La Socialdemocracia que viene. Una política progresista de transformación, para un mundo en transformación

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Por POUL NYRUP RASMUSSEN y UDO BULLMAN (Fundación Friedrich Ebert)

© Carme Masiá

© Carme Masiá

 

“Nada viene de nada. Y muy pocas cosas duran. Por tanto, centraos en vuestra fuerza, y en el hecho de que cada periodo exige sus propias respuestas, y uno ha de estar dispuesto para la tarea si algo bueno ha de venir de ella.”
Willy Brandt, Congreso de la Internacional Socialista, Berlín, 15 Septiembre 1992.

Willy Brandt pronunció estas inspiradas palabras menos de un mes antes de morir, después de una vida excepcional de lucha por los valores progresistas en Alemania, en Europa y en todo el mundo. Nos recuerda algo esencial que deberíamos guardar siempre en nuestros corazones y nuestras mentes: que la mejor respuesta a los desafíos de ayer puede no ser adecuada hoy, y menos aún mañana. También nos dice, como lo hizo a lo largo de su vida y en todas sus acciones, que las mejores respuestas que podemos proporcionar, como progresistas, son las más difíciles: las que merecen que se luche por ellas.

En nuestro viaje hacia lo que esperamos sea un mundo mejor, más justo y pacífico, hemos llegado ahora a una encrucijada entre el viejo mundo de la posguerra y un mundo nuevo.

Las cuestiones básicas por las que debemos luchar permanecen: son la justicia social, la solidaridad e igualdad, la sostenibilidad, la libertad y democracia, además de la paz. Pero el ritmo imparable y acelerado del cambio en sus formas múltiples y más radicales, su a menudo impredecible aparición, y la escala abrupta de las diferentes crisis, más la presión siempre creciente sobre prácticamente todo lo que los progresistas hemos construido y conseguido a lo largo de muchos decenios, no tienen precedentes.

A lo largo de los tres últimos decenios, la humanidad ha desencadenado una poderosa y duradera dinámica de cambio en los campos económico, social, cultural, y político. Esta dinámica, sus interacciones y los impactos que causa en la sociedad y en nuestro planeta, nos están conduciendo a un mundo cada vez más veloz, donde se autogeneran desarrollos crecientemente transformadores. Los peligros graves se multiplican, tanto por lo menos como nuevas oportunidades fascinantes para nuestro futuro.


Un mundo cada vez más veloz, donde se autogeneran desarrollos crecientemente transformadores. Los peligros graves se multiplican, tanto por lo menos como nuevas oportunidades fascinantes para nuestro futuro


Desde una perspectiva política, dirigir este mundo en transformación a mejor mediante un sistema basado en valores tales como la igualdad, la justicia social, la libertad y la paz, está resultando una tarea increiblemente compleja,  y cada vez más difícil de llevar a cabo.

Solo si inventamos una nueva forma de política transformadora progresista podremos los socialdemócratas, en el futuro, garantizar este sistema de valores en lo que se ha convertido ya en un mundo super complejo en transformación. De otro modo, si fallamos más y más en esta misión, la socialdemocracia corre el peligro de un retroceso estructural que puede convertirla en un movimiento político minoritario, y en definitiva en una forma marginal de expresión política.

El hecho, triste y profundamente preocupante, de que en la mayoría de nuestros países, menos y menos jóvenes están dispuestos a comprometerse con nosotros porque no ven en la socialdemocracia una parte esencial de la política del futuro, debería ser una llamada de alerta brutal para todos nosotros.

UN MUNDO EN TRANSFORMACIÓN

El mundo en el que vivimos está sufriendo una profunda metamorfosis. Este proceso, que va mucho más allá de la mera globalización del comercio y la inversión, ha producido por otra parte beneficios impresionantes. Con cientos de millones de personas salvadas de la pobreza extrema, no puede haber duda del inmenso potencial para el progreso mundial que supone la globalización.

Sin embargo, en ausencia de unas normas globales suficientemente progresivas, la globalización también está exacerbando algunos de los efectos más devastadores del capitalismo. De hecho, a menudo tenemos la sensación de que nuestros sistemas y prácticas políticas -los estados nación, las actuales formas de integración regional y global, y la sociedad civil organizada- se están mostrando cada vez más incapaces de gestionar el cambio global en beneficio de los ciudadanos. Aunque esta incapacidad para gestionar el actual cambio transformador es una mala noticia para todos los movimientos políticos -tanto progresistas como conservadores y centristas-, resulta particularmente arduo para la socialdemocracia de hoy en día.

La socialdemocracia, como movimiento político, debe su existencia a la constatación de que la historia pocas veces, si ha habido alguna, trabaja en beneficio de la gente común, a menos que sea guiada y modelada por una intervención política resuelta y basada en los valores. Fueron sin duda los días iniciales de la revolución industrial, cuando los menos cosechaban los beneficios de la modernización económica mientras los más sufrían privaciones y explotación, los que nos enseñaron esta lección. Con todo, la socialdemocracia consiguió superar aquel desafío. Nuestros éxitos -plasmados en logros como el estado del bienestar -cambiaron el curso de la historia y además permitieron que la era industrial se desarrollara a partir de una base socialmente sostenible.

