La perversión del sistema productivo y su evolución

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Por PEDRO LÓPEZ PROVENCIO

Migrant agricultural worker's family. Seven hungry children. Mother aged thirty-two-Dorothea Lange 1936 [Library of Congress, Prints & Photographs Division, FSA-OWI Collection]

Migrant agricultural worker’s family. Seven hungry children. Mother aged thirty-two-Dorothea Lange 1936 [Library of Congress, Prints & Photographs Division, FSA-OWI Collection]

Dicen, con razón, en la Comisión Mundial sobre el futuro del Trabajo de la OIT que: 

“Nuestra subsistencia se basa en el trabajo. Gracias al trabajo podemos satisfacer nuestras necesidades materiales, evitar la pobreza y construir una vida digna. Más allá de satisfacer nuestras necesidades materiales, el trabajo puede contribuir a darnos una sensación de identidad, de pertenencia y de propósito. También amplía el abanico de opciones que se nos presentan y nos permite vislumbrar un futuro más optimista.

El trabajo también tiene importancia colectiva al establecer una red de conexiones e interacciones que forjan la cohesión social. La organización del trabajo y de los mercados laborales es esencial para determinar el grado de igualdad que alcanzan nuestras sociedades.

1.- Inicios: la división social del trabajo

Sea porque fuimos condenados a ganarnos el pan con el sudor de la frente o, más bien, por la necesidad de paliar la extrema penuria que sufrimos en los albores de la especie humana, siempre hemos buscado las formas y los instrumentos que nos facilitasen saciar nuestras necesidades y expectativas. La evolución de nuestro cerebro, al ponernos en pie y empezar a utilizar la manos, nos permitió incrementar continuamente los conocimientos necesarios para idear medios que nos facilitasen el trabajo y la mejora del producto obtenido. 

Empezamos utilizando el palo y la piedra. Las unimos después para formar hachas y lanzas, más duraderas y eficaces. Aprendimos a encender, usar y controlar el fuego, que nos proporcionó luz y calor. Energía que, junto a la eólica e hidráulica, incrementó la posibilidad de obtener más y mejores bienes y servicios. La invención de la rueda y la domesticación de animales de tiro descargaron a la humanidad de pesadas tareas de transporte. El descubrimiento de los metales y la metalurgia fueron decisivos en la construcción de mejores útiles y herramientas.

Pasamos de ser nómadas, cazadores y recolectores principalmente, a fundar aldeas, pueblos y ciudades. Con el incremento y la transmisión de los conocimientos, la cooperación y la coordinación de los esfuerzos, se consiguió que prosperase la agricultura, la ganadería, la construcción, la metalurgia, etc.

En la tribu primitiva los bienes obtenidos cubrían las necesidades colectivas de subsistencia. El varón tenía asignadas las tareas para las que la fuerza física y la disponibilidad eran características necesarias y principales: la caza, la cosecha, la defensa. La mujer, generalmente, cuidaba de las tareas domésticas y de los hijos, porque su menor fuerza física y los frecuentes periodos de gestación eran un gran impedimento. Cada unidad familiar tenía que procurarse el mínimo vital de comida, vestido y cobijo. 

Cuando ese mínimo vital se fue rebasando, algunas personas pudieron dedicarse a otras tareas más especializadas. Aparecieron los artesanos: herreros, carpinteros, albañiles, tejedores, que intercambiaban sus productos con los remanentes de los agricultores y ganaderos. 

El incremento de los bienes producidos, con la especialización artesana, dio origen a otras actividades. La milicia para retener o apropiarse de la riqueza, los medios de producción y las tierras. Los ordenamientos jurídicos, la policía y los carceleros, para regular las relaciones de propiedad, comerciales y de convivencia. Y el mercader, que compra lo que producen unos para vendérselo a otros, en los mismos o distintos lugares. La moneda se ideó para, originariamente, facilitar las transacciones.

Más adelante, esos mercaderes, ya no se limitaron a comprar y vender los productos de consumo acabados. Proporcionaron a los artesanos las materias primas (hilo para el tejedor, metal para el herrero, semillas para el agricultor) cuya procedencia era cada vez más distante y su obtención más complicada. Igual sucedió con los medios de producción: máquinas, herramientas, energía. Todo se hacía más difícil y costoso de obtener sin la intervención del intermediario que en eso se especializaba.

