Trentin y el sindicato. Una lección en el desierto de hoy

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Por BRUNO UGOLINI

Foto de Raúl Pilato para Asamblea de Cooperación por la Paz

Foto de Raúl Pilato para Asamblea de Cooperación por la Paz

Han transcurrido diez años desde la desaparición de Bruno Trentin (23 de agosto de 2007). ¿Qué permanece vivo del dirigente sindical, del estudioso? Una respuesta ulterior nos llega a través de los Diarios correspondientes al período en el que fue secretario general de la CGIL (1988-1994), publicados a cargo de Iginio Ariemma (Ediesse), por decisión de la viuda Marcelle Padovani. Constituyen un documento terrible, a menudo dramático. A lo largo de más de 500 páginas Trentin se analiza de modo despiadado a sí mismo: las propias pasiones, las depresiones agudas, las amarguras, las dificultades para resistir. Es el autorretrato de un intelectual refinado inmerso en las tempestades político-sociales, que encuentra alivio solo en las escaladas y en las exigentes excursiones alpinas. Un hombre que no acepta el juego antiguo y con frecuencia perverso de las mezquindades, las ambiciones sin freno, los oportunismos y las omisiones, las resistencias a la renovación. Despedaza con dureza las opiniones que considera errores desprovistos de justificación, atribuibles a adversarios pero también a amigos queridos. Como si se desnudase, de seguro sin pensar en mostrarse así, un día, en público. Al mismo tiempo, anota amplias elaboraciones en torno a la izquierda, y en torno al sindicato.

Quienes lo han conocido como hombre de una gran seguridad, capaz de infundir confianza serena y esperanza, quedarán quizá desconcertados. Podrán con todo extraer de aquí enseñanzas preciosas. El libro ha obtenido ya críticas óptimas. Casi todas han evitado, sin embargo, aludir a sus ásperas acusaciones, casi siempre fruto de desahogos doloridos, con utilización de adjetivos fuertes (“miserables”, “aventureros”). Unas condenas que con frecuencia implican a hombres de una dimensión considerable, como Pierre Carniti, por encima de todo su compañero inseparable durante buena parte de los años 60 y 70, los años de los grandes avances obreros, años que merecerían diarios muy diferentes. Por no hablar de los juicios reservados a Giuliano Amato, Ottaviano Del Turco, Fausto Bertinotti, y otros.

El socialismo como libertad

Ahí van, con todo, algunos párrafos que forman parte de una elaboración bastante copiosa que merecería ser recogida y estudiada. Así, reflexiona sobre la idea de socialismo “como auto-realización de la persona en el trabajo y en las múltiples actividades por ella elegidas, el socialismo como auto-gobierno de las comunidades en la gestión del Estado social. El socialismo como realización del derecho a un trabajo elegido y a un trabajo en el cual aumentar las oportunidades propias de conocimiento y de autorrealización (como nueva dimensión de la libertad). El socialismo como máxima expansión de las producciones y de los servicios que incorporan y socializan el conocimiento, los saberes, e incrementan las oportunidades de los individuos que participan en ellos.” Una definición que, subraya, es alternativa a una idea distinta de socialismo, la basada en la “distribución de la propiedad y no de los poderes”. La que, a través de la filosofía de los salarios de ciudadanía o de las rentas mínimas garantizadas, aparece prisionera “de una concepción fetichista de la propiedad, y de una filosofía de la distribución como mecanismo compensatorio del contenido opresivo de la relación de trabajo subordinada”. Y concluye: “El comunismo cuyo final nadie podrá decretar es el de las ideas, el de las utopías llevadas a la práctica, desde Campanella hasta Fourier y sobre todo Owen, el de las provocaciones críticas con Marx y más allá de Marx; el comunismo de los movimientos reales que ponen en el centro de sus objetivos la liberación del hombre, en esta tierra, en esta historia.” Y observa aún: “… En esta larga contienda, en esta eterna contraposición entre el alma libertaria, autogestionaria del socialismo y su alma estatalista –la de la cohesión desde arriba– se encuentra ciertamente la raíz de nuestras responsabilidades y de nuestras derrotas. Pero está también la razón de nuestra esperanza.”


insiste Trentin: “No hay nada tan viejo y rancio como este redescubrimiento del convenio como fin en sí mismo, sin objetivos y sin reglas, sin una escala de valores, sin jerarquía de prioridades, ¡sin gradualidad!


