Después de la utopía

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Por JAVIER FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

© Carme Masiá

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“Es el espíritu revolucionario de las masas el problema fundamental de la época presente, de una hondura y de una permanencia muchísimo mayor  que la del conflicto bélico… Aspiran a mejorar su situación económica por la violencia… para disfrutar ampliamente mientras dure esta vida”.

Son las palabras del teniente general Gómez-Jordana, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno ilegal del general Franco. Así es como el tradicionalismo español justificaba el golpe de Estado del 18 de julio y su papel en la guerra. De esta manera interpretaba, el teniente general Gómez-Jordana, en octubre de 1943 la guerra que se desarrollaba a nivel mundial1.

Desde el comienzo de la Edad Contemporánea, el ideario utópico se abría camino frente a las fuerzas tradicionalistas, defensoras del orden propio del Antiguo Régimen. El movimiento republicano español veía en la Segunda República la oportunidad de modernizar una España atrasada, el impulso definitivo para que la contemporaneidad terminara de arrancar en nuestro país.

A partir de Tomás Moro, el humanismo cristiano fue conformando un ideario utópico en el que se conjugaban razón y fe, los dos grandes fundamentos de la cultura occidental. Este ideario cristalizó políticamente con los movimientos revolucionarios que, a partir de finales del siglo XVIII, abrieron paso a la contemporaneidad. Para escándalo de los defensores de la tradición, los utópicos tomaron los Cielos por asalto, con la pretensión de construir el Paraíso cristiano aquí, en la Tierra, mediante formas racionales de convivencia social. “La libertad y la igualdad que predicaron Rousseau y el hijo de María se hacen realidad con la revolución”, anunciaba Robespierre ante los diputados de la Convención tras el asalto a las Tullerías.

La historia de la izquierda es la historia de las utopías contemporáneas. Utopías con las que la izquierda pretendió transformar las estructuras económicas, sociales y políticas, para que así pudiera abrirse camino el hombre nuevo completamente liberado de las ataduras propias de la explotación. A lo largo del siglo XIX, la izquierda logró todo un corpus ideológico de carácter cíclico, mediante el que interpretar la historia, entender el presente y proyectar el futuro. La revolución proletaria liberaría definitivamente a los oprimidos, suponiendo el final de la explotación de una clase social por otra. En el periodo previo a las revoluciones de 1917, Lenin reflexionaba sobre la misión histórica que le correspondía emprender a la clase obrera en los siguientes términos: “Una clase oprimida que no aspirase a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida solo merecería que se la tratara como a los esclavos. […] no podemos olvidar que vivimos en una sociedad de clases, de la que no hay ni puede haber otra salida que la lucha de clases. En toda sociedad de clases […], la clase opresora está armada. […] Nuestra consigna debe ser: armar al proletariado para vencer, expropiar y desarmar a la burguesía”2.


La historia de la izquierda es la historia de las utopías contemporáneas. Utopías con las que la izquierda pretendió transformar las estructuras económicas, sociales y políticas, para que así pudiera abrirse camino el hombre nuevo completamente liberado de las ataduras propias de la explotación


Esa era la misión histórica de la clase obrera, la misión del cuarto estado, la nueva mayoría social que, tras haber sido la carne de cañón durante las revoluciones burguesas, acabó oprimida en el nuevo orden social industrial. Cada obrero, cada ciudadano cuya libertad en la nueva sociedad industrial solo se le reconocía sobre el papel, debía sacrificarse para la liberación del proletariado, que culminaría el proceso dialéctico mediante la construcción de la utopía.

Bien entrado el siglo XX, el ideario utópico continuaba evolucionando. En una Europa ya muy distinta a la del siglo XIX, la de la segunda postguerra, el pensamiento revolucionario ya no estaba vinculado a ningún movimiento de masas. Habiéndose vaciado de significado, el pensamiento revolucionario de la Europa de los sesenta ya no movilizaba a los obreros, sino a los estudiantes universitarios. La utopía había quedado reducida a simple estética. Así la veían los estudiantes que, en la víspera del Mayo Francés, difundían en las universidades de las democracias europeas aquel célebre manifiesto situacionista que terminaba con estas palabras: “Las revoluciones proletarias serán fiestas o no serán, pues la vida que anuncian será creada bajo el signo de la fiesta. El juego es la racionalidad última de esta fiesta, vivir sin tiempo muerto y disfrutar sin trabas son las únicas reglas que podrá reconocer”3. Aquel sacrificio leninista para la realización de la misión histórica quedó definitivamente sustituido por el hedonismo de aquellos jóvenes de los sesenta, que hacían compatible la lucha política con la diversión y el desenfreno.

¿Qué fue lo que sucedió? ¿Cómo se produjo la evolución del ideario utópico hacia esos planteamientos? ¿En qué medida la izquierda actual es producto de esa evolución?

