Una mano delante y otra detrás. La esencia del secesionismo y el arte de la prestidigitación

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Por MARTÍN ALONSO

Pablo Juliá

Pablo Juliá

En la escala de los acontecimientos históricos que afectan a colectivos amplios, el proceso secesionista catalán es un fenómeno momentáneo. Apenas si alcanza a la mitad del ciclo vital de la deriva soberanista capitaneada por Ibarretxe, también efímera en esa escala. Por ello, y a diferencia de lo que ocurre con los procesos de longue durée, resulta más fácil en este supuesto identificar los mecanismos sociales que han activado el mencionado proceso. Fundamentalmente se trata en el inicio –es importante tener en cuenta la secuencia temporal a la hora de identificar los escalones causales– de una fabricación social de un paisaje mental. Este paisaje, presentado como definición oficial de la realidad, se caracteriza tanto por lo que fantasea (el espejismo de la Ítaca utópica) como por lo que oculta (la evidencia de la corrupción, el fundamentalismo neoliberal,  la nacionalización de la sociedad de los gobiernos convergentes  con sus dosis tóxicas de supremacismo y victimismo).

El proceso puede en buena medida ser descrito como un ejercicio de prestidigitación: se nos invita a fijar la mirada en un detalle insignificante o ficticio mientras se ejecutan a oscuras la operaciones decisivas. El artículo trata de iluminar las estrategias complementarias de ocultación e invención, sin perder de vista que ningún proceso social de calado se deja apresar en una explicación monocausal ni se agota en el protagonismo de un único actor. Pero sin perder de vista tampoco que los daños colaterales que producen las movilizaciones de cuño identitario son enormes en lo cuantitativo y profundos en lo cualitativo; y de particular gravedad para la izquierda como sabemos desde los tiempos de las uniones sagradas.

[…] porque aquello que toma por sagrado, no es sino ilusión, mientras que lo que considera profano, es la verdad. Mejor dicho, lo sagrado se agranda a sus ojos a medida que se achica la verdad y que se ensancha la ilusión, de manera que el colmo de la ilusión resulta ser el colmo de lo sagrado. Ludwig Feuerbach, La esencia del cristianismo.

No se sabe qué postura debe adoptarse frente a una muchedumbre de fanáticos. Si les tratáis con suavidad os pisotearán. Si se les persigue, se levantarán. El mejor medio de reducirles al silencio es desviar hábilmente la atención del público a otras cosas. ¡Pero jamás debe procederse de forma violente! Solo mediante el desprecio y el ridículo se les puede desacreditar y debilitar. Encyclopédie, voz “Fanatisme”.

Sin embargo, la política de la identidad no tardó en abandonar los círculos de activistas académicos; hoy solo la nueva derecha y el populismo se sirven de su vocabulario culturalista: la identidad nacional ha pasado a ser un componente imprescindible del discurso público, lo cual tiene consecuencias a nivel mundial. En su nombre puede legitimarse toda rebelión conformista, toda expulsión, toda exclusión, toda pretensión de dominio: la identidad se ha convertido en una ficción real. Para los hombres que quieren creer en ella se ha convertido en algo perfectamente real. Detlev Claussen, “Catástrofes civilizatorias, experiencia y teoría crítica de la sociedad”.

En periodos sanos, la política nacional no trata de la ‘diferencia’ sino de lo común.Mark Lilla, “The end of identity liberalism”.

Uno tendría que empezar por una lista larga de considerandos cautelares antes de entrar en materia. Me limito a invitar al lector a guardar la distancia epistémica y mental de seguridad para acometer la exploración de materiales de alto voltaje como suelen serlo los del repertorio identitario.

Ingeniería mental

La explicación del proceso secesionista debe empezar por el orden de lo mental. Un periodista templado como Patxo Unzueta deja estas líneas que sirven de entrante: “En las últimas semanas han aparecido en la prensa catalana referencias a declaraciones ‘en privado’ de dirigentes nacionalistas que nunca asumirían ‘en público’” (El País, 16/03/2017). Este dato apunta a una distorsión perceptual que trenza dos fenómenos: la disociación, mediante la cual son eliminadas del campo visual realidades inaceptables; y la alucinación, por la que se manufactura una realidad de sustitución. Dicho de otra manera, la oclusión-invención como proceso y la  distorsión o impostura como resultado. Son los linderos de la geografía de la posverdad: “Tenemos que engañar al Estado”, aseguró Mas en vísperas del 9N. Unos ejemplos para ilustrarlo.

  1. Estratificación etnosocial. En Cataluña los diez apellidos más frecuentes son por orden decreciente: García, Martínez, López, Sánchez, Rodríguez, Fernández, Pérez, González, Gómez y Ruiz. Juntos constituyen el 13,33% del total. Sin embargo, solo 12 de los 135 diputados del Parlament en la X Legislatura (2012-2015), es decir el 8,88%, los llevaban (uno de CiU del total de 50, ninguno en ERC de 21, ni tampoco en IC-EUiA del total de 13). En ANC y Òmnium Cultural los porcentajes son del 5,33 y el 4,35; entre los ponentes del Simposio España contra Cataluña, el 2,22%. Esta estratificación es consonante con una distribución desigualitaria de estatus (de capital simbólico), como se expondrá más abajo.
  2. Representatividad y mayoría. Entre los mentores del proceso, el argumento del clamor de la calle, la mayoría social y el mandato del Parlament es una constante. Sin embargo, en las últimas elecciones las opciones independentistas no alcanzaron el 50% de los votos. Una minoría que luego fue ‘arreglada’ en la negociación posterior con la CUP, según reconoció Mas, en una fórmula que ilustra la construcción retórica de las mayorías. Hay otros desajustes en la representatividad matemática y callejera. Para la primera baste indicar que de los cuatro redactores del texto secreto de la ley de ruptura dos eran de la CUP, que representa el 8% del voto de los catalanes. Y para la representatividad de la calle esta declaración de Anna Gabriel, de la misma formación, ante la manifestación de policías en Barcelona: “La manifestación del 17 de enero es una amenaza, no a la izquierda independentista, sino a la sociedad democrática” (El Periódico, 18/01/2017). Una declaración que delata el carácter instrumental de las jaculatorias cívico-democráticas: rigen solo cuando van a favor pero se convierten en indeseables si soplan al revés. Y obligan a afinar en las percepciones: ni las cifras de las manifestaciones, ni las urnas, ni los referéndums (tan solicitados por algunos dictadores) son en sí mismos signos de excelencia democrática.
  3. Preferencias y pertenencias. El barómetro 38 del CEO, de 22 de julio de 2016, pone de manifiesto que la opción independentista correlaciona diferencialmente con el lugar de nacimiento (el 60% de los nacidos en Cataluña son favorables mientras que el 71,5% de los nacidos fuera, incluyendo la Comunidad Valenciana y Baleares, son contrarios) y con la lengua (el 76,8% de los que hablan habitualmente catalán son independentistas, mientras que el 72,6% de los que hablan habitualmente castellano son partidarios de mantenerse dentro de España). Significativamente, para la primera variable, el 66% de los nacidos en otros estados de la UE prefieren la opción autonomista, y para la segunda, los bilingües son mayoritariamente autonomistas y los que tienen lenguas diferentes al castellano y el catalán, la opción continuista dobla a la independentista (59% frente al 31,8%).
  4. Predicamento ¿internacional? Entre los escasos avales internacionales que ha logrado espigar el proceso figuran en lugar muy destacado las repúblicas bálticas. No las caucásicas ni las célticas ni las nórdicas. Las bálticas. Esto despierta la curiosidad porque no se aprecia a primera vista un parentesco intuitivo entre estos dos lugares. Y la curiosidad descubre algunas pistas para rastrear la inseminación báltica del catalanismo. Por ejemplo, que la segunda vía por la independencia se diseñó siguiendo la inspiración de la Vía Báltica. ¿Cómo viajó la inspiración desde el Báltico al Mediterráneo? Xavier Vinyals había participado en 1989 en aquella experiencia “por simpatía a un pueblo que exigía el derecho a la autodeterminación”. ¿Cómo pudo un particular, uno, inspirar un movimiento de masas de la magnitud de la segunda Diada histórica en 2013? Vinyals no es un particular corriente: preside la Plataforma Pro Seleccions Esportives Catalanes y, sobre todo, es cónsul honorario de Letonia en Barcelona (lo fue hasta septiembre de 2016, cuando el gobierno español le retiró la credencial por haber colgado una estelada en la sede del consulado). En compensación pasó a la vicepresidencia del Comité Olímpico Catalán (COC). En la Diada de 2013 afinó en las semejanzas entre ambos acontecimientos: “Es un movimiento de base, del pueblo. […] Evidentemente hay un liderazgo político, pero se trata, por encima de todo, de un movimiento del pueblo” (El País, Cataluña, 12/09/2013). De un pueblo, sospechamos, que estaba bien informado de la situación de las repúblicas bálticas en 1989. Y algo más a propósito del pueblo. Vinyals mantiene una íntima amistad con Mike Pence, el vicepresidente de Trump (eltriangle, 02/02/2017); de modo que muy bien podría estar pensando en un sucedáneo transatlántico de vía catalana, lo que sí sería un aval potente para el proceso, aunque fuera con el marchamo no precisamente ejemplar en términos de octanaje democrático de Trump.

Sigamos. El cónsul honorario de Estonia es Josep Lluís Rovira Escubós, ejecutivo de diversas empresas, presidente de PIMEC, consejero de la Caixa de Estalvis i Pensions y adjunto a la Presidencia del FC Barcelona. Rovira posee diferentes negocios en las repúblicas bálticas, es administrador de la empresa The Baltic General Investment Corporation, donde le acompaña Xavier Vinyals, y está en posesión de la Gran Cruz de Terra Marana de IV clase de la República de Estonia. El vicecónsul es uno de sus hijos. Rovira fue uno de los inculpados en el caso Casinos. (Todo esto lo cuenta Rafa Burgos en L’orgia diplomática. Ambaixadors i cònsols al descobert). Rovira Escubós recibió la Cruz de San Jordi. Precisamente en 2013, el año de la Vía Báltica.

Sigamos. El cónsul de la República de Lituania era hasta hace poco Jordi Sumarroca, detenido como figura principal del 3% en el “caso Sumarroca” o “caso CatDem” (crónica global, 21/10/2015). Sumarroca obtuvo importantes contratos para las empresas Comsa y Emte en la modernización de las infraestructuras letonas. Sumarroca también preside Teyco, cuya sede se encuentra en el mismo edificio que el consulado de Letonia. Informes de la Guardia Civil apuntan a que algunos de los imputados (hay una alta representación de cónsules honorarios próximos a CDC) habrían canalizado el dinero de las comisiones a cuentas bancarias no identificadas vía valija diplomática. Sabemos que Jordi Pujol Ferrusola, aunque no consiguió comprar el consulado honorario de Gabón, pudo sacar su dinero de España mediante un funcionario gabonés que utilizó para ello su inmunidad diplomática cuando la Fiscalía Anticorrupción le pisaba los talones (http://www.elconfidencial.com/espana/cataluna/2017-03-26/consules-honorarios-barcelona-pujol-gaspart_1349798/).

Tenemos pues la jugada perfecta que combina oclusión (el 3%) e invención (el aval internacional báltico), evasión fiscal y excitación nacional como piezas complementarias, lo que luego denominaré etnonacionalismo. Y una sugerente hipótesis sociológica para las afinidades báltico-catalanas.


La dialéctica entre oclusión y espejismo es sintomática porque expresa un componente esencial de la retórica identitaria: la dualidad en sus diferentes formas que remite a un antagonismo axiológico y maniqueo


Para el lado del espejismo, la figura más representativa es la utópica Ítaca hacia la cual declaró haber puesto rumbo hace ahora seis años un timonel que ha perdido el timón (Mas), el barco (CDC; como el UKIP) y el copiloto (Oriol Pujol). La metáfora se resiste a la traducción literal, “país nuevo” es uno de los intentos, como reflejaba el cartel gigante de La Pedrera en 2014: “Volem fer un pais nou”. La facilidad de palabra de Puigdemont proporciona uno de los ejemplos más nutridos: “[2017] Es el año en que acaba un proceso y empieza una nueva era en la historia de Catalunya, una era de una Catalunya rotundamente libre, más próspera, más justa, más solidaria y más democrática, puesta al servicio del ideal de la mejora del mundo” (La Vanguardia, 17/01/2017). Un año después, el profeta ha abandonado el barco y lanza sus prédicas tuiteras desde tierras lejanas; la nueva era ha migrado con él.

El oasis y su trastienda

La dialéctica entre oclusión y espejismo es sintomática porque expresa un componente esencial de la retórica identitaria: la dualidad en sus diferentes formas que remite a un antagonismo axiológico y maniqueo. El Ebro es una línea mental que separa dos continentes antitéticos, polares, antónimos. A un lado están los nórdicos, demócratas, cívicos, europeos, íntegros, excelsos, pactistas, progresistas y dialogantes. “En España se manda por cojones y en Cataluña, por razones”, en palabras de Eduardo Reyes, diputado autonómico de JxSí y expresidente de Súmate. “En el caso de Cataluña y España, sólo una de las partes es demócrata, la catalana. La otra es totalitaria, arrogante y despótica”, remacha el articulista Víctor Alexandre. “D’ètica i moral en parlarem nosaltres, no ells”, sentenció el catalán más honorable. ¿Ellos? Ellos son los inmorales, los de la jugada indigna. Pero también los retrasados, los menos, los que ni siquiera saben apreciar donde está la superioridad. Así se trasluce en la frase memorable de la excomunista y presidenta de Òmnium Cultural Muriel Casals cuando unos padres pidieron la escolarización en castellano: “Estos padres están maltratando a sus hijos”. En última instancia el proceso se define como el enésimo pero definitivo intento de librarse del yugo carpetovetónico (neofranquista, mesetario), un intento que se resume en la Ítaca del Estado propio (la lengua propia, la cultura propia, la ciudadanía propia y los partidos políticos propios). La patrimonialización de lo valioso es un rasgo estructural de las lógicas identitarias. Las diferentes versiones de alt-right coinciden en este supuesto: nosotros primero. Para decirlo con el axioma en flamenco de CD&V (Cristianodemócratas y flamencos): Wat we zelf doen, doen we better (“Lo que hacemos nosotros [flamencos] solos, lo hacemos mejor”). “Los pueblos con identidad tienen propensión a hacer las cosas bien”, aseguraba Ibarretxe en sus tiempos mesiánicos. En la visión autóctona, los etnocatalanes tienen más y mejor identidad; y en ese mejor va, sorprendentemente  y por eso ha sido asimilado por una parte de la izquierda, la idea de que Cataluña es de izquierdas y España/Madrid, de derechas cuando no franquista. Pero basta recordar para afinar en la medida y fijar los contrastes que en Cataluña de los 38 años que separan 1980 y 2018, la derecha ha gobernado 31; y en el paréntesis del tripartito, la política cultural no mostró ninguna discontinuidad porque quedó en manos de ERC.

