Un contrato basado en la ambigüedad

juliana_fotoEntrevista con Enric Juliana por Steven Forti

  

Barcelona, 13 de diciembre, 2015

Enric Juliana es uno de los más valorados analistas políticos españoles y uno de los más atentos observadores de la realidad catalana. Nacido en Badalona en 1957, tiene a sus espaldas una larga trayectoria en el mundo periodístico desde sus primeras andanzas en el rotativo barcelonés Tele/eXprés hasta la llegada al diario más antiguo de la Ciudad Condal, La Vanguardia, donde se incorporó en 1991. En el periódico del grupo Godó, empezó como redactor jefe de información local de Barcelona durante los Juegos Olímpicos de 1992, continuó como corresponsal en Italia y finalmente, en 2004, aterrizó en Madrid, donde se encuentra al frente de la delegación del diario, del cual es también director adjunto.

Premio Ciutat de Barcelona (Periodismo) en 2005 y premio Ciudad de Badajoz (Periodismo) en 2008, cada domingo escribe desde hace una década sus apreciados análisis de la actualidad política española bajo el título de Cuaderno de Madrid.  Entre sus libros recordamos La España de los pingüinos (Barcelona, Destino, 2006), La deriva de España. Geografía de un país vigoroso y desorientado (Barcelona, RBA, 2009) y Modesta España. Paisaje después de la austeridad (Barcelona, RBA, 2012), reunidos en volumen bajo el título: España en el diván. De la euforia a la desorientación, retrato de una década decisiva (20042014) (Barcelona, RBA, 2014). Su última publicación, Tarjeta Negra. 80 días que convulsionaron la política española (Barcelona, RBA, 2015), reúne las crónicas publicadas en La Vanguardia entre septiembre y noviembre de 2014 bajo el título de Código 11911.

Steven Forti: ¿Cuánto y cómo ha influido el catalanismo en la sociedad y en la política catalana a partir del final del franquismo?

Enric Juliana: Podría empezar respondiendo con una anécdota personal. El 11 de septiembre de 1976, menos de un año después de la muerte de Franco, tras una serie de forcejeos, el gobernador civil de Barcelona, Salvador Sánchez Terán, por instrucción del gobierno de Adolfo Suárez, decidió tolerar una primera manifestación de celebración del 11 de septiembre con la condición de que no tuviese lugar en Barcelona. Se celebró en Sant Boi de Llobregat, donde se encontraba la tumba de Rafael Casanova. Los partidos de la oposición pidieron que se colgasen banderas catalanas en los balcones. Yo vivía aún con mis padres en Badalona en un barrio menestral, mayoritariamente catalanoparlante. En mi calle sólo había dos banderas catalanas la mañana del 11 de septiembre: la que habíamos puesto mi hermana y yo en nuestra casa y la que había colgado un amigo nuestro que vivía en la otra punta de la calle. ¿Quiere decir que los otros vecinos, que, cuando llegaron las elecciones, en su mayoría votaron por Convergència i Unió (CiU), no eran catalanistas? No es exactamente así. Se está transmitiendo una visión un poco simplificada del franquismo. El franquismo no fue la dictadura de los coroneles de Grecia, fue una cosa distinta, fundamentalmente basada en la persistencia. La sociedad se acomodó al “durar” de Franco, pero dentro de las casas había pensamientos secretos y sentimientos que en algunos casos se manifestaban más y en otros se manifestaban menos. Básicamente, esta fotografía explica que todo el mundo estaba “a ver qué pasa”. Y eso, si lo contrastamos con algunas miradas actuales, se puede interpretar como una manifestación de cobardía. Las dictaduras se sostienen también porque la mayoría de la población no se decide a salir a la calle a tomar el Palacio de Invierno a costa de que los primeros quinientos sean ametrallados por la policía. Este “a ver qué pasa” se fue diluyendo a partir de algunos hitos. Uno de ellos fue el regreso de Tarradellas en octubre de 1977, que tuvo una función de catarsis muy importante en la sociedad catalana: regresó la nación por la puerta grande. Fue un gran triunfo moral del catalanismo. Muchas personas que estaban en esta actitud silente encuentran un canal de “readhesión” al catalanismo sin tener que pasar por la izquierda. Hasta aquel momento las taquillas del catalanismo estaban gestionadas por la izquierda. Cuando Jordi Pujol gana las elecciones, se amplían las taquillas, gestionadas por el centro.

S.F.: ¿Qué permite el regreso de la nación?

