Mini-Crónicas Catalanas 2017

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Por ANDREU CLARET

Nota previa de PASOS A LA IZQUIERDA. El periodista Andreu Claret ha venido publicando en su muro de Facebook una serie de mini-crónicas sobre la última fase del procés de Cataluña; concretamente hemos datado desde el 5 de octubre hasta el 3 de noviembre. Por su interés, coyuntural al ser notas escritas a la vez que iban pasando los sucesos, pero precisamente por eso cargadas de sentido, nos parece interesante agruparlas y publicarlas en nuestra revista así, sin corregir ni esperar al paso de los tiempos para comprobar su corrección o fidelidad. Son eso, destellos de unas jornadas cargadas de incógnitas pero, a la vez, analizadas desde una mente acostumbrada al análisis político y social. Acercamientos a un proceso social inédito y sorprendente.

Aunque constituyen una suerte de terapia, intentaré escribir estas breves crónicas con la cabeza. Lo hago en castellano para facilitar el diálogo con quienes también reclaman soluciones políticas desde el resto de España. Sin ellos, las cosas aún estarían peor. Ahí va la primera.

1 (5 de octubre)

ARMAGEDÓN. Si no acatáis la ley, esto será Armagedón (Apocalipsis, Cap. 16, vers. 16). Es lo que pretendía, sin ambages, el discurso del Rey. De acuerdo con los resultados del referéndum, habrá DUI en los próximos días, dijo Puigdemont a la misma hora, en la BBC. Armagedón dejaba de ser una figura bíblica. La bolsa se desplomó, Europa alucinó y mucha gente se acojonó. Yo también. Anoche, Puigdemont matizó. Habló con la puerta abierta y ni siquiera pronunció la palabra maldita. Muchos independentistas lo vieron como un ardid para cargarse de razón y puede que sea sólo esto. El gobierno y los diarios de Madrid lo interpretaron como un ejercicio de cinismo. En Catalunya, mucha gente le escuchó con expectación. Yo también. ¿Habrá mediación? ¿Intervendrá el Papa? ¿Evitaremos la catástrofe? Nadie lo sabe. En todo caso, prefiero pensar que hoy estamos algo mejor que ayer. Para los cristianos, Armagedón es el fin del mundo. Para los musulmanes es una lucha entre las fuerzas del bien y las del mal, encabezadas por Gog i Magog. Una larga lucha que dura mil años. Con un final incierto.

2 (6 de octubre)

LA BURGUESIA, TARDE Y MAL. Ahora, todo son prisas. El Sabadell, La Caixa y otras empresas del IBEX se plantean mover la sede fuera de Catalunya. La política todo lo aguanta, pero el dinero no. Y el de los bancos aún menos. Como ciudadanos, habrá quien califique a estos banqueros de ‘botiflers’. Como clientes, su decisión genera confianza. Tanto da si hablamos de fortunas de Pedralbes como de libretas de jubilados de Sant Joan de Vilatorrada. Sin las transfusiones del Banco Central Europeo, ningún banco puede sobrevivir. Y esto es lo que les ocurriría a los bancos catalanes al día siguiente de que una DUI efectiva nos dejara fuera de la Unión Europea. Digan lo que digan Junqueras y Sala-i-Martin. Los banqueros lo sabían desde hace mucho tiempo. ¿Por qué han tardado tanto en advertirlo? El silencio que ha mantenido hasta ahora la gran burguesía es un misterio. O no tanto. Puede que sea un rasgo histórico. Ferran Soldevila ya escribió, en 1954, que ‘su tótem debería ser el gato, no por lo que Baudelaire descubrió de este animal misterioso y voluptuoso, sino por lo que tiene de reservón, desilusionado y oportunista’. Han actuado tarde y mal. Una advertencia enérgica formulada hace un año habría enriquecido el debate sobre los pros y los contras de la independencia. Una decisión tomada deprisa y corriendo no hace más que encrespar los ánimos.


El silencio que ha mantenido hasta ahora la gran burguesía [catalana] es un misterio. O no tanto. Puede que sea un rasgo histórico


3 (7 de octubre)

ALTO EL FUEGO. Es lo que ha propuesto el Conseller Vila. A mí me ha gustado. Mejor llamar las cosas por su nombre. Como periodista he vivido algunos altos el fuego. En Centroamérica, en África y en el Próximo Oriente. Unos conducen a la paz y otros son estratagemas para ganar credibilidad, acumular fuerzas y lanzarse a la yugular del adversario con más ahínco que antes. Creo que Vila busca abrir un espacio de dialogo. Algunos independentistas han puesto el grito en el cielo. Lo han interpretado como un gesto de debilidad. ¿Por qué ahora, dicen, cuando estamos a punto de tocar el cielo? ¿Por qué no seguir adelante con la DUI? Es un tópico, pero los extremos se tocan. La prensa más desabrida de Madrid también ha celebrado una supuesta debilidad de Puigdemont que ha sumado a la fuga de bancos y empresas, y al pavor que provoca en medio mundo la idea de una DUI. Se equivocan. El gobierno catalán ha cometido muchos errores, algunos inexcusables, pero la capacidad de movilización del independentismo sigue intacta. El cabo lanzado por Vila no es una bajada de pantalones. Es una oportunidad. Y estas oportunidades no suelen durar mucho. En navidad del 1914, soldados británicos y alemanes decidieron echar un partido de futbol en vez de masacrarse con obuses durante unas horas. Cuando el alto mando se enteró, la guerra se reanudó. Terminó cuatro años más tarde con casi 20 millones de muertos y desaparecidos.

4 (8 de octubre)

LA VEREMA. Si sou de pagès o heu participat mai en una verema, sabreu que l’èxit de tot plegat depèn del moment de la collita. Un raïm abundant pot resultar àcid si el collim massa aviat i es pot malmetre si esperem més del compte. Tan delicat és recol·lectar-lo en el moment oportú que, en algun sindrets, s’escala la verema d’una mateixa vinya segon sels grau de maduració dels ceps. Doncs en política passa el mateix. Si fem curt, ens podem quedar per sota de les expectatives. Si ens passem, podem perdre oportunitats que trigaran anys en tornar-se a presentar. I si esperem massa, pot caure una calamarsada i deixar els ceps erms. Quinés el moment de la collita en política? That’s the question. És la pregunta cabdal de tota estratègia. Aquella que pot fer guanyar o perdre la batalla decisiva. És la que se li presentarà el dimarts al president Puigdemont. Haurà de decidir si ha arribat o no el temps de la collita. No cal ser independentista per reconèixer que ha aconseguit victòries importants. Algunes inimaginables fins fa ben poc. Però estem a l’octubre i queden pocs dies. Molt pocs. Alguns pagesos practiquen la verema tardana, aquella que permet collir un raïm dolcíssim apropiat per produir malvasia i altres vins generosos. És la més delicada, perquè venen tempestes que poden enviar a fer punyetes les victòries més treballades.

