Quien manipula a la colectividad es la auténtica elite

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Por MARIANA MAZZUCATO

Foto: Paul Boswell

Foto: Paul Boswell

¿De verdad toda la culpa es de la Unión Europea y de los “poderes fuertes”? Comprender realmente los mecanismos de Bruselas y movilizarse para modificar sus defectos podría ayudar a convertirnos de nuevo en ciudadanos responsables. Y colocarnos al resguardo de simplificaciones.

En su artículo del 11 de enero, Alessandro Baricco recupera un debate muy difundido, tratado en varios libros óptimos recientes, como Strangers in the irown land, de Arlie Hochschild. Según Baricco, la crisis que estamos padeciendo es ante todo una crisis de confianza de las masas respecto de las elites. Me parece una lectura simplificadora. Si no comprendemos quiénes son y cómo funcionan las elites, corremos el riesgo de consolidar sus posiciones y su poder. Por eso, respondiendo a su desafío de «no dejar que nos joda la aparente simplicidad de las cosas», probemos a llevar más lejos su análisis.

Baricco afirma que la democracia funciona cuando las elites, al tiempo que protegen e incrementan sus privilegios, consiguen magnánimamente dispensar una forma de convivencia aceptable para las masas. No creo que sea así. La democracia ha creado sociedades menos inicuas cuando los “excluidos” han sabido representarse a sí mismos y arrancar de las elites concesiones que han hecho menos penosa y más plena la vida de todos (con frecuencia, también la de las propias elites). Pero en ello no hay ningún determinismo. Han sido necesarios sindicatos, movimientos ecologistas, movimientos feministas. Las ocho horas de trabajo, las condiciones de trabajo decentes en las fábricas, el sistema nacional de salud, el voto femenino, y así podríamos seguir enumerando una larga lista de conquistas…, no han sido concedidas graciosamente por las elites.


La democracia ha creado sociedades menos inicuas cuando los “excluidos” han sabido representarse a sí mismos y arrancar de las elites concesiones que han hecho menos penosa y más plena la vida de todos


Antes bien, en todos estos casos las elites han intentado obstinadamente negar esos derechos. Han sido conquistas que han costado carísimas a los millones de personas que han sabido organizarse y representarse, creando plataformas comunes y formas de negociación, pero también de lucha. Es cierto que estas conquistas solo se han consolidado cuando una parte de las clases privilegiadas las ha reconocido como justas y apremiantes. Pero ha hecho falta derramamiento de sangre. Y todavía más importante, después de haber alcanzado el mínimo de derechos necesarios, las “no elites” han sabido mantenerlos vivos e innovarlos, llenarlos de sentido.

Tomemos como ejemplo la escuela para todos o el sistema nacional de salud. Millones de mujeres y hombres, que no son elite y a quienes no interesa ser elite, han trabajado y siguen trabajando día tras día en las escuelas y en los hospitales, combatiendo con medios limitados contra las inercias infinitas de la ignorancia y de la enfermedad, contra la desidia de los colegas anclados en la rutina y las trampas delosamorales, para hacer que esas instituciones colectivassean realmente un bien común y representen una mejora para todos. ¿Dónde están esos millones de personas en la ecuación de Baricco?

Es reductiva la visión de quien toma en consideración solo a la elite a la que frecuenta todos los días, en ese recinto protegido que Baricco describe tan bien, y al oklos, la masa anónima a la que ve por la televisión vestida con chalecos amarillos. Visto así, da la sensación de que todo ocurre de forma irrevocable, como por influjo astral. En mi libro El valor de todo, hablo de la necesidad de redescubrir el valor de lo colectivo, precisamente para luchar contra la lógica de las desigualdades que han generado la rabia de la “gente”.

El odio a las elites, el “basta ya”, surgen de motivos profundos, incluida la serie de tratados comunitarios que nos fuerzan a tragar con embudo, como en el engorde de las ocas, a los ciudadanos europeos.

Pero ese odio ha sido atizado, avivado y dirigido por quienes han construido a conciencia un relato simplificador pero articulado, y han comprendido antes que nadie que la difusión planetaria de la web permitiría registrar y elaborar miles de millones de fragmentos de verdad, con los que componer otros tantos retratos individuales. Para, de esa forma, inocular el“relato”en los sujetos predispuestos, con los ingredientes justos y en la dosis necesaria para manipular el odio y luego utilizarlo. El problema no es que un italiano de cada dos esté en Facebook, sino lo que encuentra dentro de Facebook y cómo utiliza esos contenidos quien los controla. Y no todo sucede en Cupertino, California. El Movimiento 5 Estrellas, que seguimos considerando un movimiento ultramoderno y populista, está controlado desde una plataforma digital poseída en condiciones casi feudales por una sola familia, los Casaleggio, que según los estatutos del movimiento está facultada para hacer con él lo que quiera.


