De política, nación y clase

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N1_17_BPor ÁNGEL DUARTE MONTSERRAT

La izquierda catalana ha vivido en los últimos meses inmersa en una vorágine que le era y, como se ha revelado al final, no le era del todo propia. Se ha visto, por una parte, inmersa en procesos de recomposición y, en medio de esos nada fáciles ejercicios, desbordada por agendas y requerimientos que, en términos prácticos, y a pesar de los logros innegables, han hecho que dejara en la gatera de la puerta patria unos cuantos pelos.

Los procesos de recomposición han sido exitosos, en algún caso, y francamente decepcionantes en otros – me refiero a la candidatura unitaria que se presentó en las elecciones autonómicas del 27S: Catalunya sí que es pot. En cualquier caso, y a la espera de las iniciativas que puedan adoptarse en lo inmediato, algo de lo que anotaba Guanyem Barcelona, ahora Barcelona En Comú, a la altura de junio de 2014 se revela del todo punto cierto: “Vivimos tiempos de cambios profundos” .

Vayamos por partes. La izquierda catalana, la que se autodefine como transformadora, participó, en 2010, y con distintos grados de entusiasmo en la oleada general de movilizaciones sociales que en el conjunto de España se registró por esas fechas y que alcanzó a identificarse con eltérmino15M. Se trató, recordémoslo, de un ciclo de acción colectiva que denunciaba la ofensiva que se estaba registrando, aprovechando el contexto de la crisis económica iniciada en 2008, contra los derechos y las conquistas sociales de la mayoría de la población. Un momento, también, en que se expresaba el rechazo a una política oligarquizada y alejada, para algunos de manera irreversible, de los intereses de la ciudadanía.

Como recoge Jordi Mir, en 2011 únicamente un 3,9% de la población de Cataluña consideraba que la democracia funcionaba bien y no precisaba de modificaciones. En las mismas encuestas, un 25,6% manifestaba que no se desempeñaba bien y que necesitaba muchos cambios. Un 16,3% opinaba que no sólo no funcionaba bien sino que necesitaba un cambio total y un 54,2% de los encuestados que funcionaba correctamente pero, aun así, precisaba cambios. Se mire como se mire, la democracia, el estado de la misma, su funcionamiento, constituía un problema. De grave a menos grave según las lecturas que se hiciesen de los porcentajes1.

En dichas movilizaciones se expresaba, con mayor o menor ímpetu según los casos, una vena anti-política (institucional) escasamente disimulada tras la denuncia de las limitaciones de los mecanismos de la democracia representativa. El razonamiento de fondo era, en expresión debida a Montserrat Galceran, el siguiente: “La política institucional en los países capitalistas democráticos (…) ha constituido una palanca eficaz en la supeditación de las exigencias de la población a las rentabilidades financieras, vehiculando un discurso según el cual ésa era la única política posible”2. La izquierda política y sindical se enfrentaba a un escenario móvil inmersa en un proceso de erosión –el último escalón, por el momento, de un largo descenso que de no invertirse conduce hacia la irrelevancia – de las formaciones políticas que en las décadas anteriores habían estimulado o recogido, encuadrado o articulado y, en última instancia, representado institucionalmente–con no demasiada eficacia, real o comunicativa-los intereses populares.

Las dificultades la izquierda tradicional para hacerse con el control de los múltiples procesos de acción colectiva y para evitar el evidente grado de autonomía del movimiento social arrancaban de numerosos factores. Desde el anquilosamiento estructural de partidos y sindicatos al agotamiento y crítica, no siempre equilibrada, de los resultados de la Transición presentada, ahora, como un régimen en liquidación. Difícilmente podía ponerse la izquierda de siempre, vista como partícipe o más o menos consentidora del entuerto económico y político, al frente de una respuesta social como la manifestada el 15M y, tanto antes como más allá de esa fecha y lugar, por los plurales colectivos que clamaban por dar satisfacción o simplemente enfrentar los efectos más deletéreos de la crisis.

