Los sucesos de Grecia y sus repercusiones para un proyecto de izquierda en Europa

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Por JAVIER ARISTU

Fotografía de Riccardo Romano

Fotografía www.riccardo-romano.com (© Riccardo Romano)

Los acontecimientos ocurridos en el pequeño estado del Egeo a lo largo de este año afectan extraordinariamente a lo que podríamos denominar el proyecto de renovación de la izquierda europea. En Grecia, y en Syriza, nos hemos visto reflejados, de una forma o de otra, los que nos sentimos parte de ese patrimonio cultural, político y moral que denominamos Izquierda y que, desde hace ya mucho tiempo, está siendo deteriorado y derribado por las acciones de una impetuosa revolución conservadora, e incluso malvendido por las respuestas (por llamarlo de algún modo) de los propios representantes orgánicos de esa izquierda.

Hemos asistido a himnos gloriosos en homenaje al héroe -Alexis Tsipras- que, con la velocidad del rayo, se han transformado en cantos fúnebres y desprecio del mito. Dice el libro del profeta Isaías: «¡Cómo has sido precipitado por tierra, tú que subyugabas a las naciones». Tal se le podría aplicar a Tsipras. Y es que la política, sobre todo en estos tiempos de transformaciones y mutaciones históricas, produce este tipo de espectáculos. Tratemos, por tanto, de poner algo de luz en esta oscuridad y en esta tormenta que nos azota desde hace varios años. Descartemos los plazos cortos, tratemos de ampliar la perspectiva hacia ese plazo largo en el que solo es posible entender determinados acontecimientos. Grecia ha sido y seguirá siendo protagonista importante, aunque posiblemente no decisivo, del futuro continental. Y aprendamos de esta experiencia tan cercana.

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La aparición de Syriza como proyecto político de una nueva izquierda de gobierno ha marcado la reciente historia política de Grecia. Tras el golpe de los coroneles y sus gobiernos dictatoriales (1967 a 1974) y el referéndum que anula la forma monárquica de Estado, la llamada Tercera república helénica ha sido gobernada por un bipartidismo cuasi perfecto entre una derecha (Nueva Democracia) y una izquierda (Pasok) que, en el fondo, nunca planteó la sustitución de lo que podemos denominar la estructura profunda de poder social y económico existente en Grecia. La oligarquía millonaria siguió disfrutando de sus privilegios fiscales, económicos, sociales y políticos bien fuera con gobiernos de Nueva Democracia o con gobiernos del Pasok, partidos a su vez dependientes de sus propias familias oligárquicas; en un caso los Karamanlís, en otro los Papandreu. En el periodo que va desde la caída de los coroneles (1974) al triunfo de Syriza (2015), el país ha sido gobernado por Nueva Democracia un total de 18 años mientras el Pasok lo ha hecho a lo largo de 20 años. En ese periodo no ha habido otra fuerza que les hiciera competencia a estos dos partidos; la sociedad griega se ajustaba a ese modelo político donde la corrupción se acompasaba con una forma de convivencia que algunos han llamado de “intimidad cultural” y donde por debajo de las formas políticas existe una manera de sobrevivir a los embates de la política a través, seguramente, de mil maneras de economía sumergida, clientelismos y favores que son ya famosos desde hace mucho tiempo. No es gratuito citar a Primo Levi y su admiración por aquellos griegos judíos de Salónica que sobrevivían como nadie a las amenazas del poder nazi en Auschwitz. Atenas no es Auschwitz, obviamente, pero en la Grecia actual cotidiana, en esa sociedad que se mueve y se desplaza a lo largo de la historia, el Estado “es enemigo de los ciudadanos”, según nos cuenta Nikos Syrmalenios en una entrevista que se reproduce en este mismo número de Pasos a la Izquierda. Para este diputado griego los grandes asuntos con los que se puede encontrar cualquier política de reformas “son la burocracia estatal y la evasión fiscal.”

Grecia era un pequeño país del sur de Europa, gobernado por ese entramado perfecto, destinado a ser el objetivo turístico y folclórico de gran parte de la Europa rica.