La promesa de empoderar a ciudadanos y comunidades frente a la historia es el fundamento de nuestra identidad política. Nuestra visión, en consecuencia, ha sido siempre más ambiciosa y clarividente que la de nuestros rivales. Los socialdemócratas no tratamos de ajustar la sociedad a imperativos dogmáticos, sino que intentamos modelar la historia misma para que la sociedad se convierta en dueña de su propio destino. Pero, tan pronto como fallamos en esa aspiración, perdemos nuestra identidad. Peor aún, a menos que la socialdemocracia consiga cumplir su promesa de modelar la historia, la sociedad estará expuesta a los erráticos movimientos de un desarrollo humano sin protección adecuada, y en consecuencia se verá amenazada en su misma existencia. Por desgracia, eso exactamente parece ser lo que está sucediendo hoy como parte de la metamorfosis en curso.

En la economía del mundo de hoy, por ejemplo, las dinámicas financieras y económicas son crecientemente impredecibles, y las crisis capitalistas cada vez más devastadoras y frecuentes. El cambio económico tiene características más perturbadoras cada vez. Vemos con frecuencia que se cierran industrias con un buen funcionamiento y con beneficios; que miles de trabajadores pierden sus empleos de buena calidad y se ven empujados al desempleo o a un trabajo precario. Como los sistemas nacionales de redistribución se están mostrando cada vez más inadecuados -en medida no desdeñable debido al auge global del incumplimiento y la evasión fiscal-, la sociedad se ve más y más dividida entre ganadores y perdedores. Mientras los conservadores pretenden zafarse con el argumento de que los mercados tienen inevitablemente tendencia a generar procesos ocasionales de cambio estructural y de dolorosa consolidación, los socialdemócratas serán creíbles solo si tienen éxito en combatir con eficacia las privaciones sociales consiguientes.


Además de ofrecer ventajas tremendas en eficiencia económica y productividad, sin embargo, esos avances tecnológicos han empezado ya a desestabilizar los modelos establecidos en los mercados económicos y de trabajo


La revolución digital supone otro caso parecido. La simultánea emergencia y proliferación de nuevas tecnologías rompedoras, como la banda ancha móvil, el big data y la inteligencia artificial, están remodelando fundamentalmente nuestras sociedades y economías. Además de ofrecer ventajas tremendas en eficiencia económica y productividad, sin embargo, esos avances tecnológicos han empezado ya a desestabilizar los modelos establecidos en los mercados económicos y de trabajo. Con demasiada frecuencia, el resultado son dolorosas transiciones de los ‘viejos’ a los ‘nuevos’ empleos y la pérdida de la seguridad en la sociedad. Mientras los neoliberales pueden argumentar que esas perturbaciones son el acompañamiento necesario de un deseable nuevo ‘reparto de las cartas’, los socialdemócratas solo serán creídos si consiguen garantizar que nadie va a ser dejado atrás.

La confusión en la que está sumida nuestra civilización tiene su causa en un nuevo (des-)orden mundial. Por más que un mundo liberado de las últimas trabas del colonialismo y de la confrontación entre este y oeste abre el camino a la justicia global y la prosperidad compartida, el actual estado del mundo es descrito adecuadamente como intrínsecamente inestable e inseguro. Los continuos movimientos de refugiados y migrantes, el terrorismo islámico y la posibilidad renovada de conflictos armados a gran escala lo ilustran bien, por desdicha. La incapacidad mundial para erradicar las causas de los movimientos migratorios y de refugiados crecientemente masivos en nuestro planeta, y su desesperante incapacidad para manejar estas crisis allí donde se producen, no solo generan un enorme sufrimiento humano, sino que ofrecen un cuadro particularmente desanimador de fracaso político colectivo. Mientras los nacionalistas toman esta lamentable realidad como pretexto para fetichizar el estado nación como el único baluarte, los socialdemócratas solo podrán salvar su integridad si consiguen resultados en su lucha colectiva y sin fronteras por la dignidad humana en todo el mundo.

Cuanto más tiempo se permita que estas transformaciones sigan avanzando sin control, tanto más aparecerá el desastre definitivo como una posibilidad real. Después de decenios marcados por la contaminación a gran escala de los ecosistemas y la explotación salvaje  de los recursos naturales, en particular en países en desarrollo, las leyes de la naturaleza están empezando a devolver golpe por golpe. Las tormentas letales que arruinan hogares y espacios habitados, la sequía que destruye el ganado y las cosechas, el agua potable convertida en fuente de conflictos, ya no son temas de ciencia ficción sino sucesos reales. Mientras algunos se limitan a cerrar los ojos frente al cambio climático, los socialdemócratas sabemos que ha llegado la hora de intervenir porque la sociedad -cuyo bienestar es lo que nos da sentido -está en peligro de ser aniquilada.