La primera mitad del siglo XX fue la del enfrentamiento entre los totalitarismos utópicos. En 1945, los europeos no querían saber nada del mundo anterior a la guerra que acababa de terminar, rechazaban tanto la guerra como la violencia política. Y por extensión también se empezaron a rechazar las ideologías, las utopías y la propia política, ya que se las vinculaba a los desastres de la Segunda Guerra Mundial, que les había dejado una Europa reducida a escombros y unos 60 millones de muertos en todo el mundo. Europa abandonaba sus utopías, los europeos se despojaban de sus ideologías; nacía la Europa postideológica.


Aquel sacrificio leninista para la realización de la misión histórica quedó definitivamente sustituido por el hedonismo de aquellos jóvenes de los sesenta, que hacían compatible la lucha política con la diversión y el desenfreno


Este proceso de despolitización de la sociedad europea fue reforzándose a lo largo de la postguerra, gracias a los logros del nuevo sistema que se levantaba sobre las ruinas de aquella Europa devastada por la guerra: el sistema del bienestar. La socialdemocracia se adaptó rápidamente a la nueva realidad postideológica, renunciando a su programa máximo (la utopía) y disponiéndose a construir el socialismo mediante la praxis y la reforma. Para ello, se trazaron alianzas con la nueva derecha que surgía tras la guerra, la democracia cristiana, generándose un nuevo y exitoso paradigma, una nueva política de Estado que traería la prosperidad a las democracias europeas de postguerra: el Estado del bienestar. Los partidos de gobierno en las nuevas democracias europeas compartían este novedoso proyecto, que garantizaba la cobertura de las necesidades básicas para todos los ciudadanos. La aplicación de una fiscalidad progresiva, el trasvase de las rentas del capital a las rentas del trabajo, las políticas para acabar con el desempleo, el control del capital financiero por parte de los Estados, la resolución de los conflictos laborales mediante los mecanismos de gestión neocorporativa, todas estas claves de la nueva política económica suponían el éxito de los socialdemócratas y la prosperidad para la mayoría social. Así culminaba el proceso dialéctico de raíz decimonónica. Si la tesis era un capitalismo desbocado sin apenas control alguno por parte del Estado, la antítesis era la planificación económica dirigida por la clase obrera que, mediante la revolución, había tomado el poder en Rusia y otros países, aboliendo la propiedad privada. Pues bien, la síntesis nacida en la Europa de postguerra fue el Estado del bienestar; un sistema híbrido entre la economía de mercado capitalista y la planificación económica propia del socialismo real. Un Estado planificador e interventor en el marco de una economía de libre mercado.

Garantizadas las necesidades básicas en un periodo de crecimiento económico continuado, ¿qué necesidad había de soñar con nuevas utopías? Nunca antes se habían alcanzado tan altas cotas de bienestar. En este contexto de crecimiento económico y estabilidad social, se fue conformando la clase media como la nueva mayoría social; toda una serie de estratos sociales de muy diversa procedencia (desde una próspera pequeña burguesía hasta los obreros manuales que habían mejorado considerablemente su nivel de vida), que disfrutaban del éxito del nuevo sistema y por fin miraban hacia el futuro con optimismo. Una clase media mayoritaria y emergente que, precisamente por ello, estaba cada vez más alejada de las ideologías y las luchas políticas.

Sin embargo, en el mundo universitario se reaccionaba frente a las organizaciones clásicas de la izquierda, autoras de aquellos años prósperos, pues se consideraba que partidos y sindicatos de izquierdas generaban enormes aparatos burocráticos, muy útiles para la negociación y la reforma dentro de las estructuras del sistema, sí, pero que alejaban a estas organizaciones del pueblo al que representaban. Así la juventud universitaria desarrolló un discurso y unas formas revolucionarias durante los años sesenta. Frente a las estructuras de un sistema próspero, del bienestar, pero que no dejaba de ser capitalista, estos jóvenes impulsaron el canto de cisne de los movimientos revolucionarios contemporáneos. Actuaban frente a las estructuras del sistema con ímpetu revolucionario, pero sin proyecto social, sin ningún programa que pudiera seducir a una mayoría social que jamás había vivido mejor que entonces.

© Carme Masiá

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En París, durante el Mayo del 68, se formaron los llamados comités de acción, asambleas en las que se gestaba la protesta en cada barrio, en cada facultad. El Teatro Odeón se constituyó como asamblea permanente. Estas asambleas escenificaban la rebelión frente a las estructuras burocráticas de las organizaciones políticas y sindicales y del propio Estado. Pero una asamblea no deja de ser la expresión de un colectivo, el de los individuos integrados en la misma, sin representación ni estructuras no hay visión de conjunto, no hay proyecto social. El paradigma de la democracia radical, en la que todos deciden de manera inmediata, no es real, no es viable para organizar sociedades formadas por millones de personas.