Su ingreso en el club de Europa fue en 1981 y su entrada en la moneda euro se produjo en enero de 2001, a pesar de las iniciales reticencias alemanas debido a lo que hoy ya sabemos que fue un absoluto fraude de las cifras oficiales ofrecidas por el gobierno de entonces. Grecia incumplía la mayoría de los criterios de Maastricht, relacionados con inflación, tipos de interés, déficit o deuda pública que eran necesarios para pasar a formar parte de lo que hoy conocemos como la Eurozona. De 2004 a 2009 gobierna Nueva Democracia, que continúa con el fraude de las cifras estadísticas que le hubieran impedido mantenerse en el euro. En 2009 es sustituido por el gobierno de Yorgos Papandreu, de nuevo el Pasok. En las elecciones de este año continúa básicamente el esquema político electoral de los años anteriores: el Pasok, con Papandreu al frente (hijo del fundador del Pasok) obtuvo el triunfo con el 43,9% de los votos. Perdió Nueva Democracia, que mantenía, a pesar de todo, un resultado del 33,9%, lo cual supuso de todos modos la dimisión del entonces primer ministro KostasKaramanlís, sobrino de Konstantinos Karamanlís, primer ministro de Grecia durante más de 14 años en las décadas de los 50 y 60. Tras estas dos fuerzas, que entre ellas obtenían el 78% de los votos, aparecen los comunistas del KKE con el 7,4; un partido de ultraderecha, Laos, con el 5,5 y, finalmente, una pequeñísima y nueva fuerza política, proveniente de otros grupos de la izquierda eurocomunista y radical, la coalición electoral Syriza que obtiene el 4,5 de los votos. (El País).

A partir de 2009 todo cambió. Por primera vez desde 1945 (fin de la guerra mundial) un partido de la izquierda podía acceder al gobierno del país, tras una guerra civil (1947-1950) que marcó a varias generaciones de griegos y bloqueó las posibilidades de que la izquierda comunista entrara en el gobierno. Para eso hicieron falta muchos acontecimientos, la ruptura del propio Partido comunista entre prosoviéticos y eurocomunistas, la caída del muro de Berlín y el fin del sistema soviético, y una serie de difíciles y múltiples procesos de recomposición de esas izquierdas atomizadas y fraccionadas que desde finales de los años sesenta del pasado siglo han ido deslizándose por la historia griega hasta dar con Syriza.

¿Qué ocurrió en ese pequeño país para que un partido como Syriza, con el 4,5 por ciento en 2009, pasara seis años después a ser la primera fuerza política con el apoyo del 35 por ciento del electorado? ¿Qué causó ese tsunami que barrió al Pasok de la escena griega? ¿Cómo un partido tan consecuente y militante como el comunista KKE no ha podido beneficiarse de una situación de crisis social nacional? ¿Por qué ese ascenso moderado, pero ascenso, del partido pronazi Amanecer Dorado? Muchas preguntas y hasta ahora pocas respuestas. Una, sin embargo, parece clara: Syriza es desde luego el elemento que ha venido a renovar y trastocar todo el mapa electoral que desde 1974 venía funcionando en Grecia. La aparición de Syriza como soporte de un nuevo gobierno en enero de 2015 es la señal de que en la sociedad griega se ha producido una ruptura con el ciclo político que venía desarrollándose desde 1974. Nada será igual que antes. Triunfe o fracase Syriza en esta próxima etapa la escena griega asistirá a un cambio de decorado, a una sustitución de personajes-actores e incluso quizás a un cambio del texto dramático, que esperemos que en este caso no sea de tragedia. La red política formada por Nueva Democracia y Pasok ya no podía ser la solución para los problemas de los griegos. Estos querían un cambio y lo querían a través de una nueva política. Syriza ha sido el instrumento de esa revolución política. Y aunque solo fuera por ello ese partido y su líder Alexis Tsipras merecerían por parte de algunos comentaristas políticos y por otros politólogos de la izquierda intelectual europea algo más que la simple condena moral o la acusación de alta traición por su acción de julio de este año. Las cosas, pese a los simplificadores, son algo más complejas.

