Fuerzas de trabajo y conflicto social en un capitalismo en transformación

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Por PERE JÓDAR y RAMON ALÓS

Foto: Paul Boswell

Foto: Paul Boswell

Este texto es una versión reducida del publicado en el Anuario IET 20181. Su origen es la inquietud sobre el presente y futuro de los movimientos de los trabajadores y comunitarios. El hilo conductor lo constituye la exploración de los vínculos entre, por un lado, la economía moral  y la espontaneidad propias de los movimientos comunitarios y, por otro, la racionalidad organizada de las asociaciones de trabajadores. Sostenemos que ambos movimientos se complementan. La comunidad aporta afecto, los sindicatos recursos organizativos y ambos un sentido de la justicia y de la solidaridad. La clave de considerar y dar relevancia a estos vínculos es la preocupación por el grado de individualización y por la ruptura de la solidaridad alcanzada por la hegemonía del sentido común neoliberal. A nuestro parecer, ante los retos actuales, ambos movimientos, con sus especificidades e idiosincrasias, necesitan explorar nuevas vías de acción colectiva conjunta.

Nuestra idea inicial es que, repasando la historia social, la gente cuando lo ha considerado y podido, se ha defendido de las agresiones a sus sistemas de vida y subsistencia, procedentes tanto de los cambios en las condiciones materiales, como de las decisiones, tratos o abusos de poder de las autoridades. Hasta los inicios de la industrialización, la acción injusta de los poderosos en detrimento de los dominados desencadenaba el mecanismo incierto y esporádico de la economía moral de la multitud, tal y como lo expuso Thompson2. Hasta el siglo XIX esta reacción se manifestaba principalmente mediante movimientos espontáneos, de carácter comunitario y muchas veces rural.

Movimientos populares y transformaciones en el capitalismo

En el siglo XIX, tal como remarcaron los sociólogos clásicos, la sociedad experimentó un salto ‘modernizador’ conocido como revolución industrial. El proceso racionalizador emprendido por la burguesía, fue un punto culminante de la acumulación primitiva de capital y de su continuada creación de población excedente, condenada al desempleo, la precariedad y la pobreza. Una situación injusta ante la que las primeras reacciones continuaron siendo comunitarias y morales. Estos procesos coinciden en el tiempo con la consolidación de los Estados, que adquieren una fortaleza inusitada como garantes del orden y monopolio de la violencia. La intervención de los Estados, sin embargo, no ocultaba, ni resolvía, el problema social del trabajo generado por un capitalismo que arrastraba los males de la explotación, la alienación, la anomia o la jaula de hierro  burocrática. Es en ese punto donde el movimiento de los trabajadores, con base en las fábricas, pero también en las cercanas comunidades de habitación, también se racionaliza, creando organizaciones propias conectadas a esa base de vivencia cotidiana. Un ejemplo de esto último es la importante participación de las mujeres en los diversos sucesos revolucionarios (revolución francesa, Comuna de París…) y en las movilizaciones comunitarias y solidarias de dicha etapa; al fin y al cabo ellas también eran protagonistas del trabajo industrial y atesoraban prácticas movilizadoras por su papel en los movimientos de la sociedad pre-industrial.


Tras las transformaciones producidas por la revolución industrial continuaron siendo fundamentales los vínculos familiares y vecinales, la cultura relacional generadora de corrientes solidarias para resistir y sobrevivir ante la represión, la arbitrariedad o la indefensión. Estos lazos, en cierta manera, perviven en las comunidades y barrios obreros, hasta la etapa neoliberal


Las nuevas organizaciones representativas (partidos y sindicatos) tomaron las riendas de la movilización de los trabajadores, administrando demandas, recursos, saberes y acciones, pero también aportando la identidad que da cohesión al movimiento en forma de valores, afectos y socialización. No obstante la racionalización, y dada la dependencia de la condición asalariada, continuaron siendo fundamentales los vínculos familiares y vecinales, la cultura relacional generadora de corrientes solidarias para resistir y sobrevivir ante la represión, la arbitrariedad o la indefensión. Estos lazos, en cierta manera, perviven en las comunidades y barrios obreros, hasta la etapa neoliberal. El aliento de una, era la fortaleza de la otra. Un repaso a la historia del movimiento obrero en la dictadura franquista revela, por ejemplo, en las comarcas cercanas a Barcelona, esta proximidad entre fábrica y barrio o pueblo. No necesariamente física, pero sí vivencial; el barrio ofrecía a los obreros de las fábricas posibilidades de interactuar o, tal y como decía el historiador británico Thompson, de decidir en común “qué prácticas eran legítimas y cuáles ilegítimas”. Barrios, tabernas y mercados, como en la sociedad campesina, continuaron siendo claves en el tejido de solidaridades y a ellos se añadieron cooperativas, asociaciones vecinales, ateneos y centros culturales. La comunidad aportaba la fuerza moral y los sindicatos los recursos que hacían estable en el tiempo el sostén de las demandas; ambos distribuían solidaridad.

En el inicio del tiempo neoliberal, mientras Friedman, Hayek y otros miembros de la sociedad Mont Pelerin experimentaban con la dictadura chilena, en Estados Unidos y en el Reino Unido comenzaba una batalla desde los gobiernos (Reagan y Thatcher) por la aniquilación de cualquier atisbo de obrerismo. La desindustrialización, los cambios legislativos, la represión, el ataque al Bienestar, dan paso a una sociedad en la que de nuevo la precarización, el desempleo y el trabajo pobre vuelven a estar presentes. Thatcher fue la más firme en sus propósitos: impulsó la financiarización (la City como fortaleza financiera) y la desindustrialización intensiva; así como la primacía del individuo frente a la negación de la sociedad. El objetivo, dibujado con precisión por Owen Jones en Chavs, no solo fue derrotar a la clase trabajadora sino, en lo posible, humillarla. Esta tendencia llegó aquí más tarde y, aunque aún hay barrios y poblaciones que conservan vínculos entre fábrica (o empresa) y comunidad vecinal, en general barrios y puestos de trabajo (cada vez más fragmentados en el océano de flexibilidad y precariedad) se han separado de los lazos afectivos y solidarios que tejían sus habitantes.

Actualmente la globalización y el estado workfare que fija como prioridad absoluta el ‘buscarse la vida’ individualmente, sin protección, ni regulación y, más recientemente, la consideración del trabajador no solo como consumidor sino como deudor en un sistema financiarizado de bajos salarios, son los sustitutos neoliberales del welfare o estado del bienestar; todo ello da pie al crecimiento del ejército industrial de reserva, ya no solo formado por mujeres y jóvenes, sino también por trabajadores migrantes y población excedente. Y, junto a ellos, el desempleo y los contratos precarios. Incluso el empleo en los nuevos sectores tecnológicos facilita, aún más, la expansión de las ideas y prácticas neoliberales de empleabilidad, emprendimiento, subcontratación, ‘hágaselo usted mismo’. Dicho de otro modo, la individualización, privatización y mercantilización de absolutamente todo lo imaginable ponen en cuestión no solo las comunidades de trabajadores y el movimiento sindical, sino la misma sociedad, invadiendo los espacios de reproducción, la vida misma, convirtiéndola en más incierta. En este sentido sostenemos que la imposición hegemónica del sentido común neoliberal dificulta la acción de la economía moral de la multitud que alimentaba a los movimientos comunitarios. Por su parte, los sindicatos se enfrentan a una ofensiva autoritaria difícil de eludir y ello en una fase de declive afiliativo y de necesidad de adaptar su organización y estrategia a los contextos actuales. Estos dos elementos, sindicato y comunidad (junto a los partidos obreros) eran, en el imaginario narrado por Karl Polanyi3, una buena parte de la capacidad de reacción desmercantilizadora de la sociedad frente a las fuerzas del capitalismo.


El empleo en los nuevos sectores tecnológicos facilita, aún más, la expansión de las ideas y prácticas neoliberales de empleabilidad, emprendimiento, subcontratación, ‘hágaselo usted mismo’


Movilizaciones comunitarias en el origen del movimiento de los trabajadores

Desde sus inicios los movimientos populares modernos mantuvieron unas características que les han acompañado a lo largo de los tiempos pre-industriales. Estas características acercan las diferentes revueltas, movimientos, conflictos, revoluciones, movilizaciones, a la espontaneidad; ya que, aunque pudieran tener una dirección o líderes y formas organizativas diversas, no eran estables o perdurables. Basadas en demandas y reivindicaciones normalmente reactivas y conservacionistas, a pesar de la radicalidad y violencia con la que podían expresarse, las movilizaciones se desencadenaban en respuesta a una situación negativa, que alteraba el orden de las cosas (precios, impuestos, escasez, falta de libertad, agravios…), provocada por la acción de las clases dominantes o de los gobernantes. Circunstancias de movilización bastante universales y que alcanzan nuestros días. En todo caso, eran movimientos provocados por el cuestionamiento de aquello que la costumbre del momento consideraba precio o salario justo. La palabra y la relación directa eran claves para poner en marcha la movilización ante una decisión arbitraria o injusta. También las sectas y movimientos religiosos podían proporcionar liderazgos a unas acciones directas y espontáneas que no tenían continuidad en el tiempo.

