Piero Sraffa y el grupo comunista turinés analizan el fascismo

Download PDF

Introducción al texto El estado Corporativo de Piero Sraffa

Por JAVIER ARISTU

Fotografía: Enric de Santos

Fotografía: Enric de Santos

Gramsci (n.1891), Angelo Tasca (n.1892), Palmiro Togliatti (n.1893) y Piero Sraffa (n.1898) forman un grupo peculiar de la historia política y social italiana y europea. Junto con Umberto Terracini y alguno otro constituyeron una colección de pensadores dedicados a la acción social de indudable impacto en la historia italiana del primer tercio del siglo XX. Como ya es conocido, Gramsci, Togliatti, Tasca y Terracini forman el componente turinés del partido comunista italiano fundado en 1921 a partir del ala de izquierda del socialismo italiano. Los cuatro dan forma a la revista L’Ordine Nuovo que a partir de 1919 dota de ideas al proceso de organización del proletariado italiano tras la revolución de Octubre en Rusia. A los cuatro se añade de forma peculiar Piero Sraffa cuya evolución intelectual será en buena parte distinta pero no contradictoria con ese grupo.

La actividad y la reflexión del grupo está plenamente ligada, como una línea antagónica absoluta, al desarrollo del fascismo italiano como proyecto de conquista del estado y de organización social de nuevo tipo. Socialismo –que incluiría a socialistas y comunistas– y fascismo son los dos proyectos adversarios de la Italia de postguerra. El movimiento de los Consejos de fábrica de Turín se desarrolla entre 1919 y 1921, L’Ordine Nuovo sale el 1 de mayo de 1919 y la Marcha sobre Roma de los fascistas mussolinianos es en noviembre de 1922. A partir de ahí es imposible entender la reflexión del grupo comunista turinés sin la referencia a la experiencia fascista que comenzaba a desarrollarse en esos años.Un personaje diferente en lo ideológico y a la vez inmerso en la dinámica turinesa de reflexión tras la revolución rusa fue Piero Gobetti. Intelectual de calibre en la órbita del liberalismo democrático pero ajeno al desarrollo comunista que desplegará el grupo de Gramsci y adláteres. Gobetti también trató el tema del ascenso fascista en aquella Italia de postguerra [un análisis biográfico e intelectual en Giaime Pala y Gianluca Scroccu, El liberalismo herético de Piero Gobetti, Mientrastanto, 104-105, 2007]

Del grupo de L’Ordine Nuovo, tres de ellos son los que más trataron el asunto del fascismo: Gramsci, Togliatti y Tasca. Desde 1921 ya tenemos en la revista turinesa artículos y referencias al fenómeno. Cuando Gramsci abandona Italia en mayo de 1922 para hacerse cargo de la representación del recién creado partido comunista italiano ante la Internacional, es Togliatti el encargado de componer los informes sobre el fascismo que se envían a Moscú. Entre 1922 y 1928 redacta al menos seis informes escritos para la dirección de la Internacional o para su propio partido. Destaquemos Las bases sociales del fascismo, artículo de mayo de 1926 que publica en la revista L’Internationale Communiste y en el que aparece la génesis del fascismo a partir del contraste y alianzas entre ciertos sectores agrarios y la pequeña burguesía urbana a lo largo del periodo 1919-1922. A partir de ese 1926, siendo el representante del PC de Italia ante la Internacional, seguirá manteniendo en los años sucesivos una intensa atención intelectual y política sobre el fascismo. De 1935 es su notable Curso sobre los adversarios (notas redactadas por un asistente al mismo que se celebró en Moscú para cuadros del partido italiano).

Gramsci cultivó el asunto en los artículos de L’Ordine Nuovo. De agosto de 1921 es ya uno titulado Los dos fascismos. En él el pensador sardo trata de caracterizar las dos respuestas que la burguesía italiana está dando a la crisis de postguerra: por un lado, Gramsci habla de un fascismo urbano, milanés o del Norte, de pequeño burgueses y colaboracionistas que piensan en introducirse en las instituciones para controlar el proceso; y por otro el fascismo de tipo agrario, meridional, de medianos propietarios agrícolas (junto con colonos) que luchaban contra los pequeños propietarios organizados en ligas y sindicatos, y que trata de subvertir completamente el Estado creando «su propio estado» a partir de bandas fascistas. Como ya es sabido Gramsci será detenido por la policía de Mussolini en noviembre de 1926 y ya no conocerá la libertad sino poco antes de su muerte, en 1937. En la cárcel, en esos pocos años, mediante sus apuntes en los Quaderni y las cartas a la cuñada Tatiana irá tejiendo una malla de pensamientos en clave metafórica sobre el fascismo, el estado corporativo y la respuesta ante el mismo. Todo, como digo, a través de reflexiones aparentemente literarias o culturales.