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5 (9 de octubre)

EL PSUC. Al ver la manifestación de ayer me di cuenta del drama que ha supuesto para Catalunya la desaparición del PSUC. Veo al personal muy entretenido con el recuento de manifestantes o con las fakenews que inundan las redes, a falta de argumentos. Lo cierto es que había mucha gente y que la mayoría eran de aquí. Muchos venían de lo que antes llamábamos el cinturón rojo de Barcelona. Yo no recuerdo nada igual. Y supongo que muchos jóvenes se preguntan de dónde salen tantas banderas españolas. Algunos deben alucinar al ver que la inmensa mayoría eran, por así decirlo, gente normal, que también portaban senyeres, y esteladas europeas. A mí no me sorprendió. Conozco esta Catalunya. La frecuenté en los años del PSUC y aprendí a quererla. Con ellos conquistamos la libertad. Y el Estatuto de Autonomía. Sin ellos, no hubiera sido posible. El viernes, me encontré con Luís Romero. ¿Se acuerdan de él? Aquel obrero de la construcción al que pusimos en un cartel electoral, con las manos abiertas. ‘Mis manos: mi capital’. Luis sigue igual. Fiel a sus ideas. Hoy sufre. Sufre por Catalunya. ‘Hay mucha división, Andreu, mucha’, me dijo. Le di un abrazo. Pensé que exageraba. Y el domingo vi la manifestación. ¿Que hemos hecho? Maldecí el día en que nos cargamos el PSUC, entre todos. De aquellos polvos estos lodos. Espero que los políticos sean capaces de escuchar a Luis Romero. Es un hombre bueno y sabio. Cuando salió elegido concejal, renunció para seguir trabajando en CC.OO. Hoy nadie renuncia a nada.


Yo no recuerdo nada igual. Y supongo que muchos jóvenes se preguntan de dónde salen tantas banderas españolas. Algunos deben alucinar al ver que la inmensa mayoría eran, por así decirlo, gente normal, que también portaban senyeres, y esteladas europeas


6 (10 de octubre)

ESLOVENIA Y LA INDEPENDENCIA. En los tiempos que corren todo vale. Mientras un pirómano del PP solivianta al personal mencionando a Companys, los lideres independentistas se miran en el espejo de Eslovenia para proponer una DUI por entregas. Eslovenia es un país que conozco bien. Desde los últimos tiempos de Tito hasta el pasado mes de setiembre, habré estado siete u ocho veces. A primera vista, la comparación con Catalunya es inevitable. Es un país mediterráneo pero que mira ‘nord enllà’, la mitad del nuestro, y con unas clases medias liberales hegemónicas. Aquí acaba la comparación. Quienes aluden a la vía eslovena como modelo para conseguir la independencia de Catalunya tuercen la historia deliberadamente. Liubiana empezó su proceso cuando Yugoslavia estaba en la UCI. España es la quinta economía de la UE y algo así como la décimosegunda del mundo. El proceso esloveno comenzó con el voto a favor de 187 diputados y el voto en contra de uno. El Parlamento catalán está partido por la mitad. La sociedad eslovena estaba unida, casi sin fisuras. La catalana está fracturada. Cuando los eslovenos votaron, los síes alcanzaron el 88% (más o menos como aquí) pero la participación había sido del 90,3%. El doble. Algunos llevan la comparación hasta sus últimas consecuencias: la violencia (o la guerra) que abre las puertas del paraíso. Es el viejo adagio de cuanto peor mejor. Una insensatez. En todo caso, conviene recordar que Belgrado intervino con unas fuerzas armadas divididas y desmoralizadas de 22.000 soldados. Las fuerzas de defensa territorial y la policía eslovenas superaban los 40.000 efectivos. Occidente estaba con Eslovenia y Croacia. Rusia estaba con Serbia, pero Gorbachov tenía otros líos. La mini-guerra duró diez días. ¿Más diferencias? Compárese la actitud de Helmut Kohl y Woytila con la de Merkel y el Papa Francisco. Apoyaban un país católico y europeo, frente a lo que consideraban como el despotismo oriental de Serbia. No hace falta seguir. Si quieren saber más sobre los Balcanes, lean a Stefan Zweig.

7 (11 de octubre)

APRENDICES DE SUN TZU Y MAQUIAVELO. Es lo que son Puigdemont y Rajoy. El presidente de la Generalitat lleva meses aplicando la máxima del general chino según la cual ‘el arte de la guerra se basa en el engaño’. De Maquiavelo, Rajoy sólo parece haber retenido que ‘cuando crece un inconveniente en un estado es mejor evitarlo que hacerle frente’. Y así es como hemos llegado al drama actual. El primero ha confundido la picardía con el artificio parlamentario. El segundo lleva años cosechando votos en el resto de España echando alcohol sobre el souflé catalán. Con la convicción peregrina de que todo lo que sube baja. Ambas estrategias han agotado su recorrido. La de Puigdemont llegó ayer a su final. A los miles de personas que llevan años picando piedra para que Catalunya sea independiente y republicana era muy difícil hacerles comulgar con ruedas de molino. Es lo que ocurrió anoche. A los europeos tampoco se les puede tomar por tontos. Ni Puigdemont, ni Rajoy. Imagino la cara que debió de poner Donald Tusk (presidente del Consejo Europeo) después de hablar con Puigdemont. A las siete y algo de la tarde, le explicaron que no le había hecho caso. Minutos más tarde le dijeron que sí. Y por la noche, le pasaron un fax con una declaración que volvió a encender todas las alarmas. La estrategia maquiavélica del ir tirando (qui dia passa any empeny) tan querida de Rajoy también hace aguas. Apuesto que a él también le llamaron desde Bruselas o Bonn y le dijeron que a Europa no le conviene este lio. Que tiene que mover ficha. Que el souflé catalán no sólo no baja, sino que puede dejar el Brexit como una broma. A Puigdemont ya no le valen argucias. En Catalunya, hoy por hoy, no hay una mayoría suficiente, ni política ni social, para declarar la independencia. Rajoy ya no puede esconderse detrás de los tribunales. Debe bajar a la arena política. Ambos están condenados a hablar. Sin hacer de la Constitución un parapeto. Sin pretender que el diálogo sea para negociar la independencia. Aceptando que toca modificar de modo sustancial el acomodo de Catalunya en España.

Y así es como hemos llegado al drama actual. El primero [Puigdemont] ha confundido la picardía con el artificio parlamentario. El segundo [Rajoy] lleva años cosechando votos en el resto de España echando alcohol sobre el souflé catalán


8 (13 de octubre)

DE MAL EN PEOR. Esto no hay quien lo aguante. Ni la economía, ni mucha gente que vive un estrés colectivo sin precedentes, ni la democracia, tal y como la hemos practicado en los últimos cuarenta años. Puede que la mayoría piense que exagero. Que estoy abducido por unas redes entregadas a las bravuconadas más estúpidas y dominadas por la testosterona. Puede. Si resulta ser así, me encantará haberme equivocado. Intento que mi apreciación no sea el resultado de mi estado de ánimo. Ni el de los amigos. Ni el de quienes abarrotan las consultas por mil afecciones que tienen toda una misma causa. Sé, por experiencia profesional, que los ciudadanos emiten signos premonitorios como los de los perros cuando advierten con sus gruñidos que la tierra va a temblar. Conozco estos signos. Los he percibido en distintas latitudes, como periodista. Y los percibo ahora aquí, en Catalunya. Suelen ser advertencias telúricas de que algo impredecible va a suceder. He dicho impredecible a conciencia porqué el pavor no reside en que éste haga esto o aquello, o que el otro decida una cosa o la contraria. Lo que asusta es que ocurran cosas que nadie quería, pero que acaban sucediendo. Como el 1-O, pero a otra escala. Quienes creen que lo tienen todo atado en una hoja de ruta, o en un plan B, se equivocan. Cuando la tensión es tan alta, la chispa puede prender en cualquier lugar, con cualquier pretexto. Y apagar el incendio tendrá un coste altísimo. Para todo el mundo, no nos engañemos. Para quienes siguen con el empeño de proclamar la independencia en las condiciones actuales, y para quienes están a punto de poner en movimiento la maquinaria elefantiásica y ciega del estado. Siento ser tan pesimista, pero no alcanzo a razonar de otro modo. Les jeux sont faits. Todo depende de lo que hagan, en las próximas horas, Carles Puigdemont i Casamajó y Mariano Rajoy Brey.