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Syriza se ganó el favor de la mayoría social griega a partir de un programa que suponía luchar básicamente por estos objetivos: negociar la deuda, reformar el sistema oligárquico, modernizar Grecia. Tal proyecto se concentraba en la llamada Declaración de Salónica con el que Syriza ganó las elecciones de enero de 2015. En definitiva, se trataba de un programa de reconstrucción nacional. Como dice Syrmalenios: “Queremos redistribuir la renta en favor de los más débiles…Queremos disminuir las repercusiones negativas para las capas más débiles de la sociedad, que han pagado en estos cinco últimos años el precio de la crisis,”. A veces se olvidan los últimos puntos y en este periodo, los ocho meses que han constituido el periodo de gobierno de Syriza (¡solo ocho meses!) la negociación sobre la deuda ha absorbido absolutamente las tareas y actividad del gobierno Tsipras. Es evidente que la deuda —que alcanza ya casi el 200 por ciento del PIB griego— es la losa bajo la cual es imposible hacer cualquier política reformadora que no fuera la que desea el Eurogrupo y los grandes centros de decisión continentales. Pero los griegos, no lo olvidemos, han votado dos veces ya a Syriza con porcentajes mayoritarios para que intente superar esa losa y también para que resuelva ese bloqueo institucional y social que el bipartidismo había venido consolidando en las tres últimas décadas,y que viene de mucho antes.

La estrategia que Tsipras y su ministro de Finanzas Varoufakis trataron de desarrollar desde enero de este año hasta julio ya se conoce y no vamos a resumirla aquí. Su objetivo era alcanzar una reestructuración de la misma, nunca llegar simplemente a un impago. El argumentario que el ministro Varoufakis fue desplegando a lo largo de esos meses se basaba en la imposibilidad técnica de ese pago y, por tanto, en la necesidad que había, y que Grecia compartiría, de reestructurar esa deuda para satisfacer a los acreedores de forma justa, salvando los intereses nacionales griegos. La tensión con el ministro alemán Schauble fue manifiesta. Fueron meses de reuniones y reuniones —no sabemos si realmente hubo negociaciones entre las partes porque eso significaría que los dos podrían cambiar sus posiciones, lo que al parecer no ocurrió nunca—, que no llegaron a ningún terreno nuevo de acuerdo. El último cartucho al que recurrió Tsipras —y aquí está una de las claves— fue convocar el referéndum para lograr mayor apoyo nacional y social a su estrategia. Por un lado, Tsipras consiguió que la mayoría apuntalase esa estrategia de resistencia frente a Alemania y la totalidad de los países de la Unión pero, por otro, se hipotecó con una decisión que, al no poder cumplirla siete días después, lo dejó tocado y noqueado. Aquel referéndum desató las iras de los socios europeos y consiguió enfrentarle con todos. Ese referéndum desencadenó la ruptura con su ala izquierda y el desapego de una cohorte de fuerzas políticas izquierdistas y de círculos intelectuales de Europa.

Comparar la decisión de Tsipras del pasado mes de julio, en la que aceptaba los durísimos términos planteados en la propuesta de la Troika, con la de agosto de 1914, por la que una parte consistente de la socialdemocracia europea firmó los presupuestos de guerra, me parece un despropósito (Anderson, 2015). A no ser que se quiera decir que Tsipras ha enviado a los suyos a la guerra imperialista entre naciones. La decisión de Tsipras, y de la dirección de Syriza, de aceptar los términos de ese terrible diktat puede ser discutible y no compartible. No sabemos si ese plan B del ya ex-ministro Varoufakis hubiera sido posible y realizable. Pero al día de hoy solo sabemos que decir NO a Alemania hubiera supuesto inmediatamente la salida del euro y la entrada de Grecia en una senda de consecuencias mucho más difíciles para el conjunto de la población. Además, en política toda acción supone decidir entre varias alternativas: Tsipras optó, estoy seguro que pensando en primer lugar en los intereses de la mayoría que representa y en el interés nacional griego en su conjunto. Y, lo que es más importante, el electorado griego, los ciudadanos en su gran mayoría, han respaldado esa decisión y han optado por que Syriza siga adelante con su programa de reformas, aun sabiendo las condiciones leoninas del acuerdo de la Troika. Y ante eso, creo, pocas dudas caben de la justeza de los términos en que Tsipras ha actuado. Porque eran los griegos los sufridores y las víctimas y, como tales, han optado por Tsipras frente a cualquier otra alternativa, fuera la Nueva Democracia, fuera el ala radical de la Unidad Popular. ¿Se trata del justo medio aristotélico? (Pascual Planchuelo, 2015) No creo; más bien pienso en la política justa, aquella que beneficia a una mayoría social.

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Si Tsipras ha traicionado, ¿por qué la mayoría de la sociedad griega le ha apoyado en estas elecciones? ¿Es posible convencer un domingo a un 64% de los griegos contra el memorándum europeo, firmar un acuerdo contradictorio con ese referéndum y al mes y medio volver a recibir su apoyo mediante el voto mayoritario? Podríamos mejor pensar que los griegos también razonan y pueden haberse dado cuenta de que votando de nuevo a Tsipras en septiembre conseguían dos cosas: en primer lugar, garantizar que no volvería la vieja derecha ni el viejo sistema de poder del que huyen con ganas; y en segundo, mantenerse en el área de Europa, no abandonar la casa común donde, mal que bien, se está mejor. Fuera hace mucho frío.

Alexis Tsipras

Alexis Tsipras

Tsipras ganó un referéndum en casa pero perdió por goleada en campo ajeno, es cierto. De momento, el gobierno griego perdió el partido pero, al menos, dio la batalla con todas las armas que pudo. Grecia estuvo sola en ese partido ante el poderoso equipo de la Troika; no recibió casi ninguna prueba de apoyo que pudiera haber significado dar la batalla con más aliados. Nuestra solidaridad, la de los demás europeos, con Grecia fue declarativa, nada práctica ni efectiva. Discursos los hacemos todos. La socialdemocracia europea lo dejó solo: lo que en un principio parecía un cierto apoyo de sectores y países de esta corriente, capaz de introducir elementos de flexibilidad en la dura posición alemana (y holandesa, finlandesa y de otros países) al final se quedó en nada. Y, finalmente, Tsipras nunca contó con el beneplácito de su corriente de izquierda a la hora de adoptar posiciones negociadoras o más flexibles. La estrategia de Varoufakis estaba marcada por una lógica fría pero nada política (Thanopulos, 2015), establecía una sistemática de razonamientos económicos y técnicos, pero sin tener en cuenta seguramente el marco y la situación de la política tal como se daba, la llamada correlación de fuerzas que siempre nos recuerdan los veteranos sindicalistas (López Bulla, 2015). A ello se sumaba el posicionamiento de la corriente de Lafazanis permanentemente escorada hacia la opción de salir del euro y reconstruir un sistema dracma. (Perrier, 2015).

Los resultados de esta primera batalla están ahí: Grecia ha perdido su tour de force frente a Europa —aunque podemos pensar que el asunto de la reestructuración de la deuda no será asunto finiquitado y volverá a salir más pronto que tarde—pero Syriza ha ganado su batalla interna en Grecia. Syriza y Tsipras son claros ganadores —y esto es también un importante mensaje a Merkel, a Juncker, a Hollande, a todos los gobiernos europeos— tras las elecciones del 20 de septiembre. Con el 35,5 por ciento de los votos (145 escaños), consigue mantener la posición de enero e impide la vuelta de los conservadores de Nueva Democracia, que obtuvieron en torno al 28%, lo cual los sume en una nueva crisis orgánica y de liderazgo. A su vez, con esos resultados bloquea el surgimiento de cualquier alternativa por la extrema izquierda dado que el KKE —posiblemente el partido comunista más sectario y dogmático de nuestra área occidental— se queda en el 5,5 y la corriente escindida de Lafazanis, la Unidad Popular, no llega al mínimo del 3%. Por el otro lado del arco, logra imponerse con claridad al Pasok (6,2%), a los liberales de Potami (4,1%), la Unión de Centristas (3,4%), y deja fuera también del Parlamento griego el partido Movimiento de los Demócratas Socialistas fundado por Papandreu en este año y escindido del Pasok dirigido por Venizelos. Los Griegos Independientes, con el 3,6%, pasan de nuevo a ser el socio necesario que garantiza la mayoría parlamentaria del gobierno Tsipras. Queda como tercer partido —y este es un dato que debe poner los vellos erizados a cualquier gobierno demócrata— Amanecer Dorado, con el 6,9% de los votos, lo cual le sitúa como una referencia capaz, si fracasa Tsipras y Syriza, de atraer el descontento social que indudablemente está presente en Grecia y que, hasta ahora, ha desembocado en el voto a Syriza pero que nada garantiza que no pueda, si las cosas evolucionan de determinada manera, volverse hacia esas posiciones radicales xenófobas.

¿Qué ha cambiado de la Syriza de enero a la Syriza de septiembre? ¿Cuáles pueden ser los elementos que modifican la situación respecto de las primeras elecciones? Posiblemente sea temprano para un análisis que nos aclare mínimamente lo que ha pasado y lo que puede pasar en los meses próximos. Se pueden apuntar, de todos modos, algunas observaciones.

