Relatos para una revolución democrática desde lo municipal

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Por JORDI MIR GARCÍA

Foto: © Julio César Mesa

Foto: © Julio César Mesa

Se insiste y se vuelve a insistir en la construcción de relatos, en la difusión de memes, que contribuyan a los objetivos de diferentes actores individuales o colectivos en nuestra sociedad. Barcelona En Comú ha elaborado los suyos para transmitir unas ideas, para generar un sentido de pertenencia, para presentar un proyecto político que haga posible la revolución democrática a la que aspira. En este texto se plantea un recorrido por estos relatos, estas ideas, estos memes que han supuesto una ruptura en el discurso político y ahora, desde el gobierno de la ciudad, aspiran a que esa ruptura se dé en lo político, en lo social, en lo cultural, en lo económico… Tal vez es pronto para hacer balance de las políticas desarrolladas, pero no para recoger los fundamentos discursivos, las ideas sobre las que se está construyendo el proyecto, y tenerlas presentes para analizar la evolución de lo que está por venir. 

Barcelona En Comú en general y Ada Colau en particular insisten en que si han llegado al gobierno del Ayuntamiento de Barcelona, y ella es alcaldesa, es por el mandato de la ciudadanía, por el esfuerzo de todas las personas que se movilizaron para hacerlo posible. Y se llegó al gobierno con una clara voluntad: obedecer el mandato ciudadano que quiso un cambio en la ciudad de Barcelona. Un cambio que no se manifestaba por primera vez en esas elecciones municipales. Ya se había mostrado antes, podríamos hablar de las movilizaciones del 15M como un primer punto de inflexión. Las elecciones llevaron esa inflexión al terreno municipal. Y eso lo vivimos en Barcelona y en otros muchos municipios de España.

Del mismo modo que uno de los gritos surgidos del 15M fue la demanda de una democracia real, los proyectos de carácter ciudadano que se presentaron en estas elecciones también reivindicaban una revolución democrática. Y se pudo ver como proliferaban en todo el territorio iniciativas que coincidían en diagnósticos y propuestas. Coincidían, entre otras cosas, en que si se quiere más y mejor democracia, hay que empezar por el territorio de máxima proximidad, donde gentes diversas y activas ya se están encontrando y actuando en el día a día, donde ya hay conocimientos y vínculos. Y a partir de los territorios más próximos, intentar llegar a las instituciones de orden superior y llevar a ellas otras maneras de hacer política. Aunque las personas elegidas puedan ser nuevas en las instituciones de representación política, hace tiempo que hacen política “de otra manera”, y esa otra política es la que reclaman.

Y como no son nuevos haciendo política, declararon y declaran que no querían llegar al Ayuntamiento para ocupar el mismo rol que antes habían desempeñado otros partidos. Si están en la institución es para transformarla, esa es su sentencia. Dicen saber, no obstante, que una cosa es ganar unas elecciones y otra cosa es gobernar una ciudad. Y todavía más: una cosa es ganar unas elecciones, otra es gobernar, y otra es tener poder de verdad. Asumen no tener dinero, no tener influencia en poderes fácticos… Su fuerza, dicen, ha sido, es y será siempre la gente. Piden que no se les deje solos y solas, que la ciudadanía esté alerta para que no se desvíen de los objetivos.


Del mismo modo que uno de los gritos surgidos del 15M fue la demanda de una democracia real, los proyectos de carácter ciudadano que se presentaron en estas elecciones también reivindicaban una revolución democrática


Reconocen que el tiempo que llevan en el gobierno de la ciudad les ha servido, entre otras muchas cosas, para constatar que para poder empezar a ejercer el poder, lo primero que deben hacer es gobernar su agenda diaria. Insisten en que cuando llegas al Ayuntamiento la agenda se llena sola, sin que hagas nada. Se convierte en una agenda que aleja a la gente de la calle, no deja tiempo para ir a los barrios y conocer directamente los problemas de la gente. Barcelona puede acabar siendo solo consorcios, consejos de administración de empresas públicas, la Feria de Barcelona, el Área Metropolitana, la Diputación… Muchos de estos espacios funcionan prácticamente “de carrerilla”. La inercia adquirida puede llevar a la falta de tiempo y opciones para profundizar lo necesario en cada asunto a tratar.