E.J.: Permite hacer el tránsito sin que nadie te lo reproche. Reubicarse en la nueva situación política sin tener que hacer ejercicios de contorsión de los que te tengas que arrepentir. Esto es muy importante. La hegemonía de Pujol empieza con Tarradellas. Concedo mucha importancia a este momento de refundación del catalanismo.

 S.F.: ¿Cuáles son los momentos clave que han marcado en las décadas siguientes los tiempos del catalanismo?

 E.J.: El primero, las elecciones municipales de 1979 que dan a la izquierda catalana por primera vez la posibilidad de ejercer funciones de gobierno importantes en los principales municipios del país: Barcelona, las principales ciudades del área metropolitana, las capitales de provincia. Se abre un ciclo político nuevo. El segundo, las elecciones al Parlament de Cataluña de 1984 en las que todo parecía indicar que el Partit del Socialistes de Catalunya (PSC) iba a ganar e inesperadamente Pujol obtiene la mayoría absoluta. Ahí ocurre una cosa interesante que vale la pena tener presente en la actualidad: se produce una partición. En aquel momento la izquierda representaba sociológicamente a los trabajadores industriales sindicalizados, los jóvenes profesionales que estaban encontrando trabajo en la administración y en los servicios públicos, que vivían una fase de expansión por la ola larga de la victoria socialista de 1982 (maestros, profesores de instituto, médicos, etc.) y algunos sectores de las clases medias de profesiones liberales. Eran el sector hegemónico de la sociedad. Pero hay otra parte de la sociedad formada por los comerciantes, los pequeños empresarios y la gente que se sentía menos protegida por la nueva dinámica política. Esto se ve en las elecciones de 1984.  Este sector se reparte con el otro el funcionamiento de Cataluña durante los siguientes veinte años, hasta 2003. La estabilidad política catalana se basaba sobre este reparto de papeles. Ahora estamos en el agotamiento de aquella fase.

 S.F.: Y, ¿después de 1984?

E.J.: Los Juegos Olímpicos de 1992, que pueden leerse como una victoria política socialista con la figura de Pasqual Maragall. Pero creo que deben leerse sobre todo como el punto de apogeo del consenso interior de la sociedad catalana. Es casi imposible que vuelva a ocurrir algo igual. La coalición que apoyaba a los Juegos Olímpicos iba desde la derecha catalana comprometida directamente con el franquismo, representada por Samaranch, hasta la extrema izquierda. El escritor australiano Robert Hughes dijo que parecía que Barcelona había dominado la entropía. Es decir, todo estaba bajo el marco de la concertación. Se hizo un primer ejercicio de autonomía política. Pero no fue sólo el cénit del consenso, sino también del consociativismo, del reparto de la influencia política. Si en 1977, junto a Tarradellas, regresa la nación, en 1992 hay una fuerte afirmación del orgullo: Cataluña se saca de encima una parte del dolor de la Guerra Civil porque se ve capaz de hacer por sí misma una cosa muy importante a ojos del mundo. Si el PSOE hubiese sido capaz de leer la situación, ese momento habría podido dar unos resultados interesantes. Era un momento en que la sociedad catalana se sentía partícipe de la construcción de algo positivo para España y en que se podrían plantear unos gestos del Estado respecto a Cataluña. Es verdad que empezaba el declive del PSOE y que Felipe González sabía que debía contar con Pujol, pero también pienso que González es una persona básicamente conservadora. A partir de ahí, la situación interna catalana entra en una especie de estancamiento: existe una alternativa, pero el partido que la podría desarrollar, no la desarrolla. Y hasta que no se disuelve la alianza con Pujol, por el desgaste definitivo de González, no se vuelve a replantear la competición. Y cuando se replantea, al aspirante se le ha pasado un poco el arroz. En 1999 Maragall consigue una victoria moral gracias a la provincia de Barcelona que tiene en la memoria los Juegos Olímpicos. Y luego ya en el 2003 pasa lo que pasa. Ese año está en el origen de todo lo que estamos viviendo ahora y es un cambio de ciclo imperfecto: por aquel entonces, el PSOE está ya en crisis y no consigue articular la alternativa.

 S.F.: Luego se produce la Reforma del Estatut de Cataluña de 20052006 y la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010. Hoy en día muchos análisis encuentran en estos dos momentos las causas de la situación actual. ¿No cree que es una visión un poco simplista?