La transformación de la sociedad agraria en industrial, facilitó que la antigua economía moral se desdibujara, cambiando la dinámica del comportamiento movilizador centrada en el precio justo de las cosas. Una revuelta amplia producto de la escasez ya no sacudía necesariamente los principios morales de las autoridades y de los propietarios industriales que solo respondían con represión y caridad, o síntesis perversas de ambas como las casas de trabajo forzado. La disciplina de la fábrica y del trabajo asalariado se fue extendiendo con sus ritmos y medidas del tiempo hacia la comunidad, dividiendo trabajo (ahora cosificado en mercancía) y vida.

Durante un tiempo largo las formas de movilización de ‘economía moral’ coexistieron con las nuevas movilizaciones fabriles. Mediante el conflicto, la experimentación, el éxito y la derrota, fue surgiendo un tipo de organización o de asociación más formal que garantizaba los recursos necesarios para mantener en el tiempo, la defensa y protección de los asociados, de los obreros y sus comunidades: los sindicatos. Como expone Hobsbawm4, en la etapa ludita “la negociación colectiva es sostenida mediante el motín”. Hacia mitad del siglo XIX en Inglaterra el sindicato, como organización formal, sustituye paulatinamente las anteriores formas espontáneas. Las diferentes revueltas y, finalmente, el sindicalismo y los partidos de los trabajadores, irán adquiriendo capacidades instrumentales y contenidos sociales, políticos y económicos, inspirados en las revoluciones inglesa, norteamericana, francesa, la Comuna de París…


Mediante el conflicto, la experimentación, el éxito y la derrota, fue surgiendo un tipo de organización o de asociación más formal que garantizaba los recursos necesarios para mantener en el tiempo, la defensa y protección de los asociados, de los obreros y sus comunidades: los sindicatos


Pero no es hasta la etapa de efervescencia social de finales del siglo XIX y principios del XX, con independencia del ciclo económico y dada la confluencia de diversos factores sociales y políticos, cuando se consolidan los sindicatos como organizaciones del movimiento obrero: con un pie en las fábricas y otro pie en las comunidades trabajadoras en las que residían las personas que compartían dicha condición.

El papel de los sindicatos

En sus inicios, los sindicatos aparecieron como un instrumento de los trabajadores cualificados (artesanos y oficiales), para más tarde transformarse en sindicatos generales. De esa etapa conviene remarcar algunos factores seculares que no solo muestran el salto de la exclusividad del sindicato de oficio al sindicato industrial, sino también algunas características que acompañan el posterior desarrollo de los sindicatos, del trabajo y del movimiento de los trabajadores. Uno nos lo aporta el texto ya mencionado de Thompson: “La innovación técnica y la superabundancia de mano de obra barata debilitaban su posición. No tenían derechos políticos y el poder del Estado se utilizaba… para destruir sus sindicatos”. Un segundo factor, como consecuencia de los cambios técnicos y organizativos, es el de los efectos en la cualificación y descualificación de los trabajadores que, finalmente, inciden en sus condiciones de trabajo y vida y en sus posibilidades de movilización; es decir, los cambios en el sistema capitalista dividen y segmentan a los trabajadores. En este sentido, destaquemos la pregunta de Hobsbawm, sobre si eran los sindicatos los que conferían fuerza a determinados grupos de trabajadores o, simplemente, ponían en evidencia la capacidad de negociación y conflicto que estos ya tenían. Un último factor es el grado de reconocimiento o de institucionalización otorgado por Estados y organizaciones empresariales hacia los sindicatos; es decir, el desarrollo de un sistema legal de protección y de unas reglas del juego más o menos respetadas.

La evolución de las organizaciones de los trabajadores no ha sido plácida, ni lineal. Así, los sindicatos experimentaron una fuerte etapa de crisis y transformación en su transición del sindicato de oficio a los sindicatos generales o de clase. Como consecuencia, a principios del siglo XX los sindicatos de los países de la Europa occidental no alcanzaban el 10% de tasa de afiliación; no obstante, tras la segunda gran guerra mundial, los sindicatos crecieron y fortalecieron, abandonando la espontaneidad e impulsando la administración organizativa; de manera que la acción planificada y estratégica reemplaza la acción directa. El contexto cambia rápidamente; se produce un proceso masivo de asalarización (gente desplazándose del campo a las urbes, o migrando a otros continentes), de concentración en grandes fábricas, y de extensión del fordismo. Al mismo tiempo que los sindicatos, como instrumento de representación, se consolida el derecho a la negociación colectiva, verdadera institucionalización del conflicto. Aunque, a semejanza de la etapa de los movimientos comunitarios, la movilización y la huelga continuaron siendo necesarias para hacer efectiva, bien la propia negociación, bien los convenios o acuerdos resultantes.