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9 (14 de octubre)

EL MUNDO NOS MIRA. El proceso independentista ha colocado a Catalunya en el Top10 de la agenda mundial. Nadie puede negarlo. En su versión europea, el New York Times lo ha tratado como primer tema durante seis días seguidos. Y por hablar de otro mundo, los telespectadores de Al Jazeera, eligieron a Puigdemont como el político más destacado de la semana pasada. Pase lo que pase, la causa catalana se ha ganado un lugar en el mundo. ¿Pase lo que pase? No exactamente. Si todo termina bien, esto es, sin violencia y con más poder para Catalunya, esta marca será indeleble. Y el ‘Procés’ se estudiará en Harvard como un ejemplo de movilización social exitosa además de prodigiosa. Si acaba como el rosario de la aurora, los gobernantes catalanes descubrirán una de las leyes implacables de la comunicación global: la asombrosa capacidad de la opinión pública de olvidar aquello que abrió telediarios durante tantos días. O sea que el éxito o el fracaso de esta impagable campaña de marketing esta por certificar. Todo dependerá de lo que suceda en los próximos días. Las próximas horas. La calidad de esta huella es otro cantar. Por el momento ha fracasado la idea según la cual la violencia del Estado iba a determinar de raíz el comportamiento de quienes nos miran. Desde luego, las cargas policiales del 1-O dejaron atónita la opinión pública de medio mundo. Nada pudieron hacer Rajoy y su ministro del interior para evitar la condena. La ecuación porras/urnas fue letal. Pero la ilusión de Romeva era que este sentimiento provocara una riada de adhesiones institucionales al ‘Procés’. Como todo el mundo sabe, esto no ha sucedido. Ni en Europa, ni en América. Ni siquiera en Moscú o Tel Aviv. Nadie relevante compra una decisión unilateral y reglas de excepción. Ni siquiera el presidente de Botsuana, que le ha dedicado 17 tuits muy críticos al asunto. Y pensar que sucederá si conseguimos que Cospedal se ponga nerviosa es, simplemente, una temeridad.

10 (15 de octubre)

LA HUMILLACION. No sé cuál va a ser la réplica de Rajoy a la respuesta de Puigdemont. Nadie lo sabe porque nadie sabe a quién atenderá el presidente catalán. Si a los suyos o a todos. Lo único que sé, y pido, desde el pesimismo, es que no constituya una humillación. Como saben los lectores de estas mini-crónicas, escribo desde el desacuerdo tajante con una DUI, y desde la constatación de la pertinaz capacidad del gobierno del PP de darle alas al independentismo. Mi discrepancia con el ‘Procés’ no me impide, sin embargo, alertar de los peligros de toda humillación. Todo lo contrario. Constituiría un bumerán de efectos devastadores. Sería una catástrofe. A nadie le gusta sentirse humillado. A los catalanes, tampoco. Por mucho que Puigdemont haya actuado de parte, es el 130 presidente de la Generalitat de Catalunya (contando la Diputación General medieval). Por esto, y por mucho que disientan de él, muchos ciudadanos no soportarían verle entre rejas. Recuerden lo que ocurrió en octubre de 1934. Pocos catalanes apoyaron la atolondrada decisión de Companys de declarar la República, pero fueron menos, aún, los que se regocijaron al ver la foto que ilustra esta crónica. La humillación del adversario es un artefacto político muy volátil. De consecuencias imprevisibles. Puede constituir un arma de irritación masiva. Todo lo que sea someter, ganar por goleada, hurgar en las debilidades y los complejos de la sociedad catalana, ridiculizar, intimidar, lastimar la dignidad colectiva, provocará más reacciones que adhesiones. Aunque sea de palabra (¿se acuerdan del Estatuto ‘cepillado’?). Y no digamos si la forma que adopta la humillación es de las que dejan fotos para la historia. Como la de Lluís Companys en la Modelo, con su pañuelo blanco, blanquísimo, en el bolsillo de su chaqueta, y su amarga sonrisa de hombre bueno. En el 77 aniversario de su fusilamiento, conviene recordarlo.


Por mucho que Puigdemont haya actuado de parte, es el 130 presidente de la Generalitat de Catalunya (contando la Diputación General medieval). Por esto, y por mucho que disientan de él, muchos ciudadanos no soportarían verle entre rejas


11 (16 de octubre)

PING-PONG. No sé si les gusta el tenis de mesa. Tiene momentos trepidantes, y otros de extrema sutileza. A mí son los que me fascinan. Cuando le das un golpe liftado a la pelotita y esta roza la malla para caer allí donde no alcanza el contrincante. O sí. Y entonces este no tiene más remedio que responder con el mismo ardid. Un contra-liftado que lame la redecilla y deja la pelota muerta, inalcanzable. O no. Porqué si la bola llevaba mucho efecto, no responde. Duda un instante en lo alto de la cota y vuelve a caer en campo propio. Algo parecido le ha sucedido a Puigdemont con su carta de respuesta a Rajoy. Perdonen por lo largo de la metáfora pero es que el intercambio de golpes al que asistimos lo merece. La pelota se ha quedado en Catalunya. No quiere decir que la partida esté acabada, pero este punto se lo ha anotado el gobierno. Ni los líderes europeos ni los mercados entienden de tantas florituras. Puede que muchos observadores hayan apreciado la disposición al dialogo del presidente catalán. Incluso habrán coincidido con él en qué ejercer la violencia contra civiles no es de recibo. Pero pocos – incluso los que están dispuestos a mediar-, muy pocos, comprarán su oferta si Catalunya ya ha declarado la independencia (al revés de lo que opina Junqueras). Antes del jueves se jugará otro punto, decisivo. Con la red medio centímetro más alta, porque el reglamento lo permite. Será el punto de la legalidad. El que muchos catalanes ven como un muro infranqueable pero que tiene mucho tirón en una Europa echa de leyes y asustada por el populismo. En primera fila estarán los que jalean al presidente. En la grada estaremos todos los que deseamos que su oferta de diálogo pueda ser compatible con la ley. Aunque haya que cambiarla para librar con éxito la siguiente partida.

12 (17 de octubre)

CUANTO PEOR, PEOR. Hoy no es un día fácil para escribir esta crónica, que empecé anoche, cuando repicaban las cacerolas. No lo es porque la decisión de la jueza Lamela de encarcelar a Jordi Cuixart y Jordi Sánchez me parece una barbaridad. Podría haber dicho una crueldad, o una burrada, pero tanto da. Tampoco lo es porque conozco a Jordi Sánchez desde hace años y no concibo asociar su nombre con la palabra sedición. Al menos con lo que significa, según la RAE: ‘Alzamiento colectivo y violento contra la autoridad’. Y no lo es porque hay quien piensa, aquí y allá, que ‘cuanto peor, mejor’ y que la violencia del Estado traerá mañanas luminosos. Puestos a imaginar la razón de semejante despropósito, supongo que la jueza tenía en la retina la imagen de los coches de la guardia civil destrozados por algunos manifestantes. Siempre pensé que estas imágenes constituyeron una humillación para mucha gente (anteayer hablábamos de humillación). Pero podría mencionar cientos de concentraciones donde una parte de los manifestantes rompieron mobiliario urbano o actuaron de modo violento contra la autoridad. ¿Es razón suficiente para condenar a sus organizadores? En Europa, no. Y más cuando ambos Jordis llevan años sacando a la calle a tanta gente de un modo ejemplarmente pacífico. Anoche, volvieron a reclamar cordura desde Soto del Real, que ya es decir. Durante algún tiempo, he tenido bastante cercanía con Jordi Sànchez i Picanyol. Era cuando estaba vinculado a los sucesores del PSUC y dirigía la Fundación Bofill. Es un hombre de paz, por decirlo de un modo anticuado pero certero. No comparto algunas de sus ideas políticas, pero entre estas nunca ha estado la violencia. Nunca. Y sin violencia no hay sedición, señora jueza. Al menos según la RAE. Por lo tanto, a la calle cuanto antes que ya hay suficientes motivos de tensión. ¿Y ahora qué? El Estado es ciego y, cuando se siente amenazado, sus desatinos no tienen límite. Esto también lo dijimos hace unos días. O sea que podemos ir de error en error hasta la catástrofe final, como escribe Jordi Évole. Salvo para quienes piensan, en Madrid y en Barcelona, que cuanto peor, mejor. Son unos insensatos.