LA CRISIS DE LA POLÍTICA PROGRESISTA

Al observar cómo nuestra raison d’être -una sociedad próspera y pacífica de iguales- se ve amenazada en su existencia, los socialdemócratas solo podemos sobrevivir lanzando una ofensiva y trabando combate. Creemos que ha llegado la hora de embarcarnos para este viaje. Con una democracia al estilo occidental a la defensiva, y mientras falsas democracias ganan terreno en el mundo, tememos que muchos ciudadanos de este mundo hayan perdido la fe en la idea precisa de una política capaz de proporcionar una vida digna y un futuro mejor en sociedades abiertas y democráticas. En cambio, los avances del populismo y el nacionalismo están culminando en acontecimientos de magnitud histórica como el Brexit. Grandes naciones en el entorno de la UE se están haciendo cada vez más autocráticas y no democráticas, y en Estados Unidos el discurso abiertamente xenófobo y proteccionista de un populista como Donald Trump se ha ganado al público.

Desde nuestra perspectiva, hay signos inconfundibles de que el ascenso de los populistas está relacionado estructuralmente con los múltiples fracasos de la política dirigida a controlar la dinámica transformadora de la globalización. Es más, el hecho de que estas nuevas y destructivas fuerzas políticas reciban a menudo respaldo a gran escala por parte de quienes solían estar a nuestro lado -los vulnerables y los marginados-, ilustra hasta qué punto las crisis de la socialdemocracia y de las sociedades democráticas están profundamente interrelacionadas. A menos que reviva la promesa socialdemocrática de modelar la historia en función de las necesidades de la sociedad, es de temer que la historia pueda retroceder y el mundo recaer en las edades oscuras. Renovemos en consecuencia la socialdemocracia con el objetivo de proteger y defender los auténticos ideales de una sociedad humana y una economía justa que nos sirva no solo a nosotros sino también a nuestros nietos.


Hay signos inconfundibles de que el ascenso de los populistas está relacionado estructuralmente con los múltiples fracasos de la política dirigida a controlar la dinámica transformadora de la globalización


Los contenidos detallados de esta renovación no podemos decidirlos nosotros solos. Especialmente en un movimiento que es -a pesar de nuestros recientes desfallecimientos- tan amplio y heterogéneo como el nuestro, la definición de las cuestiones específicas solo podrá ser decidida por los progresistas en su conjunto. Eso requirá más que artículos en las revistas: habrá que decidir de forma adecuada y llevar a la práctica procesos innovadores, abiertos, cooperativos, inclusivos y continuos. Lo que presentamos aquí son, por consiguiente, simples sugerencias.

La tarea que proponemos será sin duda delicada. Sobre todo porque nos obligará a constatar nuestros errores y a aprender de ellos. En nuestra historia reciente, hemos fallado demasiado a menudo en la consecución de los resultados ncesarios para fomentar la confianza en los ideales societarios que defendemos, por ej., al perseguir objetivos tales como la igualdad y la justicia social mediante reformas limitadas que fueron, sin convicción o sin necesidad, planteadas en cooperación con la derecha y naufragaron debido en buena parte a nuestra implicación en alianzas tan incómodas. A veces, nuestras experimentaciones con políticas de terceras vías y Neue Mitte han sido vistas como el signo de que hemos perdido nuestra distintiva ambición política de modelar la historia, y en cambio nos hemos convertido en una corriente política como cualquier otra, que intenta vender como éxitos meros remiendos fabricados con retazos de historia. Para empeorar aún más las cosas, nuestros éxitos se ven a menudo menoscabados incluso cuando perseguimos las mejores intenciones con la determinación necesaria. Una y otra vez, hemos de reconocer que hemos sido incapaces de obtener resultados en una época en la que la gestión política se está convirtiendo en una pesadilla compleja que implica múltiples estratos de gobierno; y con frecuencia el compromiso se revela ineficaz e ineficiente. Nuestra lucha por una justicia fiscal global, cuyos progresos son penosamente lentos, es un ejemplo de esa situación.

Frente a ese telón de fondo, hemos de convenir en que la socialdemocracia requiere un cambio de paradigma a fin de sobrevivir como movimiento político y en consecuencia preservar nuestro modelo de sociedad abierta, justa y democrática.

En las páginas siguientes, intentamos proporcionar algunosindicadores iniciales de cómo podría ser un futuro exitoso de la socialdemocracia.

RENOVAR LA POLÍTICA PROGRESISTA EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN

Para facilitar la renovación de la socialdemocracia, consideramos de importancia primordial dos objetivos.

Primero, la socialdemocracia debe revivir su ambición de modelar la historia en lugar de sufrirla; aun si las transformaciones que estamos viviendo en la actualidad son con toda probabilidad más poderosas, comprensivas y peligrosas de lo que sin duda desearíamos. Esto nos exige estar en posesión de las herramientas conceptuales que nos permitan afrontar la complejidad del mundo y guiarnos en la dirección correcta. Al hacerlo así, nuestro objetivo no ha de ser frenar o revertir los desarrollos presentes. Más bien, debemos tener la intención de cambiar la lógica de la globalización, de modo que se puedan cosechar sus beneficios y minimizar en cambio sus efectos negativos.