El nuevo sindicalismo no se constituyó solo como una asociación instrumental, sino que mantuvo necesariamente una doble lógica derivada del hecho de que la persona (trabajador) es inseparable de su fuerza de trabajo; por una parte, la de representación de los incentivos instrumentales, que aumentan su heterogeneidad conforme crece la afiliación; y por otra, la lógica de la solidaridad vinculada a incentivos de identidad y de valores y, por tanto, a mecanismos de participación y democracia interna (socialización). Todo ello necesario no solo para la atracción de afiliados al sindicato, sino también para garantizar la permanencia de los inscritos y para la propia acción colectiva. Además, el sindicato obtiene su fuerza (militancia, capacidad de incidencia y negociación) de la afiliación, compromiso y movilización de los trabajadores, de modo que a más afiliación más recursos; como contrapunto, con ello aumenta la heterogeneidad de intereses internos, que, a su vez, hace más compleja la acción sindical.


Se produce un proceso masivo de asalarización (gente desplazándose del campo a las urbes, o migrando a otros continentes), de concentración en grandes fábricas, y de extensión del fordismo. Al mismo tiempo que los sindicatos, como instrumento de representación, se consolida el derecho a la negociación colectiva


Es decir, en los sindicatos coexisten una lógica administrativa y representativa, y otra lógica de movilización y participación. Una contradicción en sí misma que oscila en torno a dos grandes dilemas. Por un lado, la base sindical, los trabajadores, como expone Hobsbawm: «desarrollan una relación contradictoria con las empresas y el capital, basada en intereses específicos y espontáneos, entre la pasividad —su salario y empleo dependen de los beneficios empresariales— y la tensión de luchar por las condiciones de trabajo y vida. Dicha lucha espontánea desarrolla un conjunto de reivindicaciones inmediatas (por ejemplo, mejores salarios) y de instituciones y modos de conducta, etc., adecuados para conseguirlo, pero también un descontento general con respecto al sistema vigente, una aspiración hacia un sistema más satisfactorio y un esquema general… de unas organizaciones sociales alternativas, capaces de generar identidad y consciencia de clase.» Por otro lado, el dilema resaltado por Robert Michels con su ley de hierro de la oligarquía, mediante la cual la dirección, el aparato administrativo de la organización, aun garantizando la provisión de recursos y la eficacia de la acción colectiva, se transforma en un fin en sí mismo.

La conclusión es que la acción sindical es ambivalente, respondiendo a la ambivalencia de los asalariados, entre el compromiso e implicación en la empresa y las exigencias de trato justo y mejora del empleo; o entre la autoridad (eficacia) y la democracia (participación). El debate marxista en torno al sindicalismo refleja, en el tiempo, dicha ambivalencia; por una parte, la propia existencia del sindicato muestra un carácter de oposición a la explotación capitalista que genera conciencia solidaria mediante la acción colectiva, el quehacer diario y las propuestas alternativas; por otra, gran parte de sus demandas se limitan a la permanencia de los puestos de trabajo, y por tanto, no cuestionan determinadas prácticas empresariales, ni el capitalismo.

Si tenemos en cuenta la evolución de la afiliación sindical en algunos países desarrollados veremos que su crecimiento por encima del 10% de afiliación comienza hacia 1910 y que, tras algunas interrupciones —alguna de ellas dramática, como en la década de 1930—, la tasa afiliativa crece hasta 1980 aproximadamente y, a partir de ahí se estanca para descender posteriormente en todos los países considerados. Si el conflicto y la negociación colectiva, o la afiliación a los sindicatos, se caracterizan por fases de flujo y de reflujo relacionadas con el ciclo económico y del empleo, la evolución de la fuerza sindical ha repercutido muy directamente en el bienestar de los trabajadores y en la mayor o menor desigualdad en las sociedades capitalistas.

Del mismo modo que podemos considerar que el sindicato ha sido la respuesta racionalizadora a los problemas generados por la espontaneidad, también el Estado del bienestar se podría contemplar como una forma de racionalizar la economía moral de la multitud. Es decir, como un contrato social explícito para velar sobre la justicia vital y laboral, por medio de agentes, instituciones y procedimientos ad hoc. Quizás por ello será precisamente el compromiso social del Estado capitalista y su acción de justicia redistributiva lo que también atacarán ferozmente los intelectuales neoliberales.


