienestar, del sistema educativo o de salud. En todo caso nos dice Eagleton, la revolución para el marxismo, no se define por la cantidad de violencia que implica. Los primeros días de la revolución de Octubre fueron poco violentos, las revoluciones burguesas se fueron gestando a lo largo de siglos, con algunos episodios violentos, pero quizás las más eficaces no lo fueron. En cambio los Estados modernos sí se gestan en medio de episodios sumamente violentos que prosiguen en la actualidad. Stalin y Mao provocaron grandes matanzas, pero no olvidemos Hiroshima y Nagasaki, tampoco los intensos bombardeos aliados sobre población civil, y los millones de soldados muertos en la primera guerra mundial, por el capricho expansivo de las clases dominantes de los países en confrontación. Hitler y Mussolini, son un producto del capitalismo, como los populismos de derecha actuales. Las huelgas y manifestaciones obreras, populares, alternativas, por regla general tienen un desarrollo pacífico. En cambio no hay nada más anárquico que las fuerzas del mercado desatadas. Hoy día los verdaderos radicales antisistema, son los sectores que nos dominan y gobiernan. Las revoluciones, la emancipación, sólo pueden venir de la expansión de la democracia, por vías que limiten la violencia; Engels escribió al respecto. Hoy día mercado, democracia parlamentaria, reforma social, experimentación social, económica y política, todo ello puede coexistir en el camino emancipador. Sin olvidar que el Estado es el detentador de los medios de violencia legítimos que no dudará en poner al servicio de las clases dominantes, siempre que éstas vean peligrar su status quo. Otra cosa es, como advierte Eagleton, conseguir acumular suficientes fuerzas y motivación para llevar hacia adelante ese paso.

© Carme Masiá

© Carme Masiá

 

Marx se opuso implacablemente al Estado. De hecho es de sobra conocido que esperaba con ansia el momento futuro en que aquel se desvaneciera por completo. Eagleton matiza esta afirmación, entendiendo que desaparecerá su faceta de instrumento de violencia y represión al servicio del poder de la clase social dominante y permanecerá en su faceta de organismo coordinador y administrativo. El Estado actual es violento y parcial; la política se identifica lamentablemente con la gestión del capital, aunque los velos democráticos, oculten esa realidad. Ello no implica no necesitar los aparatos de Estado, pero para usos diferentes a los actuales. Las prisiones pueden ser un lugar donde mantener alejados de la sociedad a individuos crueles y peligrosos, pero no tendrían que ser el lugar donde, como sucedió en la Inglaterra de las ‘leyes de pobres’ o en los Estados Unidos actuales, se penaliza a los socialmente desfavorecidos. En las relaciones laborales, el Estado no es un árbitro neutro, moderado y equitativo, las reformas contra el trabajo y los trabajadores impulsadas por los neoliberales, no hubieran podido realizarse sin la complicidad de gobiernos conservadores, liberales, socialdemócratas. Es un Estado al servicio de una minoría y Marx pensaba en un gobierno de las ciudadanas y ciudadanos sobre sí mismos, tomando el ejemplo fugaz de la Comuna de París. Y de ahí surgió el desafortunado concepto de dictadura del proletariado que si bien para él significaba democracia popular, el estalinismo lo convirtió en un horror. Aunque el Estado no sólo es un instrumento de la clase dominante, entre otras cosas porque en el interior de la misma hay diversas posiciones, segmentos y el Estado capitalista puede llevar a término decisiones autónomas y contradictorias entre sí. En la emancipación humana el poder no puede ser tiranía y coerción. El poder según Marx responde a unos intereses materiales, a un entorno social, no es una ‘cosa’ con vida propia, naturalizada que está por encima de la acción humana. Pero aquí, nos dice Eagleton, Nietzche y Freud, supieron reconocer que si bien el poder no es una cosa en sí contiene un elemento que le confiere un enorme atractivo y que le otorga gran parte de su capacidad de coacción: el placer de dominar.


Marx pensaba en un gobierno de las ciudadanas y ciudadanos sobre sí mismos, tomando el ejemplo fugaz de la Comuna de París. Y de ahí surgió el desafortunado concepto de dictadura del proletariado que si bien para él significaba democracia popular, el estalinismo lo convirtió en un horror