Sin embargo en esta economía asimétrica de la distribución simbólica hay desde los tiempos de Pujol una serie de prácticas que no acaban de encajar o sintonizar con el patrón de excelencia del modelo catalán, con el tropo del oasis. Dejando de lado aquellas que la acercan a la Tangentópoli, pensemos en las de filiación autoritaria: los perfiles ideológicos, la clasificación de periodistas, las listas negras encontradas en los escondrijos de CatDem, la identificación de jueces aludida por Santiago Vidal, la aplicación para móviles de la Plataforma per la Llengua para que los ciudadanos se conviertan en vigilantes de comercios y establecimientos para “viure 100% en català” (http://cat.elpais.com/cat/2017/03/14/catalunya/1489510061_698959.html), los insultos a la Fiscal Superior con motivo del juicio a Mas, lo que están desvelando los papeles ocultos o destinados a la hoguera sobre los preparativos del último semestre de 2017 y documentos más articulados como Enfocat. Abundan los ejemplos de la lógica macartista que han sufrido de forma sistemática todas las organizaciones no adeptas: Foro Babel, Convivencia Democrática, Centro Libre Arte y Cultura (CLAC), Federalistes d’Esquerres o Societat Civil Catalana (SCC), por citar una muestra. El asalto de ARRAN a la sede del PP este marzo es una manifestación inequívoca de ciertas sensibilidades que, paradójicamente, pero no es una novedad, se denominan antifascistas.


En esta economía asimétrica de la distribución simbólica hay desde los tiempos de Pujol una serie de prácticas que no acaban de encajar o sintonizar con el patrón de excelencia del modelo catalán, con el tropo del oasis


Y la reacción de las autoridades académicas es también elocuente. Hay en esta dirección otras pautas, como la que asigna a las tinieblas del botiflerismo a cualquiera que ose señalar arrugas en el terciopelo de la impecabilidad. Joan Boada y Joaquim Brugué son dos ejemplos. Y para el lado de la pureza democrática, el respeto al pluralismo, la tolerancia y otros atributos de excelencia secesionista, ahí están los destrozos en la exposición de El Born “Franco, victòria, república”, la reacción al pregón de las fiestas de la Mercè o la inflamación cibernética que acabó con la instalación artística Llar del Foc en el Fossar el 11 febrero pasado. Aquí es donde se observa una asimetría de otro tipo –como la que se expresa en el diferente tratamiento de la acción policial el 1-O y  los días finales de mayo de 2011 en la Plaza de Cataluña (https://www.youtube.com/watch?v=EaCtst2E-SU)–: ninguna de estas acciones incívicas alcanzó el interés mediático de la retirada de la fotografías de Santiago Sierra en ARCO en febrero pasado.

El trampantojo y sus muñidores

Ocultamiento e invención son dos caras de un mismo paño. Su opacidad impide apreciar aspectos como el señalado de la estratificación y la desigualdad y otros como la corrupción estructural, la pulsión privatizadora y austericida de las políticas convergentes o la cooptación de los medios al servicio del espíritu nacional; este es un elemento decisivo porque son ellos los que configuran/enmarcan la definición oficial de la realidad. El nombramiento de un perfil tan radicalmente independentista como Vicent Sanchis para la dirección de TV3 es suficientemente ilustrativo de la identificación entre nacional(ista) y público. La pararrealidad es el trampantojo dibujado en el mismo lienzo que vela la realidad incómoda. Se compone de trazos como el derecho a decidir, “España nos roba” (copiado a la benemérita Lega Nord), la coreografía de 1714, el referéndum, las urnas, las elecciones plebiscitarias (si saben ser ventrílocuas), el mandato democrático, los hechos consumados, las argucias normativas, el “no nos entienden”, el efecto Droste a base de recursividad tautológica (una mayoría de diseño –una “pluralidad aplastante”, sintagma a proteger– se convierte en un mandato del Parlament, que a su vez ampara la ley de ruptura, que a su vez…) y, genéricamente, los colores del autoconcepto superlativo o supremacista (“el millor país”; “comptat i debatut, som millors que els espanyols”, en la pluma del periodista, miembro de PDeCAT y de la convergente Fundació Catalunya Oberta, Jordi Cabré). Las brechas en el muro del trampantojo –como las filtraciones de las conferencias de Santiago Vidal, la semiconfesión de Pujol o, sobre todo, el vapuleo de Josep Borrell al vicepresidente y conseller de Economía Oriol Junqueras en el programa de Cuní– son rápidamente colmatadas por los fontaneros de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals (CCMA), a menudo apuntalada por un Consell de l’Audiovisual de Catalunya (CAC), claramente escorado. Las impugnaciones parciales son neutralizadas en el disolvente mágico del mito matriz.

La prestidigitación se presenta a veces sin velo metafórico. En las listas electorales autonómicas de septiembre de 2015, la mano delantera presentó a Romeva (número 1), la de detrás a Mas (número 4) y las dos sacaron luego de la chistera a Puigdemont. El asunto tiene algún parecido con el dominó de candidatos en el candelero desde las elecciones desde diciembre: Puigdemont a distancia, Junqueras o su segunda Rovira, Jordi Sánchez  y un Jordi Turull propulsado en un pleno convocado de urgencia. Los efectos especiales se prolongan en las vueltas de chaqueta o conversiones repentinas.  “Si fuera por CiU, Cataluña sería una gran autopista con centrales nucleares, construcciones y fábricas por doquier, y ni un árbol para dar sombra. Si quieren hacer demagogia, que no se erijan en los defensores de Cataluña”. Son palabras de Raül Romeva, entonces eurodiputado eco-comunista (ICV), seis años antes (El Periódico, 05/06/2009). Le encontramos ahora al frente de la svolta; a la cabeza de esas coreografías efectistas como la procesión de los bastones para arropar a Mas en su primera comparecencia ante los tribunales el 15 de octubre de 2015 o al frente de los cocineros de Diplocat para guisar apoyos internacionales a punta de chequera (El País, 24/03/2018).


El tiempo adquiere una profundidad innegable si se tiene en cuenta la concentración de hitos, giros, cumbres, clímax, momentos decisivos, nuevas eras y finalísimas. Estos dos aspectos explican otro rasgo del proceso: la urgencia. Cada día es un sprint en la noria que obliga a mantener las revoluciones al máximo porque no hay vuelta atrás


Hay, sin embargo, en el discurso mismo de sus promotores ciertos signos que denotan la conciencia de la naturaleza ficcional del trampantojo y de su condición transitoria. (Recordemos la curva del plan Ibarretxe, o que, según el Sociómetro del Gobierno vasco de marzo, los favorables a la consulta han caído 17 puntos, del 74% al 57%, en tres años). Anna Simó, diputada por ERC, secretaria primera de la mesa del Parlament, exconsellera con Maragall y colaboradora en el Consorcio de la Normalización Lingüística, pronunció una de esas frases para las antologías poéticas (“Las mañanas de RNE”, 16/03/2017): “Cada semana es un futuro inmenso”. Si la tomamos al pie de la letra y ponemos el contador en el anuncio de la zarpa para Ítaca llevaríamos unos 312 (52 x 6) futuros inmensos, una eternidad. Pero tiene razón en un punto: el tiempo adquiere una profundidad innegable si se tiene en cuenta la concentración de hitos, giros, cumbres, clímax, momentos decisivos, nuevas eras y finalísimas. Estos dos aspectos explican otro rasgo del proceso: la urgencia. Cada día es un sprint en la noria   que obliga a mantener las revoluciones al máximo porque no hay vuelta atrás. A estos rasgos de apremio el trampantojo añade una nota teológica: la convicción de la omnipotencia perceptible en la idea de que todo es posible y que no hay límites a la voluntat d’un poble –el eslogan de Mas para su campaña à la Moisés de 2012–, en la literalidad de la filóloga Carme Forcadell con envoltorio futbolístico: “Hoy el Barça nos ha demostrado que con esfuerzo y tenacidad podemos conseguir todo lo que nos propongamos”. Un voluntarismo que nutre el decisionismo del derecho a decidir y lo coloca en la estela lóbrega de Carl Schmitt. El sprint responde a la premisa de la urgencia, hay que hacerlo ya. Lo que denota un componente de oportunismo. Oportunismo es dejar flotante la fecha del referéndum inviable para acomodarla a los azares judiciales de Homs, Mas, Forcadell o a alguna improbable ayudita internacional. Aquí interviene otra pieza fundamental: el componente adversarial, que hace descansar el peso de la prueba en los eventuales y esperados errores del antagonista.

En el momento en que se redactan estas líneas, la  sesión del Parlament el 23 de marzo es definida por un editorial de La Vanguardia (23/03/2018) como “una investidura amarga”. El acto es un acta de descomposición del procés en forma de ritual. El editorial habla de una huida hacia delante y de un discurso (de Turull) de resonancias pujolistas. Curiosa paradoja de huir hacia delante con la música de anteayer.  Pero es verdad, como he señalado en otro lugar, que el procesismo no es sino la fase superior del pujolismo. Que ahora se proponga el pujolismo como salida del procesismo ilustra sin necesidad de sofisticaciones hermenéuticas el cierre del círculo. Un cierre que opera a la inversa que la dialéctica hegeliana, no con síntesis cada vez más abarcadoras sino con fracturas cada vez más desintegradoras, ahora dentro del propio espacio independentista. Buen ejemplo de ello es la declaración de la CUP, sumándose al diagnóstico de La Vanguardia al afirmar en boca de su portavoz Carles Riera: “Damos por acabado el ciclo del procés y las alianzas que se han dado durante el procés” (La Vanguardia, 22/03/2018). No lo dice solo la CUP, el goteo de exdirigentes en fuga (siete en este momento) lo expresa de la forma más plástica posible. Aunque, como en el caso de la carta de Marta Rovira, se enmascare en sentimentalismo victimista. En el nutrido repertorio de la tropología del proceso habría que añadir la telekinesia política, reforzada por magia simpática con el talismán del lazo amarillo.  Como depósito de capital simbólico negativo (adversarial), el lazo amarillo es el bote salvavidas para los náufragos que embarcaron hacia Ítaca sin haber preparado la dieta antisirenas de Ulises. No hay mejor ejemplo de esa inversión epistémica que la resurrección de Puigdemont como candidato de unidad nacional por el mero hecho de haber sido detenido por la policía alemana, recalificada ipso facto en la tuitología independentista como nazi de la misma manera que la acción del estado español no puede ser otra cosa que franquista.

La tesis de la causalidad ascendente y transversal

Uno de los trazos más resaltados en el trampantojo es el que subraya que el proceso es el resultado del viento social ascendente que nace en la raíz del hartazgo o la ‘desafección’ popular y asciende hasta la copa. No se puede negar que las Diadas han sido masivas. Pero que tales congregaciones hayan comenzado particularmente en 2012 pone en cuestión, por un lado, la tesis oficial que atribuye la paternidad a la sentencia del TC que invalidaba alguno de los artículos del Estatut, enterrando las movilizaciones del 15M el año anterior. Y por otro, la dificultad de responder a la pregunta por la fecha de nacimiento del proceso invita a considerar una pauta de acontecimientos sin los cuales no se puede explicar la movilización popular. Entre ellos está la publicación del editorial conjunto de los medios catalanes, el 26 de noviembre de 2009, en el momento en que la clase política vivía su peor momento por la confluencia de los casos Palau, Pretoria y las filtraciones de los manejos de la familia Pujol. Una publicación anterior a la sentencia a la que se atribuye el papel de motor del soberanismo en la explicación oficial y que sirve para ilustrar la necesidad de prestar atención a la secuencia temporal. Este escrito, con una cobertura masiva, supone un giro atribucional que desplaza el foco/marco desde la cuestión social (corrupción, recortes) a la identitaria (dignidad nacional, populismo victimista). Sirve por tanto de andamiaje conceptual para el trampantojo.

Pero la cuestión principal es la de la autonomía atribuida a la sociedad civil, expresada en caricatura en la misma externalización de la responsabilidad por el 9N en los voluntarios. ¿Voluntarios que pidieron las llaves de los centros? ¿Que encargaron urnas, ordenadores, programas y toda la logística? ¿Que habilitaron las partidas presupuestarias para ello? ¿Que…? El argumento de la autonomía tiene que enfrentar la realidad del trasiego personal entre las supuestas organizaciones de la sociedad civil y los despachos del gobierno o de las diferentes organizaciones dependientes del nacionalismo orgánico. En este sentido ANC y Òmnium son más organizaciones parapolíticas que civiles; podría hablarse de una sociedad civil subcontratada, una descripción a tono con el rigorismo neoliberal convergente. Por citar un ejemplo reciente, el vicepresidente de Òmnium Cultural, Joan Vallvé, acompañaba al secretario general de Diplocat, Albert Royo, en un acto organizado por Diplocat en Alemania (El Punt Avui, 20/01/2017). Analícese la trayectoria del citado Vicent Sanchis, un hombre del sanedrín pujolista, vicepresidente de Òmnium Cultural y tertuliano aguerrido de la causa soberanista, catapultado a TV3 en lo que el Sindicat de Periodistes denomina un golpe palaciego. O la de Agustí Colomines que resumo a continuación: director de Unescocat (2004-2007), presidente del Institut Linguapax (2005-2008), investigador principal del Grup de Recerca en Estudis Nacionals i Politiques Culturals (GRENPoC), colaborador de Catalunya Ràdio, Avui y El Temps, coeditor de El contemporani y Afers. Fulls de recerca i pensament, copropietario con Vicent S. Olmos de la editorial Afers, miembro del consejo directivo de la editorial Angle, director de la Fundació CatDem (2007-2013; lo que haría esperable su presencia, al menos como testigo, en el caso Palau), miembro de la plataforma Volem. Sobiranistes d’Esquerres per la Democràcia i la Independència y de la Comisión de Conmemoraciones del gobierno, presentador de las actas del Simposio España contra Cataluña, director de la Escola d’Administració Pública de Catalunya (con la vocación confesada de convertirse en la réplica catalana de la legendaria École Nationale d’Administration) y miembro de G-7, el grupo de asesores personalísimos del expresident Artur Mas al menos desde la concepción de la Casa Gran del Catalanisme; a la vez que ejerce periódicamente de atizador del fuego sagrado en la prensa. ¿Causalidad ascendente, pues? ¿Son Colomines, Sanchis, Cardús, Cabré, Torrá, Graupera o Rahola “de abajo”?