Para nosotros, el concepto de desarrollo sostenible ofrece lo que debería ser la clave de bóveda de nuestro compromiso, al delinear una agenda integral y esencialmente normativa de renovación societal, modernización económica, y preservación medioambiental. La ambición multiforme presente detrás de ese concepto es más que evidente en formulaciones recientes de todas las perspectivas que incluye:

«El desarrollo sostenible invoca un mundo en el que el progreso económico se difunde en todas partes; […] la confianza social es estimulada mediante políticas que fortalecen la comunidad, y el medio ambiente está protegido de la degradación inducida por el hombre; [… y de ese modo formula una visión de…] crecimiento socialmente inclusivo y medioambientalmente sostenible1


La socialdemocracia debe revivir su ambición de modelar la historia en lugar de sufrirla; aun si las transformaciones que estamos viviendo en la actualidad son con toda probabilidad más poderosas, comprensivas y peligrosas de lo que sin duda desearíamos


En este texto, la idea de la sostenibilidad estipula tres dimensiones interrelacionadas que deben equilibrarse en el desarrollo de las sociedades humanas y proporcionar una guía según los principios que ellas implican:

Sostenibilidad social: una sociedad cohesiva basada en el respeto mutuo y el bienestar para todos y en la que los lazos sociales son constantemente renovados por medio de políticas que integran a los recién llegados, fomentan la movilidad social, y empoderan a los ciudadanos a través de la participación democrática.

Sostenibilidad económica: una economía productiva dirigida a fomentar la estabilidad, donde la prosperidad a largo plazo de la sociedad tiene prioridad sobre la ganancia a corto plazo, y donde las formas de explotación son contrarrestadas por el respeto a los principios de la democracia en los procesos económicos.

– Sostenibilidad medioambiental: una organización de las estructuras económicas y sociales en formas que las hagan duraderas dentro de los límites de la naturaleza, combinada con una gestión del medio ambiente tendente a minimizar interferencias dañosas para los ecosistemas, permitiendo así la constante regeneración de estos.

Convengamos en que seguir la lógica del desarrollo sostenible permitirá a los políticos progresistas elevar la globalización a un nivel diferente, mucho más benigno que el actual, sin desperdiciar su potencial positivo. La búsqueda sinérgica de los objetivos interrelacionados que se plantean, es decir el social, el económico y la sostenibilidad medioambiental, es nada menos que una innovación política en sí misma. Pero además, al tomar ese acto equilibrador -asumir la complejidad en lugar de ignorarla -como punto de partida de la gestión política, ofrece la ventaja de garantizar que la naturaleza simultánea y la dinámica conflictiva de la globalización son ambas reconocidas y gestionadas de forma eficaz. Así, se convierte el crecimiento económico, la protección medioambiental y el progreso social en elementos inseparables de una y la misma lucha, en lugar de presentarlos como monedas de cambio o como dilemas.

En segundo lugar, necesitamos reconstruir nuestra capacidad de luchar con eficacia por nuestros ideales. Para imponer la lógica del desarrollo sostenible en las transformaciones que marcan la era de la globalización, la acción colectiva emprendida por unos actores progresistas es de capital importancia. En un momento en que la política nacional está perdiendo su capacidad de obtener resultados, necesitamos concebir este ejercicio como un proyecto necesariamente transnacional. Y seguimos creyendo que esa acción colectiva es posible, a pesar del reciente desfallecimiento de la socialdemocracia en términos de respaldo y afiliación. Es evidente que los ciudadanos del mundo -sin importar su situación geográfica, clase social, o trasfondo étnico- comparten intereses más concretos que nunca antes, porque les afectan las mismas fuerzas de la globalización. Los socialdemócratas necesitan actívar esa conciencia colectiva y construir una comunidad transnacional lo bastante cohesiva y efectiva para ser capaz de guiar el desarrollo sostenible.


El crecimiento económico, la protección medioambiental y el progreso social se convierten en elementos inseparables de una y la misma lucha, en lugar de ser presentados como monedas de cambio o como dilemas


Construir esa comunidad requerirá un nuevo equilibrio entre, de una parte, asegurarse de que las organizaciones de partidos políticos progresistas generan una mayor capacidad y legitimación para definir programas, planes o posiciones políticas, y, de otra parte, garantizar que estos últimos son el resultado de procesos continuados, inclusivos y participativos. En otras palabras, mientras que las organizaciones partidarias deben conservar su rol tradicional de integrar las luchas sociales en programas políticos coherentes, también necesitan evolucionar para convertirse en redes de intercambio capaces de proporcionar de forma permanente canales múltiples y abiertos, de fácil acceso, para los ciudadanos y la sociedad civil que deseen enrolarse, contribuir, intercambiar y movilizar. Estos canales podrán estructurarse en torno a los sindicatos y las organizaciones no gubernamentales, así como en torno a think tanks y academias, o bien en formas diferentes de plataformas temáticas que puedan crearse en el exterior de -pero en relación con- las estructuras formales de partido.