El Estado del bienestar se podría contemplar como una forma de racionalizar la economía moral de la multitud. Es decir, como un contrato social explícito para velar sobre la justicia vital y laboral, por medio de agentes, instituciones y procedimientos ad hoc


En la etapa expansiva del sindicalismo, coincidente con un movimiento desmercantilizador del capitalismo (1945-1975 aproximadamente), su capacidad de acción colectiva se desarrolla en diversas áreas. Primera, en la negociación colectiva que garantiza la mejora de las condiciones de trabajo para millones de trabajadores de forma integradora; dado que los sindicatos dan voz a las demandas o exigencias de los trabajadores reduciendo los abandonos y la rotación en los puestos de trabajo, lo que a su vez contribuye a la estabilidad de la gestión de la mano de obra en las empresas fordistas. Segunda, los sindicatos, además de expresar intereses básicos, más o menos funcionales, impulsaron también la mejora de las condiciones de vida a través de demandas de bienestar y de reducción de la desigualdad. En esta etapa la fuerza sindical, incluso con la habitual oposición empresarial, institucionalizó el conflicto y el compromiso de los trabajadores con el funcionamiento de las empresas. Mientras, el Estado consiguió aplacar el conflicto social anti-sistema, fruto de la reducción de las desigualdades y el aumento de la eficiencia económica. En la Europa continental, donde estas prácticas llegaron más lejos, se bautizaron como corporatistas o neocorporatistas.

Sindicalismo y movimientos comunitarios hoy

No obstante, el sindicalismo no estuvo exento de críticas durante este período. En una reflexión posterior, el dirigente sindical Trentin5 planteará que el sindicalismo no contempló un horizonte más allá del trabajo fordista; a su parecer daba por hecho un trabajo masculinizado, unas ocupaciones rutinarias y escasamente profesionalizadas, sin apenas autonomía en una organización jerárquica y autoritaria del trabajo, y hasta una centralidad del trabajo remunerado que dejaba en segundo plano otros aspectos de la vida. Tampoco se avanzó, en dicha etapa, en la representación de mujeres, inmigrantes, o etnias. No era una prioridad y, cuando comenzaron a considerarla, los trabajadores se fragmentaron en múltiples divisiones.

En la actualidad los sindicatos, también los movimientos sociales, se encuentran frente a una etapa convulsiva. Los problemas sindicales reflejan una crisis social amplia: no es solo el sindicato el que está enfermo o desubicado, la sociedad también tiene un problema; y, por ello, las soluciones han de ir parejas. Tras la madurez industrial fordista en la que los sindicatos conocieron su expansión y grado de influencia máxima en los países más desarrollados, y tras un corto período de 30 años de desmercantilización tras la segunda guerra mundial, llevamos 40 años de una re-mercantilización acelerada que invade nuevos espacios físicos y temporales. Arrebatados los desposeídos de sus escasas tierras y propiedades, y disputados los comunes que aseguran la subsistencia, los asalariados de los países centrales solo pudieron disfrutar brevemente de la seguridad, protección o regulación del trabajo y del Estado del bienestar. Esta es la fortuna que las clases extractoras ansían ahora: no solo apropiarse del trabajo, sino también de la vida mediante consumo y deuda; el empobrecimiento les enriquece. Las desigualdades se disparan.

Ahora bien, estos cambios en el contexto han necesitado no solo de un Estado que se redescubre autoritario, sino también de instrumentos de creación de hegemonía cultural, de sentido común. Para ello, pretenden convertir dos instrumentos de solución de los problemas sociales inducidos por el capitalismo, como eran el sindicato y la negociación colectiva, en problemas en sí mismos, mediante el ataque y la deslegitimación continuada.

Los iniciales cambios económicos (mercantilización intensa de producción y reproducción; financiarización, globalización…), han dado paso a cambios políticos (autoritarismo) y sociales. Entre estos últimos destacan la individualización y fragmentación social, que siguen la estela de la desregulación de la protección y del cuestionamiento de los instrumentos integradores de las clases trabajadoras, entre ellos el derecho al trabajo digno y decente. Se extiende, por tanto, una progresiva incertidumbre que acerca a todos los trabajadores hacia un horizonte frágil y vulnerable, de inseguridad social según Robert Castel. Las creencias económicas se han hecho verbo y las palabras de moda en el neolenguaje al uso son emprendedor, talento, esfuerzo, éxito, individuo, egoísmo, riqueza, esgrimidas a modo de moderna superstición. La deuda privada se transforma en deuda pública, el oligopolio es ahora mercado, el problema del paro es falta de productividad, el egoísmo no es de los especuladores sino de los trabajadores fijos, precarios y desocupados, que ahora debieran ser emprendedores; asimismo, dicen que la austeridad incita al ahorro, aunque en su enloquecida carrera lo dilapidan bancos e inversores, creando nuevas burbujas y crisis que aprovechan para aplicar la doctrina del shock. En ese punto, sin escrúpulo alguno, aseguran que el problema es del pobre, del que trabaja, del que se esfuerza por llegar a fin de mes, dada su indolencia o incapacidad. Como una maldición bíblica, la hormiga es tratada de cigarra y la cigarra aparece como hormiga.