ANC y Òmnium son más organizaciones parapolíticas que civiles; podría hablarse de una sociedad civil subcontratada, una descripción a tono con el rigorismo neoliberal convergente


Lo mismo cabe decir del Simposio España contra Cataluña, cocinado por otro ex de la izquierda como Colomines, Jaume Sobrequés, de cuya teledirección política quedan pocas dudas. También de sus intenciones: la legitimación de la parahistoriografía del Tricentenario en un ejercicio de historia militante con pocos precedentes decorosos. El papel de esta parte de la academia cooptada remata el proceso de nacionalización de la educación fraguado por el pujolismo, con la normalización lingüística como ariete. Para culminar la tarea socializadora es necesaria la contribución de los medios, de la prensa pública y la concertada; una prensa en la que funcionaban los “discos solicitados” o “paz por territorios”. El impacto llega hasta figuras de autoridad como el vicedirector de La Vanguardia Enric Juliana, figura principal en la manufactura del editorial conjunto. En una columna escrita en la euforia de la primera Diada masiva escribe (21/09/2012): “Mas está liderando la svolta con aplomo y tiralíneas. Mas no es Ibarretxe. Antes de los idus de febrero es probable que regrese a la Zarzuela y a la Moncloa con un mandato electoral contundente”. Más no consiguió nunca ese mandato contundente y su partido no ha dejado de perder escaños (12 en esa convocatoria), sede y hasta el nombre. Y en el desamparo ha tenido que echar mano del salvavidas del denostado Ibarretxe después de haber sido desplazado del timón por ERC. Juliana fue uno de los consejeros  de Mas en un seminario sobre liderazgo diseñado ad maiorem gloriam a instancias del Centre d’Estudis Jordi Pujol (VIA 22, octubre 2013) y se encontró con él pocos días antes de la redacción del editorial conjunto. ¿Desde abajo?

Si el editorial conjunto es el precursor del procés por cuanto evidencia el éxito de la   nacionalización pujolista y el simposio marca la profundidad de la afección en un lugar tan sensible como la academia, la utilización de la manifestación contra el terrorismo el 26 de agosto de 2017 para la causa (abucheos al Rey y al Presidente de gobierno y profusión de esteladas) es un signo inequívoco de la destrucción operada en el ecosistema social catalán; porque utilizar un hecho tan grave como el mayor atentado terrorista tras el 11M para desautorizar a las autoridades tiene un calado difícil de exagerar y expresa de forma inequívoca la degradación de los indicadores de calidad de esa supuesta revolución de las sonrisas. (Sin entrar porque no es el lugar en el papel de los Mossos en los días en que se produjeron la explosión y los atentados).

El saqueo simbólico etnoliberal

Todas las mistificaciones metabolizan su propia impostura; dicho en términos menos esotéricos: segregan la infraestructura de racionalización que las hace plausibles. Es la burbuja cognitiva. (Hay una disciplina incipiente que se ocupa de este fenómeno, la agnotología). Estas burbujas tiene dos semejanzas con las financieras: responden a un patrón depredador de relaciones sociales y descansan en una mistificación. Lo último equivale a una variante mental de la corrupción: todos los atropellos comienzan con el atropello de la racionalidad, la irracionalidad es el principal problema político porque impide abordar todos los demás. El patrón depredador se refiere aquí al capital simbólico. La elección étnica (la conciencia de superioridad o supremacía, el narcisismo colectivo) es una constante en los credos identitarios, la burbuja cognitiva de la autodefinición colectiva. La lógica identitaria maximiza la oposición: de un lado todo lo bueno, del otro todo lo malo. Se trata de obtener la máxima desigualdad a partir del saqueo de las balanzas simbólicas; una distribución que podría quedar reflejada en un equivalente del coeficiente Gini. Los profetas nacionalistas son tiburones del imaginario. Para una caracterización basada en la identidad ningún statu quo es satisfactorio. Algo tiene que ver con ello el espacio que consumen en la comunicación pública, lo que podríamos llamar por analogía la huella mediática. En la medida en que esa asimetría simbólica se corresponde con las pautas de desigualdad mencionadas al principio, tendríamos aquí un híbrido ideológico novedoso (o no tanto): el etnoliberalismo, que sustenta un reparto desigual en una supuesta ontología diferencial (que acopla el paradigma de la distribución al del reconocimiento descansando esto en la ontología identitaria diferencial). Cat.SA sería una alternativa más para la concreción del país nuevo. La figura del historiador Agustí Colomines, presidente de la Fundación que servía de caja para CDC, a la vez que predicaba la excelencia étnica, es un ejemplo consumado de esta variante postideológica, el etnoliberalismo.


La elección étnica (la conciencia de superioridad o supremacía, el narcisismo colectivo) es una constante en los credos identitarios, la burbuja cognitiva de la autodefinición colectiva. La lógica identitaria maximiza la oposición: de un lado todo lo bueno, del otro todo lo malo


Como escribió Baudelaire, “la más fina astucia del diablo es hacernos creer que no existe”. Es el componente de ocultamiento apuntado. Lo recogido es una parte de esa infraestructura persuasiva que amuebla el imaginario secesionista y que monopoliza todos los referentes valiosos: democrático, cívico, popular y social (desde abajo), transversal (interclasista), transparente, pluralista, tolerante, abierto, cosmopolita, respetuoso con la ley… La defensa perceptual es también de manual: no nos entienden. (Que hace recordar aquella frase suculenta de The Times: “Dense fog in the Channel: Continent isolated for three days” –“Espesa niebla en el canal: el continente aislado durante tres días”–). Una explicación que combinada con el dualismo axiológico mencionado equivale a “no alcanzan a entendernos”. El mito secesionista segrega su propia racionalidad, por eso es inexpugnable; desde dentro porque la pertenencia al endogrupo asegura la lealtad cognitiva y desde fuera porque el propio hecho de la crítica externa convierte al crítico en enemigo; y, por tanto, justifica la geografía dicotómica del muro etnoidentitario. Así funcionan las creencias en los sistemas cerrados. Y los mitos, como expuso Sorel. Hay que decir que a esta confluencia de anarconeoliberalismo y etnonacionalismo viene a sumarse una cierta izquierda imbuida de una suerte de fanatismo antiestatalista, como señalaré más abajo.

El realismo de la voluntad

Y para rematar una reflexión de otra naturaleza precedida de una aclaración cautelar: ninguna de las consideraciones anteriores sirve de agua lustral para las responsabilidades por incomparecencia del gobierno central. Porque hay dos problemas, dos, y no conviene perder de vista que son inasimilables entre sí. Uno es el problema de la explicación del proceso, de cómo se ha llegado a este punto. Es lo que se ha tratado en estas páginas. El otro es el problema social de cómo salir del callejón, de cómo gestionar la tensión generada y colmatar la fractura de la sociedad en dos mitades. Las palabras del presidente dimisionario del Constitucional Francisco Pérez de los Cobos van en la buena dirección. Con independencia del peso de los argumentos en torno al secesionismo, resulta imperativo modular las prácticas para que puedan activarse los canales necesarios para la discusión. Es una recomendación contraintuitiva en la medida en que las lógicas identitarias trabajan en la dirección de ahondar el foso, pero la responsabilidad política y el activismo social tienen la obligación de combatir esta deriva inercial y propiciar un debate respetuoso, con las reglas y con las sensibilidades.