 E.J.: En Cataluña la desafección respecto al Estado español ha existido siempre con distintas intensidades. Ya la había durante el franquismo. Luego han acaecido algunos acontecimientos que la han acentuado. Con Tarradellas llega la nación y con Pujol se despliega la autonomía. Esto significa la consolidación de una esfera cultural-ideológica en la práctica independiente: escuela, medios de comunicación… La nación está ahí. Y ahora ha entrado en escena una generación que ya se ha formado en democracia y que es determinante en la actualidad. A partir del 2000 se va incorporando paulatinamente al mercado de los votos gente que se ha socializado en el interior de la nación. Son nacional-catalanes a todos los efectos. Esto a su vez coincide con momentos de “accidentación” política y se suma a la crisis económica. Las sociedades europeas están bajo estrés: cada sociedad reacciona de manera distinta. Creo que en el caso de la sociedad catalana la cristalización nacional es la que actúa de reactivo respecto a la crisis.

S.F.: Pero a esto se añade un giro importante tras la eclosión del movimiento del 15M. Con el “asedio al Parlament” del 15 de junio de 2011 Artur Mas cambia de actitud. 

 E.J.: El 15M es una primera gran reacción social a la crisis, que se produce al margen del sistema de partidos. Ocurre en Madrid, en Barcelona y en las grandes ciudades de España. En Madrid las élites lo gestionaron con mayor inteligencia. El gobierno socialista dejó que respirase. Las elecciones estaban a la vuelta de la esquina y el ministro del Interior iba a ser el candidato. De hecho, la eclosión del 15M se debe en parte a que Rubalcaba decidió no actuar y permitió que cristalizase. En Barcelona hubo una reacción más severa. Por ende, Mas había llegado al gobierno asumiendo el programa “merkeliano” con pasión. Cosa que en España no se ha hecho. Aquí debemos remitirnos a la propia personalidad de Mas. No es un político cínico. Es un “merkeliano” que tiene muy interiorizado el sentido de la responsabilidad y de la obligación. Las cosas se complicaron para él cuando vio que el gobierno español lo dejaba solo. Se dio cuenta que aquella política, que significaba poner la política de la Generalitat en perfecta sintonía con los centros de poder europeo, no tenía una recompensa. Se dieron cuenta de que en los sondeos Convergència estaba bajando y que en la calle se producían muchas más protestas de las que habían calculado. A lo largo de 2011 se produjo una reflexión y un viraje. Convergència se preparó para una fase de turbulencia social. Sabían que no debían perder la calle. Eso explica el nacimiento de la Assamblea Nacional de Catalunya (ANC). Hay quien sostiene que todo esto nace a contrapié de Mas y que Mas se apunta a última hora. Yo sostengo que todo esto no nace al margen de Mas y de Convergència. Ellos estaban detrás de la manifestación del 11 de septiembre de 2012.

S.F.: ¿Esto explica la aceleración de otoño de 2012?

 E.J.: Hay un momento a partir de 20072008 en que las plantillas de la política en España empiezan a resbalar. En 2011 y aún en 2012 Convergència seguía creyendo que se había colocado al frente de la corriente y que estaba en condiciones de generar una coyuntura política que podía controlar. Pero hay siempre algo que se escapa. Y lo que se le ha escapado ha llevado a la desintegración de CiU. En noviembre de 2012 mucha gente votó a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) para controlar a Mas.

S.F.: ¿La diferencia entre la Cataluña rural y la Cataluña urbana se ha acentuado?

E.J.: Más bien diría que se está desacentuando. Aquel concepto de la Cataluña ciudad es más real hoy que hace treinta años. Aunque, evidentemente, existen diferencias notables entre el comportamiento electoral de Olot y el de Barcelona, pienso que las diferencias tienden a difuminarse un poco. Un punto que ayuda a entender el momento actual es que tenemos un sistema electoral que se ha quedado anticuado. La ley electoral no representa bien a la sociedad. En la medida en que la Generalitat es un sistema presidencial, lo lógico sería ir a la elección presidencial y posiblemente, si hubiese elección presidencial, la situación actual no se daría.

 S.F.: El catalanismo ha sido muy transversal. ¿Ya no lo es? 

 E.J.: El catalanismo, tal y como está formulado desde la posguerra, se basaba en un sistema de ir sumando láminas, dejando que fuese la realidad la que estableciese los límites. Samaranch también era catalanista. Fue él quien cambió el rótulo en el Palau de la Generalitat. Es sintomático. En el momento en que la corriente central del catalanismo decide establecer una confrontación más fuerte con el Estado y redibujar el perímetro, es evidente que esto se modifica. Hay gente que está en zonas intermedias y cuando se le plantea la cuestión de si está a favor de la independencia, se sitúa fuera de este círculo. Lo que se está produciendo ahora es un reflujo, un alejamiento. El contrato catalanista estaba basado en la ambigüedad. Una formulación catalanista ambigua conquista personas que “están” y “no están”. En el momento en que se les pide que se mojen, hay gente que decide “no estar”. Esto ayuda a entender el fenómeno Ciudadanos. Es posible que se haya cometido un serio error. El tiempo nos lo dirá.