Sindicalistas burócratas

Gran parte de los apuntes, naturalmente, están dedicados al sindicato, a su CGIL. Con algunas observaciones válidas incluso hoy día. Como las relativas a quienes afirman que “un sindicato se define por la cantidad de convenios que firma, porque un sindicato que no contrata está destinado a desaparecer”. Una idea, señala Trentin, que refleja “la ideología de un estamento burocrático desinteresado de los contenidos específicos del conflicto social y que identifica el medio (uno de los medios) asociado a la acción como el fin de su (del estamento burocrático) existencia y de su legitimación: tantos convenios, sean lo que sean, tanto prestigio profesional y tanto poder.” Con un “acusado descenso cultural en la capacidad de análisis de la sociedad contemporánea, de las transformaciones y de las desarticulaciones del conflicto de clase y de las nuevas subjetividades que se abren camino.” E insiste Trentin: “No hay nada tan viejo y rancio como este redescubrimiento del convenio como fin en sí mismo, sin objetivos y sin reglas, sin una escala de valores, sin jerarquía de prioridades, ¡sin gradualidad! Y no hay nada más patético que ver reafirmar esta primacía del convenio sin objetivos, invocando las virtudes de un sindicalismo pragmático, no ideológico, sin tabúes, sanamente innovador y, por qué no, reformista; cuando es solo la última trinchera de grupos burocráticos descualificados que confían su propia supervivencia a los mass media y a la benevolencia de sus interlocutores formales.”

Sería necesario, en cambio, afrontar “los problemas de la organización del trabajo que cambia, de las profesiones que se transforman, de las nuevas tecnologías y de su errática adaptabilidad a los cambios del mercado, así como de sus nuevas posibilidades de predeterminarlo.” Porque “el convenio es un término que no tiene sentido cuando nos confrontamos con el Gobierno y el Parlamento sobre una reforma fiscal o sobre una política multiforme de creación de oportunidades de trabajo, donde intervienen variables orgánicamente sustraídas a la negociación (por razones políticas y por razones técnicas).” Lo mismo sucede en la empresa “cuando se trata de inversiones, de organización del trabajo, de lucha contra la nocividad; donde el elemento de la experimentación predomina sobre la posibilidad de previsiones ciertas.” Por esa razón no espanta a Trentin “la práctica de la concertación, o si se quiere del intercambio de voluntades, de intenciones, de comportamientos, de disponibilidades con una verificación a posteriori, que cada vez más está destinada a sustituir el intercambio de cantidades ciertas (trabajo por salario).”

El puzzle de la izquierda

Las acusaciones relacionadas con la izquierda política son insistentes: “La izquierda sencillamente no ha visto la transformación arrasadora que se ha operado en estos años en el campo de los derechos, en las posibilidades de gobierno de los trabajadores organizados en función de su condición y de su prestación, en las posibilidades mismas de conocimiento de su devenir. Ha afrontado, mal, la batalla para defender 40.000 liras en la escala móvil, sin rozar apenas la cuestión del derecho de negociación, de su autonomía y de su sustancia; sin ser consciente del hecho de que toda la cuestión de la condición de trabajo, de la que en realidad, incluso desde el punto de vista sindical, el salario es una variable dependiente, era sustraída en grandísima parte al gobierno consciente de la negociación colectiva: todas las conquistas de finales de los años 60 fueron eliminadas, en tanto que superadas en sus contenidos específicos (indefendibles e inservibles), y después negadas, sin relacionarlas para nada con los poderes conectados a ellas. La condición de trabajo (tiempo, conocimiento, esfuerzo, salud, estructura de la retribución) ha vuelto a la categoría de tierra de nadie en el mejor de los casos, y en muchas circunstancias a la de tierra del patrón, del manager, de las tecnoestructuras que la administran discrecionalmente a cambio de alguna concesión marginal de naturaleza salarial (que no incide en la estructura del salario, ni en el poder creciente de las empresas también sobre este).”


“No podemos seguir sacrificando el hoy al sol del porvenir. Pero sí podemos hoy abrir rendijas de luz; demostrando aquí y ahora que es posible, aunque sea en un solo punto, transformar lo existente, y de ese modo, la condición de la persona, su oportunidad de autorrealizarse incluso a partir de un estado de marginación…”


Son muchas las polémicas en relación con otros exponentes de la izquierda. Como cuando escribe sobre una “degeneración sobre todo intelectual de tantos viejos amigos, su encuentro mortal con jóvenes cínicos y lúdicos… Ellos son la caricatura, un poco obscena, de una involución que afecta también a otros compañeros que me son todavía más queridos: la fuga hacia la retórica imaginaria, el lenguaje del libro «Cuore», el énfasis de las palabras cada vez más pobres de significado, de tensión de búsqueda…”

Es una izquierda que Trentin considera en desbandada: “piezas de un puzzle que se ha desarmado”. Y algunos, añade, deberían “recomponer –para sí mismos– un puzzle que dé sentido –siquiera modesto, pero cierto─ a la propia existencia.” Ciertamente “la reconquista de una cultura política de los programas puede abrir un nuevo capítulo en la historia de la izquierda en este país, pero no resuelve ese problema…” Y aún: “No podemos seguir sacrificando el hoy al sol del porvenir. Pero sí podemos hoy abrir rendijas de luz; demostrando aquí y ahora que es posible, aunque sea en un solo punto, transformar lo existente, y de ese modo, la condición de la persona, su oportunidad de autorrealizarse incluso a partir de un estado de marginación…”.