Reivindican y reclaman un fuerte contrapoder ciudadano para vigilar que desde el gobierno cumplan con aquello acordado y también para que aquello que quieran hacer, se haga. Dicen que habrá ocasiones en las que darán órdenes para mandar obedeciendo a aquello que se construye colectivamente, y habrá quien no aceptará esas órdenes. Para que la ciudadanía pueda realmente mandar en la ciudad consideran necesario que no se encierre en casa, que continúe movilizada en los barrios de la ciudad. Una ciudadanía que participe en los distritos, en las instituciones municipales, en las iniciativas que el nuevo gobierno está impulsando, en el movimiento vecinal o en aquellos colectivos que buscan construir derechos a partir de la lucha día a día. Recuerdan implícitamente, sin casi citarlos, errores “del pasado”. Están pensando en la evolución de la movilización en los años del tardofranquismo y tras las primeras elecciones que se querían democráticas. Piensan en la llegada a los ayuntamientos de personas activas en la movilización social, en diferentes sectores de la sociedad. Personas que pasaron a actuar dentro y no actuaron fuera. Personas que no entraron y pensaron que sería suficiente con haber ganado unas elecciones.  Personas que entraron y acabaron contribuyeno a que no se actuara desde dentro ni desde fuera.

Ahora se proyecta con claridad un mensaje nuevo. Así lo expresaba la alcadesa Ada Colau, como portavoz del proyecto que encabeza: «Que nadie se equivoque y cometamos errores del pasado. Ganar de verdad en democracia quiere decir que la ciudadanía dé un paso adelante, participe, se corresponsabilice y realmente se atreva a gobernar. Para hacerlo nos tendremos que implicar a fondo todas y todos.»

Gobernar con la ciudadanía, y no solo en nombre de la ciudadanía. No conviene confiar en que nos representen correctamente, ni siquiera en su supuesto carácter virtuoso. Hay que poner entre todas y todos unas reglas del juego claras de acuerdo con el nuevo momento político que estamos viviendo. La exigencia de más y mejor democracia lo reclama, hay una demanda social para ello. No hay que caer en falsos adanismos ni en enmiendas a la totalidad. Dicen encontrar en la historia muchas cosas que les enorgullecen e inspiran. Pero insisten en la necesidad de gobernar con prácticas que hoy no están presentes. Por ejemplo, un Ayuntamiento transparente. Sin una información de calidad y comprensible por el ciudadano, no puede haber una democracia de calidad. Se necesita ejemplaridad; sueldos razonables, que sean dignos pero no excesivos; rendición de cuentas regular; compromiso decidido contra las puertas giratorias; limitación de mandatos.

Hablan de valentía para enfrentarse a los poderes fácticos que se han acostumbrado a gobernar la ciudad; de sinceridad, respeto, empatía, capacidad de ponerse en el lugar del otro. Insisten una y otra vez en la necesidad de gobernantes que no sean insensibles al sufrimiento de ninguna vecina o vecino. La gran prioridad debe ser nunca ser insensibles al sufrimiento humano. Esa es la prioridad que quieren que tengan sus políticas, y así entienden que lo muestran ya las inversiones que están implementando.  Asumen una manera de entender la democracia poco presente en el discurso y en las prácticas desarrolladas desde los gobiernos de las diferentes administraciones. Si alguna utilidad han de tener las instituciones democráticas, ha de ser la de acabar con el sufrimiento.

 

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Jordi Mir García es profesor del Departament d’Humanitats de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, director del Centre d’Estudis sobre Moviments Socials (CEMS) de la UPF, y miembro del Observatori del Sistema Universitari (OSU). Sobre el mismo tema se pueden consultar estas publicaciones del autor: