Carlos Ominami: “La democracia se enfrenta a nuevas amenazas y vive una situación preocupante en América Latina”

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© Carme Masiá

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Entrevista a CARLOS OMINAMI para la revista Sul21 (10.3.2017), realizada por MARCO WEISSHEIMER. Esta entrevista se publica con permiso de la Fundación Novos Paradigmas. Traducción de Paco Rodríguez de Lecea

“La ofensiva conservadora que implica a varios países de América Latina, acompañada de un proceso de judicialización y de deslegitimación de la política, supone un escenario muy preocupante para el presente y el futuro de la democracia en la región.” Es la valoración del ex senador y ex ministro de Economía de Chile, Carlos Ominami, que estuvo recientemente en Porto Alegre participando en los debates del Fórum Social das Resistências. Actual presidente da Fundación Chile 21, Ominami participa hoy en los esfuerzos de recomposición política y programática de la izquierda chilena. En una entrevista en Sul21, el economista analiza la situación de América Latina, habla sobre el cuadro político en Chile y advierte acerca de las nuevas amenazas que gravitan sobre la democracia y sobre las fuerzas populares.

“No creo que haya espacio para golpes militares al estilo de lo que ocurrió en las décadas de los 60 y 70. Las amenazas son nuevas. Una de las principales es la de un populismo autoritario que busca respuestas fáciles para problemas complejos. Un populismo que busca sintonizar con una cierta demanda de mano dura por parte de sectores populares. Este populismo se nutre también del proceso de deslegitimación de los partidos, de la política y del Congreso, y puede desembocar en el surgimiento de liderazgos mesiánicos”, advierte.

Sul21. ¿Cómo valora usted el momento político actual de América Latina, con el avance de sectores conservadores y de una derecha más extremista, después de casi dos décadas de predominio de gobiernos progresistas en la región?

Carlos Ominami. Creo que vivimos una situación muy delicada y preocupante para la democracia y para el futuro de las fuerzas populares. Nos estamos enfrentando a una ofensiva conservadora sorprendente y de gran envergadura. Cuando digo sorprendente, estoy pensando, por ejemplo, en el caso de Brasil. Hace algunos años, nadie imaginaba que pudiese darse un impeachment en Brasil. Tal vez era posible esperar un acontecimiento así en Honduras o en Paraguay, pero no en Brasil. Lo que sucedió, es una espina clavada en la garganta de las fuerzas progresistas de toda América Latina. El PT era un gran punto de referencia latinoamericano. Hoy en día ha dejado de serlo, y espero que pronto se pueda recuperar.


Bachelet obtuvo una gran victoria en su segunda elección con más del 60% de los votos, pero su gobierno ha ido perdiendo apoyo popular y hoy cuenta con más de un 60% de rechazo. Este descenso es el resultado de reformas bien intencionadas, pero muy mal ejecutadas


La victoria de la derecha en Argentina también fue grave, así como lo es la situación de la izquierda y del progresismo en Chile. Bachelet obtuvo una gran victoria en su segunda elección con más del 60% de los votos, pero su gobierno ha ido perdiendo apoyo popular y hoy cuenta con más de un 60% de rechazo. Este descenso es el resultado de reformas bien intencionadas, pero muy mal ejecutadas. La situación actual puede provocar no solamente una derrota electoral en la próxima contienda presidencial, sino además una derrota política, cultural e ideológica. Además de eso, tenemos el cambio de gobierno en Estados Unidos, que ha creado una situación particularmente delicada para México y Cuba. Necesitaremos seguir con atención y con mucha solidaridad lo que pueda ocurrir en estos dos países.

Hay, por otro lado, algunas cosas positivas, como lo que está ocurriendo en Colombia, donde se ha llegado a un acuerdo para poner fin a décadas de guerra. Hay una izquierda que resiste en Uruguay. Hay también una izquierda que ha empezado a mostrar cierta fuerza en Perú con Verónika Mendoza, pero no podemos negar que el cuadro es globalmente delicado y preocupante.

Sul21. En su opinión, ¿hay algún término de comparación que conecte la situación actual con la vivida, por ejemplo, en las décadas de los 60 y 70, que desembocó en un ciclo de dictaduras en América Latina?

C.O. Felizmente, creo que no. Las situaciones son muy distintas. Por más que, considerando lo que viene ocurriendo, debemos ser muy humildes en nuestros pronósticos, porque nos hemos equivocado mucho. Nos equivocamos con Trump, con el Brexit, con las perspectivas del acuerdo de paz en Colombia, juramos que el gobierno de Dilma no caería, y todas esas cosas acabaron por suceder. Pero no creo que haya espacio para golpes militares al estilo de los que se dieron en las décadas de los 60 y 70. Las amenazas son nuevas. Una de las principales es la de un populismo autoritario que busca respuestas fáciles para problemas complejos. Un populismo que busca sintonizar con una cierta demanda de mano dura por parte de sectores populares. Este populismo se nutre también del proceso de deslegitimación institucional: deslegitimación de los partidos, de la política, del Congreso. Todo eso puede dar lugar al surgimiento de liderazgos mesiánicos y autoritarios, que generan una gran esperanza y, rápidamente, transforman esa esperanza en frustración.


Las amenazas son nuevas. Una de las principales es la de un populismo autoritario que busca respuestas fáciles para problemas complejos. Un populismo que busca sintonizar con una cierta demanda de mano dura por parte de sectores populares.


Sul21. En un debate que tuvo lugar en el Fórum Social das Resistências, una activista mexicana hizo un resumen de la terrible situación de violencia que vive México y dijo que su país, hoy, es una gran fosa de cadáveres y desaparecidos. Brasil, a su vez, vive ahora una serie de rebeliones en penitenciarías, con prácticas de decapitación y descuartizamiento que también se repiten en el día a día de algunas grandes ciudades. Parece haber un clima de violencia que empieza a desplazarse de la esfera criminal a la política. En su opinión, ¿puede esto ser tomado como indicio de una degeneración social más grave?

C.O. De hecho, se trata de fenómenos muy inquietantes. El caso de México es muy grave, pero en lo esencial no es nuevo. México tiene una tradición de violencia. Es especialmente delicado que la violencia se traslade también al terreno de la política. En 1994, el candidato del PRI (Partido Revolucionario Institucional) a la presidencia del país, Luis Colosio, fue asesinado. Hace muchos años que las elecciones mexicanas están marcadas por denuncias de fraude. No soy un especialista en el asunto, pero creo que, en Brasil, las raíces de la violencia son distintas. Esas rebeliones y motines en presidios no vienen de ayer mismo. La historia carcelaria de Brasil es muy dura. Lo preocupante es que, en muchos países de nuestra región, el estado de derecho ha sido puesto en jaque por esas situaciones. Las fuerzas del Estado tienen dificultades para garantizar la protección del territorio, como es el caso de Colombia. Chile también tiene problemas territoriales propios, hoy, con pueblos indígenas, que generan una situación de violencia importante. Pero, repito, no creo que estemos volviendo a los años 60 o 70. Lo que está sucediendo hoy en América Latina se da en un escenario internacional totalmente distinto.

Sul21. Ha hecho usted referencia a algunos de los problemas que Chile vive hoy. ¿Cómo definiría la actual situación política y económica en su país?

 C.O. Afirmo con mucho pesar que el gobierno de Michelle Bachelet ha sido un gran desperdicio. Se movilizaron grandes energías y grandes expectativas que no se han cumplido, y han generado mucha frustración. El resumen de todo ello es que el gobierno Bachelet hoy está aislado. De ese modo tenemos un escenario relativamente abierto para las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre. Tal vez el más abierto de la historia. Ni siquiera se sabe, exactamente, quiénes serán los candidatos. En todas las elecciones anteriores, a estas alturas, ya se sabía quiénes serían los candidatos. En el escenario actual, yo diría que el futuro presidente de Chile saldrá de una lista de tres nombres: el ex presidente Sebastián Piñera, por la derecha; Alejandro Guillier, un senador más conocido por su trabajo como periodista, y, en una situación mucho más compleja, el ex presidente Ricardo Lagos. Salvo una sorpresa muy grande, el futuro presidente de Chile saldrá de esta terna. Chile vive hoy una seria crisis política e institucional. Si esta crisis de confianza y de legitimidad de las instituciones queda sin resolver, el próximo presidente, sea el que sea, fracasará. El actual cuadro institucional imposibilita la realización de grandes reformas, y sin esas reformas la economía continuará estancada y la política se seguirá deteriorando.