El odio a las elites, el “basta ya”, surgen de motivos profundos, incluida la serie de tratados comunitarios que nos fuerzan a tragar con embudo, como en el engorde de las ocas, a los ciudadanos europeos


Fijémonos en Europa. La homeopatía del odio que pasa a través de Facebook evitará siempre explicar hasta qué punto la Unión Europea ha sido también una fuerza colectiva que ha mejorado las condiciones de trabajo, impuesto reglas severas contra los abusos de las multinacionales, intentado limitar la devastación del medio ambiente, invertido generosamente en la construcción de una cultura común, y gastado miles de millones en investigaciones científicas colaborativas ycolectivas para las que ningún capitalista privado habría arriesgado un solo euro, pero de las que han surgido los resultados más inesperados e innovadores para el conjunto de la sociedad europea.

Y sobre todo, esconderá que esos resultados no han sido una gentil concesión de las elites, sino el fruto de una presión continua de ciudadanos, movimientos, grupos ecologistas, abogados de los derechos humanos. Solo al final de un proceso hecho de luchas, derrotas y victorias, esas propuestas se convierten en leyes y reglamentos. Entendámonos: la UE ha cometido también muchos errores ─entre ellos la obsesión por reducir el déficit─ y no ha conseguido ser vista como algo próximo a la vida cotidiana.

Quienes han creado los medios de manipulación colectiva no lo han hecho por el placer de ver bailar los títeres en un teatrillo. Lo han hecho porque están pagados por personas que tienen unos intereses económicos precisos. Por personas que ven en la Unión Europea uno de los pocos obstáculos a la expansión planetaria del capitalismo sin reglas. Embarrar la UE da dinero porque una institución pública debilitada e insegura de sí misma cederá con mayor docilidad a los deseos de la gran industria, como parece que está sucediendo ya en la agricultura.

¿Y a qué nos referimos cuando hablamos de “utilizar los datos”? Los datos pueden ser utilizados para controlar y manipular, pero también pueden ser manejados para difundir los bienes comunes. Tomemos como ejemplo Barcelona, donde la alcaldesa Ada Colau, con el proyecto Decode, está intentando utilizar los datos sobre los desplazamientos de los ciudadanos generados por una app como Citymapperpara informar y diseñar un sistema de transporte público mejor para todos. O los movimientos que, en muchos países, quieren que los datos sobre la salud personal sean utilizados, no para enriquecer a las firmas farmacéuticas, sino para mejorar el servicio de salud. Todas estas soluciones nuevas llegan a la Comisión Europea y son discutidas luego por la DG-Connect, que elabora las políticas en materia digital y en innovación.


Embarrar la UE da dinero porque una institución pública debilitada e insegura de sí misma cederá con mayor docilidad a los deseos de la gran industria


Pero no son las elites quienes las han propuesto. Son los movimientos, gracias a esa nueva y evolucionada forma de interacción entre elites y ciudadanos. La solución de Baricco es «dejar el teléfono móvil en casa, caminar, y confiar en la inteligencia del Game». No. Es preciso observar las nuevas formas de relación, comprenderlas y multiplicarlas. Dejar de usar palabras como “gente”, y pensar en cambio en todos como “ciudadanos”. Dejar de describir a la Unión Europea como un paquidermo soñoliento, irracional e inescrutable, e intentar de verdad comprender cómo funciona, denunciar sus esclerosis y proponer soluciones distintas.

Y luchar, con o sin teléfono móvil, por esa causa.

[Artículo publicado originariamente en La Repubblica, 14 enero 2019, en respuesta a un  artículo de Alessandro Baricco en torno a la función de las elites, al que se alude en el texto. Traducción, Paco Rodríguez de Lecea]

 

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Mariana Mazzucato (Roma 1968). Profesora en el University College de Londres. Ha sido distinguida con el Premio Leontieff en 2018 y el Madame de Staël en 2019, por sus contribuciones a la economía de la innovación. Su obra más reciente es El valor de todo. Quién lo produce y quién lo sustrae en la economía global (2018).