Tasca, por el contrario, será el más tardío en la reflexión sobre el fascismo pero, paradójicamente, será más sistemático u orgánico: al mismo le dedica en 1938 –más de 15 años posterior al inicio del fascismo– todo un libro que titula El nacimiento del fascismo (original francés Naissance du fascisme; traducción española por Antonio Aponte e Ignacio Romero de Solís en 1969, en Ariel). Tasca por entonces había sido expulsado del partido comunista italiano (en 1929) y se había nacionalizado francés, todo ello dentro de una deriva ideológica y personal que le llevará a apoyar en el verano de 1940 a Pétain, al régimen de Vichy pero, al mismo tiempo, a servir de enlace entre las resistencias belga y francesa.

Vemos, por tanto, cómo el fascismo se convierte en centro de la reflexión de ese grupo comunista turinés entre 1919 y 1938, por lo menos. Es una reflexión en clave teórica y en clave de acción: no por casualidad los revolucionarios comunistas italianos habían sido aniquilados por los fascistas en las batallas sociales de aquellos años. Y asistían, sorprendidos, al levantamiento de todo un nuevo sistema social y estatal llamado Estado Corporativo.

En ese momento es cuando se materializa el escrito de Piero Sraffa que hemos traducido y que publicamos en este número de Pasos a la Izquierda. Se titula precisamente El Estado Corporativo.

Sraffa y Gramsci se habían conocido en 1919 gracias a la intermediación del profesor Umberto Cosmo, de la universidad de Turín, educador de ambos. En esos años universitarios Sraffa participó en el movimiento de estudiantes comunistas de esa universidad, según testimonio del propio Togliatti. Luego, Sraffa marchó en viaje de estudios a Inglaterra entre 1921 y 1922 y, luego, estuvo como profesor el curso 1923-1924 en la universidad de Perugia. Desde su estancia en Inglaterra, Keynes le había escogido como alumno excelente y le consiguió un puesto de profesor y luego de bibliotecario en Cambridge, centro intelectual donde pasará Sraffa la mayor parte de su vida dedicada al estudio y edición de la obra del economista Ricardo. A esta universidad llega Sraffa en septiembre de 1927, precisamente poco después de visitar a Gramsci en la cárcel de San Vittore de Milán, donde estaba el preso para ser juzgado por el tribunal especial fascista que le condenará a veinte años de prisión. Ya no se volverán a ver hasta enero de 1935 cuando Gramsci recupere, muy enfermo, la libertad condicional. Como también es sabido, en esos años de cárcel del dirigente comunista será Sraffa el enlace epistolar entre Gramsci y el propio partido (Togliatti), con la decisiva participación de la cuñada de Gramsci Tatiana Schucht.

Recién llegado Sraffa  a Cambridge en septiembre de 1927 Keynes le debió de encargar un informe para su grupo de discusión que mantenía en el Political Economy Club.Sraffa venía precisamente del lugar donde se estaba experimentando una serie de “innovaciones y revoluciones” en el corazón del Estado liberal. La experiencia fascista venía desarrollando, especialmente desde los años 1925 y 1927, una serie de cambios constitucionales y legislativos (ley electoral, ausencia de responsabilidad parlamentaria del Primer ministro, lealtad de los funcionarios al fascismo, prohibición del sindicalismo libre, etc.) que no podía sino llamar la atención dela intelligentsia británica y especialmente de mentes como la de Keynes. No es raro pensar que nada más llegar el joven profesor italiano le encargase Keynes una ponencia para ese grupo de discusión. Se estaba asistiendo, insistimos, al derribo de las formas y contenidos del denominado Estado liberal construido durante la “edad giolittiana” que marcó la política bajo el primer ministro Giovanni Giolitti en la primera década del siglo XX.

Sin embargo, Sraffa margina en sus apuntes los aspectos «superestructurales» de la forma Estado y entra en el centro del debate sobre la naturaleza del fascismo: la nueva organización del trabajo. Así comienzan sus apuntes: «El problema que el fascismo propone resolver con la introducción del E(stado) C(orporativo) es el de la relación de capital y trabajo entre ellos y con el Estado». Una afirmación que deja claro como el agua desde el primer instante que el fascismo es un fenómeno político que ha surgido de la contradicción aguda y máxima que en esos años se daba entre detentadores del capital y los trabajadores. O dicho con sus propias palabras: «Las clases capitalista y trabajadora habían llegado a consolidarse en dos opuestos y exclusivos partidos que trataron decisivamente de conquistar el control del Estado».

Su amigo Gramsci había escrito por aquellos mismos años: El fascismo, como movimiento de reacción armada que se propone el objetivo de disgregar y de desorganizar a la clase trabajadora para inmovilizarla, pertenece al marco de la política tradicional de las clases dirigentes italianas, y en la lucha del capitalismo contra la clase obrera» [Gramsci, Antonio. Nel mondo grande e terribile: Antologia degli scritti 1914-1935, Einaudi, edición de Giuseppe Vacca. La traducción de la cita es de J.A.]