Así fue como aquellos estudiantes del Mayo Francés no supieron valorar la importancia de los Acuerdos de Grenelle, firmados por los sindicatos el 27 de mayo del 68, con los que mejoraban considerablemente las condiciones de trabajo de la clase trabajadora francesa. Los estudiantes prefirieron continuar con las manifestaciones antisistema, jugando a la revolución pero sin ningún programa de transformación social, y de este modo se fue diluyendo aquella revuelta estudiantil que, durante aquel mes de mayo, puso a Francia patas arriba.

Poco después comenzaría el derrumbe de los dos grandes referentes propios de la izquierda clásica: el Estado del bienestar y el socialismo real. Ello supuso el impulso definitivo para aquella nueva izquierdauniversitaria, asamblearia y sin proyecto, nacida al calor de los años sesenta.

En un mundo globalizado y ante la sucesión de las crisis económicas desencadenadas a partir de los setenta, ¿cómo impulsar la recuperación económica al tiempo que se mantienen los servicios públicos, sin recurrir a préstamos que pongan a los Estados en manos de los especuladores? Es la pregunta sin respuesta que ha desplazado a la socialdemocracia hacia posiciones neoliberales, durante los últimos cuarenta años.

Tras la caída de la Unión Soviética, ¿qué hacer? Cuestión de difícil solución, que ha encauzado políticamente a los antiguos partidos comunistas por la senda del programa socialdemócrata, abandonado hace ya tiempo por la propia socialdemocracia.


Para construir un proyecto alternativo en el tiempo presente, la izquierda tendría que liberarse de sus tentaciones identitarias en este mundo tan globalizado


Aquella nueva izquierda nacida en los sesenta tampoco tiene respuestas a estas nuevas cuestiones, pues carece de proyecto social. Sin embargo, es esto precisamente lo que le ha permitido conectar con nuestro tiempo histórico. En un mundo ajeno a las ideologías, la nueva izquierdaheredera del 68 es tan líquida como la propia ciudadanía; defiende lo particular frente a lo universal, a los representados frente a los representantes, la voluntad frente a las estructuras de un sistema que cuenta cada vez con más grietas… ¡Eso fue el 15-M! Esa herencia sesentayochista está instalada en el tuétano de Podemos y se aprecia tanto en la lucha errejonista contra las estructuras jerárquicas del partido, como en la reivindicación del activismo político frente a las instituciones democráticas abanderado por Iglesias. ¿Pero adónde nos lleva todo esto? ¿Hay un proyecto social alternativo?:“¡La imaginación al poder!”

Precisamente para construir un proyecto alternativo en el tiempo presente, la izquierda tendría que liberarse de sus tentaciones identitarias en este mundo tan globalizado. No cabe el refugio en la identidad del colectivo asambleario, tan centrado en el particularismo de su reivindicación que se descubre incapaz de mirar más allá, incapaz de asumir una perspectiva social. Tampoco cabe el refugio en la identidad nacional, bandera históricamente burguesa, ahora recuperada por los populismos antiglobalizadores.

La izquierda tendría que asumir de una vez la globalización como el actual escenario y luchar por conseguir su propia globalización, una nueva hegemonía global de la izquierda. Tendría que recuperar viejas alianzas internacionales, potenciar el sindicalismo en todas las regiones del mundo, promover una nueva fiscalidad articulada a nivel global, reactivar los instrumentos internacionales para el control financiero… Pensar a largo plazo y hacer mucha pedagogía social. Si hace un siglo construir la utopía suponía la lucha por la hegemonía cultural de un país, ahora esa lucha por la hegemonía cultural tendría que desarrollarse a nivel global.

 

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Javier Flores Fernández-Viagas. Profesor de Educación Secundaria (en la especialidad de Geografía e Historia) desde 2006. Durante su etapa estudiantil militó en organizaciones juveniles como el Sindicato de Estudiantes, también en Izquierda Unida y, posteriormente, tuvo responsabilidades orgánicas en la rama de Enseñanza de CC.OO. Andalucía. A día de hoy, disfruta de sus clases de Historia en el IES Joaquín Romero Murube de Los Palacios y Villafranca (Sevilla) y acaba de publicarse su primer ensayo La izquierda: utopía, praxis y colapso (editorial Almuzara).

 

1.- Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez, El desplome de la República. Barcelona: Crítica, 2009, p. 10. En el prólogo de este estupendo trabajo de investigación sobre los últimos meses de la Segunda República, sus autores se refieren a estas palabras de Gómez-Jordana, pronunciadas durante una entrevista con el embajador norteamericano Carlton J. H. Hayes.  [^]
2.- V. I. Lenin, Obras escogidas. Vol. 1. Moscú: Editorial Progreso, 1981, p. 791.  [^]
3.- Internacional Situacionista, De la miseria en el medio estudiantil. España: El Viejo Topo, p. 68.  [^]