Pretenden convertir dos instrumentos de solución de los problemas sociales inducidos por el capitalismo, como eran el sindicato y la negociación colectiva, en problemas en sí mismos, mediante el ataque y la deslegitimación continuada


El sentido común neoliberal también rompe con ideas, modos colectivos, organizaciones e instrumentos de emancipación. Para la cultura hegemónica vivimos en el mejor de los mundos y no hay más alternativa que la suya. Hoy, quizás, una parte de la izquierda, también sindical, piensa en el retorno del welfare y del capitalismo social. Mientras que otra parte traslada la mirada alternativa y las esperanzas hacia lo nuevo; a los movimientos sociales de base comunitaria, voluntarista y espontánea. Y, no obstante, queda la duda de si con ello se plantea una falsa dialéctica entre lo viejo y lo nuevo. El problema hoy es que para muchos movimientos alternativos los sindicatos son contemplados —coincidiendo peligrosamente con el sentido común neoliberal—, o bien como algo periclitado, o bien como un aliado de los gobiernos; mientras que para los sindicatos muchos de los movimientos comunitarios adolecen del problema de la espontaneidad, o la falta de consistencia. Sin embargo, es este un tiempo de transformación no solo del capitalismo, sino también de reto y cambio para las organizaciones de los trabajadores, en un contexto de individualización y fragmentación y, asimismo, de efervescencia y surgimiento de movimientos sociales.

En la actualidad, las condiciones sociales cambiantes e inciertas alteran la relación entre el sindicato, sus miembros y la sociedad en general; lo que exige reconocer la naturaleza social de la lucha y salvar la distancia entre el puesto de trabajo y la vida. Los problemas en el empleo se desbordan hacia el hogar y hacia la comunidad, al mismo tiempo que los escenarios mercantiles amenazan la reproducción y el cuidado y los mismos hogares.

Llegados aquí, Maite Tapia6 ofrece una buena base para comparar las diversas culturas organizativas y modos de obtención del compromiso colectivo de las gentes, al establecer diferencias entre sindicatos y organizaciones de comunidad. Para la autora, las organizaciones de comunidad (OC) actuales tienen vínculos afectivos y de compromiso social y una cultura relacional que, en cierto modo, pueden compararse con los movimientos comunitarios pre-industriales; en cambio, los sindicatos (OS), generan y se alimentan de vínculos de grupo basados en el compromiso instrumental, más normativo que afectivo, y en una cultura de servicio. Ahora bien, la autora toma como referencia el sindicalismo anglosajón, y no hemos de olvidar que en el continente se ha caracterizado por una mayor implicación social y política. En todo caso, ambos movimientos se alimentan del compromiso, no solo de sus militantes y miembros, sino también de las personas que les simpatizan y de las que movilizan.


Las condiciones sociales cambiantes e inciertas alteran la relación entre el sindicato, sus miembros y la sociedad en general; lo que exige reconocer la naturaleza social de la lucha y salvar la distancia entre el puesto de trabajo y la vida. Los problemas en el empleo se desbordan hacia el hogar y hacia la comunidad


Ahora bien, las propuestas de Tapia suscitan debate en torno a los factores que limitan las OS y las OC, a la capacidad movilizadora de unos y otros y, finalmente, en torno a las posibles alternativas o estrategias de futuro que pueden desempeñar. Por lo que se refiere a los límites de los sindicatos, y añadiendo nuestras matizaciones, se puede decir que la desregulación impulsada por los gobiernos ha restringido la capacidad de negociación tanto en el ámbito de la empresa, como en la política social y laboral, e incrementa la discrecionalidad empresarial. Los sindicatos están limitados, asimismo, por su declive afiliativo y por la intensa creación de población excedente, también por la intensa campaña deslegitimadora desde gobiernos, empresas o de parte de la academia. Tampoco hemos de despreciar factores internos, como sería su dificultad de conexión (de erigirse en voz) con los problemas actuales de una buena parte de los trabajadores y ciudadanos que se mueven en el terreno de la incertidumbre y la inseguridad social.