Syriza se pudo equivocar al creer, y hacer creer a los griegos, que llegando al gobierno podría tener las palancas para hacer los cambios y las reformas necesarias. Un partido solo puede cambiar de verdad las cosas si antes ha conseguido dotarse de instrumentos sociales y de intervención que den cobertura y refuercen las acciones de gobierno. Al partido de Tsipras le ha faltado eso: mayor presencia molecular en la sociedad y mejores y más potentes instrumentos de intervención social (entrevista a Syrmalenios).

Syriza, después de las elecciones de septiembre, ha cambiado su forma de situarse ante los problemas y ante la propia sociedad griega. Ha surgido, en cierta medida, una nueva Syriza de gobierno, que ha abandonado incertidumbres y se mete de lleno a gobernar para todos los griegos, a sacar adelante un programa de reformas y a romper, cuestión decisiva, el aislamiento que hasta ahora ha padecido. (Russo Spena, 2015). Para ello tendrá que acometer la importante tarea de dotar de coherencia a sus propias filas. Tras la escisión de la Unidad Popular se hace indispensable una cierta “refundación” de Syriza que resitúe los programas, las propuestas, los objetivos y consolide la militancia y los estilos de trabajo.

La Europa de Merkel, de Schauble y de los centros financieros ha ganado, seguramente, esta batalla. No estamos seguros sin embargo de que, tras esta segunda victoria electoral de Syriza, a esos gobiernos les interese un fracaso rotundo de dicho gobierno. Tal escenario podría suponer el posible ascenso de Amanecer Dorado o combinaciones de gobierno muy escoradas hacia la xenofobia y la cerrazón de fronteras. Por otro lado, daría a lo mejor más argumentos a las corrientes más duras, en la línea de Schauble, que no tienen por qué ser las que interesen precisamente al resto de gobiernos en situaciones deficitarias o con problemas de deuda. Francia juega, en este sentido, un papel decisivo.

Con lo cual el futuro de la Unión política depende en buena medida de cómo Europa gestione el asunto de la deuda de los países más afectados por esta (Sánchez-Cuenca, 2014, págs. 45-59). Syriza, creo que sobre esto casi nadie discreparía, es hoy la fuerza política que puede construir un programa de cohesión nacional. Este partido es hoy el auténtico eje sobre el que se debe construir la respuesta nacional a la crisis. El viejo sistema de partidos de derecha (Nueva Democracia) y de izquierda (Pasok) ha saltado por los aires y la formación de Tsipras ha pasado a ser la respuesta necesaria a tiempos de crisis. ¿Respuesta que hoy por hoy solo puede pasar por un programa de supervivencia? Las condiciones económicas, financieras y sociales en las que ha quedado Grecia tras estos años solo admiten eso, un programa capaz de administrar la resistencia de los griegos. Suena poco poético pero es lo más cercano a la realidad. (Guarascio, 2015). Parece sorprendente, por tanto, los cantos y los ecos que a veces llegan desde zonas de la izquierda no gobernante —la izquierda gobernante o que ha gobernado ha despreciado olímpicamente a Tsipras y a Syriza como si fuera apestados— proponiendo medidas propias de una situación marciana, afirmando vías de salida o bien directamente aconsejando a Tsipras qué debería haber hecho. Como decía don Quijote, “cada uno es hijo de sus obras”.

Pero Grecia no es el único terreno en el que Syriza se debe mover. Queda Europa donde hasta ahora el partido griego ha desempeñado un importante papel de catalizador de esperanzas y de respuestas críticas a la política de la Troika pero, a su vez, no ha generado alianzas ni cooperadores de su política entre los demás países. Tendrá que acompasar a partir de ahora su papel en esa UE que le vigila con animadversión y pánico de que se expanda el ejemplo. Tras las elecciones portuguesas, que por primera vez proclaman un posible gobierno de todas las izquierdas, y las españolas del próximo 20D, podremos ver en enero si los griegos pueden contar o no con más aliados o están condenados al aislamiento y la soledad del apestado.