Eagleton recuerda que liberales y conservadores, tan puntillosos con la identificación del marxismo con los crímenes de las dictaduras Stalin o Mao, dejan a un lado que la acumulación primitiva de capital que permitió la transición al capitalismo se hizo con base a la expulsión o deportación de campesinos de sus tierras, cuando no eran encarcelados por haber sido condenados a la pobreza, o a la esclavitud y las prácticas extractivas en las colonias. Los grandes imperios capitalistas, fuera Inglaterra o Estados Unidos, no se han caracterizado por sus prácticas democráticas, más allá de mantener unos mínimos formales en sus propios países (véase las cifras de pobres y de encarcelados en los USA o, actualmente, la no consideración como ciudadanos o como personas, de los inmigrantes). El dogma del libre mercado que comporta libertad y democracia formal cada vez se aleja más de la realidad. Las dictaduras del bloque soviético han sido reemplazadas por el libre mercado, la cruel terapia de choque, la privatización. Su vuelta al capitalismo implica también un coste humano aterrador; por supuesto silenciado o envuelto en innumerables conflictos y guerras locales. El fascismo fue y posiblemente lo sigue siendo, el perro guardián, del Occidente capitalista. Para el marxismo, según Eagleton, avanzar hacia el socialismo requiere un pueblo cualificado, educado y políticamente sofisticado, unas instituciones ciudadanas florecientes, una tecnología evolucionada, unas tradiciones liberales ilustradas y un hábito democrático asentado y, además, un razonable bienestar económico. En todo caso el fracaso, en tanto que socialista, de la revolución rusa no debe hacer olvidar que Marx hacía hincapié en la libertad de expresión y en las libertades civiles. Del mismo modo que los crímenes del capitalismo no tienen nada en común con pensadores liberales como Jefferson o Stuart Mill, el marxismo no queda anulado por la perversión del bloque soviético. Hay muchas maneras de avanzar hacia una sociedad emancipada y, en ellas, pueden coexistir instrumentos de mercado, el Estado, las asociaciones y medios de comunicación, la libertad de expresión y los procedimientos directos de decisión. Se podría añadir que avanzar hacia el socialismo requiere un trabajo más libre y emancipado y tener tiempo para la vida cotidiana y para la participación social y política.

Viejos y nuevos movimientos.

Según Eagleton la clase no debe ceder su lugar al género, la identidad y la etnicidad. El conflicto entre las grandes empresas transnacionales y la mano de obra mal pagada, étnica y, en muchos casos, femenina del sur del planeta es una cuestión de clase en el sentido marxista estricto del término. En este sentido la clase siempre fue formulada por Marx como un fenómeno internacional, basta leer el Manifiesto Comunista. Con ello no dice Eagleton que Marx fuese un explícito feminista, antirracista y anticolonialista, tampoco un ecologista. Fue una persona de su tiempo con una visión amplia, pero que no abarcó todo. Aunque en todas estas cuestiones dejó una huella en forma de preocupación por las condiciones capitalistas de reproducción social, no sólo material, o por las condiciones de vida y trabajo de los habitantes de las colonias, así como por el malbaratamiento del suelo agrícola, la calidad del aire, o la contaminación, pensando en la herencia dejada a las generaciones futuras. Para Eagleton, ningún pensador fue más consciente que Marx de hasta qué punto están socialmente mediados la naturaleza y el cuerpo. Y esa mediación se conoce eminentemente por el nombre de trabajo, que es lo que labra la naturaleza hasta dotarla de un significado humano. El trabajo es una actividad significante. Pero Marx no disuelve la naturaleza y la cultura la una en la otra; formando parte de la naturaleza los seres humanos de forma colectiva son capaces de enfrentarse a ella; aunque ésta, dada nuestra mortalidad, individualmente siempre nos venza. El mercado, el comportamiento egoísta, el sistema de acumulación y desposesión capitalista, no son naturales, son una amenaza para la sociedad y para el planeta. Si el dilema es socialismo o barbarie, el marxismo tiene mucho que aportar a los mencionados movimientos.

En resumen. Eagleton nos presenta a un Marx con gran fe en los individuos y la humanidad y muy poca en los dogmas abstractos. No le interesaba la sociedad perfecta, por ello abogaba por la diversidad, afirmando que los hombres y las mujeres hacen su propia historia. Era hostil al Estado como forma de poder de unos pocos y simpatizaba con una democracia amplia a la que se podía llegar de forma pacífica y reformista. La producción material no era para él un fetiche, ni tampoco trazó un relato de una clase obrera mítica, mientras mostró interés por las aportaciones de la clase media (libertad, derechos civiles, prosperidad material). Su ideal era el tiempo libre, no el trabajo, la buena vida producto de la autoexpresión artística. Y, se puede añadir, proporcionó un enfoque crítico imprescindible para diagnosticar los males del capitalismo y alumbrar vías de emancipación.

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Pere Jódar. Sociólogo del Departamento de Ciències Polítiques i Socialsde la Universitat Pompeu Fabra. Especializado en sociología económica, sindicalismo y ocupación.

 

1.- Algo en lo que Eagleton coincide con Karl Polanyi. [^]