Sul21. ¿Qué reformas serían esas?

C.O. La principal reforma que es necesario emprender en Chile es la de la Constitución. Brasil llevó a cabo un proceso constituyente en 1988. Nosotros aceptamos la Constitución de Pinochet que nos había sido impuesta, no la reformamos, y lo estamos pagando muy caro. Sin una profunda reforma constitucional no conseguiremos resolver nuestros problemas. El actual sistema de normas constitucionales, impuesto por la dictadura, es injusto. Resulta vergonzoso que, pasados 25 años desde el retorno de la democracia, mantengamos en su esencia la Constitución de Pinochet.

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Sul21. Hoy en Chile se ha abierto un debate sobre la construcción de una nueva articulación política en el campo de la izquierda. ¿Cómo está ese debate?

C.O. La izquierda en Chile, hoy en día, no es una fuerza homogénea. En los años 90, inspirándonos un poco en la experiencia del PT, intentamos hacer un gran esfuerzo para convertir al Partido Socialista en la casa común de las izquierdas. A diferencia del caso del PT, escogimos un partido tradicional para intentar consolidarlo como la casa común de la izquierda. Lo hicimos así porque ese partido cuenta con una base moral, que es el ejemplo de Salvador Allende. Sin ese ejemplo, probablemente habríamos optado por construir algo nuevo, como fue el caso en el surgimiento del PT. No creamos algo nuevo, pero el Partido Socialista no se convirtió en la casa común de la izquierda sino en una máquina electoral. El partido se dividió, y una gran cantidad de dirigentes, incluido yo mismo, acabamos por marcharnos.

Lo que tenemos hoy, en la izquierda chilena, es la proliferación de pequeños grupos que están intentando organizarse. Buscamos construir una convergencia en la izquierda. Si esta continúa dividida, no habrá solución para los problemas de Chile.


Nos enfrentamos a un serio problema en Chile, que es el hecho de que la dictadura no ha sido derrotada del todo. Ganamos un plebiscito, pero las fuerzas armadas salieron intactas de él


Sul21: ¿Y cuál es la situación de la derecha, que apoyó la dictadura de Pinochet? ¿Se da en Chile, como ocurre en Brasil y en otros países de la región, una reaparición de una derecha más extremista?

C.O. Nos enfrentamos a un serio problema en Chile, que es el hecho de que la dictadura no ha sido derrotada del todo. Ganamos un plebiscito, pero las fuerzas armadas salieron intactas de él. Algunos torturadores fueron a prisión, pero a los principales responsables civiles, a los grandes instigadores del golpe, jamás se les tocó. Varios de ellos aún viven. Hay un mundo empresarial ligado a esa derecha, y ellos sienten, de alguna forma, que son los constructores de Chile. Es diferente del caso de los militares argentinos, que fueron derrotados en las Malvinas. Lo que tenemos en Chile es una derecha que sigue siendo tributaria de Pinochet. Son pinochetistas, pero no se atreven a declararlo. En el aniversario de la muerte de Pinochet, se reúnen en secreto en lugares apartados. El sentimiento pinochetista sigue existiendo. En su gran mayoría, es una derecha constituida por dirigentes que colaboraron con la dictadura. Y cuentan con nuevos refuerzos. Dentro de los partidos más pinochetistas, hay una nueva generación que sigue la tradición. Es una derecha muy arcaica. Entonces, lo que tenemos hoy es, de un lado, esa derecha arcaica y, de otro, una izquierda dividida.

Sul21Ha mencionado la existencia de problemas territoriales en Chile, que implican a comunidades indígenas, en especial los mapuches. ¿Cuál es la situación actual de esos conflictos?