En Cataluña, así como en otros escenarios urbanos y rurales de la geografía española, la radicalidad se hizo presente en las calles y frente a las instituciones. Acaso el episodio más notable de ese proceder tuvo lugar, en el caso catalán, desde mediados de mayo hasta junio de 2011 cuando los indignados autóctonos dejaron el corazón de la ciudad, la Plaza de Catalunyaen la que habían acampado, para instalarse en los alrededores del poder legislativo de la autonomía, el Parlament, y acabar bloqueando, o intentándolo, el acceso de los diputados al hemiciclo. En ningún otro momento de los treinta años de autonomía se había producido una disociación simbólica tan potente entre representados y representantes. Bien es cierto que, por eso mismo, no pocos segmentos de las asustadizas –como todas- clases medias catalanas, y lo que ha convenido en denominarse con notable rigor descriptivo el “sistema comunicacional catalán”, pusieron el grito en el cielo. De la simpatía al temor había un paso muy corto: el del choque, siquiera simbólico, con las instituciones representativas del pueblo de Cataluña.

Por esas mismas fechas, en Cataluña, se estaba viviendo un segundo proceso. O, como quisieron presentar algunos de los partícipes en el mismo, como una segunda cara de un único proceso de revolución democrática impulsada por un movimiento genuinamente popular. El argumento presenta algunas fisuras: obliga a omitir el papel de un poder, realmente existente desde hacía tres décadas y que, en los últimos años, había contribuido decisivamente al éxito cultural de la inevitabilidad de las reformas neoliberales, de las limitaciones en los derechos laborales, de las privatizaciones sanitarias, de las subvenciones a escuelas concertadas con separación estricta de niñas y niños en las aulas,… Porque lo seguro es que el 24 de marzo de 2012, Artur Mas, presidente de la Generalitat de Catalunya e impulsor decidido de las anteriores iniciativas, anunciaba: “Hem posat rumb a Ítaca”. La afirmación, de carácter inaugural, llamaba a una empresa colectiva, incitaba a sus compatriotas a actuar al margen de las líneas de conflicto internas y participaba de no pocos de los atributos de las voces sagradas que poseen poder performativo. La voz dada implicaba, en ella misma, una tarea: marcaba un puerto de salida, un itinerario, un destino que reunía las condiciones de una tierra prometida y el procedimiento a seguir para alcanzarla. Enunciar la marcha equivalía a realizarla. Tras atravesar el desierto de un marco autonómico erosionado por un Estado siempre hostil –me ciño al relato- y llegar a las orillas de un mar azul, aseguraba el presidente, el pueblo de Cataluña, todo él, debía embarcarse en un viaje. De hecho, como ponía en evidencia la agitación nacionalista que se vivía en esos momentos, buena parte de ese pueblo catalán habría decidido navegar hacia la isla mítica, como mínimo, desde algunos años antes y, supuestamente, por su cuenta y riesgo.

El punto de partida de ese otro, por el momento, proceso de acción colectiva suele relacionarse con la sentencia del Tribunal Constitucional a la reforma del Estatuto de Autonomía de 2006. En realidad, los mimbres venían tejiéndose desde hacía tiempo y, sin referirnos aquí a los éxitos de un proceso de nacionalización de larga duración y de gran atractivo (me refiero, obviamente, al catalán), apelaba de manera reiterada a la dignidad ofendida (desde el contencioso vivido a cuenta de los denominados Papeles de Salamanca a la propia sentencia del TC), a los materiales ya usados en otras latitudes por las revueltas de contribuyentes (Espanyaens roba, balanzas fiscales, caracterización de los perceptores de las transferencias de renta como ociosos impenitentes e ingratos,…) y a la atribución en exclusiva, incluso contra toda evidencia, de los vicios de práctica y carácter (corrupción, oligarquización, caciquismo, manipulación informativa,…) a los otros.

