Nueva y vieja política en el lenguaje de la dominación

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Por TARSO GENRO

Foto: Paul Boswell

Foto: Paul Boswell

Si queremos luchar unidos y con más eficacia contra la degeneración en curso de nuestro sistema democrático, es importante que comprendamos que el discurso legitimador del orden autoritario neoliberal en Brasil está marcado por los dogmas neoliberales más expresivos. Se exige la implementación de ciertas libertades políticas, con tal de que estas sean ejercidas principalmente en los estamentos más altos de la sociedad. Estas libertades deben combinarse con un discurso de odio contra los excluidos y los miserables, para convencer a la mayor parte de la sociedad de que los pobres no “merecen” un Estado Social. Es la lógica del discurso de Bannon, con su populismo de derecha, apoyado por los enunciados principales de Hayek y Von Mises, que transitan desmenuzados y en clave apologética por los medios de comunicación tradicionales.

Un artículo reciente de Agnès Heller (“Other News”) arroja un rayo de luz sobre el final posible de la identidad democrática de la humanidad fragmentada. En su texto “¿Por qué Hungría se rinde a Orbán?”, la autora de Historia y vida cotidiana evalúa los motivos de la ascensión del primer ministro húngaro,«reelegido por tres veces consecutivas con un discurso centrado en la etnia y en el miedo a los inmigrantes.» Un discurso del miedo superpuesto a la exaltación mitificada de la unidad nacional.

En las elecciones de Hungría los partidos rivales se «profesaron» entre sí «un odio mutuo», y «los más pobres –los perdedores– como por ejemplo la mayoría de los zíngaros», optaron por Viktor Orbán, al final elegido dentro de los patrones de la democracia política vigente. Más tarde, en Ucrania, ha resultado elegido presidente un comediante sin tradición política ni de gestión pública, con más del 70% de los votos, y con un programa de Gobierno compuesto a partir de sus chascarrillos sobre el poder presidencial. ¿Es la perversión final de la democracia, cometida por los que la pervierten ya no en las sombras, sino en la transparencia de la escena pública?

Agnès rechaza las designaciones tradicionales para el régimen húngaro: régimen “fascista”,  “autocracia”, “estado mafioso”,“nacionalsocialismo”, son términos que no lo definen porque –confiesa– no incluyen parámetros adecuados para comprenderlo a fondo. Provisionalmente ella lo designa como “tiranía”, una tiranía de la posmodernidad, consentida y provocada por una mutación civilizatoria que ha creado condiciones muy específicas para acoger y favorecer el crecimiento de un tipo especialmente monstruoso de político.


Estamos en un momento histórico negativo, no solo por la fragmentación insana del pensamiento crítico, sino también por los riesgos de su aislamiento político radical


Es la aparición de un período histórico en el que las palabras y las categorías políticas de la modernidad madura han perdido su sentido: “república”, “interés público”, “delegación política”, “socialdemocracia”, “socialismo”, “liberalismo”, “comunismo”, “fascismo”, ya no tienen el mismo significado. Y, por tanto, ya no dicen nada a las personas sometidas a la cotidianidad del mercado y acuciadas por la supervivencia inmediata, para las cual es el principal enemigo es el extraño que les disputa las migajas obtenidas de la precariedad. Pensar en Corea del Norte como “comunista”, acusar a Bolsonaro de “fascista”, decir que Fernando Henrique no es “socialdemócrata” y que Macri es un “revisor” de precios, ya no significa nada para la gran mayoría de las personas, ahora escondidas en las burbujas virtuales o en la soledad de la miseria compacta que asfixia sus vidas.

Estamos en un momento histórico negativo, no solo por la fragmentación insana del pensamiento crítico, sino también por los riesgos de su aislamiento político radical. La razón fenece y el dolor de estar vivo ─para la mayoría─ se complace en la violencia prometida contra los que incomodan su sueño letárgico, en busca de una compensación consumista. El mundo hoy es una crisálida que contiene algo monstruoso en germinación,y no se sabe qué es peor: la duda sobre cómo resistir para que en ese nido oculto de la vida no nazca la perversidad perfecta, o la rabia por no haber comprendido a tiempo lo que se nos venía encima.