Fotografía: Enric de Santos

Fotografía: Enric de Santos

A partir de ahí Sraffa va a describir analíticamente todo el entramado de modificaciones legales e institucionales que va a construir el fascismo para conseguir un objetivo: marginar a los trabajadores de cualquier ámbito de poder, de decisión, de codecisión o de concertación. Es la lucha de clases en estado puro. Es muy interesante seguir el proceso analítico de Sraffa sobre la estructura corporativa que se está levantando, el papel de los órganos de los sindicatos fascistas, las formas de financiación de los mismos, la libertad con la que actúan las organizaciones de empresarios (empleadores) frente a la coerción con que el Estado sujeta a las organizaciones (obligatorias) de trabajadores, los procesos de acuerdos salariales y sobre organización del trabajo, procesos completamente al margen de la voluntad de una parte, la parte trabajadora, y otras muchas cuestiones.

La agudeza del economista italiano es brillante: capta perfectamente cuál es la razón que da sentido al fenómeno fascista, cuál es el sentido de la toma del Estado por esa fracción de camisas negras que no son sino portavoces e instrumentos “del partido capitalista”. Utilizando su perspectiva de economista, pero también aquella otra que debió aprender pocos años antes en Turín junto a Gramsci y el grupo de L’Ordine Nuovo, Sraffa no se deja desviar por las apariencias de un régimen-espectáculo y va al meollo del problema: la organización del trabajo y de la economía. Para ello utiliza otra marca de la casa ordinovista: el análisis de lo particular para alcanzar una síntesis  general. Nos viene a plantear al final de dicho análisis si estamos asistiendo –en 1927– a un fenómeno específicamente italiano o más bien al adelanto de un proceso generalizado. Nos dice Sraffa: «La cuestión realmente importante a la que el futuro dará respuesta es si el fascismo es un producto anormal de la psicosis post bélica, adecuado solo a las condiciones locales italianas, o si representa un resultado lógico e inevitable de las modernas sociedades industriales».

Vemos en ese 1927 cómo tres cerebros están analizando la experiencia fascista desde tres lugares bien lejanos entre sí. Togliatti, desde Moscú, sigue muy de cerca la evolución; Sraffa, desde Cambridge, ya hemos visto que también demuestra estar marcado por los hechos de su país; y Gramsci, desterrado en Ustica y a la espera del “gran proceso” que le preparaba el fascismo y que le llevará a la cárcel de Turi, no podrá componer nada hasta febrero de 1929 cuando comienza a escribir en sus cuadernos. Su último escrito en libertad donde, a su manera, analizaba la sociedad italiana de aquellos años y diseñaba un modelo alternativo al del fascismo había sido redactado en 1926, Algunos temas de la cuestión meridional.

Cinco años después de aquel 1927 tal experiencia de asalto al poder rebotó en Alemania y se fue expandiendo por varios países europeos, con diversas modalidades, caracterizaciones y particularidades: llegó a ser un resultado lógico de las modernas sociedades industriales. Yo añadiría europeas. Pero, creo, fue evitable, aunque este es otro debate que ya lleva impresas muchas miles de páginas y que nos afecta especialmente como españoles. ¿Fue Fascismo, con mayúsculas, lo nuestro, el régimen franquista que toma al asalto, a través de un golpe militar, el Estado republicano en 1936? ¿Tiene el Estado franquista esas características de estado corporativo que define Sraffa en sus papeles? Pocas dudas caben de ello si comparamos ambos regímenes: la organización autoritaria del mundo del trabajo que el régimen de Franco implantó en España a partir de 1940 parece importada sin aranceles de la de Italia de Mussolini. El Fuero del Trabajo franquista de 1938 es copia de la Carta del Lavoro italiana de 1927. Nuestra Organización Sindical Española o Sindicato vertical fue calco de las Corporazioni sindacali fascisti; los alcaldes designados por Franco a lo largo de casi cuarenta años fueron el eco de los alcaldes fascistas nombrados por Mussolini. Sí, el modelo italiano llegó a España y se implantó con gran facilidad y a su manera; el régimen de Franco tuvo mucho de régimen fascista corporativo.

Noventa años después, ¿revive el fenómeno como un alien inacabado? ¿Estamos asistiendo a la reproducción del mismo proceso al que denominamos también Fascismo? Si nos atenemos a los debates de la semana final de octubre de 2018 en la política y en la sede parlamentaria española, da la impresión de una repetición de los debates italianos de la década de los años 20. Yo creo, sin embargo, que aun habiendo algunas similitudes en ciertos comportamientos y lenguajes, el proceso por el que estamos pasando a lo largo de los últimos años en nuestras sociedades, no ya europeas sino mundiales, no responde a lo que Sraffa llamaba resultado lógico e inevitable de las modernas sociedades industriales. Es de otro tipo. Describirlo y caracterizarlo adecuadamente, como posiblemente hicieron Sraffa y sus amigos en 1927 con el fascismo mussoliniano, sería tarea urgente y necesaria.

 

_________________

Javier Aristu. Ha sido profesor de Lengua y Literatura Española. Coordina el blog de opinión En Campo Abierto y es coeditor de Pasos a la izquierda.