Precarios y futuro

Se abren, para un Trentin previsor, ante los sindicatos y la izquierda, a propósito de la fragmentación del trabajo, dos caminos: ”o bien reseguir el calvario del laboratorio español con su precarización difusa que amortiza juntamente competencias y derechos y crea, con el desempleo masivo estabilizado, una destrucción creciente de riqueza humana y profesional; o, por el contrario, saber rediseñar, con la participación consciente de los nuevos sujetos, el mercado de trabajo, mediante la experimentación de nuevas reglas y de nuevos derechos, de nuevas certezas… También la empresa moderna deberá cada vez más confrontarse con una contradicción extraordinaria: la existente entre la necesidad de promover una participación inteligente del trabajo ‘ejecutivo’ en el gobierno y el control del proceso de producción, e implicar al trabajador en una serie de competencias y de intervenciones que rebasan los contenidos de una prestación meramente ejecutiva; y de otro lado, la creciente inseguridad, no sobre la duración de la relación de trabajo, sino sobre la definición del proyecto al que aquella debería vincularse, y sobre los derechos y las prerrogativas, más la retribución, que le corresponden.”

Foto de Raúl Pilato para Asamblea de Cooperación por la Paz

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El obrero de Bérgamo

He citado solo algunos fragmentos, significativos para mí, extraídos de los diarios. Quiero terminar con esta reflexión particular suya, escrita después del acuerdo de 1992 que superaba la escala móvil: “He recibido una carta de un obrero de Bérgamo, que sabiendo muy bien que me hería personalmente, ha querido devolverme a mí en persona su carné sindical. Y me ha hecho sufrir mucho también porque he comprendido la autenticidad de su gesto e incluso de su crisis personal, y he sentido al mismo tiempo la rabia de no poder transmitirle mi desesperada confianza en una batalla dura, larga, marcada también por derrotas dolorosas, pero capaz de salvar un futuro para la izquierda de este país: una batalla de la que solo él podría ser el protagonista consciente, incluso si en su ayuda acudiera únicamente la razón, la opción razonada de la solidaridad de clase, para mantener abierto un pasaje a la posibilidad de que esta solidaridad se transforme mañana en un sujeto político capaz de construir, de proyectar, y no solo de defenderse. No existirían ya grandes ideales, milenarismos, imágenes fantásticas capaces de suavizar las cuitas cotidianas. No habría ya certezas. Y yo siento que mi lenguaje, mi memoria, mi mismo modo de pensar se han hecho cada vez más difíciles de transmitir, a menos que los mimetice utilizando la demagogia o el transformismo. Han pasado decenios, no solo desde 1969 sino desde los años 50, cuando la solidaridad y la unidad eran el objetivo y el sueño de una minoría decidida, que conseguía infundir confianza, encontrar fuerzas para resistir; no para la supervivencia de cada cual, sino para la salvaguarda de algunos valores que la crisis del comunismo ni siquiera ha rozado. Y esos decenios, esa memoria, sencillamente no existen para millones de trabajadores en la Italia de hoy: por la razón, también, de que han aparecido los buitres, los aventureros de la política que contribuyen a borrar incluso las huellas de esa memoria para poder manipular el extravío, la descomposición de la unidad de clase, la guerra entre trabajadores, y para cabalgar en todas las revueltas contra la solidaridad de clase, ennobleciéndolas como expresiones creativas de la democracia de base, para someterlas a sus aventuras políticas, que no tienen ni siquiera la grandeza de la apuesta por la victoria posible de una utopía autoritaria, sino solo la ambición mezquina de poder pesar –desde posiciones de mando– en el mercado político.”


No existirían ya grandes ideales, milenarismos, imágenes fantásticas capaces de suavizar las cuitas cotidianas. No habría ya certezas. Y yo siento que mi lenguaje, mi memoria, mi mismo modo de pensar se han hecho cada vez más difíciles de transmitir, a menos que los mimetice utilizando la demagogia o el transformismo


Ahí están. Son palabras escritas a mano, con tinta negra, por Bruno Trentin, en uno de sus numerosos cuadernos, hace más de 20 años. ¿No hablan también a nuestros inquietantes tiempos?

[Artículo publicado originalmente en Strisciarossa. Traducción de Pasos a la Izquierda]

 

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Bruno Ugolini. Periodista desde los años 60. Ha publicado (en italiano): “Il coraggio dell’utopia” e “Il sindacato dei Consigli”, interviste a Bruno Trentin; “La scommessa del sindacato; “Il tempo del lavoro”; “Parlano le donne lavoratrici”; “Il lavoro che cambia” con Mimmo Carrieri e Cesare Damiano;’ “Vite Ballerine, prima e dopo il jobs act”.