Con la intención de hablar de estos temas de manera extensa,he adquirido el hábito de ir separando –por intuición– artículos, anotaciones de entrevistas, y notas que escribo sobre las intervenciones de los comentaristas políticos de los grandes medios de comunicación. Pienso que los más competentes de entre ellos están dotados de una imparcialidad estudiada que no consigue ni pretende esconder sus simpatías liberales. Y la parte más seria jamás defiende explícitamente a las “ideologías” o “facciones políticas” que subyacen en la sordina de su profesión. Aparentemente sostienen posiciones “técnicas”, con una postura desenfadada que procede de la cultura de una información de “menú del día” servida por el oligopolio de los medios.

Esta postura les permite determinadas concesiones a la pluralidad, siempre que no se aborde la esencia de los problemas en debate: o sea, quién muere y quién vive al final de un “proceso político” –como lo es por ejemplo el proceso de la reforma de la previsión social─; quién tendrá más hambre y quién estará más abastecido de comodidades para el futuro, cuando lleguemos a los “fines” prometidos por las reformas; bajo la sombra de cuál Constitución estamos debatiendo, y cuál fue el pacto político que la modeló como Carta dirigente de nuestra vida pública y limitadora de nuestros “vicios” privados, para una vida común solidaria.

El fragmento que he guardado de una entrevista a Jessé Souza restaura, en parte, el sentido de un debate sobre “fines y medios” o ─quién sabe─ alerta de un conflicto entre el Código penal y el legado de Maquiavelo. Situándose en el interior de una “ética de la sospecha”, dice el brillante Jessé: «Yo siempre pienso que las cosas nunca son como las personas dicen que son (…) porque el mundo no puede ser verdadero, ya que es injusto. Si es injusto precisa ser legitimado y, para legitimar la injusticia, tiene que mentir. Una mentira convincente.» Desde la óptica de las diferentes posiciones políticas sobre lo que es “justo” o “injusto” (verdadero o no), socialmente justificable o “maldad” de facción, la instauración de la desconfianza o de la duda –inclusive sobre los propios argumentos– es el punto de partida para la legitimación democrática. En esta, ninguna solución se legitima por sí misma, sino que lo hace por consenso de la comunidad a la cual se refiere. Así, la desconfianza es la vacuna contra la perversión de lo humano, contenida en cada uno de nosotros.

Sigamos. Registro otro fragmento de entrevista –en este caso de Contardo Calligaris (Gaúcha\ZH,25.04)─ cuyo título es “Vivimos una ola de psicopatía en el país”, en la que él se atreve a formular una receta de autoayuda: «La esperanza de ser feliz también es una forma de trascendencia. La única vida interesante es la vida que acontece aquí y ahora. No precisa ser épica, no precisa ser extraordinaria, no precisa nada. Precisa de la presencia efectiva de quien está viviendo.»


En un país dominado por la “psicopatía”, la verdad de intentar ser feliz es revolucionaria, pues sin mantener la felicidad no hay resistencia ni proyecto de reconstrucción de una vida democrática auténtica


La frase, que en un tiempo sin exigencias épicas por parte de los seres humanos –como ocurre en una revolución, en una catástrofe que reclama la solidaridad absoluta, en el momento de la solidaridad contra una aniquilación colectiva–, (la frase de supuesta autoayuda) destinada a humanos que sufren y emitida en el país en que los psicópatas se alzan como una “ola”, se convierte en un poderoso instrumento de resistencia. En un país dominado por la “psicopatía”, la verdad de intentar ser feliz es revolucionaria, pues sin mantener la felicidad no hay resistencia ni proyecto de reconstrucción de una vida democrática auténtica.

Pero es difícil. La locura anda suelta. Este jueves por la mañana,en Globo News,[José Roberto] Burnier, Otávio [Guedes] y Julia [Duailibi] conversaban de nuevo sobre la reforma de la previsión social que redimirá a Brasil. La defendían ardientemente y alegaban que, si no es aprobada, “prepárense para el caos”. Pero ya avisan: “no se hagan ilusiones”, los resultados se verán de aquí a diez años, sin milagros, y quien podrá aprovecharla como criterio de buen gobierno será el sucesor del sucesor de Bolsonaro. Todo lo cual nos impone –para alcanzar el paraíso del trabajo mal remunerado para todos– la necesidad de un “plan decenal” neoliberal.