Si la sentencia del TC dio lugar a un salto cuantitativo en la celebración del 11 de septiembre de 2011, el llamado presidencial y el activismo de organizaciones como la Assemblea Nacional Catalana y la más veterana, y hasta poco tiempo antes fundamentalmente culturalista, Òmnium Cultural convirtieron al Diada de 2012 en otra cosa. Una amplísima movilización catalanista por el derecho a decidir. El nacionalismo catalán se transmutaba, mediante ese paso intermedio y con gran rapidez, en secesionismo estricto.

Con las instituciones del país situándose, donde siempre estuvieron desde los años de plenitud del pujolismo –o sea, al frente de su pueblo y de la sociedad civil– el viaje no se correspondía tanto con un diagnóstico de la situación cuanto con una orientación para la acción, se formulaba no tanto como una profecía cuanto como un mecanismo concreto de transformación de la realidad autonómica existente. Mediante la enunciación del viaje, al dar un significado y afirmar un valor a la agitación social, los hechos que están por llegar se insertan en una situación “en que la actividad y la contra actividad se podrán distinguir, y en que la totalidad de los acontecimientos se organizarán en un proceso”3. Con su proclama, Mas dotaba de sentido, desde el poder, a la acción colectiva de esos catalanes, entendidos como comunidad nacional, sabiendo, se advertía, que la travesía no iba a ser fácil. Tenía, como toda aventura que se precie, sus atractivos y sus riesgos.

N1_17_A¿Y la izquierda? Bien, a esas alturas el plural se imponía, no ya en términos de tradiciones culturales, que también, sino de adscripciones identitarias: las izquierdas. La izquierda independentista –desde la social-liberal (ERC) a la anticapitalista- veía las puertas abiertas a un posible asalto de los cielos. La segunda de las mismas, la que nos interesa más para esta reflexión, la de las Candidaturas de Unidad Popular, llevaba tiempo sembrando mediante una modélica acción cotidiana. En sociedades y ateneos de todo tipo las CUP se habían hecho presentes en el tejido social del país. Con preferencia, claro está, en aquellas regiones del mismo en los que la identidad exclusivamente catalana se imponía sociológicamente sobre los sentidos de pertenencia y patriotismos compartidos. En cualquier caso, su activismo y sus novedades en cuanto a modalidades de participación de los sujetos en el colectivo –su naturaleza asamblearia- les habían dado un impulso desconocido hasta entonces.

Por otro lado nos encontramos con una amplia nómina de actores que iban desde los vinculados a la izquierda del PSC –siempre en perpetua renovación, siempre a la búsqueda de un paraguas que le permitiese aglutinar, sobre todo desde el uso de los recursos institucionales, a los sectores populares, a los colectivos afectados por la crisis y las políticas austericidas- hasta aquellos otros que, de manera autónoma, aparecían vinculados a movimientos surgidos al calor del combate social –aunque las mareas tuviesen, por razón de la centralidad de la agenda nacional, un peso menor que en otras parte de España, las prácticas de resistencia a los desahucios, la defensa de espacios urbanos ocupados o los esbozos de intransigencia frente a las iniciativas privatizadoras en la enseñanza o en la sanidad no habían sido en absoluto desdeñables. En relación con este último terreno, operaba una izquierda soi-dissant transformadora –desde Iniciativa per Catalunya (ICV) a EUiA y Equo hasta la pronta novedad de Podemos y plataformas específicamente catalanas como ProcésConstituent– que se movía con diversos grados de indecisión en relación al denominado derecho a decidir –el estadio previo a lo que acabaría desembocando en un movimiento de alrededor de dos millones de catalanes desconectados (definitiva o temporalmente es otra cuestión) del devenir hispánico- y que compartía sin dificultades –a pesar de las requisitorias que sufría por su comportamiento en el gobierno cuando los recientes tripartitos (2003/2010)- los objetivos y las prácticas de movilización de los actores sociales alternativos.