 S.F.: ¿Italia puede ser un espejo para entender Cataluña?

 E.J.: Los influjos a Cataluña vienen en parte de Francia, y de la otra de Italia. Los franceses han sido siempre más explícitos y renombrados, sobre todo en los años finales del franquismo, también por la cercanía con Cataluña. Pero hay elementos próximos con Italia. Sobre todo uno. Lo que caracteriza a Italia es la relación problemática entre la sociedad y el Estado. Aquí ocurre algo parecido,

aunque de forma distinta. La relación de la sociedad catalana con el Estado es también compleja. Otras analogías son la existencia de una mentalidad mercantil, pactista y consociativa. Pujol conocía muy bien la política italiana y el modelo de la Democracia Cristiana, la balena bianca, le había interesado mucho. El Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) tenía una relación muy estrecha con el Partido Comunista Italiano. La importancia de los gobiernos municipales, también propio de sociedades poco estatalizadas, es otra analogía.

 S.F.: ¿Puede el populismo ser una categoría de interpretación útil para entender Cataluña?

 E.J.: El populismo estuvo siempre presente en Cataluña. Piénsese en el lema de Maciá: “La caseta i l’hortet”, un eslogan pro clases medias muy potente en aquella época. La cuestión nacional catalana es la creación de un orden propio en la medida de que el orden que viene del Estado no acaba de encontrar un espacio. La componente populista existe en un sentido que no es sólo el proyecto de una institucionalidad, sino la creación de un orden social con unos mitos y unas referencias que todo el mundo puede compartir, incluso a partir de un planteamiento que pueda parecer excesivamente naíf.

 S.F.: Pujol en 1984 pronunció aquella famosa frase: “En delante de ética y moral hablaremos nosotros. No ellos.” ¿Hay un doble rasero cuando se habla de corrupción en Cataluña? 

 E.J.: Consociativismo. Esto es lo que ha habido en Cataluña, que es propio de sociedades pequeñas o de sistemas políticos basados en una inflación de los pactos y de las transacciones para mantener los equilibrios. Lo de Pujol se tiene que ver qué profundidad tiene, pero es evidente que por parte de la familia Pujol, en un momento determinado, se gestó un proyecto dinástico. En Cataluña, y también en España, la corrupción empieza en unos eslabones superiores; en los eslabones intermedios y bajos hay poca corrupción. Los funcionarios no son corruptos. Pero ha habido y hay consociativismo. Cuando llega la crisis económica, este sistema se desgasta. Lo de Pujol es doloroso para la sociedad catalana porque Pujol había construido un paradigma moral. En Italia todo el mundo sabía que Craxi era un cínico. Vale la pena tener presente la lección de Italia, aunque no se va a reproducir aquí. Cuando, como consecuencia de Tangentopoli, la Democracia Cristiana se rompió, Achille Occhetto ya se veía presidente del Consejo de ministros. Pero la clase media italiana no fue de la misma opinión. Y, en el país donde había estallado la gran catarsis contra la corrupción, ganó el más corrupto, Berlusconi. Porque ocupó el vacío. El vacío en política no se produce nunca. Esto demuestra que para sustituir una fuerza política ha de haber otra que está en grado de representar determinados sectores sociales y económicos. En un espacio más micro como el de Cataluña, ésta es la gran pregunta para los próximos tiempos.

 S.F.: En el último lustro han salido muchos libros sobre la cuestión catalana, pero pocos van más allá del instant book. ¿Sugiere alguna lectura realmente útil?

E.J.: Ahora en Cataluña tenemos un exceso de propaganda y un déficit de reflexión independiente. Uno de los pocos trabajos muy valiosos y hechos con honestidad profesional es El llarg procés. Cultura i política a la Catalunya contemporània (19372014) de Jordi Amat.

***

Steven Forti es miembro del Consejo Asesor de PASOS A LA IZQUIERDA.

La entrevista ha aparecido originalmente en la revista Tiempo devorado, nº 3 (2015) vol. Processant el “procés”: sobre l’onada independentista catalana. Agradecemos al autor y a la revista su reproducción en este espacio.