2.- La apropiación capitalista

Los mercaderes se fueron haciendo con el control de la producción. Con la parte fundamental para iniciarla y concluirla. Aumentaron sus beneficios presionando a los artesanos con la amenaza de facilitarles o no las materias primas, los medios de producción y la de comprarles o no sus productos acabados. El comercio de productos de lujo, armas y esclavos incrementó aún más sus beneficios por la desconexión existente entre los costes de obtenerlos y su utilidad práctica. 


El mercader, transformado en capitalista por el acopio de dinero, cambia de estrategia con la ayuda del banquero. Va dejando de suministrarles a los artesanos las materias primas y los medios de producción y no les compra los productos acabados. Concentra en un local de su propiedad los materiales, las máquinas y las herramientas


El dinero retenido por los mercaderes, resultante de la diferencia entre el precio de compra y el de venta, aumentó continuamente. Surgió la figura del prestamista, muchas veces usurero, que dio origen al banquero. Acumula dinero propio y ajeno a fin de prestarlo a cambio de un interés, evaluando las garantías de devolución. El dinero pasó a ser una mercancía más, necesaria para iniciar, mantener o ampliar la industria.

El mercader, transformado en capitalista por el acopio de dinero, cambia de estrategia con la ayuda del banquero. Va dejando de suministrarles a los artesanos las materias primas y los medios de producción y no les compra los productos acabados. Concentra en un local de su propiedad los materiales, las máquinas y las herramientas y ofrece a los artesanos solo un empleo en su fábrica. Al pequeño taller artesano le es imposible competir con la gran fábrica, por la dificultad de obtener los cada vez más sofisticados medios de producción, la energía necesaria de la máquina de vapor y la electricidad, sin un holgado soporte financiero.

El capitalista se adueña de la producción reemplazando al antiguo mercader que tenía que comprarla. El artesano se transforma en obrero al tener que vender su fuerza de trabajo en vez de vender su producción. El “poder hacer” cambia de manos pero el trabajador retine aún el “saber hacer”. El trabajo se transforma en una mercancía más, que se puede comprar por menos de su valor real, es decir, por menos de la cantidad a que se puede vender el producto que elabora.

La energía disponible, distinta de la de hombre y de los animales de tiro, de la hidráulica y eólica que debían consumirse en el mismo lugar en que se producía, da un salto cualitativo y cuantitativo espectacular. La producida por la máquina de vapor alimentada con carbón, el motor de explosión que utiliza derivados del petróleo y, sobre todo, la electricidad y su transporte en alta tensión, puede ser utilizada en lugares distintos al de su generación.

La gran cantidad de energía disponible más la concentración de los trabajadores en las fábricas propició la producción en masa. La fuerza física de varón y los limitados periodos de gestación de la mujer van dejando de ser una necesidad y un impedimento, respectivamente, para intervenir en el proceso productivo. 

El sistema capitalista que se impone propicia otro cambio de paradigma. El trabajo, que era el medio de saciar las necesidades de las personas, pasa a ser el instrumento principal por el que se enriquece una minoría a costa de la mayoría. De trabajar lo necesario para vivir mejor a trabajar lo máximo, incluso niños, para aumentar los beneficios de los dueños de los medios de producción y de los banqueros.

Ocurre otro cambio importante. Los artesanos y sus gremios tenían grandes dificultades para oponerse a la prepotencia de los mercaderes a causa de su individualidad competitiva. Los obreros se encuentran unidos por iguales interese directos, frente a un mismo patrón y por permanecer juntos en la fábrica bajo condiciones similares durante años. Eso crea identidad, conciencia de clase e induce a la solidaridad.

Los obreros se organizan, se hacen fuertes y consiguen imponer derechos de reunión, asociación, huelga y expresión, mediante difíciles y costosas luchas. En el siglo XIX se fundan sindicatos de clase y partidos de izquierda, que denuncian la relativa pauperización de la población en beneficio de la minoría capitalista.  

El sufragio universal propicia que la intervención del Estado deje de satisfacer exclusivamente los intereses capitalistas. La unidad sindical y la negociación colectiva hacen variar la correlación de fuerzas con resultantes favorables a las reivindicaciones obreras. Disminuye la jornada laboral, se incrementan los salarios y, en general, mejoran las condiciones de trabajo. 


La promoción por el sistema de mérito y capacidad de la persona siguió incentivando la adquisición de conocimientos y de experiencias en la profesión u oficio


Se crean las Escuelas Industriales en las que se adquieren los conocimientos teóricos y los prácticos básicos de los oficios. En el taller, mientras se trabaja, se completa la formación práctica y se adquiere la experiencia. Los adolescentes se incorporaban al trabajo, como pinche o aprendiz, e iban subiendo en la escala de Oficiales de 3ª, 2ª, 1ª y de Maestro de taller. Algo similar sucedía con los grados de ingeniería y demás profesiones universitarias. 