Es un plan digno de los grandes “saltos adelante”, hoy con algunas peculiaridades que permiten sortear los sacrificios de quien se presenta pobre en el mercado, con la expectativa de un futuro remoto de prosperidad y gloria, cuando todos estemos muertos. Los muertos. Ellos ciertamente se quedarán por el camino, porque el presente de la mayoría no forma parte de la Historia: ni sus dolores, ni su hambre, ni sus gritos al margen de la vida, ya que al final lo que estamos comparando aquí–dicen Julia y Otávio– son la “nueva” y la “vieja política”.

El presupuesto del que parten es que el Gobierno Bolsonaro –independientemente de la conciencia de sus protagonistas– expresa las posibilidades de la “nueva política”, con sus milicias, sus homofobias, la destrucción de la educación pública y la corrupción, la violencia contra los diferentes. Pero precisa “algunos ajustes”. ¿Qué régimenes ese, dentro de la “ley y el orden”? Julia discrepa un poquito, lo que permite a Otávio brillar y hacer la gran revelación, que establece la diferencia entre la “política” (buena) y la “vieja política”.

¿Cómo? Aquí, de este lado, “está Maquiavelo”, dice Otávio: “esto es política”. Del otro lado está el Código penal, prosigue Otávio: “esto es la ‘vieja’ política”. Lo que Otávio quiere decir es que, en verdad, sino ponemos reparos a lo que pueden tener de ilícito penal los “medios” –los presupuestos para alcanzar determinados fines–, todo resulta aceptable. Es una concepción que transforma la compleja filosofía política de Maquiavelo en un respaldo mal ensamblado a las reformas liberal-rentistas.

¿Cuál es el fundamento fáctico que está en la base de esta proposición otaviana, con sus alarmantes simplificaciones de la economía y de la vida (de los otros)?  Vale la pena discutirlo porque es un nudo emblemático de las ideas sometidas a la población, no por la autoridad de quien las expresa, puesto que este se limita a echar mano del sentido común del neoliberalismo, sino por su recurrencia en los discursos del nuevo régimen.

En otra publicación de mi estimada colección, figurala respuesta de Paulo Guedes1 (UOL, 27.3.19) que abona la tesis de Otávio como teórico popular del maquiavelismo posmoderno: “Las cargas sociales y laborales son armas de destrucción masiva del empleo”, dice Guedes, durante un debate sobre la situación fiscal de los estados. En un país donde el desempleo asciende ya al 12% y afecta a 12,7 millones de personas según el IBGE [Instituto Brasileño de Geografía y Estadística],es preciso avanzar mucho más por ese camino, parece decir Guedes, ya que para él las conquistas sociales mínimas del mundo del trabajo en el Estado Social son excrecencias cuya anulación se torna “medio” para llegar a un nuevo tipo de Estado. Un Estado enteramente sometido a la lógica perfecta del mercado, que en verdad consiste en crímenes continuados que no quieren decir su nombre, porque algunas personas acuden al mercado con medio salario mínimo, ¡y otras con medio billón!

No es casual que Paulo Guedes ya hubiera sido celebrado, el pasado día 4 de enero de 2019, en un editorial de Zero Hora, de la siguiente forma: «Una ventana para el desarrollo: Paulo Guedes se ha rodeado de cerebros de primera magnitud, que aportan nuevo oxígeno a la gestión de la economía de Brasil.» ¿Será Otávio uno de ellos? No creo. Él es apenas un apologeta. Así de sencillo: el hombre que asegura que la protección social y laboral no es una forma humanizada de organizar la producción capitalista, sino un arma de destrucción del empleo; no un medio de eliminar la esclavitud, sino un obstáculo a la producción, ese hombre pretende, como genio que es, acabar con las conquistas sociales de la modernidad industrial y forzar el retorno a la esclavitud selectiva del mercado perfecto.