13 (18 de octubre)

LOS CUATRO LÍMITES DEL PROCÉS. Durante estos años, el movimiento independentista catalán ha cosechado grandes éxitos. El penúltimo fue la celebración del 1-0. El último, ha sido la capacidad de ensanchar su campo de acción –con la inestimable ayuda de Rajoy- hacia el territorio de los derechos y las libertades. Y, sin embargo, sus límites también son evidentes. Cada vez más. Tanto que pueden echar por tierra todo lo conseguido si los logros nublan la vista de sus dirigentes. El primero viene de antiguo. Está en el techo de votos cosechados en consultas y elecciones. Los votos y los diputados son muchos pero no suficientes. Puede que lo sean para obligar al Estado a hablar, algún día, de tú a tú. Pero no para imponer una vía unilateral a la independencia. De ahí deriva el segundo de los límites: Europa. Romeva aseguró que la violencia del Estado acabaría decantando a los europeos a favor del ‘procés’. La ha habido y no ha sucedido. Ni los estados, ni la mayoría de la opinión pública de la UE compran la DUI. Por razones que no variarán mientras los votos sean los que son. Cinco puntos más, cinco puntos menos. La tercera es la economía. ‘La economía, estúpido’, dijo Clinton. Algo parecido se les podría echar en cara a algunos brillantes economistas que han intentado convencer a Puigdemont de que esto era cantar y coser. Andreu Mas-Colell es el único que no le ha engañado. Él nunca dijo que se trataba de un bien que no tiene coste. La catástrofe que puede experimentar la economía catalana demuestra que se puede saber mucho de economía y poco de números. Cosa que ya sabíamos. La cuarta no es todavía un hecho irreparable pero ya ha asomado. La fractura interna. Es una manifestación letal de los límites anteriores. Y un descubrimiento tardío de la complejidad de la sociedad catalana. Podría agravarse hasta extremos insospechados si el deterioro alcanza las clases populares. ¿Entonces qué? ¿Huir hacia delante? ¿Replegarse con cierto orden? De esto hablaremos mañana. (si el 155 nos deja).


Los votos y los diputados son muchos pero no suficientes. Puede que lo sean para obligar al Estado a hablar, algún día, de tú a tú. Pero no para imponer una vía unilateral a la independencia


14 (20 de octubre)

EL HUEVO O LA GALLINA. Mientras Rajoy amenaza con el 155 si hay DUI, Puigdemont sostiene que la habrá si el gobierno abre el melón del 155. Los periodistas extranjeros deben alucinar ante semejante sainete epistolar. Pero saber si es primero el huevo o la gallina tiene más enjundia de la que parece. No se trata sólo de acusar al otro de haber desenfundado antes en este duelo final. No estamos sólo ante un ardid propagandístico en puertas del Consejo Europeo de hoy. Para el Consejo, les jeuxsontfaits. M&M ya han fijado su posición y el eje franco-alemán funciona en esto como en tantas otras cosas. Por mucho que el primer ministro belga se salga del guion para contentar a la derecha nacionalista flamenca. Lo que está en juego es mucho más. Se trata del último episodio del largo pulso que la Generalitat y el Gobierno han librado para determinar quien lanzó la primera piedra. Y la primera piedra, la lanzó el Partido Popular. Fue hace once años, tras la tramitación del Estatuto de Miravet. Allí empezó todo. Promovido por Maragall, aquel tercer Estatuto de Catalunya (1932, 1979 i 2006) fue aprobado por las Cortes en marzo del 2006 y refrendado por los catalanes en junio. Todo bien. Todo muy legal. Pero Rajoy arengó a los suyos en la Puerta del Sol. Advirtió que España no es una nación de naciones y presentó recurso ante el Constitucional. Y ahí se torció todo. No sabemos cómo terminará esto, pero sabemos cómo empezó. Lo demás es historia conocida. Cuando CiU y ERC descubrieron que los catalanes no podíamos salvar el listón colocado a metro noventa (la reforma del Estatut) pidieron que lo subieran a dos cuarenta (la independencia). [Pido prestada la excelente metáfora a Marina Subirats]. Ya que no era posible la reforma vamos a por la revolución, dijo Mas. Más árnica. Olvidando una cosa. Que si no pudimos salvar la primera altura, no fue sólo por la terquedad del PP. Fue también por nuestras propias debilidades. ¿Cómo vamos a saltar los dos cuarenta?

15 (21 de octubre)

EL MIEDO. (Diez de la mañana del sábado 21/10/17). Uno de los lemas del movimiento independentista es NO TINC POR. El ‘No tengo miedo’ fue una reacción popular espontánea ante los atentados jihadistas de agosto, y enseguida paso a formar parte de la panoplia de divisas del procés. ¿No tengo miedo a qué? A la violencia del 1-O. A los juicios. A los encarcelamientos. A cualquier intervención de la justicia o la policía. Al Estado. La consigna, de clara inspiración gandhiana, ha tenido gran predicamento entre quienes defienden la causa de la independencia. Pero no ha cuajado en el resto de la sociedad. Mucha gente asiste con pavor creciente a la tensión que vive Catalunya. Muchos ciudadanos empiezan a tener miedo. Es un miedo indefinido, mezcla de certezas e incertidumbre, de hechos y rumores, que penetra todos los poros de la sociedad. Se nota en los barrios. En las consultas. En las charlas con amigos. En las empresas, grandes y no tan grandes, que temen por su cuenta de resultados. Nadie sabe qué pasará. Nada bueno, piensa la mayoría. Aquella que se mete poco en política pero que comprueba, ahora, como la política penetra en sus vidas. No hacen falta encuestas. Basta con salir a la calle. Ir a cenar a casa de unos vecinos. Coger un taxi. Entrar en un supermercado. O en una librería, y preguntar por las ventas del último mes. Y no digamos en un hotel, donde las reservas caen en picado. Conozco este miedo. Como periodista, lo he visto en otras crisis, y sé de su irracionalidad. Pasado un umbral, no hay quien pueda atajarle. Y nadie puede detener sus consecuencias, empezando por aquellos que lo alientan. Solo se benefician de él quienes pescan en rio revuelto. El miedo acaba cambiando el signo de cualquier iniciativa. Una idea tan nimia e ingenua como sacar 155 euros de los cajeros, puede azuzarlo. Un gol en propia puerta, dijo el conseller Vila. Cuando la cera de unas velas corta la Diagonal durante todo un día, la gente empieza a pensar que algo inexplicable está pasando. Nadie debería extrañarse que, en este contexto, más de mil empresas hayan sacado su sede de Catalunya. Quitarle importancia, como pretende Junqueras, resulta extravagante. Contra el miedo, solo vale la verdad.

16 (22 de octubre)

GESTIONAR EL FRACASO. Iba a escribir una crónica sobre el fracaso. El fracaso colectivo que sufrimos. Un amargo artículo en el que hubiese puesto a parir a todos los que nos han conducido hasta aquí. Y a quienes no hemos sido capaces de evitarlo. A Rajoy y el PP les hubiese crucificado por levantar un muro infranqueable frente a las ansias de reforma de los catalanes. Y por no entender que la Generalitat es una institución centenaria que merece respeto. A Mas, Puigdemont y Junqueras les habría acusado de llevarnos al despeñadero con el señuelo de una revolución que no tiene cabida en una Europa hecha de leyes y pasitos. Un buen amigo me aconsejó cambiar la perspectiva. Da alguna esperanza, me sugirió. Cuando unos ya cantan victoria y los otros sueñan en Numancia, no es el mejor día. Intentémoslo. La gestión de este fracaso también debe ser colectiva. Los políticos tienen un par de semanas para evitar el desastre. A los demás, nos toca movilizarnos a favor del bien común. No sólo en pro de las ideas de cada cual, por legitimas que sean. Conviene no pensar sólo en mañana, sino en pasado mañana. Es la manera de ahuyentar nuestros demonios históricos. No será fácil. ¿Y los Jordis, y el 155? preguntaran muchos. ¿Y la DUI, y la ley? clamaran otros. Los trenes, como es sabido, no suelen dar marcha atrás. Yo desearía que hubiera un último cambio de vías, y que los maquinistas lo tuvieran en cuenta. En todo caso, tanto si hay choque como si éste se evita en el último instante, las heridas serán profundas. Y quienes no estamos en las cabinas nos tendremos que involucrar en la gestión del estropicio. Como ocurre tantas veces en la vida. Hará falta imaginación y compromiso. Propuestas nuevas, y nuevos protagonistas. Puede que sea una utopía, pero es la que corresponde a un Catalunya exhausta y a una España cuyas costuras democráticas están a punto de reventar bajo los embates del Minotauro (Juliana). Esto no puede durar. No me toca a mí decir si Puigdemont debe convocar elecciones o no. Si lo hiciera, la noche se llenaría de largos suspiros de alivio.

17 (23 de octubre)

LA PARADOJA TARRADELLAS. Hoy se cumplen 40 años del retorno de Tarradellas a Catalunya. Fue un momento inolvidable. Para quienes habíamos vivido o nacido en el exilio republicano, como yo mismo, aquello fue un milagro. Una de las bestias negras del franquismo, seguidor de Macià, conseller con Companys, el hombre que colectivizó la industria catalana en 1936 y que mantuvo viva la Generalitat desde un pequeño pueblo del valle del Loire, volvía a Barcelona. Nunca olvidaré su salida al balcón de la plaza de Sant Jaume. Ni aquel atronador ‘Ja sóc aquí!’. Lloré y me sorprendí a mí mismo porque no era santo de mi devoción. Mi padre, como tantos otros republicanos exiliados, o como Josep Benet, no se acababa de fiar de él. Y a mí me parecía un personaje excéntrico, ególatra, impredecible. De otro mundo. Que venía a arrebatarnos aquello que habíamos conseguido desde la clandestinidad. Era un error de apreciación propio de la edad. La Política, con ‘p’ mayúscula tiene estas cosas. Y quienes la han hecho grande suelen ser actores con mil facetas. Tarradellas era uno de estos políticos que se dan muy de tanto en tanto. Hoy es un día triste para hablar de él. Mientras la derecha española lo ensalza, el independentismo no sabe muy bien como celebrar la efeméride. ¡Menuda paradoja! Es el mundo al revés. Algunos medios de Madrid cotejan el actual presidente catalán para concluir que éste es un aprendiz de brujo. Ya conocen mi opinión crítica sobre les errores cometidos por Puigdemont. Pero puestos a comparar, la yuxtaposición de Suárez con Rajoy bien podría ser el meme del día. O sea que menos torcer la historia y más ir al grano. A lo que supuso aquel 23 de octubre de 1977. Esto sí que merece una comparación con lo que ocurre ahora. El retorno de Tarradellas constituyó un acontecimiento excepcional para la historia de Catalunya. (Y para la de España). Su llegada al Palau de la Generalitat antes de que hubiera Constitución y Estatuto fue la afirmación más clara que se ha hecho jamás de la personalidad catalana. Un reconocimiento del derecho de Catalunya a tratar con el gobierno de España de tú a tú. Esto que ahora tanto cuesta. ¿Si fue posible entonces, porque no lo es ahora? Porque Rajoy no es Suarez. Y porque ni Mas ni Puigdemont han tenido la astucia, que en política es una virtud, de aprovechar la coyuntura como Tarradellas supo hacerlo en 1977.


Tarradellas era uno de estos políticos que se dan muy de tanto en tanto. Hoy es un día triste para hablar de él. Mientras la derecha española lo ensalza, el independentismo no sabe muy bien como celebrar la efeméride. ¡Menuda paradoja! Es el mundo al revés


18 (24 de octubre)

¡PAREN EL RELOJ! En un agrio debate con Margaret Thatcher que llegaba a su fin sin acuerdo, el Consejo Europeo decidió poner el reloj a la hora inglesa en vez de seguir con la continental. De este modo ganaron sesenta preciosos minutos y pudieron consensuar un documento final. En otras ocasiones, se le pide a un funcionario que detenga las agujas del reloj de pared que preside las reuniones del Consejo. La táctica de parar el reloj es tan vieja como la diplomacia. Yo propongo que Rajoy y Puigdemont paren los suyos. De lo contrario, ‘prendrem mal’. Esto acabara mal. Muy mal. Ayer, un reputado y moderado articulista mencionaba el Ulster. Son palabras mayores. El conflicto (europeo) de Irlanda del Norte duró casi treinta años y dejó más de 3.500 muertos, más de la mitad civiles. Hoy, unos activistas de la ‘Catalunya Nord’ ponen un chalet y unos treinta pisos a disposición de Puigdemont y su gobierno, por si acaso. Hasta hace poco, la anécdota hubiese formado parte de un episodio de Polònia. Hoy está en las portadas. ¡Paren el reloj, por favor! No nos obliguen a mirarlo cada día, cada hora, para ver cuánto falta para el día de marras. El día del 155. O el de la DUI. No nos merecemos esto. Esta mañana hay algún signo alentador. No es gran cosa, pero tal y como está el patio, más vale esto que nada. Por un lado, Puigdemont ha aceptado ir al Senado. Por otro, la escudera de Rajoy ha reconocido que el 155 no es inamovible. Aleluya. Quiere decir que el Senado podría ‘cepillarlo’ como hizo el Constitucional con el Estatuto de 2006. Huele a cocina. Si fuera así, todos nos alegraríamos de que los primeros aromas se filtraran por debajo de la puerta. Todos, no. La caverna y algunos hiperventilados pondrían el grito en el cielo, pero lo que quiere la inmensa mayoría es rebajar esta insufrible tensión. No puedo ser todo lo optimista que quisiera. Para que haya acuerdo, ambos contendientes tienen que reconocer su debilidad. Y esto, en política es lo más difícil. Tendrían que aceptar que ni la DUI ni el 155 son ideas geniales. Ni siquiera practicables. Si siguen creyéndose fuertes, estamos perdidos. Mientras tanto, ¡paren el reloj, por favor!