Argumenta Tapia que las OC, en el caso británico, están relacionadas con asociaciones religiosas, culturales, etc. Mientras que, a nuestro parecer, en el caso español se vinculan a espacios de acción y reivindicación concretos y fragmentados; vivienda (PAH), mareas (sanidad, escuela, inmigración…), pensionistas y yayoflautas, asambleas de parados, feminismo, ecologismo, altermundismo…, aunque se sucedan momentos de movilización más general. Ahora bien, conviene destacar las especificidades de las OC que remarca la autora: raíces locales, lazos con instituciones sociales, acción mediante campañas de objetivos múltiples, esfuerzos por conseguir el apoyo público para el cambio social… A ello se puede añadir que no están interesadas en estrategias de toma de poder y sí en cuestionar la hegemonía existente, al tiempo que ensayan formas organizativas de participación directa destinadas a la emancipación. Otra característica (histórica) de las movilizaciones comunitarias ha sido la espontaneidad, dado que la participación elevada se mantiene solo en el corto plazo, como ha sucedido con la efervescencia social de los años 2010 a 2013; aunque ello no excluye la presencia de un grupo de militantes estables en su acción (muchos de ellos surgidos de los medios sindicales o de la izquierda).

OC y OS pueden tener elementos comunes, salvando sus respectivos campos de acción. En primer lugar, el objetivo del cambio social, aunque este puede ser contemplado de forma diferenciada por unos y otros; en segundo lugar, la movilización de sus miembros. En tercer lugar, necesitan del compromiso de sus miembros y afiliados, aunque en grado y formas diversos, lo que implica responsabilidad y lealtad organizativa, convicción en la acción y en los objetivos, o disposición al esfuerzo compartido en la organización (en términos de tiempo, saberes, etc.). En cuarto lugar, los movimientos sociales necesitan estabilidad temporal.

En este panorama, los sindicatos pueden jugar diferentes papeles. Uno de ellos es el de la experiencia, no solo en términos económicos y sociales, sino también en términos de activismo social. Otro, es el de superar el estrecho margen de los “puestos de trabajo”: dado que el capital está borrando las fronteras legales, espaciales y temporales de los mismos, los sindicatos debieran también saltar dichas fronteras y proponer un abanico más amplio de demandas; por ejemplo, aquellas derivadas de la ofensiva neoliberal por mercantilizar y ‘atrapar’ la vida cotidiana de los trabajadores. Recuperar las demandas de los ochenta por reducir la jornada de trabajo, es una vía. También explorar nuevas formas organizativas para atraer los nuevos segmentos de trabajadores producto de los importantes cambios en el empleo. El territorio es un espacio que permite sinergias. El camino no es fácil; los movimientos sociales se sustentan en la participación directa, que puede ser minoritaria y simbólica sin que le reste efectividad, a diferencia de los sindicatos que requieren amplios compromisos, asociados a costes para sus militantes o afiliados que pueden ser muy gravosos, en términos de menores ingresos, o hasta el despido o el encarcelamiento. Finalmente, un último aspecto a considerar es el de involucrarse plenamente, como ha sucedido a lo largo de la historia, en el desarrollo de movimientos comunitarios más allá de la tentación instrumental: poner en marcha o apoyar iniciativas asociativas y culturales de soporte y protección mutua pero también de creación de espacios de hegemonía alternativa más allá de las empresas. Nos consta que los afiliados a los sindicatos tienen una elevada propensión a la participación en otras asociaciones.

Reflexiones a modo de conclusión

En la actualidad el sindicalismo experimenta retos tan fundamentales como los que le dieron origen o permitieron su expansión; los movimientos comunitarios, por su parte, se enfrentan a dilemas históricos no resueltos como son la espontaneidad, la discontinuidad y los límites propios de la participación directa. Hoy día el sindicalismo de clase, aun dando cabida a segmentos hacia los que hace décadas era reluctante (trabajadores de servicios, mandos y técnicos, mujeres, inmigrantes, etc.), se encuentra ante un dilema similar al que representó a finales del siglo XIX e inicios del XX entre la representación solo del oficio o de los trabajadores en general; en la actualidad el problema es dar cabida a la vez a trabajadores estables, precarios e, incluso parados, y a los diferentes grupos de la intensa fragmentación de la clase. Por tanto, no es solo emplear esfuerzos en la función tradicional de defensa y protección de los trabajadores asalariados en sus etapas de empleados, sino ampliarla para abarcar cuando están desocupados, emigran o son profundamente vulnerables, así como en su vida cotidiana. El objetivo último debe ser desmercantilizar el trabajo. Es decir, una ofensiva general para dignificar y volver decente la vida y el trabajo ante el discurso anti-social de los mercados y los gobiernos. Pero esto exige recuperar la capacidad de movilización para empoderarse. En ese camino es posible un encuentro o confluencia con otras organizaciones de base ciudadana y comunitaria conectadas con los problemas que surgen de esta dramática etapa de acumulación capitalista por desposesión.