La metodología otaviana de abordar los derechos –por tanto, la Constitución– invocando a Maquiavelo y diciendo que todo vale para aprobar las reformas, siempre que no ofenda al Código penal, es criminal políticamente, y jurídicamente primitiva. El Código penal,y también el Código civil, no son estatutos de regulación de las actividades políticas lícitas, sino que apuntan, viabilizan, clasifican o castigan, los actos que obstruyen una vida colectiva con derechos iguales para todos a la vida, a la propiedad, a la libertad de emprender y de trabajar. Las normas que señalan los límites e imponen la conexión entre “fines y medios” – para alcanzar fines políticos lícitos – están descritas, no en el Código penal, sino en el Preámbulo de la Constitución Federal, y se realizan en cada norma contenida en la Carta.


La metodología otaviana de abordar los derechos –por tanto, la Constitución– invocando a Maquiavelo y diciendo que todo vale para aprobar las reformas, siempre que no ofenda al Código penal, es criminal políticamente, y jurídicamente primitiva


Y esta declara y regula el imperio del Estado Social para la institución «de un Estado democrático, destinado a asegurar el ejercicio de los derechos sociales e individuales, la libertad, la seguridad, el bienestar, el desarrollo, la igualdad y la justicia, como valores supremos de una sociedad pluralista y sin preconceptos, fundada en la armonía social…» Los “medios” para alcanzar los “fines” en la política, apuntados por Maquiavelo, solo son lícitos si sus fines no conculcan la Constitución concreta del Estado, cuyo filtro interpretativo es su Preámbulo. Si la agreden, destruirán la relación pactada por el Poder Constituyente democrático que le dio origen, porque el Preámbulo traza los límites entre las políticas legítimas y las ilegítimas, y en consecuencia, entre el derecho a la desobediencia y el acatamiento a la Leyy al Orden, para usar una expresión cara a Dahrendorf.

El “todo vale”otaviano es la síntesis de las nuevas tiranías como la de Orbán, que basa su legitimidad en el convencimiento hipnótico de los medios en contra de los desgraciados; pero, hagámosle justicia, a él no le invalida como periodista y “ciudadano de bien”. Él, como tantos otros, no hace más que reflejar el sentido común del golpismo sin proyecto, el nuevo canon de la decadencia democrático-social, que aquí finalmente ha encontrado  su objeto: las reformas que suprimirán derechos fundamentales y revocarán, de hecho, el Estado Social de 1988.

Boris Cyrulnik, en un diálogo con Edgar Morin (“Diálogos sobre la naturaleza humana”), señala de forma profética la nueva condición de la tiranía posmoderna, acogida con normalidad por la mayor parte de las elites empresariales mundiales, con sus aparatos políticos y de comunicación:

«Otra gran estrategia del pervertido consiste en esconderse mostrándose a plena luz del día. En efecto, muy frecuentemente los mayores pervertidos se encuentran en grupos de defensa moral, que les sirven de refugio. Creo que  cuando se esgrime una sola verdad, esta no puede ser moral; antes al contrario, es criminal. Y los mayores crímenes contra la humanidad han sido perpetrados en nombre de la purificación.»

Un querido amigo argentino, Bernardo Kliksberg, intelectual reconocido internacionalmente como un gran experto en desarrollo democrático, en su trabajo “Repensar el Estado para el desarrollo social” formula de forma brillante –sin conocerlos– un reto a los otávios y a los guedes que hoy pontifican sobre la vida del pueblo brasileño, sugestionados por la mímica de las armas del Presidente elegido por el pueblo: «La idea subyacente en la afirmación de que el mejor gobierno es el “no-gobierno”, confrontada con la realidad, remite a la siguiente observación cáustica de una reconocida autoridad en la gestión pública: ese modelo representa el gran experimento de los economistas que nunca han tenido que administrar nada.»

Tal vez únicamente su patrimonio privado.

[Publicado originalmente en Sul21, 26.4.2019. Traducción, Pasos a la Izquierda]

 

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Tarso Genro. Fue Gobernador del Estado de Rio Grande do Sul, alcalde de Porto Alegre, Ministro de Justicia, Ministro de Educación y Ministro de Relaciones Institucionales de Brasil.

 

1.- Paulo Roberto Nunes Guedes, economista neoliberal, asesor económico de Jair Bolsonaro durante su campaña electoral, y posteriormente nombrado ministro de Economía de Brasil. [^]