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19 (25 de octubre)

¿UN SOLO PUEBLO? Hay palabras que algunos lectores no toleran. Fractura. Quiebra. Ruptura. No aceptan que la sociedad catalana esté dividida por (o ante) el Procés. Debe ser una reacción comprensible ante lo que dijo Aznar, con su voz fragosa, hace cinco años: “Antes de romperse España, se romperá Cataluña”. Cuando lo dijo, yo también me reí. Vi más su deseo que un peligro real. No tuve en cuenta que la unidad de un pueblo no es algo metafísico. Debí acordarme de lo mucho que nos había costado alcanzarla (hasta cierto punto) con la Asamblea de Catalunya y con Benet. Hoy esta unidad está amenazada. Como nunca. Por la política del PP, desde luego, pero también por la temeridad del independentismo más aguerrido. En Crític, encuentro una comparación fascinante entre Badia del Vallés y Matadepera. Son dos poblaciones separadas por apenas veinte kilómetros y por un mundo. En la segunda, la participación en el referéndum alcanzó el 66,6%. En la primera, fue del 19,5%. Le pregunto a Dolors Comas por una explicación sociológica. Apunta al origen y a la renta per cápita (casi 20.00 euros en Matadepera / menos de 14.000 en Badia). Me remite al barómetro que publica el CEO (el CIS de la Generalitat). Es muy revelador. Por debajo de 1.000 euros mensuales de ingresos, menos de un 30% de los catalanes están por la independencia y 66% se muestran contrarios. Por encima de 2.400, es al revés, o casi (55/37). Si preguntaran al 1% de los más ricos entre los ricos, el porcentaje volvería a bajar, pero el dato es irrelevante. Si miramos el origen, más división, por mucho que Rufián se esfuerce en negarla. Solo el 25% de los nacidos en Catalunya con ambos padres venidos del resto de España está por la independencia; el 60% se manifiestan en contra. Y entre los que tienen dos padres y cuatro abuelos catalanes el 75% está a favor de la independencia; sólo el 19% de pronuncia en contra. Ya sé que no todo es sociología. La política, la calle y la cerrazón de la derecha pueden hacer milagros. Pero los datos del CEO son tozudos. Confirman los del 27-S (parlamento catalán). Los de la consulta del 9-N (ver mapas). Y los del 1-O (referéndum). División, haberla hayla.

20 (26 de octubre)

EL FINAL DE LA ESCAPADA. Es un título mítico para los cinéfilos de mi generación. Y se ha abusado de él como metáfora de todo final infeliz, pero a mí, hoy, no se me ocurre otra. Lo siento. Así es como veo las cosas, horas antes de que Puigdemont declare una independencia que no será tal y de que Rajoy imponga un 155 de incierta implementación. Para ambos, es el final de una larga escapada. Pero lo es, sobre todo, para el presidente catalán. Porque la pelota, hoy, está en el tejado del Palau de la Generalitat. De Puigdemont no depende todo, pero en sus manos está el evitar que este jueves y viernes pasen a formar parte de los capítulos menos edificantes de la historia de Catalunya. Su responsabilidad no es exclusiva. Lo he sostenido muchas veces en estas mini-crónicas, recordando la insensata y maligna política llevada a cabo por el Partido Popular desde el año 2006. Pero, como en la película de Godard, cuando estás al final de la escapada, qué más da. ¿Qué más da que Belmondo le diga una cosa u otra a Jean Seberg instantes antes de morir? ¿Qué más da lo que ha pasado durante estos once años si todo se puede ir al garete? En francés el film se titula ‘A bout de souffle’. Algo así como ‘Sin aliento’. ‘Fino all’ultimo respiro’, en italiano. Es como estamos todos. Hartos, gritaron ayer muchos estudiantes en la Universidad Autónoma de Barcelona. Los mismos que, hace pocos días, llenaban las calles de Barcelona contra la violencia policial. Así es la política. Como el cine. Con un principio y un fin. Que no siempre es un HappyEnd, porque esto no es Hollywood. Por mucho que la escapada les haya proporcionado a muchos los mejores momentos de su vida. Por mucho que nos haya embriagado de libertad. Nuestro largometraje no tiene final feliz. Solo puede terminar de dos maneras. Fatal, como ‘A bout de souffle’, o algo menos mal. Puigdemont tiene que parar el reloj. Tiene que buscar un repliegue honroso, en el que los catalanes no vayamos a perder ‘bous i esquelles’. (Hasta la camisa). Debería renunciar a pasar a la historia como el presidente de una DUI forzada y hacerlo como el de la mayoría. De quienes estamos hartos. Y pensamos que hay otros caminos para defender los derechos y libertades de Catalunya.

21 (27 de octubre)

DIAS DE OCTUBRE. Cuando Companys proclamó el Estado Catalán, el 6 de octubre de 1934, mi padre tenía 26 años. Era amigo del Presidente, al que conocía desde la constitución de Esquerra Republicana en marzo del 31. Aquel día, como tantos otros catalanes, pensó en la hora grande que vivía Catalunya. Pero con los años, aquel episodio quedó en su memoria como uno de los momentos menos edificantes de nuestra historia. Hasta el punto de que nunca quería hablar de lo que ocurrió. Cuando pasaba de los noventa, grabamos una larga conversación que conservo en cintas de la época. No le fue fácil recordar lo ocurrido porque siempre consideró a Companys como un hombre bueno. Con dolor, dibujó un presidente de la Generalitat prisionero de los radicales de dentro y de fuera de su propio partido. Con más valentía para plantar cara al Bienio Negro que para hacer frente a los suyos. Obsesionado por el legado mítico de Macià. Emparedado entre lo que quería la gente, su gente, y un estado dispuesto a todo. Como se pueden imaginar ayer volví a pensar en mi padre. Fue a los 12 y 11 minutos. Cuando leí un tuit maligno de Rufián que decía: 155 monedas de plata. Judas. Al poco rato, cuando el tuit llevaba cientos de corazones, oí los primeros gritos de ‘Puigdemont traïdor’. Como vivo por donde ronda todo el día el helicóptero, salí al balcón. Eran estudiantes que, poco después, aplaudirían la declaración institucional del presidente. Pensé que eran unos insensatos. La mayoría eran más jóvenes que mi padre. Volví a acordarme de él. Odiaba el caos y ayer vivimos la mayor jornada de caos de las últimas décadas. Él sabía el precio que su generación había pagado por el caos. La guerra y la derrota. El exilio, donde le vio la cara al fascismo (y a los agentes de la Gestapo que le detuvieron). ¿Qué hubiese dicho del caos de ayer? ¿Del acoso que sufrió Puigdemont cuando pensó, por unas horas, que las elecciones podían salvarnos de la catástrofe? Mi padre hubiese alzado su voz contra la actitud insensata del PP, por supuesto. Pero estoy seguro de que hubiese preguntado por este tal Rufián, que se permite calificar al Presidente de la Generalitat de traidor. Por 155 siclos de plata, que vienen a ser unos 20.000 dólares de hoy. Y le hubiese dado vergüenza saber que es diputado por Esquerra Republicana.

22 (28 de octubre)

EL LEVIATAN. Faltaban unos minutos para las tres y media y estalló el júbilo. Debajo de casa (a dos pasos del Parlamento) vi a jubilados llorando, como si esto fuera Eslovenia. Algunos eran hombres y mujeres que llevaban toda una vida soñando en este momento. A su lado dos jóvenes estudiantes envueltos en ‘esteladas’ se besaban. Como si esto fuera el Paris de 1968. Bajé y me adentré en la ciudad vieja. Solo las retransmisiones rompían el silencio. Las caras eran de ansiedad. Como las de Puigdemont y Junqueras mientras cantaban Els Segadors poco después de votar. Como periodista he vivido muchos momentos de júbilo colectivo. Barcelona era otra cosa. No era Liubiana. Ni Paris. Ni Maidan. Ni Tahrir. Era el preámbulo del día después. De un síndrome que hoy tiene a muchos catalanes perturbados, acongojados, ante lo que pueda pasar. Ya sé que en algunos barrios y en muchos pueblos de Catalunya fue una fiesta. Y que en Girona, por lo visto, la ciudad se echó a la calle. En Barcelona, no. En Hospitalet, en Cornellá, en Badalona, en El Prat o en Santa Coloma, tampoco. El legítimo júbilo de ayer fue el de los que llevan años picando piedra para que llegara este día. Para ellos, fue un milagro. Un día que no olvidaran jamás. Un día que ocupara un lugar en la historia de Catalunya. Es mucho, pero no es más que esto. Para otros muchos, para los demás, nada bueno puede ocurrir. Por la noche, las audiencias de televisión debieron ser de las de partidazo. En todas echaban la misma película: LEVIATAN, la peripecia de un monstruo marino sacado del libro de Job. “Nadie hay tan osado que lo despierte… De su grandeza tienen temor los fuertes… No hay sobre la Tierra quien se le parezca, animal exento de temor. Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios”. En la plaza Sant Jaume, mientras hablaba Rajoy, todo era cachondeo. Pero la bandera española seguía izada en el Palau de la Generalitat y Puigdemont no salió al balcón. Cuando terminó la película, no hubo cacerolada y se fueron apagando las luces. Muchos nos fuimos a la cama desgarrados. ¿Qué hemos hecho? Habrá que volver a empezar.