La conciencia de este segundo problema es un imperativo social. Porque es obvio que Cataluña no es Escocia, no voy a entretenerme en glosarlo por conocido y patente. Pero tampoco es Baviera (donde el apoyo a la independencia es minoritario) ni el País Vasco (donde el plan Ibarretxe pese a presentarse como ‘transversal’ –tan desde abajo como el proceso– no concitó una adhesión decisiva) ni Flandes (donde los intelectuales no están por el etnoliberalismo) ni siquiera Padania. En Cataluña, por contraste, la independencia ha dejado de ser una opción minoritaria (es importante la referencia temporal: contra los esencialismos y nativismos y para los dos sentidos, recuérdese una vez más el recorrido del plan Ibarretxe o del fervor independentista de Quebec), tiene detrás a una sociedad civil organizada y en buena medida cooptada y cuenta con la adhesión de una parte no desdeñable de la intelectualidad. Pero, sobre todo, y esto es lo más arduo de desenmarañar, cuenta con un complejo organizativo paraestatal que proporciona muchos empleos bien pagados y cuyas plantillas están dedicadas a asegurar la aceleración del proceso; sin olvidar la función decisiva de la CCMA, con TV3 a la cabeza.


En Cataluña la independencia ha dejado de ser una opción minoritaria (es importante la referencia temporal: contra los esencialismos y nativismos y para los dos sentidos, recuérdese una vez más el recorrido del plan Ibarretxe o del fervor independentista de Quebec), tiene detrás a una sociedad civil organizada y en buena medida cooptada y cuenta con la adhesión de una parte no desdeñable de la intelectualidad


Esta es la razón por la cual no es presumible una trayectoria descendente de la tensión identitaria del estilo de la que experimentó el momento soberanista de Ibarretxe. Acaso viene de allí la preocupación de los interesados por asegurar la temperatura que impida que se desinfle el suflé. Este es un asunto crucial que no suele aparecer en las propuestas de salida y se sustancia en dos exigencias muy concretas: la neutralidad de las instituciones públicas y el uso de los recursos públicos para los fines adecuados (en este sentido es cuestionable que se haya obviado el delito de prevaricación en los casos del 9N). El desvío de recursos públicos es doblemente impugnable, porque se inscribe en el registro de las prácticas caciquiles y porque supone un menoscabo a los derechos del conjunto de los ciudadanos que ven correlativamente mermadas las partidas de gasto social (otra vez el etnoliberalismo). Pero tiene una relación directa con el sesgo que ha tomado el proceso soberanista. No es razonable esperar un tránsito hacia el sosiego mientras haya tantos fogoneros en plantilla. Precisamente cuando la crisis ha convertido en un poderoso aliciente estar en alguna plantilla. En este sentido hay una notable asimetría entre las teóricas partes negociadoras: no hay nada equivalente en la parte a la que se acusa de no comparecer al diálogo.

Con todo, y sea cual sea la explicación de la genealogía del procés, no puede pasarse por alto que en este momento cerca de una mitad de la población catalana quiere replantear su forma de relación con el conjunto de España. De manera que hay que tener en cuenta dos ejes o dimensiones para valorar el estado de la situación. El sustantivo o ideológico: independentismo, con dos valores extremos (+ –) de que ha tratado este artículo. Y el adverbial o procedimental: maximalismo a cualquier precio (+ –). El resultado de este modelo bidimensional (o bifocal) puede reflejarse en una tabla de doble entrada con cuatro posiciones teóricas (teóricas porque hay más y teóricas porque las categorías no contienen una distribución equilibrada de la población entre ellas). Parece claro que la vía de salida debe buscarse por el lado adverbial-procedimental, en aquellas propuestas sensibles al precio social en la determinación de sus preferencias. No parece que sea esta la posición del secesionismo oficial a tenor de declaraciones como esta de Artur Mas el pasado febrero: “Debemos tener un esquema de movilización organizada que ponga muy difícil al Estado impedir el referéndum o que sea enorme el coste para impedirlo”. Esa vía deseable reúne lo que la conflictología nos enseña sobre la manera de afrontar los contenciosos sociales, pero evitando a la vez la oposición frontal en la dimensión sustantiva. El federalismo es aquí la respuesta. Entiendo que en esa dirección es en la que la dirigencia política responsable y la sociedad civil comprometida tendrían que implicarse para facilitar un dénouement que evite lo indeseable.


Con todo, y sea cual sea la explicación de la genealogía del procés, no puede pasarse por alto que en este momento cerca de una mitad de la población catalana quiere replantear su forma de relación con el conjunto de España


Daños colaterales: la democracia, la izquierda, la ciudadanía, el ‘genocidio’, la posverdad

El procés -también la aventura del plan Ibarretxe-, pone de manifiesto que los nacionalismos, como los Balcanes, producen más historia de la que pueden (y podemos) digerir. No hay manera de que pase una semana sin un acontecimiento histórico ni periódico o noticiario que no tenga su tributo al procés. Por unas u otras razones, por cuestiones tan incalificables como las sesiones de primeros de septiembre en el Parlament o tan esperpénticas como las huidas de Marta Rovira, Carles Puigdemont o Anna Gabriel, los focos permanecen indefectiblemente dirigidos a esa esquina sudpirenaica de la Península ibérica. Es una constante que los discursos patrióticos desalojan de la agenda los problemas vitales de las personas; he llamado teorema de Hoffer al fenómeno del desalojo de espacio público de una cuestión social mediante la activación de un marco de acción colectiva identitario. Es un hecho que la cuestión identitaria ha  fagocitado la agenda política, no solo catalana sino española, con el riesgo añadido de que la desbandada de dirigentes consiga si no internacionalizar el procés al menos absorber una parte no desdeñable de la atención y el tiempo de instancias internacionales.

Pero no es lo principal el aspecto cuantitativo (la cantidad de tiempo y recursos que vampiriza) ni siquiera el territorial (la disputa entre supuestos actores enfrentados por la lógica antitética segregada por el nacionalismo), sino el cualitativo. El impacto de las demandas nacionalistas supone un auténtico estrés para el sistema democrático por activa y por pasiva. Por activa, porque el propio nacionalismo busca los puntos débiles de la arquitectura institucional para imponer hechos consumados; cuando el sistema reacciona es tildado de autoritario, represivo o, en todo caso, de baja calidad democrática. Recordemos el epíteto de astuto atribuido como mérito a Artur Mas.  Es el esquema acción-reacción-acción que aplicó ETA. Por pasiva, porque el sistema se ve obligado a concentrar recursos de todo tipo para hacer frente a los desafíos nacionalistas, en detrimento de las necesidades materiales de la población. Por ambos registros el nacionalismo propicia formas de involución democrática; no está de más recordar que el injustificable GAL se justificó como respuesta desde las cloacas del Estado a la presión del terrorismo nacionalista. No es un fenómeno diferencial. Pensemos lo que está suponiendo el Brexit para el Reino Unido, con esa desolación para Brexiters y Brexpats, que tiende a replicarse en estas situaciones de polarización extrema en torno al mástil de la bandera y del mantra de hacer al gentilicio de referencia grande otra vez. Las cuestiones identitarias capturan el Estado de una manera no muy distinta a como lo hacen los grandes conglomerados financieros. Veltroni registra el mismo efecto tras el triunfo del populismo del M5S y la Liga en las últimas elecciones italianas, con el consiguiente descalabro de la izquierda (El País, 26/03/2018).