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Acabemos con una comparación con nuestra situación en España. De forma permanente se usa la equivalencia entre Syriza y Podemos a la hora de comparar las dos situaciones, la griega y la española. Es de uso común cotejar a sus dos líderes, Alexis Tsipras y Pablo Iglesias, como dos exponentes de una misma manera de intervenir en política. Lamento discrepar profundamente. Creo que ni las situaciones nacionales son comparables ni los orígenes, códigos genéticos y estilos de trabajo de Syriza y Podemos son iguales. Además, así como entiendo a Podemos enmarcado en un universo cultural y político de tipo populista (véase la entrevista con Nadia Urbinati en el número 1 de Pasos a la Izquierda), sin que el uso del término en este momento tenga por mi parte ningún matiz peyorativo, a Syriza la descubro más en la idea de un partido de nueva izquierda, nítida izquierda, con señas de identidad renovadas e innovadoras, provenientes claramente del universo cultural de la izquierda griega del que ya hemos hablado al principio de este artículo pero, a su vez, superadora del viejo dualismo socialista/comunista de la guerra fría.

Syriza se plantea reconstruir un partido (que ha perdido con el cisma el 30 o 35% de su militancia), recuperar su fisonomía como organización política, incluyendo a nuevos sectores que, de votantes, pasarían a ser inscritos y militantes. Syriza ha pagado la inocencia de llegar pronto y rápidamente al gobierno debido al desplome de la situación griega. Syrmalenios nos apunta los defectos y desconexiones en su trabajo con el territorio y con los trabajadores. A su vez, el partido procede de una determinada historia de división y de reunificación de las izquierdas griegas anteriores y tiene por delante la extraordinaria tarea de forjar una organización que con solo 30.000 militantes ha cosechado el voto del 35% del electorado. Y lo que desde luego no pretende, a tenor de declaraciones de dirigentes, es convertirse simplemente ni en un mecanismo electoral ni en un partido atrapalotodo, que funcione desde los púlpitos electorales y se nutra solo de mensajes de sus dirigentes dirigidos a los votantes.

Podemos, al contrario, nace directamente de unas elecciones gracias a la extraordinaria intuición de un pequeñísimo grupo de teóricos políticos y a su afortunada lectura de la situación política del país en 2014. Tras ese grupo, y después de las elecciones europeas, no ha surgido lo que podemos denominar “un partido”. Asistimos a grupos flexibles y amorfos de activistas (los círculos) donde no se requiere una relación compacta o unilateral del militante o adscrito con la organización. Esta, a su vez, funciona sobre todo en dos niveles: las redes sociales (infinitos mensajes de twits) y los relatos lanzados por la cúpula (Pablo Iglesias e Íñigo Errejón fundamentalmente) a través de la televisión. Es una modalidad populista (esta vez uso el término con sentido no bondadoso) que más que implantar una democracia participativa lo que hace es sustituir los clásicos sistemas de participación de los partidos clásicos por otros de nuevo cuño. Como dice Nadia Urbinati en otro ensayo, «es reductivo identificar la democracia de la web con la democracia directa en oposición a la representativa. Es reductivo verla o interpretarla como una vuelta a los ideales igualitarios que estaban bajo las demandas de los revolucionarios y demócratas del pasado» (Urbinati, 2014) Son, en definitiva, nuevas modalidades de usos populistas a partir de las innovaciones tecnológicas, hecho que por otra parte los mismos dirigentes de Podemos no niegan.

Syriza ha alcanzado el 35% de los votos y gobierna en estos momentos Grecia con un programa de supervivencia. En diciembre se celebrarán elecciones en España donde se presentan varios partidos de las izquierdas del Estado y Podemos. No es previsible que esta fuerza alcance el 35% por lo que no sabemos cuál será su papel en el futuro político español. Lo que sí parece claro es que la historia de la izquierda europea, y la historia de la Unión política europea, no se acaban con Syriza ni con Podemos. Nos quedan, cuando menos, otros ámbitos decisivos para definir el futuro de Europa y donde la izquierda se juega, creo, la auténtica batalla: Gran Bretaña y el futuro del laborismo con el liderazgo de Corbyn (Gamble, 2015); Alemania y la evolución que tengan la socialdemocracia y Die Linke (Giacché, 2015); Francia, donde las diversas izquierdas en su conjunto tienen el desafío xenófobo y nacionalista más potente; e Italia, donde comienza a apuntarse una recomposición de la izquierda gobernante hacia otras formaciones salidas de la anterior pero donde hay más oscuridades que claridades (Somma, 2015).

Hay, como decimos en Andalucía, mucha tela todavía que cortar.

[La redacción de este artículo fue acabada el 9 de octubre y actualizada con algún detalle menor el 18 de noviembre de 2011]

Trabajos citados

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