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23 (29 de octubre)

UN DILEMA GRAMSCIANO. Menudo dilema el del independentismo. Votar o no votar. Resistir o replegarse. Echarse al monte o mantener la posición. No es nada nuevo. Es el dilema que ocupó a Gramsci durante años. Lo resumió en guerra de movimiento o guerra de posiciones. En otras palabras, librar la batalla en campo abierto, o acumular fuerzas a la espera de tiempos mejores. En el primer supuesto, la toma del poder está a la vuelta de la esquina. Pero también la derrota definitiva, si las cosas no salen bien. En el segundo, hay que olvidarse de la victoria a corto plazo y dedicarse a ganar la hegemonía. Lo primero es fascinante. Como lo fue Octubre de 1917. Pero también puede conducir al desastre: Chile en 1973. Lo segundo carece de épica. ¿Cómo explicarlo a la tropa si le hemos asegurado que la victoria era cosa de cantar y coser? Quienes piensan como Gramsci en las filas independentistas serán tildados de blandos. Y se arriesgan a salir como ‘botiflers’ en los tuits de Rufián. Pero quienes llaman a la revuelta y la insumisión pueden conducir el movimiento a un callejón sin salida. Por mucha fuerza que tengan. Por profundas que sean las trincheras que puedan cavar en la Catalunya interior. Por muchos que sean los apoyos que tiene la AECAT (Asamblea de Electos de Catalunya). Impresionantes, pero insuficientes frente a la lógica implacable del BOE. Ya no hay espacio para más ardides. En Catalunya sigue habiendo dos mundos, pero no dos poderes. Trapero ha aceptado su destitución con una carta inteligente y la bandera española sigue izada en los dos lados de la Plaça Sant Jaume. Ya sé que esto es duro de tragar. ¡Unas elecciones convocadas desde la Moncloa! Pero no veo otra salida que participar. Serán unas elecciones que yo nunca hubiese querido. Unos comicios que Puigdemont no pudo convocar porque pudieron más los insensatos. Pero también son una oportunidad. Para afrontar la realidad de un país quebrado, de una economía al borde del precipicio. De una sociedad agotada. Exhausta. Una oportunidad para empezar de nuevo, con un proyecto que pueda suscitar amplias mayorías. En esto pensaba Gramsci cuando hablaba de hegemonía.

24 (30 de octubre)

HABLEMOS DE POLITICA. Parece que todo el mundo va a presentarse a las elecciones del 21-D. Puede que incluso la CUP. Vivir para ver. ¿Quién lo hubiera dicho? En una democracia, la política es así. Su objetivo es el poder y su gasolina son los escaños. Los catalanes, de tanto en tanto, nos olvidamos. Nos falta una teoría del poder. Somos capaces de proclamar la independencia y de no hacerlo constar en el DOGC. No tenemos el Estado en la cabeza. No somos como los registradores de la propiedad, que duermen con el BOE debajo de la almohada. Si se me permite, hay que agradecerle a Rajoy habernos devuelto a la política. Hablemos pues un poco de política, después de tantos días hablando de otra cosa. Los partidos se enfrentan a lo desconocido: el 21-D. Quienes reclamaban elecciones (Cs, PP i PSC) saldrán en la pole. Pero tanta ventaja suele ser engañosa. Está por ver si traducen en votos el despertar de sentimientos que se manifestó ayer en Barcelona. Depende de si participan quienes no solían hacerlo en unas autonómicas. (porque pensaban que Pujol era un mal menor). Salen con la ventaja de haber noqueado el ‘Procés’. Pero con el hándicap de pensar más en España que en Catalunya. Para darle la vuelta a la tortilla tendría que producirse un terremoto. Y la ley electoral aguanta temblores de hasta 5 o 6 en la escala de Richter. El PDECat y ERC se revuelven en mil dilemas. Internos y estratégicos. Y se miran de reojo después de las aciagas jornadas de la semana pasada. Cuentan con las prodigiosas muletas de la ANC y Omnium y con sus líderes encarcelados. Su problema es la coherencia. O la falta de coherencia. Tienen cincuenta días para darle la vuelta al calcetín del ‘Procés’. Paradójicamente, la CUP lo tiene más fácil. Nadie duda de su identidad pétrea. Y el soberanismo les necesita, hagan lo que hagan. Más difícil lo tiene CatEnComú. Colau y Domenech están atenazados por unas bases que tienen el corazón partido. Divididas entre quienes sueñan con poner fin, como sea, al maldito régimen del 78, y quienes han descubierto que la independencia parte en dos la sociedad y la izquierda catalana. Hasta aquí, la teoría. En la práctica todo dependerá de lo que pase en las próximas horas. De sí el Estado desembarca en Catalunya como un elefante vengativo o a la gallega. Y de lo que haga Carles Puigdemont, claro.

25 (31 de octubre)

MAL ACABA QUIEN MAL EMPIEZA. En su afán pedagógico, Mary Poppins/Julie Andrews sostiene que un trabajo bien empezado es un trabajo medio hecho (A job well begun, a job half done). Puigdemont ha preferido actuar de acuerdo con el viejo y recio refrán castellano: mal acaba quien mal empieza. Lo siento, pero es así. El episodio de Bruselas con el que termina el Procés, es de traca. Y cuando algo tan decisivo termina de un modo tan estrafalario es porque empezó mal. ¿Dónde está el pecado originario que explica un final tan apoteósico? Está en la estrategia seguida pero también en las formas utilizadas. La estrategia estuvo equivocada desde el principio. Se basó en la idea peregrina de que los apoyos al independentismo iban a seguir creciendo sine die. En que la calle podría con el Estado. En que Europa nos haría caso en cuanto los tanques bajaran por la Diagonal. Tres premisas falsas. Los síes mostraron pronto su techo. Las calles de llenaron con cientos de miles de personas, pero el Estado siguió ahí, inmutable. A los europeos no les gustó la violencia del 1-0, pero quedaron horrorizados por la vía unilateral y las leyes de excepción. Y los tanques no aparecieron. End of the story. Sin embargo, por graves que sean estos errores no explican la apoteosis final. Hay algo más. El sanedrín. La forma de gobernar el Procés. Este consejo de sabios que se reunía en el Palau, día sí, día no, para trazar la hoja de ruta. Con tanta opacidad como capacidad. Mezcla de consejeros, líderes civiles que nadie ha votado y representantes de partidos. A imagen y semejanza del sanedrín del Antiguo Israel que podía juzgar al rey, ampliar los límites del Tempo e interpretar la ley como les conviniera. Creo que este modo de hacer fue nefasto. Dio algunos réditos (¿las urnas?) propios de una situación revolucionaria. Pero creó una dinámica infernal que acabó aislando a Puigdemont. Le incapacitó para escuchar a Urkullu y le dejó en manos de los más curtidos que suelen ser los más radicales. Esta dinámica secretista explica el viaje a Bruselas. Con tres consejeros de Esquerra y dos del PDeCAT. Mientras estos partidos preparan el 21-D. Mientras otros esperan las resoluciones del fiscal. Mientras los Jordis siguen en la cárcel.