Así se establecerá una nueva conexión permanente entre las organizaciones políticas progresistas, la sociedad civil progresista y la gente común, que deberá garantizar de forma constante que las primeras no se apartan de las preferencias, los intereses, las preocupaciones o los temores de la última. Los partidos incapaces de cumplir con estas expectativas en el futuro serán progresivamente ignorados y rechazados, en especial por las generaciones más jóvenes.

Estos procesos deberían ser la norma en todos los niveles de la vida política, del local al global. En el nivel europeo, requerirán además el fortalecimiento de la capacidad del Partido de los Socialistas Europeos (PES) y su papel en la definición de la visión política y las ideas, en estrecha colaboración con los partidos nacionales y con su grupo parlamentario europeo. Esto no debería afectar solo a la política de dimensión europea. El PES debería también proporcionar nuevas y poderosas plataformas sobre las que nuestros partidos nacionales puedan trabajar activamente, juntos, en experiencias y soluciones de política nacional, a fin de reunir y compartir conocimientos y buenas prácticas sobre el terreno. El grupo parlamentario europeo puede contribuir a este enfoque fortaleciendo y estructurando relaciones e interacción con los miembros de los parlamentos nacionales. En último término, esto debería generar mucha más coherencia política entre los niveles nacional y europeo, que será crucial para el éxito de una política transformadora progresista.

Los progresistas también necesitan reconstruir su capacidad global para trabajar juntos. Los socialdemócratas deben empezar a impulsar el diálogo global progresista mucho más allá, y construir plataformas globales de cooperación política más eficaces y comprometidas, con otras fuerzas progresistas de todo el mundo. Lo cual no conducirá, en un futuro previsible, a programas comunes, aunque cualquier progreso en la dirección de unos compromisos políticos compartidos será más que bienvenido. No cabe duda de que, a largo plazo, este será un imperativo vital.

UNA POLÍTICA TRANSFORMADORA PROGRESISTA

Tenemos como perspectiva la definición de una agenda progresista adecuada a las transformaciones inducidas por la globalización; en síntesis, una política transformadora. No pretendemos, en el estadio actual y dentro del formato de esta contribución, proporcionar un proyecto acabado para una agenda así. Podemos, sin embargo, sugerir varios niveles de política transformadora que, a nuestro entender, son relevantes y necesarios para la socialdemocracia futura.

© Carme Masiá

© Carme Masiá

Nivel transformador 1 – Globalización justa y controlada

Como principio general, los progresistas deben garantizar que los sistemas económicos se inserten de nuevo con firmeza en la sociedad, a fin de mejorar la calidad de vida de todos los seres humanos y en todos los niveles, desde el local al global. Esto es aplicable en particular a ciertos sectores de la actividad económica, en primer y principal lugar la industria financiera globalizada. El tema va a requerir cambios escalonados significativos tendentes a fortalecer las estructuras y las normas de la gobernanza global. Los progresistas deben exigir un equilibrio global más justo entre capital y trabajo, tal y como hicimos hace mucho tiempo en nuestros estados nación. La globalización debe dejar de ser un campo de maniobra para las multinacionales, porque la política y los ciudadanos han de reclamar lo que se les debe. Basándonos en instituciones y provisiones existentes, como los convenios comerciales, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) o los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (UNSDGs), así como mediante la creación de nuevos instrumentos globales, como un Registro Financiero Mundial para perseguir la evasión fiscal global, deberemos llevar a cabo una redefinición considerable de los términos en los que una globalización justa y gestionada políticamente puede ser impulsada en el futuro.


Los progresistas deben garantizar que los sistemas económicos se inserten de nuevo con firmeza en la sociedad, a fin de mejorar la calidad de vida de todos los seres humanos y en todos los niveles, desde el local al global


Cuál será la diferencia: La actividad financiera desconectada de la actividad económica real será estrictamente limitada y regulada, y las transacciones financieras especulativas, potencialmente desestabilizadoras, tributarán de forma adecuada. Los centros de imposición offshore serán gradualmente vaciados, lo que aportará aproximadamente siete billones de euros a la economía regulada, al servicio de la actividad económica real y garantizando una imposición justa.

El comercio internacional  -en línea con los principales estándares internacionales del trabajo- no podrá medrar más sobre la base de una competencia social injusta, porque el comercio justo pasará a ser la norma.