La promoción por el sistema de mérito y capacidad de la persona siguió incentivando la adquisición de conocimientos y de experiencias en la profesión u oficio. La cualificación profesional de los trabajadores los hizo necesarios, imprescindibles, y aseguró su continuidad y permanencia en la Empresa. Garantizó su libertad, puesto que su oficio les hacía valer. Actualizar su vertiente intelectual y cultural mejoraba su estatus social, proporcionaba identidad e incrementaba el salario que podían percibir. Esa profesionalidad necesaria propiciaba la contratación fija e indefinida.

3.- La división capitalista del trabajo

Pronto empezaron a idear los métodos para desposeerles de esa fuerza o para hacerla inocua al funcionamiento de la producción. La fórmula magistral la encontró Frederick W. Taylor (1856-1915) con su principio de “el cerebro en la oficina y el brazo en el taller”.

La “oficina” planifica, prepara y controla lo que debe producirse, cómo, dónde, cuándo y cuánto. Los obreros han de realizar los trabajos siguiendo las órdenes recibidas sin necesidad de pensar. Se parcelan y desmenuzan las tareas. Se destruye el nexo psico-físico del trabajo profesional que vincula al obrero con el producto que elabora. La reducción del salario, por la menor cualificación, se gasta en la oficina técnica. Ahorro espurio.

Con los sistemas de simplificación del trabajo, cálculo de tiempos, valoración de puestos de trabajo y asignación de primas e incentivos, se tiende a individualizar, a estimular la ambición personal y a destruir los vínculos de solidaridad. Se convierte al trabajador en un autómata que ha de adaptarse al puesto de trabajo que ha sido prediseñado, precisamente, prescindiendo de sus conocimientos y aptitudes, para que pueda ser ocupado por cualquiera con una ínfima formación. Su destino, en el mejor de los casos, es ser un simple apéndice del sistema, hasta que se automatice su labor y pueda ser desarrollada por una máquina sin su intervención o con una intervención subordinada, accesoria e intercambiable.

Por ejemplo. Un cazador sale al campo con los instrumentos adecuados y caza. El producto final de su trabajo, la liebre, es útil por sí mismo y lo puede intercambiar por dinero u otros bienes. Cuando interviene la División Capitalista del Trabajo desaparece el cazador. Uno lleva los cartuchos, otro la escopeta, un tercero carga el arma, el cuarto dispara y un quinto recoge la presa para que el dueño de la escopeta y los cartuchos se quede con la liebre y les page a los peones una cantidad inferior de la que obtiene con su venta. El trabajo de cada peón ya no es útil por sí mismo. Están atrapados. Dependen del amo de la escopeta.

Lo que está sucediendo en la industria se inventó a primeros del siglo pasado, ahora es simple evolución y perfeccionamiento. Estamos llegado a la cima de la organización del sistema productivo para conseguir que cualquier persona, con una simple formación unívoca, pueda ocupar casi cualquier puesto de trabajo. Conocimientos o formación superiores a los mínimos requeridos por cada puesto de trabajo resultan superfluos e incluso contraproducentes. 

Todos los trabajadores pasan a ser prescindibles en cualquier momento. La adaptación de las personas a un puesto de trabajo es ya una tarea sencilla por la simplificación a que han sido sometidos. La ergonomía ha pasado al baúl de los recuerdos. El diseño de los medios y métodos de trabajo de acuerdo con las aptitudes y características de los trabajadores y su evolución, como se acordó en el art 45 del VIII Convenio Colectivo de la SEAT en 1978, es una antigualla.

O mucho pugnan y perseveran las fuerzas sociales, empezando por los sindicatos, o pronto será un reducido número de personas quienes compongan el “cerebro en la oficina” que diseñará los algoritmos y las máquinas en algún lugar privilegiado del planeta. Todos los demás seremos “carne de cañón”. Auxiliares de los robots y otros artilugios automáticos teledirigidos a distancia, en un trabajo que tiende a convertirte en un cretino, deplorable, precario y mal pagado. Algoritmos diseñados solo para alcanzar el máximo beneficio financiero con trabajadores temerosos y desempleados expectantes. La contratación laboral fija e indefinida ya no es necesaria, complica la relación laboral y sindical.