No es solo emplear esfuerzos en la función tradicional de defensa y protección de los trabajadores asalariados en sus etapas de empleados, sino ampliarla para abarcar cuando están desocupados, emigran o son profundamente vulnerables, así como en su vida cotidiana


De este modo acabamos trazando algunas reflexiones que permitan revisar la relación comunidad-sindicatos:

  1. Restituir el papel de las mujeres, protagonistas no solo de movilizaciones comunitarias, sino también laborales; también ellas –principalmente─ eran prole-tarias.
  2. El común denominador de las diferentes etapas remarcadas es que el conflicto se produce por la percepción de una profunda injusticia en las condiciones de vida o de trabajo. Dicho conflicto se recrudece (y en la etapa industrial se politiza) cuando los gobernantes cambian las reglas del juego, normalmente fruto de una extrema liberalización y mercantilización (siglo XIX), y ahora, neoliberalismo.
  3. El conflicto y la movilización de los trabajadores tienen como objetivo el cambio hacia un sistema más justo.

Pero junto a estos tres elementos queremos resaltar tres factores estrechamente relacionados entre sí y que inciden sobre el conflicto y la capacidad de negociación en las diferentes etapas remarcadas.

  1. La innovación técnica (tecnología y organización del trabajo) y la abundancia de mano de obra (producción de excedente poblacional) debilitan y al mismo tiempo, contradictoriamente, pueden reforzar en un plazo más largo a los sindicatos si estos adaptan sus estrategias, organización y participación a dichos cambios. Por otra parte el incremento de la población excedente, precaria, desempleada o pobre necesita la activación de las asociaciones comunitarias.
  2. Los procesos de cualificación y descualificación derivados de lo anterior inciden sobre las condiciones de trabajo y vida de los trabajadores, produciendo desplazamientos de unos grupos por otros en el conjunto de los mercados laborales, nuevas desigualdades y fragmentaciones en las relaciones de empleo. Esto supone un reto a la solidaridad como valor sindical; reto que puede ser complementado mediante el tejido de redes de soporte y apoyo comunitario de nuevo tipo.
  3. Proteger y organizar a los segmentos más débiles y minoritarios es una tarea sumamente difícil y compleja que no finaliza en el interior de las puertas de las fábricas y empresas. Acaban y comienzan mediante la acción colectiva y movilizadora de los dos tipos de movimientos analizados.

Estamos en una época de erosión de las normas justas de trabajo y de las condiciones de vida digna. La imposición hegemónica del sentido común neoliberal dificulta la acción de la economía moral que alimentaba a los movimientos sociales. Por ello, las dos formas de lucha y acción colectiva resaltadas, comunitaria y sindical, que también lo son de vivencia, necesitan explorar formas de aproximación para encontrar vías y caminos de relación, organización y acción que sumen abriendo caminos de esperanza emancipadora.

 

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Pere Jódar. Sociólogo del Departamento de Ciències Polítiques i Socialsde la Universitat Pompeu Fabra. Especializado en sociología económica, sindicalismo y ocupación.

Ramon Alós. Sociólogo e investigador del “Centre d’EstudisSociològics sobre la Vida Quotidiana i el Treball” (QUIT) y del “Institutd’Estudis del Treball” (IET), de la UniversitatAutònoma de Barcelona. Especializado en sociología del trabajo, del empleo y de las relaciones laborales.

 

1.- La versión amplia de este artículo con las referencias bibliográficas se puede encontrar en: Jódar, Pere y Alós, Ramon, “Fuerzas de trabajo y conflicto social en un capitalismo en transformación”,  Anuario IET de Trabajo y Relaciones Laborales, 5, 2018, pp. 177-193. https://doi.org/10.5565/rev/aiet.72. Agradecemos a los editores del Anuario que hayan facilitado la publicación de este resumen. [^]

2.- Thompson, Edward P., Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial. Barcelona, Crítica,1984. [^]

3.- Polanyi, Karl, La Gran Transformación. Madrid, La Piqueta, 1989. [^]

4.- Hobsbawm, Eric J., Trabajadores. Estudios de historia de la clase obrera. Barcelona, Crítica, 1979. [^]

5.- Trentin, Bruno, La ciudad del trabajo. Albacete, Bomarzo, 2013. [^]

6.- Tapia, Maite, “Marching to Different Tunes: Commitment and Culture as Mobilizing Mechanisms of Trade Unions and Community Organizations”. British Journal of Industrial Relations, 51(4), 2013, pp. 666-688. [^]