Nivel transformador 2 – Desarrollo sostenible

Una visión progresista de la sociedad basada en los valores necesita asentarse en un concepto universalmente compartible y atractivo. El más idóneo es la versión contemporánea de la noción de desarrollo sostenible, que se beneficia ya de la existencia de la muy importante, si bien aún perfectible, agenda de las Naciones Unidas para Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, que tiene la ambición de ‘transformar el mundo’. Mediante la definición de objetivos fuertes en torno a las dimensiones del desarrollo económico, social y medioambiental, que son importantes tanto para países desarrollados como en desarrollo, la agenda UNSDG proporciona una oportunidad histórica para centrar una visión realmente progresista del desarrollo humano en la concreción de las políticas nacionales en todo el mundo. Sin embargo, su implementación será desigual, en el mejor de los casos, a menos que sea posible reforzarla de tres modos por lo menos: Los principales poderes económicos se habrán de tomar su implementación en serio y mostrar el camino, no solo en la UE, donde una estrategia fuerte de desarrollo sostenible ha acumulado ya mucho retraso. La agenda UNSDG debería formar parte regular de las cumbres del G20, a fin de medir y discutir los progresos en su implementación; debería estimularse a los estados nación de todo el globo a fijar metas nacionales cuantitativas y mensurables para cada objetivo y sub-objetivo; todo lo cual podría combinarse con la incentivación de los recursos financieros necesarios para implementar los objetivos, en particular a través del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, de los fondos y préstamos del Banco Mundial para los países en vías de desarrollo, y mediante estrategias adecuadas de inversión e instrumentación en países desarrollados, como podría ser el caso del Fondo Europeo de la UE para Inversiones Estratégicas (EFSI).

Cuál será la diferencia: Los 193 estados miembros de las Naciones Unidas aplicarán la agenda transformadora de desarrollo común en una amplia serie de objetivos compartidos, como el pleno empleo, la erradicación de la pobreza y el hambre, o modos sostenibles de producción y consumo, alcanzables en 2030. La UE tendrá un papel dirigente e inspirador en el camino hacia este mundo transformado, mejorando la calidad de vida de sus propios ciudadanos y demostrando que la búsqueda de un genuino desarrollo sostenible conduce al mismo tiempo a mejorar la eficiencia de la economía, la cohesión y la justicia social, y a preservar el medio ambiente.

Nivel transformador 3 – Economía de transformación

No podemos tomar atajos en un nuevo modelo de desarrollo sostenible. Debemos reinvertir y poner de nuevo en marcha el motor económico, amenazado por el estancamiento secular, no solo en Europa. Ocho años después del comienzo de la crisis, la política económica europea continúa fallando en el objetivo de una recuperación plena. La eurozona no ha abandonado la zona de peligro, porque varias economías siguen siendo frágiles después de años de austeridad, y su desarrollo en el interior de una unión económica y monetaria adecuada sigue paralizado. La inversión pública productiva, incluidas no solo las inversiones en infraestructuras sino también la inversión social, necesita una rehabilitación fundamental en el marco de una ambiciosa estrategia de inversión europea, vital para un crecimiento sostenible. En Europa, esto requerirá que los progresistas se opongan abierta y activamente al paradigma político económico predominante, de estabilidad por la estabilidad. Incluso un EFSI más fuerte, como el propuesto ahora por la Comisión Europea, es solo parte de la respuesta, porque también será necesario impulsar la inversión pública nacional. Sin embargo, las normas fiscales predominantes han desconectado desde hace tiempo su preocupación por una política de adelgazamiento de los presupuestos, de unos objetivos económicos y sociales más amplios, y necesitan ser reformadas como un instrumento adecuado para el crecimiento y el empleo. De otra forma, el área euro caminará hacia su tumba, y con ella la UE como proyecto político.


La inversión pública productiva, incluidas no solo las inversiones en infraestructuras sino también la inversión social, necesita una rehabilitación fundamental en el marco de una ambiciosa estrategia europea, vital para un crecimiento sostenible


Cuál será la diferencia: Una inversión mucho más alta y un crecimiento económico más sólido crearán millones de nuevos empleos y librarán a decenas de millones de europeos de la pobreza y la exclusión social a lo largo del próximo decenio. La inversión programada convertirá a Europa en líder mundial de las energías renovables y la eficiencia energética, y elevará de forma significativa la calidad de sus sistemas públicos de educación.

Nivel transformador 4 – Más allá del PIB

La medición del comportamiento de la economía y del progreso social más allá del PIB, al ser de una importancia central para la gestión política, debe alinearse con la necesidad de un nuevo modelo de desarrollo sostenible. Si bien el tema no está previsto en la agenda UNSDG, creemos que un enfoque de este tipo requiere una forma radicalmente diferente de medir la prosperidad y el bienestar. Las recomendaciones del informe Stiglitz-Sen-Fitoussi de 20092 en esta materia siguen siendo plenamente válidas y podrían utilizarse como base para una revisión de las mediciones de la Unión Europea y, por implicación, pasar a formar parte de una estrategia de desarrollo sostenible. Convendría estimular a otras partes del mundo a hacer lo mismo.

Cuál será la diferencia: No se pondrá el énfasis en la medición (y atención) de la eficiencia económica tanto como en la medición (y atención) del bienestar de las personas, incluidos parámetros como la educación, la salud o las interconexiones sociales. Las políticas públicas y los acuerdos comerciales se evaluarán mediante una gama de criterios encapsulados en esta medición, evitando así el problema actual de que las políticas y regulaciones públicas puedan estimular formas de crecimiento económico y creación de riqueza que lleven a más desigualdad, y no a menos; a más degradación medioambiental, y no a menos; o a un bienestar menor, y no mayor.