Pea pickers in California. Mam, I've picked peas from Calipatria to Ukiah. This life is simplicity boiled down. California-Dorothea Lange 1936  [Library of Congress, Prints & Photographs Division, FSA-OWI Collection]

Pea pickers in California. Mam, I’ve picked peas from Calipatria to Ukiah. This life is simplicity boiled down. California-Dorothea Lange 1936 [Library of Congress, Prints & Photographs Division, FSA-OWI Collection]

4.- La desprofesionalización de los trabajadores y su individualización

Para desposeer a los trabajadores de sus atributos laborales se utiliza la Valoración de los Puestos de Trabajo, que sustituye a la cualificación profesional en la asignación de los salarios. Con cierto disimulo para no crear excesiva alarma y poder introducirlo con calzador y vaselina. En el XIX convenio Colectivo de la Seat han desaparecido las categorías profesionales, a eso apunta el Convenio del Metal de Barcelona y desde hace años el de la Química. El trabajador no ha de percibir el salario según su valía profesional, sino de acuerdo con el mínimo requerido del puesto de trabajo desmenuzado al que se le asigna. Obreros y técnicos, sin discriminación.

Por ejemplo, los juristas ya disponen de “motores de búsqueda” que les facilitan la legislación, la jurisprudencia y la doctrina aplicable al caso. Dependerá de quien haya diseñado el algoritmo para que proporcione unos resultados u otros y oriente la acción. Pronto podrán ser sustituidos por simples auxiliares con la única misión de introducir los datos en el ordenador. Percibirán el salario correspondiente al mínimo requerimiento del “puesto de trabajo”. No interesa lo que sepan ni la calidad de lo que hagan. Importa el control y la reducción de costes.

Se avanza en la explotación del trabajador sin los elementos solidarios que propicia la permanencia en edificios comunes con vínculos colectivos. Gracias a los sistemas “just in time” ya no se precisa la subordinación disciplinaria ni la permanencia constante en el mismo local. Son los mismos equipos de trabajo los que pueden controlar la cantidad y la calidad que se diseña en un lugar, se construye en otro y se acopla en un tercero. Así es factible la subcontratación y la externalización del trabajo en unidades que pueden sustituir el vínculo laboral por la contratación mercantil. Los trabajadores sometidos a sí mismos, para beneficio de quienes deciden los precios que pueden poner y les limitan hasta la ganancia que pueden atribuirse. 

Nuevos señuelos como la responsabilidad corporativa, la economía colaborativa e inclusiva. Oxímoros comúnmente aceptados: empresarios subordinados y autónomos dependientes. Herramientas novedosas como el coaching, la inteligencia emocional y el liderazgo. Para facilitarles la adaptación. No es necesaria la cualificación profesional, puesto que el diseño, la técnica y los medios se deciden en otro lugar, y el trabajo que se precisa es elementalmente repetitivo, automático y de simple vigilancia. Así la igualdad se alcanza a través de la entronización de la ignorancia profesional requerida y la parcelación laboral con conexiones ajenas al trabajador.


Nuevos señuelos como la responsabilidad corporativa, la economía colaborativa e inclusiva. Oxímoros comúnmente aceptados: empresarios subordinados y autónomos dependientes. Herramientas novedosas como el coaching, la inteligencia emocional y el liderazgo


A quienes no pueden o no quieren someterse y a los desempleados se les incita a la acción emprendedora. La culpa del probable fracaso recae en uno mismo. Si no tienes éxito es porque eres vago o torpe. No importa la valía personal, ni que un pez no pueda trepar a un árbol aunque nade maravillosamente. Así, el autoexplotado, en vez de revolucionario se convierte en depresivo. En todos los casos se diluye la responsabilidad empresarial que ya no se sabe dónde radica. Se incrementa el miedo y la incertidumbre entre la ciudadanía. Los valores que se imponen en la empresa se trasladan a la sociedad que, a veces, explota sin saber por qué, sin colegir que su desesperanza proviene de su cosificación laboral y por ende social. Se le ofrecen culpables como los inmigrantes y soluciones como la libertad de la nación oprimida con sentimientos de identidad excluyentes.

5.- El futuro ya está aquí

La disminución de las horas de trabajo económico que posibilita la disrupción tecnológica, aunque conectados permanentemente a su disposición, debería hacernos recapacitar sobre el sentido del trabajo, sobre las modificaciones conductuales y psicológicas que podemos sufrir las personas, los cambios sociales que propiciarán la ausencia de status profesional, la sujeción continua, la cantidad de tiempo dedicado al ocio y la desigual e injusta distribución de la riqueza generada. 