Es este campo el que, mediante un lento proceso de cocción, obtendrá, en 2015 un éxito sin precedentes: la conquista de la alcaldía de Barcelona, con Ada Colau, cabeza visible de algunos segmentos del movimiento anti-desahucios de las PAH, en primavera. Volvemos al principio de esta nota. Les hablo de Barcelona en Comú. Lo del lento proceso de cocción no es en absoluto un elemento menor sino, con toda seguridad, la clave del éxito de un episodio de confluencia que permitió la creación, acaso temporal, de un sujeto y de un proyecto que trasciende sus ingredientes. El debate se alimentó de un trabajo común cotidiano, orientado a hacer posible la presencia en las instituciones del impulso resistente y transformador que había tenido lugar en las calles, que se había expresado en los límites exteriores del sistema político institucional. No se trató de un mero diálogo sino de un proceso de debate, de conversación lenta y sosegada, empeñada en otorgar un lugar central a los elementos éticos. Teniendo presente el otro gran elemento de movilización social –el debate de identidades, la cuestión de la confrontación territorial, el proceso secesionista- se distinguió de él. No lo negó, pero le otorgó, para irritación mal disimulada de quienes asociaban dret a decidir con una agenda independentista explícita y unívoca, un papel no central. Recuperó, por último, un argumento central en las agendas emancipatorias de nuestro país: el papel potencialmente transformador del municipalismo popular. Muy concretamente, en relación al combate contra las prácticas de corrupción y mal gobierno.

La confluencia de la candidatura encabezada por Colau tuvo algo de acuerdo entre partes y mucho más de trabajo común cotididano.“La idea de la confluencia precisamente recordará Mir- tiene que ver con encontrarse en las instituciones la gente que ya se podía encontrar fuera de ellas para cuestionar las políticas que desde ellas se desarrollan”.

En medio año el trabajo pareció dilapidarse. Para la conformación de las candidaturas de Catalunya sí que es potse recuperaron los procederes de antaño. El pacto, de urgencia, fue un acuerdo entre cúpulas políticas y siguiendo un proceder muy propio de la vida política catalana: el traslado a las listas de las influencias que se suponían a los distintos integrantes de las mismas. Y, por lo demás, se hizo en un contexto y con unos rasgos que no podían más que conducir a la esterilización del potencial de la confluencia. Por enumerarlos rápidamente y concluir esta reflexión: la conversión de las elecciones autonómicas en un plebiscito en el cual el eje identitario, territorial o como se le quiera llamar se impuso, ahora sí, sobre cualquier otra consideración no facilitó la visibilidad de la ahora menor y urgente confluencia. La actitud ambigua de la coalición encabezada por Luis Rabell no podía dar réditos. Por lo demás, el ciudadanismo, que jugó un papel nada menor en Barcelona en Comú mostraba virtualidades mucho menores en unos comicios que no eran, exactamente, ciudadanos. Los nombres no siempre hacen las cosas, pero la insistencia de la izquierda transformadora en enunciarse como algo neutro en términos de identidad ideológica y de clase puede que algún día sea motivo de reflexión crítica. En última instancia, la sujeción de la izquierda a lógicas nacionales no resultó ser ajena a la erosión de las culturas obreras y populares que habían obrado desde los años de la Transición. Puestos ante el dilema de la pertenencia y dado que esa pertenencia no era la de clase social… ¿por qué no votar a Ciudadanos? Serán liberales pero acaso estén, en otros aspectos, de este lado de la raya que otros se han empeñado en trazar y en establecer como el marcador determinante de las opciones políticas.

De un cierto éxtasis se pasa, así y con gran rapidez, a un estado de postración. Ciclotimia izquierdista que no afecta, eso también es verdad, a quienes consideran que la revolución nacional en curso puede acabar con, y sigo aquí su relato, el régimen del 78.

1.- http://fundacionbetiko.org/wp-content/uploads/2015/10/Guanyem-projecte-final-web.pdf. [^]

2.- http://fundacionbetiko.org/wp-content/uploads/2015/10/contra-Guanyem-projecte-final-web.pdf. [^]

3.- Karl Mannheim, Ideología y utopía: introducción a la sociología del conocimiento,ebook, pos. 721. [^]