Nivel transformador 5 – Calidad de la existencia

La calidad de la existencia -definida por toda una gama de factores como el acceso de la infancia a una crianza y educación decentes, la conciliación trabajo-vida, el empleo de calidad a lo largo de todo el ciclo vital con una paga decente y derechos sociales, la igualdad de derechos sin distinción de género, identidad, raza u orientación sexual, el acceso a servicios de salud de calidad y las actividades sociales y culturales, pero también la seguridad física, o una buena gobernanza y una democracia sólida-, deben convertirse en el estándar para todos. Los progresistas deben rechazar una situación en el que una real calidad de vida sigue siendo, en el mejor de los casos, una esperanza lejana para la gran mayoría de personas en el mundo, e incluso para más de la mitad de los europeos. Quiere decirse que tenemos que dar un sentido y una relevancia renovados al concepto de igualdad, más allá de la noción de la distribución de la riqueza material y su nivel; aunque esta, obviamente, sigue siendo una parte esencial de la ecuación. Tenemos que cambiar el paradigma predominante.

La calidad de la existencia no debería estar condicionada al crecimiento económico, o tratada como un problema de costes, sino contemplada como un elemento importante para una sociedad próspera. Los países con una calidad de vida alta y ampliamente compartida entre sus habitantes se encuentran invariablemente entre las naciones más eficientes desde el punto de vista económico. Pero ¿cómo pasar de las palabras a la acción política? El concepto de calidad de la existencia ha de convertirse en un concepto político fuerte, objetivable y mensurable. En algunas de sus dimensiones constituyentes, ya es el caso, y será fácil conseguirlo. Pero en otras, falta mucho por hacer. La calidad debe ser mensurable en todas sus diferentes dimensiones, desde la educación vía empleo hasta la salud: un objetivo político operacional que los progresistas podrán utilizar y esforzarse en alcanzarlo.


Tenemos que dar un sentido y una relevancia renovados al concepto de igualdad, más allá de la noción de la distribución de la riqueza material y su nivel; aunque esta, obviamente, sigue siendo una parte esencial de la ecuación. Tenemos que cambiar el paradigma predominante


Cuál será la diferencia: Con el tiempo, los términos del debate público y del discurso político cambiarán, y con ellos la consideración general y la valoración de lo que es una buena gestión pública en el interés de la gente común. La complejidad de la gestión política ha de ser reducida a aquello esencial comprensible, fácilmente mensurable y tangible que importa a la mayoría de la gente en su vida cotidiana. Esto favorecerá una política progresista frente a quienes, como sabemos, reducen hoy la calidad de la existencia en lugar de mejorarla, tanto si esa política es promovida por la derecha tradicional como por partidos populistas. Al fijar la dimensión de la calidad en una gama amplia de gestión, las expectativas cambiarán y esa política será mucho más efectiva al englobar sus objetivos definitivos dentro del concepto de la igualdad para todos.

Nivel transformador 6 – Distribución justa de la riqueza y las ganancias

Una de las consecuencias más llamativas e intolerables de la globalización económica y financiera ha sido la explosión abrupta de la concentración de riqueza y ganancias desiguales en todo el mundo, y en el interior de las zonas de mayor poder económico. Estos desarrollos han sido extensamente expuestos en años recientes por destacados expertos, como Joseph Stiglitz o Thomas Piketty, y muestran que la desigualdad está incrustada en nuestra estructura social. La búsqueda de una reducción significativa requiere que examinemos todos los aspectos presentes en nuestra sociedad que son contrarios a las políticas de calidad de la existencia expuestas en el nivel 5. Más en concreto, sería esencial alcanzar una distribución justa de las ganancias y compartir la riqueza en una proporción más ética y razonable, entre otras medidas, con enfoques diferentes de la política fiscal en los niveles nacional, europeo y global, en favor de una agenda pro-igualdad en la distribución de la renta y la riqueza. Medida que sería reforzada por un freno drástico a la muy perjudicial evasión fiscal y a las prácticas de exención fiscal abusivas; y en consecuencia, aumentar los ingresos fiscales y los recursos públicos necesarios para transformar nuestros sistemas económicos y sociales, como se ha señalado más arriba.

Cuál será la diferencia: La política combinada de cambios fiscales en favor de una mayor igualdad en niveles de renta y distribución de la riqueza, y el final de la evasión ilegal de impuestos y las prácticas de exención legal tendrán un poderoso efecto multiplicador sobre la igualdad social. Y lo más importante, proporcionarán nuevos recursos esenciales para financiar la transformación de la sociedad global insostenible de hoy, a una futura sostenible.

Nivel transformacional 7 – Recuperación de la Unión Europea

Es un hecho ampliamente reconocido hoy que la Unión Europea, como proyecto político, se encuentra en la fase más difícil desde su puesta en marcha. Se da una similaridad llamativa entre las amenazas a las que se enfrenta la socialdemocracia y las que acechan a la UE, y no se trata de una coincidencia. De hecho, el destino de ambas parece estar mucho más interrelacionado de lo que pudimos haber pensado en el pasado. Los desafíos urgentes que derivan de la crisis migratoria no deberían oscurecer el hecho de que la integración de la UE corre el riesgo de fracasar porque está dejando de ser vista como un camino para mejorar la calidad de vida de una mayoría de personas.