Están creadas las condiciones para que los trabajadores pierdan sus tradicionales bases de poder: el saber hacer, la unión que proporciona trabajar juntos en un mismo recinto y conocer el patrón que los explota.


En todo caso la sociedad que se configure debería conservar sus características humanas, evitando que la diseñen artilugios electrónicos contagiados de la estupidez egoísta de sus amos a su servicio


Muchos no miramos el mapa antes de ponernos a conducir un coche, seguimos las instrucciones que proporciona el GPS, acostumbrándonos a obedecer sin pensar. Cuando circule autónomamente sin conductor ¿qué instrucciones contendrá el algoritmo que gobierne el automóvil? Supongamos que sufre una avería en los frenos, si continúa su trayectoria puede caer en un precipicio con daño para los ocupantes, si gira a la derecha atropella a una joven embarazada y si gira a la izquierda arremete contra un grupo de personas sentadas en una terraza. En el primer caso pocos compraran un coche que, teniendo otras opciones, el algoritmo opta por dañar a los ocupantes, en los otros casos los seguros pretenderán la opción más barata y así… Concretar la responsabilidad social y personal en relación con los artilugios que funcionen automáticamente, sin intervención humana directa, será imprescindible ¿quién lo está decidiendo?

En todo caso la sociedad que se configure debería conservar sus características humanas, evitando que la diseñen artilugios electrónicos contagiados de la estupidez egoísta de sus amos a su servicio. Logrando que, como mínimo, el trabajo genere un ingreso salarial suficiente, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para las familias, perspectivas de desarrollo personal y estatus social, libertad para expresar las propias opiniones, participación en la organización y en las decisiones que afectan al trabajo y a la vida del trabajador e igualdad de oportunidad y trato para todas las mujeres y hombres, donde el trabajador ha de poder hallar satisfacción en aquello que hace, que ha de ser útil para las personas y para la sociedad. OIT.

En Madrid, en 2.016, se acordó un Pacto de Estado por la Industria. En el apartado cuatro, de las nueve políticas para impulsar la competitividad industrial, se dice:  «es indispensable impulsar una política de formación y empleo que garantice el desarrollo del talento y de la capacitación de los trabajadores a lo largo de la vida laboral, considerando que constituyen el principal y más valioso activo de la empresa en la sociedad».

En enero de 2019 la Comisión mundial sobre el futuro del trabajo de la OIT publica el documento “Trabajar para un futuro más prometedor” que enuncia: “Exhortamos a que se adopte un nuevo enfoque que sitúe a las personas y el trabajo que hacen en el núcleo de la política social y económica y de la práctica empresarial: un programa centrado en las personas para el futuro del trabajo. Este programa se centra en tres ejes de actuación. En primer lugar, invertir en las capacidades de las personas, permitiéndoles formarse, reciclarse y perfeccionarse profesionalmente, y apoyarlas en las diversas transiciones que afrontarán en el curso de su vida. En segundo lugar, invertir en las instituciones del trabajo para garantizar un futuro del trabajo con libertad, dignidad, seguridad económica e igualdad. En tercer lugar, invertir en trabajo decente y sostenible, y en la formulación de normas e incentivos para ajustar la política económica y social, y la práctica empresarial, a este programa. Si se encauzan las tecnologías transformadoras, las oportunidades demográficas y las economías verdes, estas inversiones pueden constituir un impulso potente con miras a la equidad y la sostenibilidad de las generaciones presentes y futuras.”

¿Cuándo veremos eso concretando en los convenios colectivos y en la organización del trabajo que se aplica? El actual sistema productivo que se implanta conduce a resultados contrarios. Desde el Sindicato y los Poderes Públicos se debería promover otra forma de organizar el trabajo, en el marco del nuevo paradigma tecnológico, que devuelva el conocimiento, la información y el protagonismo a los trabajadores. Los haga partícipes de la dirección y del control de la producción y de la Empresa. 

No es posible conformarse con la obtención de un salario mientras se les anula como profesionales y como personas. Hay que cambiar las políticas de personal de los impropiamente llamados recursos humanos, para que se aprecien las cualificaciones profesionales, se reconozca el valor y se utilice el conocimiento, las capacidades y la experiencia de las personas. Y se les remunere directa y adecuadamente por ello. 