Pero sus efectos van más allá porque afecta al sistema de elecciones y preferencias; de otro modo, altera la geografía de las posiciones políticas. ¿Cuál es el mensaje más claro de las elecciones del 21D? Antonio Santamaria lo resume sin anestesia: “han supuesto una auténtica debacle para la izquierda independentista y no independentista… el PSC quedó muy por debajo de sus expectativas electorales […] Más grave fue aún el resultado del espacio de los Comunes” (topoexpress, 04/02/2018). No es este el lugar de entrar en el análisis del voto, pero no hace falta mucha sofisticación para dar por sentado que una parte del voto tradicional de la izquierda se ha desplazado a la derecha. No es precisamente culpa de los votantes, como muestra en un guiño un titular: “El Govern utiliza a Colau para vender el procés en las cancillerías internacionales (La Vanguardia, 25/02/2017). Pero no es solo este guiño: la visita de Xavier Domènech a Bruselas buscando apoyo para el referéndum o la apreciación de que la detención de Puigdemont “bloquea aún más cualquier posibilidad de solución”  lo ilustran. Y no son solo los Comunes (huelga hablar de en qué dimensión del mapa cultiva su radicalidad la CUP), como  ilustra la declaración de Iceta a favor de los políticos presos en la campaña. Los Comunes repiten el mantra de que es un problema político, pero no se hacen cargo de que los actos de septiembre en el Parlament o la concentración ante la Consejería de Economía mientras era registrada, así como la preparación de la DUI o el referéndum ilegal, suponen un desafío al propio sistema; de modo que se oponen a las respuestas de las instituciones pero no desautorizan cabalmente las prácticas que obligan a adoptarlas. Una izquierda bastante extendida ha interiorizado el corpus simbólico del nacionalismo –por ejemplo en lo relativo a la ‘ejemplaridad’ del modelo de la inmersión–. Y otra parte de ella  se encuentra de compañera de cama con el nacionalismo en su alergia  a pronunciar el nombre de España. Estas posiciones incongruentes con la escala ideológica denotan a la vez la asunción de una premisa sociológica falsa acaso inconsciente,  a saber, que el nacionalismo es el titular del centro simbólico;  y un desistimiento como corolario; por eso el PSC dejó en manos de ERC la política cultural y de medios durante el tripartito.


Una izquierda bastante extendida ha interiorizado el corpus simbólico del nacionalismo -por ejemplo en lo relativo a la ‘ejemplaridad’ del modelo de la inmersión. Y otra parte de ella se encuentra de compañera de cama con el nacionalismo en su alergia a pronunciar el nombre de España


Algo parecido a menor escala ha ocurrido entre PSE y PNV. La izquierda ha  visto reducida por igual su representación en ambos territorios. Y acaso no está de más evocar algunas lógicas perversas y contagiosas entre ambos extremos de los Pirineos. Recordamos las reacciones de parte de la izquierda a la lucha legal de los poderes del Estado contra ETA, especialmente las motivadas por la Ley de Partidos que ilegalizó Batasuna en una sentencia avalada por el TEDH. Se trata de una sensibilidad de doble rasero porque no se manifestó cuando Josu Ternera fue asignado nada menos que a la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco. Tampoco se manifestó particularmente ni ante los atentados de ETA ni ante fenómenos tan  ideológicamente característicos como los ataques a la librería Lagun o la quema en plaza pública de sus libros. En este punto la izquierda, así como algunas organizaciones de derechos humanos, han mostrado una clara proclividad antiestatalista, de modo que han venido a confluir con otras dos corrientes hostiles al Estado social y democrático de derecho, el anarcoliberalismo de la desregulación y la privatización y el  multiculturalismo posmoderno del culto a la diferencia. En el País Vasco entonces como en Cataluña hoy la tentación nacionalista ha resultado irresistible para buena parte de los movimientos sociales, tan justificadamente críticos para pedir credenciales de autenticidad  a las noticias de los medios convencionales y tan injustificadamente acríticos para comulgar con los preparados del conglomerado nacionalista. El artículo que cerraba la parte de las mesas de debate de las muy oficialistas “Jornadas radicalmente feministas” (Barcelona, 3-5 de junio de 2016) se titulaba “Bienvenidas a la República Feminista Catalana” y titulaba su primer apartado “Un camino para llegar a ser un estado propio”.

La tensión del procés ha producido daños irreparables también a la izquierda de fuera de Cataluña; colectivos implicados en causas tan alejadas del fuego identitario como la inmigración, la sanidad o las pensiones se han fracturado por la cuestión catalana. Mientras escribo se publica un comunicado de Ecologistas en Acción llamando a rebato contra la involución democrática del “estado español” por el arresto de Puigdemont en Alemania. Este comunicado es a su vez expresión del fenómeno bola de nieve promovido desde el foco independentista que consigue hacerse viral, mucho más de lo que lo fueron fenómenos como el desalojo de la Plaza de Cataluña o cualquiera de los apaleamientos que sufrieron los participantes en rodear el Congreso. La diferencia de agudeza visual es igualmente perceptible en la insensibilidad de parte de la izquierda hispánica hacia los elementos de supremacismo y clasismo latentes en la dogmática de los nacionalismos catalán y vasco. Que sobre el primero se haya venido a aceptar la noción de lengua de prestigio, es decir, de la diferencia ontológica entre dos códigos por la adscripción diferencial de estatus, es una muestra de esta perturbación mental. Subrayemos lo principal aprovechando la pluma de José Luis Villacañas: “En realidad, las fuerzas de progreso están desarticuladas por el procés” (http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2018/03/27/escenario/908947.html). Lo vemos en tiempo real: la inmersión de UGT y CCOO en la convocatoria independentista del 15 de abril tendrá efectos a corto (zancadilleando la movilización de los pensionistas) y a largo (sumando efectivos a la desbandada de la afiliación).


La tensión del procés ha producido daños irreparables también a la izquierda de fuera de Cataluña; colectivos implicados en causas tan alejadas del fuego identitario como la inmigración, la sanidad o las pensiones se han fracturado por la cuestión catalana


Pero probablemente el daño colateral más grave provocado por el nacionalismo es el que afecta a la razón, por eso he colocado el título del artículo en este rubro. El cúmulo de mitos, mentiras e invenciones que está propagando el procés es impropio de un espacio con la calidad intelectual de Cataluña; pero ya sabemos que la meteorología política es mudable, como ha mostrado el Brexit y como mostró el final de la República de Weimar o el de la Yugoslavia Federal de la fraternidad y la unidad. Todo lo sólido se disuelve o puede disolverse. Y todo lo racional puede ser desplazado por lo ficticio y los supersticioso en un fenómeno que por analogía podemos denominar una burbuja cognitiva. Los ingenieros del procés –tampoco es este el lugar para explorar hasta qué punto el procés se ha convertido en una suculento yacimiento de empleo y en una forma de vida muy atractiva en tiempos de estrecheces y recortes– no han dejado de fabricar artefactos discursivos ad hoc. Pero los propios políticos han actuado como tales. O su círculo. Recordaré aquí la inspirada tropología de Marta Ferrusola, la madre superiora de una congregación, que solicitaba al reverendo Mosén el traspaso de  dos misales desde la biblioteca propia a la del capellán, avisando de una próxima misiva con indicaciones sobre el lugar exacto donde colocarlos. Sublime. La mezcla de épica y mística ejemplifica bien esa inclinación que denuncia la cita inicial de Feuerbach. Y es un indicador de la extendida presencia de la impostura en la atmósfera del procés.