C.O. Esa es una novedad de las últimas décadas. Chile se jactaba, de manera vergonzosa, de ser un país sin indios y sin negros. Decíamos ser los ingleses de América Latina. Falso. Tenemos un porcentaje de entre el 10 y el 15% de población indígena, que vive en el sur de Chile y también en la región metropolitana de Santiago. Esta población de la región metropolitana era completamente invisible hasta hace muy poco tiempo. Trabajadores de baja cualificación, empleados básicamente en la industria panificadora, y que presentaban altos índices de alcoholismo; siempre con la cabeza gacha y con poca organización. Hoy el cuadro es distinto. Hay una dirección mapuche con un alto nivel de información y educación. Hay profesionales de varias áreas que están construyendo un fuerte movimiento de contestación que, en algunos casos, ha derivado en violencia.

Ellos no plantean reivindicaciones como campesinos, sino una reivindicación nacional. Afirman que no son chilenos, sino mapuches, y quieren el reconocimiento de su identidad. Es una situación muy delicada que ha generado episodios de violencia. Muchos blancos han recibido del Estado chileno tierras que están localizadas en el territorio ancestral de los mapuches. Creo que es necesario, no solamente reconocerlos constitucionalmente como un pueblo originario, sino además reconocer que somos, de alguna forma, un estado plurinacional. Esto tendría implicaciones importantes, como la representación directa en el Parlamento. Si no avanzamos en esta dirección, tendremos un foco de violencia permanente.


Hay una dirección mapuche con un alto nivel de información y educación (…) Ellos no plantean reivindicaciones como campesinos, sino una reivindicación nacional. Afirman que no son chilenos, sino mapuches, y quieren el reconocimiento de su identidad


Sul21Una vez consolidado el golpe contra la presidenta Dilma Rousseff, una de las principales propuestas del gobierno Temer es llevar a cabo una reforma de la Seguridad social que puede cambiar radicalmente el sistema de las pensiones en Brasil. Durante muchos años, el modelo chileno de previsión social, construido durante la dictadura de Pinochet, fue señalado como el ejemplo a seguir en toda la región. ¿Cómo resultó esa experiencia, y cuál es la realidad de la Seguridad social en Chile?

C.O. Este es un tema muy interesante. Es impresionante cómo, no solo en el período de la dictadura sino también en la democracia, se vendió el modelo chileno como la gran solución para los problemas de previsión social en el mundo. Y se vendió con mucho éxito. Lo mejor, de lejos, de ese modelo chileno ha sido el marketing. El inventor de ese sistema, José Piñera, hermano del ex presidente, viajó por el mundo y se hizo rico vendiendo ese sistema, que ha tenido resultados desastrosos. El sistema de Seguridad social chileno, hoy, está prácticamente en quiebra. No cumplió ninguna de sus promesas. La tasa de sustitución (relación entre el último salario recibido y la pensión) es inferior al 40% del último salario recibido. Si usted ganaba 100, el sistema le ofrece menos de 40 como pensión. Cerca de un tercio de la población queda fuera del sistema.

Además se trata de un sistema machista, que impide que las mujeres en situación de mayor dificultad económica puedan tener una jubilación digna. Y los costes de administración del sistema son muy caros. Se estima que cerca de 25% de lo recaudado se destina a pagar esos costos, y el beneficio de las administradoras. Es un sistema absolutamente injusto, al no existir una vinculación entre la rentabilidad del fondo y el beneficio de las administradoras. Los fondos llegaron a perder entre el 15 y el 20% de rentabilidad, sin que el hecho afectara a ese beneficio. Hoy, en Chile, existe la conciencia de que es preciso cambiar ese sistema. Bachelet intentó un cambio en 2005, pero no llegó a ser una reforma completa. Ella creó un pilar solidario, no contributivo, e incluyó a mucha gente que estaba fuera del sistema. Fue bueno, pero no resolvió los problemas centrales, cosa que solo podría ocurrir si se diera un cambio en la arquitectura del sistema, creando un componente solidario dentro del fondo.

Las grandes movilizaciones que tuvieron lugar en 2016 ya no fueron por la educación, sino por las pensiones. Esta cuestión deberá ser un tema central en la próxima campaña presidencial.

Sul21Se trata además de un sistema esencialmente privado, ¿no es así?

C.O. Es enteramente privado con una excepción: el sistema de los militares, que cuesta carísimo, en torno a 2,5 miles de millones de dólares USA, y beneficia a cerca de 100 mil personas. Es un sistema más caro que el del pilar solidario que beneficia a los más pobres.