Pienso que cabe imaginar movimientos que eviten la polarización. Antes o después del 21-D. A su favor juega una demanda creciente de desatascar la política catalana. De superar todo aquello que tiende a partirla por la mitad. Es una demanda que se alimenta de un trauma colectivo. De haber avistado el precipicio. Del cansancio. De descubrir que cualquier situación es susceptible de empeorar.


26 (1 de noviembre)

EL SINDROME DEL GATOPARDO. Las próximas elecciones pueden ser otra de ‘esas batallas que se libran para que todo siga como está’. (Giuseppe Tomasi di Lampedusa). O sea, para que el próximo parlamento catalán siga dividido en dos mitades, como el actual. Atenazado por dos bloques irreconciliables. Esto es lo que sugieren las encuestas, escaño más, escaño menos (CEO). Si esto ocurre, gane quien gane, ganará la inestabilidad. Ninguno de los dos bloques tiene capacidad para imponerse sobre el otro sin repetir el estropicio. El independentismo lo ha comprobado. Ha visto adonde conduce una vía unilateral armada sobre exiguas mayorías. Y quienes sueñan con darla la vuelta a la tortilla deben dejar de soñar. Ni esto es un régimen bipartidista, ni el independentismo va a perder la fuerza política y la prodigiosa implantación territorial de que dispone. ¿Entonces, qué? ¿Está todo el pescado vendido? Creo que no. Pienso que cabe imaginar movimientos que eviten la polarización. Antes o después del 21-D. A su favor juega una demanda creciente de desatascar la política catalana. De superar todo aquello que tiende a partirla por la mitad. Es una demanda que se alimenta de un trauma colectivo. De haber avistado el precipicio. Del cansancio. De descubrir que cualquier situación es susceptible de empeorar. En su contra, o sea a favor de la polarización, actúan quienes piden endurecer el 155, la Fiscalía y la permanencia de los ‘Jordis’ en la cárcel. También quienes siguen soñando en ganar la batalla que acaban de perder. Otra cosa es que esta demanda de distensión alcance a tener una expresión en el hemiciclo. Su primera manifestación ha sido la decisión de Santi Vila de presentar su candidatura como cabeza de cartel del PDeCAT. No sé cómo le va a ir. Habló de hacer las cosas dentro de la ley. No será fácil si Puigdemont sigue en Bruselas y si Maza pide prisión para el gobierno. La tercera vía tiene mala prensa, pero Vila es un síntoma. Hay que desatascar. Y sólo dos partidos tienen el producto adecuado, aquel que puede liberar el sumidero: el PDeCAT y CatEnComu (Ada Colau). No son los que tienen más votos, pero son las dos siglas más complejas y decisivas de la política catalana.

27 (2 de noviembre)

MALDITAS ENCUESTAS. Me asombra la sorpresa que suscitan las encuestas. Casi todas auguran un parlamento parecido al actual. ¿Cómo es posible, se preguntan muchos observadores, teniendo en cuenta el trauma que vive el independentismo? Con medio Govern en la Fiscalia y la otra mitad en Bruselas. ¿De qué se sorprenden, colegas? Quienes pensaban que los traspiés de Juntspel Si o las erráticas decisiones de Puigdemont, iban a compensar el coste electoral de la violencia el 1-O y del 155, no han entendido nada. El independentismo no es un partido que se venga abajo por la actuación de sus dirigentes. Si fuera así, se habría hundido con la confesión andorrana de Jordi Pujol. Ni siquiera por una clamorosa falta de estrategia. Si fuera así, hubiese colapsado al descubrirse que la famosa hoja de ruta no había previsto el día después. El independentismo es un sentimiento colectivo que ha crecido a base de agravios y desdichas. Incluso de frustraciones, como el barcelonismo. A este crecimiento ha contribuido, ciertamente, el relato machacón de los poderes y los medios públicos catalanes, pero esto no modifica el resultado. Puede que haya alcanzado un techo, pero ha mutado. Hasta adoptar una resiliencia de manual. Ha pasado a ser un cuerpo resistente a las acometidas del exterior e inmune a sus propios errores. Al menos a corto plazo. O sea, de aquí al 21-D. Otra cosa es preguntarse si las encuestas son fiables. El mayor adversario de la demoscopia son los terremotos sociales como el que vivimos hoy en Catalunya. Sus réplicas no han terminado, y pueden producir movimientos de opinión pública que todavía no afloran en las encuestas. O que sus víctimas no quieran compartir. Puede que esto ocurra. La participación es una de las incógnitas. Sobre todo la de quienes solían darle la espalda a las autonómicas. Sin embargo, la movilización del electorado nunca beneficia exclusivamente a unos. También puede influir la naturaleza de una convocatoria hecha desde la Moncloa. Pero en ambos sentidos. Puede motivar a quienes sólo votan en unas generales. Y lo contrario: estimular los votantes de Juntspel Sí o la CUP que encuentren en esta afrenta una última razón para votar. Está por ver. De aquí al 21-D sólo son 50 días. ¡Pero qué días! Con idas y venidas entre Barcelona, Madrid y Bruselas. De lo que pase durante estas siete semanas dependerán los 4 o 5 escaños que determinan una u otra mayoría y que abren o cierran las puertas a unas u otras alianzas en el nuevo Parlament.

28 (3 de noviembre)

AVIVAR EL INCENDIO. No busquen en esta crónica una interpretación jurídica al encarcelamiento de más de la mitad del gobierno catalán. Otros lo han hecho con más propiedad, criticando el auto de la jueza Lamela y la actuación del ministerio fiscal. Mi opinión sólo puede ser política. Sobre las tremendas consecuencias políticas que va a tener esta decisión. Que está teniendo ya. ¿Por qué ahora? ¿Por qué este hachazo judicial a 50 días de las elecciones? ¿A quién le interesa? En estos casos, suelo tirar de una vieja fórmula que sólo conviene usar en casos contados: dime a quién beneficia y te diré quién está detrás. Favorece a quienes no quieren una solución política al conflicto. A quienes buscan la polarización. A quienes aborrecen los grises y todo lo quieren en blanco y negro porque piensan que, en una batalla a cara de perro, la victoria siempre será suya. Hablo de los políticos y los creadores de opinión que hoy jalean la decisión judicial. Aquellos que se frotan las manos ante el clima de tensión extrema con el que llegaremos al 21-D. Los que defienden el cuanto peor, mejor. Yo mismo he criticado a sectores del independentismo por utilizar esta estrategia. Por haber tensado la cuerda más de la cuenta. Por haber ido demasiado lejos, con la DUI. Por no haber sabido pillar la oportunidad del repliegue ordenado que hubiese supuesto unas elecciones convocadas por Puigdemont. Cuando veo cómo algunos aplauden la entrada en prisión de Junqueras y otros consejeros de la Generalitat pienso que, desde el otro lado del conflicto, también hay quien quiere llevar esto más lejos. Quien empuja la sociedad catalana hacia el abismo. Son personas, partidos, poderes, periodistas, a quienes no les basta con vencer. A quienes no les importa convencer. Quieren arrasar. Humillar al independentismo. Sin darse cuenta -¿o sí se dan cuenta?- de qué esta humillación será vivida por muchos catalanes como una ignominia colectiva. Incluso por muchos que no son independentistas. El encarcelamiento llega en el peor momento. Cuando empezaban a brotar iniciativas destinadas a romper la polarización. Y a evitar que, después del 21-D, estuviéramos igual. O peor. Esto es, con el Parlamento y una sociedad partidos por la mitad. Las elecciones podían haber sido una salida, a pesar del 155. Avivar el incendio sólo puede dar pie a más crispación. A más división. A una nueva fase del conflicto más radical y más estéril. Malos tiempos para la política.


Fuente: Muro de Andreu Claret en Facebook. Se publica con la autorización del autor.