La regurgitación de un léxico de alto voltaje para describir o realzar las perversidades de España ha alentado una escalada semántica que ya se notaba en el Simposio y tuvo su continuidad en los fastos del Tricentenario simbolizados en las producciones parahistoriográficas de El Born. No lejos de tal inspiración,  un profesor  de Historia Contemporánea y miembro del Centro de Estudios sobre franquismo y democracia acaba de reverdecer la tesis de Josep Benet sobre el genocidio cultural de Cataluña en un artículo titulado: “Did Catalonia endure a (cultural) genocide?” (Journal of Catalan Intellectual History). Blandir un léxico tan connotado es de una gravedad difícil de exagerar. Significativamente, ni el término nacionalcatolicismo ni siquiera catolicismo o cruzada aparecen en el artículo citado ni en otro divulgativo publicado en un diario de  sensibilidad nacionalista (https://www.ara.cat/opinio/francesc-vilanova-retorn-llenguatge-genocida_0_1966003420.html?print=1;21/02/2018). Parece extraño dado el papel legitimador de este léxico. Pero tampoco aparecen citadas figuras ilustres al servicio del franquismo como los cardenales Pla i Deniel y Gomá (el inventor de “la cruzada”) o el confesor de Franco Joan Tusquets (a quien debemos “la conjuración judeo-masónica”), por no hablar de los tercios de Montserrat. Francesc Vilanova parece haber seguido el esquema del etnonacionalismo vasco  convirtiendo  la Guerra Civil y el franquismo en un ataque de España contra la nación respectiva; de otro modo no se entiende la ausencia de estas figuras catalanas en el repertorio de los contribuyentes al “lenguaje genocida”. Todo este discurso parece responder a las demandas de una lógica adversarial que crea capital simbólico a partir de la construcción de agravios y atropellos: somos el mal que nos hicieron (hicisteis). Y que es enrolada en la batalla política del presente pervirtiendo las credenciales epistemológicas de la disciplina. Parece exagerado disputar a los “rojos” la condición de enemigo principal del nacionalcatolicismo; pero uno no es historiador. En cualquier caso todos los argumentos palidecen ante el abuso que supone el recurso al término genocidio como categoría descriptiva para la relación entre dos sujetos artificiosamente construidos para la ocasión. En el artículo Vilanova se queja de la falta de atención de la historiografía española por el asunto, pero ni siquiera cita la tesis a mi entender más elaborada al respecto (Antonio Miguez Macho, La genealogía genocida del franquismo, Madrid, Abada 2014).

La sensibilidad victimista subyacente en lecturas como esta va incluida en el pack del sentir nacional. Pondré cuatro ejemplos y un contraejemplo. Los ejemplos. Empecemos por la importación de la épica del exilio por Marta Rovira y demás prófugos; remedando a los que cruzaban la frontera hará pronto 80 años, los Machado incluidos; la misma Marta Rovira que sin abandonar la caja de violencia victimista y sin coste alguno lanzó sin más precisiones la acusación de que el estado español había amenazado con “sangre y muertos en la calle”.  Sigamos con la performance de las jaulas-celdas circulantes por las plazas de Cataluña desde el Vic original para que los patriotas de pro pudieran experimentar en sus carnes el dolor de un CIE, perdón, de Estremera. (Uno se imagina a los Pujol compungidos practicando ese ejercicio de empatía patriótica). Tercer ejemplo: un grupo feminista ha organizado talleres de cura de traumas para atender los daños del 1-O. Desde este mismo ámbito se han organizado dos iniciativas de solidaridad con Cataluña, la web http://withcatalonia.org y Codepink goes to Barcelona; ambas iniciativas han sido promovidas por una activista andaluza migrada en lo que se nos antoja, de nuevo replicando conductas del abertzalismo, como un ejemplo de hiperadaptación para acomodarse a esa orilla prestigiosa de la identidad.

Último ejemplo, el enrolamiento identitario de una institución tan valiosa como el Memorial Democrático; bien evidente, pese a la  retórica de la prestidigitación idiomática y de la interrogación, en el título de su última exposición: “Une Catalogne indépendante?”, una exposición encargada por Raül Romeva, quien había participado como miembro de ICV, en el coloquio Catalunya en transició (con un sentido mucho más claro para si atendemos al lema de la exposición citada)   (https://ctxt.es/es/20170913/Firmas/15026/machado-historia-memorial-catalunya.htm). Trayectorias como las de Romeva son también un indicador fiable de los daños colaterales del procés. Y ahora el contraejemplo: en noviembre del año pasado el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña obligó al Ayuntamiento de Santa Coloma de Cervelló a retirar una placa-dedicatoria de una calle; la intervención del Tribunal se debe a que el Consistorio se negó a retirar esa misma placa a instancias de la delegada del gobierno en 2012. La placa contenía unos detalles biográficos y se cerraba con un “patriota catalá”. Se trataba de Jaume Martínez Vendrell, condenado como cómplice del asesinato de José María Bultó en 1977, al hacer estallar un artefacto explosivo en su cuerpo. Vendrell era miembro del Exèrcit Popular Catalá (EPOCA), responsable de otros asesinatos. La placa fue instalada en 2002.


El daño más duradero y acaso también más evidente imputable a los estrategas del procés es el causado a la convivencia, la fractura comunitaria, con esos procesos de exclusión más o menos sutil –es difícil identificar el punto en que empieza la violencia pero no se puede aceptar el relato de la tan cacareada impecabilidad– de estigmatización y exclusión de los no conformes


Este discurrir y estas prácticas son parte inseparable de la construcción retórica del procés, presentado como modelo de movilización por su carácter transversal, democrático, popular, etc. El independentismo es incomprensible sin esta labor intensiva y extensiva de montaje y trucaje léxico (http://ctxt.es/es/20171213/Firmas/16693/martin-alonso-zarza). A resultas de lo cual el 155 es como las vísperas sicilianas o la conferencia de Wansee, y Puigdemont la variante hispánica condensada de Gandhi, Luther King y Mandela. Pero el trucaje deja de ser metafórico cuando el look borroka se metamorfosea en el de modosa burguesa  en el tránsito de lo ibérico a lo helvético, como hemos visto con Anna Gabriel, también de origen andaluz. Una tierra de origen que en esta lógica binaria es responsable de la opresión catalana, en un ejemplo inédito de colonialismo invertido. Sin estos fenómenos de distorsión resulta imposible comprender cómo el apoyo a la presidencia de Puigdemont se inflama precisamente cuando con su detención tal cosa deviene imposible. Y cuando los barruntos de superioridad épica han quedado anegados por su prosaica detención gracias a la acción de un Estado al que desprecia, más por débil que por autoritario. Un Puigdemont heredero del astuto Mas y sin duda sobreconfiado en su carrera de burlas a la legalidad como ocurre con todas las patologías umbilicales. Al referir estos detalles uno debe recordar las líneas iniciales y además debería incorporar cada tanto un prudencial horresco referens; hasta tal punto cuesta creer lo que se describe.

Pero los efectos de estas prácticas, que tantas afinidades guardan con la posverdad de la alt-right, no se limitan, como se ha dicho, al ámbito discursivo y de las percepciones. El daño más duradero y acaso también más evidente imputable a los estrategas del procés es sin duda el causado a la convivencia, la fractura comunitaria, con esos procesos de exclusión más o menos sutil –es difícil identificar el punto en que empieza la violencia pero no se puede aceptar el relato de la tan cacareada impecabilidad– de estigmatización y exclusión de los no conformes. Y con esa incomunicación de facto entre aquellos sectores de la academia que tendrían que poder debatir sobre estos asuntos.  Pero tampoco esto parece ser percibido por la lente habitualmente  afilada de ciertos sectores de la izquierda y los movimientos sociales. Distraídos acaso por el trajín de manos y misales. Está resumido en la cuarteta de Sánchez Ferlosio: “Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos; / vendrán más años ciegos / y nos harán más malos”. La crisis y la corrupción nos trajeron la ceguera del procesismo, el procesismo nos garantiza, no los días de gloria y redención republicana que predica la nueva izquierda, sino la persistencia del infierno neoliberal.

 

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Martín Alonso. Autor de El catalanismo, del éxito al éxtasis. 3 volúmenes, Barcelona,  El Viejo Topo, 2014 – 2017.

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