Es un deber histórico de los sindicatos impedir que, con la implementación del sistema denominado «Industria 4.0», se despoje definitivamente a los trabajadores del poder que representa el «saber hacer» y queden al servicio de las máquinas en vez de poner éstas al servicio de la labor que realice el trabajador. Resulta fundamental evitar la firma de Convenios Colectivos que consagren la facultad de la dirección de la Empresa, exclusiva, excluyente y sin límites, sobre la organización del trabajo y la clasificación de los trabajadores en función del lugar donde los quieran poner. Porque ¿el trabajo es para satisfacer las necesidades y aspiraciones de las personas o éstas han de subordinarse a un tipo de trabajo desmenuzado y estúpido que mantenga, garantice e incremente el poder y los beneficios del capital para unos pocos?

 La impotencia que hoy sufren los poderes públicos ante los poderes económicos globales debe ser combatida y superada. Actuar en esa dirección supone hacer que las empresas se vean obligadas a adaptar sus plantillas a la ciudadanía realmente existente en su entorno. A sus destrezas, titulaciones académicas y habilidades profesionales. Al menos en un determinado porcentaje a partir de un determinado tamaño. 


Es un deber histórico de los sindicatos impedir que, con la implementación del sistema denominado «Industria 4.0», se despoje definitivamente a los trabajadores del poder que representa el «saber hacer» y queden al servicio de las máquinas en vez de poner éstas al servicio de la labor que realice el trabajador


Para poder interpretar los cambios vertiginosos que está viviendo nuestro mundo, e intervenir en ellos, se precisa una transformación del proceso educativo, de la enseñanza y del aprendizaje. Creando un correlato específico con el empleo. No habrá incentivos suficientes para estudiar y formarse si ello no lleva aparejado y tiene repercusión directa en el trabajo, en su remuneración y en el estatus que ello proporcione. 

Hay que incidir especialmente en la enseñanza de los instrumentos que faciliten la participación en la dirección y en el control de la empresa en general, de los procesos productivos y de los circuitos electrónicos y digitales por donde circulan el conocimiento y la información, evitando que la formación sea solo para que puedan ocupar un puesto de trabajo desprofesionalizado, cambiante y precario. 

 Es imprescindible preparar a los jóvenes para que puedan participar en el diseño y el control de la automatización en marcha. Que en parte será sin personas. Pero que debería ser dirigido y accionado por personas cualificadas y competentes. Especialmente en el uso de datos. Han de ser las personas trabajadoras las que dominen el proceso en vez de estar dominadas por él. La Escuela deberá proporcionar también la imprescindible educación en humanidades.

Enrico Berlinguer ya nos habló de esto hace mucho tiempo:

 «Cuando planteamos el objetivo de una programación del desarrollo que tenga como finalidad la elevación del hombre en su esencia humana y social y no como mero individuo contrapuesto a sus semejantes, cuando planteamos el objetivo de la superación de los modelos de consumo y de comportamiento inspirados en un individualismo exasperado, cuando planteamos el objetivo de llegar más allá de la satisfacción de necesidades materiales artificialmente creadas y también más allá de la satisfacción, en las actuales formas irracionales, costosas, alienantes y socialmente discriminatorias, de necesidades que sí son esenciales, cuando planteamos el objetivo de la plena igualdad y la liberación efectiva de la mujer, que es hoy uno de los temas más importantes de la vida nacional, y no sólo de ésta, cuando planteamos el objetivo de una participación de los trabajadores y de los ciudadanos en el control de las empresas, de la economía, del Estado, cuando planteamos el objetivo de una solidaridad y una cooperación que conduzcan a una redistribución de la riqueza a escala mundial, cuando planteamos este tipo de objetivos, ¿qué estamos haciendo sino proponer formas de vida y de relación entre los hombres y los Estados más solidarias, más sociales, más humanas, que desbordan, por consiguiente, el marco y la lógica del capitalismo?» (Conferencia leída el 15 de enero del 77, en el Teatro Eliseo de Roma.)

 

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Pedro López Provencio (Alhama de Murcia,1944). En 1948 emigra con sus padres a Barcelona. Estudia Oficialía y Maestría en la Universidad Laboral de Gijón, Ingeniería Técnica Mecánica en la UPC y se Licencia en Derecho en la UB. Trabaja de mecánico ajustador de 1960 a 1967, de técnico de organización y sindicalista en la SEAT. Ingeniero en una Consultora, Jefe de Mantenimiento y Director de Fábrica en otras empresas. De TAG en dos ayuntamientos y de Administrador en la UAB. Participa en CCOO desde 1964.