En cambio, es descrita con demasiada facilidad por los antieuropeos de todo tipo como la clave de los problemas existenciales que una mayoría de europeos afrontan cada día. Muchos de los que estamos comprometidos en la política europea sabemos muy bien hasta qué punto la UE necesita cambiar varias piezas a fin de recuperar confianza, tanto en su funcionamiento político, como en sus orientaciones y opciones políticas. Sin embargo, seguimos siendo incapaces de proyectar una visión realmente común y una agenda política de transformación que implique a toda la familia socialdemocrática, en esencia porque no acertamos a reunir todas nuestras fuerzas -nacionales y europeas- en una estrategia de cambio común, clara y articulada. Es un viejo problema, causado por muchas y diferentes razones; pero ahora, el tiempo se nos puede estar acabando de verdad, a nosotros y a la UE. Tenemos que afrontarlo juntos con rapidez, limando nuestras diferencias con el fin de actuar juntos en todas las instituciones europeas, incluido el Consejo de Ministros. Solo así podremos encarnar una alternativa lo bastante atractiva y convincente.

Cuál será la diferencia: En palabras sencillas, la UE será vista de nuevo por una gran mayoría de personas como parte de la solución, no del problema. En lugar de aparecer como el rostro de las privaciones, de la división social, del desempleo masivo, y de una gestión política distante y poco democrática, la UE formará parte natural de una gobernanza enfocada a la consecución de mayor bienestar y seguridad para todos. Con la adopción de una nueva visión del desarrollo sostenible y la mejora de la calidad de vida, la UE encontrará una nueva aceptación y sentido. Al convertirse en un motor para la inversión, para una prosperidad nueva y justamente compartida, para empleos de calidad, para una re-convergencia económica y social entre países, regiones y gentes, la integración europea dejará de ser cuestionada y los populismos nacionalistas retrocederán.

LA SOCIALDEMOCRACIA QUE VIENE

Si los socialdemócratas hemos de desempeñar un papel protagonista en los años y decenios futuros, tenemos mucho trabajo por delante. Lo que está en juego es nada menos que el futuro de humanidad.

Dentro de cien años, la mayoría de los humanos puede vivir existencias miserables en un planeta conflictivo, empobrecido y contaminado, dominado por elites omnipotentes y super-ricas en todo el mundo. A la luz del reciente cambio global, una perspectiva así no es alarmismo, sino una posibilidad real. Si no conseguimos demostrar a tiempo que otro futuro es posible y se está gestando, la gente puede acabar por perder su esperanza y sus ideales, y, si son demasiados los que lo hacen, las alternativas progresistas serán abandonadas como una fantasía.

Para impedirlo, necesitamos unir ahora todas nuestras fuerzas, y luchar por nuestros ideales más de lo que nunca lo hicimos. No será una lucha defensiva, sino ofensiva y propositiva.

Para ello, necesitamos una narrativa y una visión progresista fuerte y ampliamente común, no únicamente picoteos de acción política aquí y allá. Son esa narrativa y esa visión fuerte las que ayudarán a la gente a entender que les ofrecemos un camino al futuro que van a querer seguir, y eso dará pleno sentido y dirección a nuestras luchas de cada día.

Como hemos empezado este texto con Willy Brandt, desearíamos terminarlo con él, y con esta verdad intemporal que nos dejó: “Lo que necesitamos es una síntesis de pensamiento práctico y de esfuerzo idealista”.

Solo nos resta esperar que esta contribución sea comentada y enriquecida por otros en el interior de nuestra comunidad política, y que nuestras organizaciones políticas en los niveles nacional y europeo compartan nuestra sensación de urgencia para actuar.

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Artículo publicado en cooperación con el Friedrich-Ebert-Stiftung Europe Office. Traducción de Paco Rodríguez de Lecea.

© Social Europe 2016

Sobre los autores

Poul Nyrup Rasmussen. Primer ministro de Dinamarca de 1993 a 2001 y presidente del Partido de los Socialistas Europeos (PES) de 2004 a 2011. Fue el líder de los Social Demócratas Daneses de 1992 a 2002, así como miembro del Parlamento Europeo de 2004 a 2009.

Udo Bullmann. Miembro electo del Parlamento Europeo desde 1999, donde trabaja en el Comité de Asuntos Económicos y Monetarios, en el que ha sido coordinador del Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D) de 2009 a 2012. Desde 2012, ha presidido la delegación del SPD alemán en el Parlamento Europeo. Es miembro del comité ejecutivo del SPD desde 2015.

 

Notas

1.- Jeffrey Sachs (2015): The Age of Sustainable Development, Columbia University Press, New York, p. 3. [^]

2.- Informe de la Comisión para la Medición de la Eficiencia Económica y el Progreso Social, 2009 (Ver informe). [^]