Brasil: los pactos y la rendición del Partido de los Trabajadores (PT)

Download PDF

Por TARSO GENRO

© Carme Masiá

© Carme Masiá

“La cuestión de la interdependencia entre fines y medios, por la que los
‘fines no justifican los medios’, sigue siendo el problema principal de las alianzas.”

En materia de alianzas formales o informales, de acuerdos entre personas y grupos políticos que se reúnen en torno a principios diferentes, de armisticios entre enemigos, la historia ofrece ejemplos para todos los gustos. El “Pacto Molotov-Ribbentrop” (agosto de 1939), a través del cual Stalin ganó tiempo para preparar a la URSS a enfrentarse militarmente a la Alemania nazi; el acuerdo para la concesión de un “salvoconducto” al tren “sellado” de Lenin (1917) que viajaba desde Suiza para -a través del acuerdo con la Alemania imperialista- llegar a la Estación Finlandia de Petrogrado y liderar la Revolución de Octubre; el consenso entre [Luís Carlos] Prestes y Getúlio [Vargas], en torno a la entrada de Brasil en la guerra contra el “Eje”, después de nueve años de prisión de Prestes (que estaba en prisión desde marzo de 1936) y después de la entrega de Olga Benário [compañera de Prestes, murió en los campos de exterminio] a la Alemania nazi, son algunos ejemplos clásicos en materia de alianzas.

Más recientemente, en Argentina, tenemos el ejemplo del amplio acuerdo político promovido para viabilizar la segunda Presidencia de Perón (octubre de 1973). Este acuerdo se sustanció entre las distintas fuerzas políticas y paramilitares -desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha fascista- que componían el Movimiento Justicialista, y su objetivo era montar un Gobierno con  respaldo popular, estable, para superar la crisis económica y política derivada de la dictadura militar allí vigente. Roto el pacto y muerto Perón, Argentina se sumergió en un caos y una violencia sin límites, subyugada bajo la dictadura más sanguinaria de su historia.

La cuestión de la interdependencia entre fines y medios, por la cual los “fines no justifican los medios”, sigue siendo el problema principal de las alianzas, tanto si están relacionadas con un proyecto democrático-republicano, como con un proyecto revolucionario abierto, contra cualquier dictadura. ¿Cuáles son los objetivos (fines) principales, que mueven al Partido de los Trabajadores (PT) y a la izquierda republicana y democrática (socialista o no), en esta coyuntura histórica? ¿Quiénes son los adversarios (o enemigos) que hemos de neutralizar o debilitar? ¿Qué precisamos (medios) para formar una base política y social amplia, orientada a alcanzar aquel objetivo? Las respuestas a estas preguntas sencillas, por más que no agotan la cuestión, son ciertamente importantes para definir una estrategia política del campo popular y democrático, tanto en contra del ajuste que tramita el Congreso Nacional, como para rehacer los vínculos de confianza entre la izquierda y los movimientos sociales, que hoy encuentran poco respaldo em las instituciones.


Nuestros adversarios (o enemigos) son los grupos políticos de cada uno de los partidos de la Coalición Golpista, cuya intención nunca fue combatir la corrupción, sino “ajustar” el país a lo que quieren los acreedores de nuestra divisa pública


He aquí un intento de respuesta: nuestros objetivos (fines) son adelantar el calendario electoral, para relegitimar el poder político en el país y combatir la “excepción”, o bien -de no ser posible- llegar a 2018 con fuerza suficiente para disputar la Presidencia de la República, desde una mayoría parlamentaria.  Nuestros adversarios (o enemigos) son los grupos políticos de cada uno de los partidos de la Coalición Golpista, cuya intención nunca fue combatir la corrupción, sino “ajustar” el país a lo que quieren los acreedores de nuestra divisa pública. Los “medios” para alcanzar aquellos “fines” son –de una parte–, en la esfera político-parlamentaria, formar una base mínima para la resistencia a los ajustes en el Congreso (incluso como propuesta anticipada de nuestras reformas en el futuro), y -de otra parte-, en la sociedad, recuperar la confianza en la política, volcándonos en el fortalecimiento de amplias movilizaciones sociales contra el Gobierno usurpador, centradas en la crítica a las reformas del ajuste liberal-rentista.

No es una originalidad decir que el PT se está volviendo un partido tradicional. Nacido de un conjunto de organizaciones y movimientos democráticos -socialistas, socialdemócratas, comunistas, cristianos de izquierda-, y  de movimientos sindicales economicistas, con la simpatía de una amplia franja de la intelectualidad, al paso del tiempo el PT fue internalizando códigos democráticos y reformistas, en busca de dar respuesta a las demandas inmediatas de los más pobres y de mejorar, en general, la vida de la mayoría del pueblo. Y lo hizo de manera consciente, noble y generosa, en una época de “desenganche” de las utopías, de crisis y cambios radicales en los “socialismos realmente existentes”, y de crisis del sistema imperial tradicional, metamorfoseado en un capitalismo rentista, que controla a los estados-naciones “amigos” mermando su soberanía.

En este proceso, como todos los partidos de izquierda que han tenido alguna responsabilidad de gobierno -sin excepción-, el PT adquirió los vicios del poder y las deformaciones de la profesionalización de la política, que afectan a cualquier partido en cualquier régimen de democracia política. Los adquirió en un grado mucho menor del de cualquier otro partido electoralmente importante en el país, pero ciertamente los adquirió: formuló justificaciones y se desligó moral y políticamente de su amplia base afiliada, simpatizante o militante, que todavía espera una rectificación por nuestra parte. No nos cabe duda de que el PT es el blanco predilecto de la manipulación fascista de una parte de la prensa, y alimento diario de los columnistas, que se han profesionalizado para cobrar sustanciosos honorarios por sus servicios. Pero también es verdad que somos el blanco de gente que confiaba en nosotros, que se movía con nuestras utopías y que se desencantó con nuestro “realismo”, que en muchos casos ha significado sacrificar los principios.


Como todos los partidos de izquierda que han tenido alguna responsabilidad de gobierno -sin excepción-, el PT adquirió los vicios del poder y las deformaciones de la profesionalización de la política, que afectan a cualquier partido en cualquier régimen de democracia política


Cuando estamos discutiendo la cuestión de las “Mesas” -legar o no a un acuerdo con el golpismo y el reaccionarismo-, no nos situamos frente a una “división” partidaria previa, sino en un debate para decidir hacia dónde se mueve la totalidad del partido. No estamos distinguiendo entre “izquierda” y “derecha” partidaria, “auténticos” o “tradicionalistas”, “socialistas” o “social-liberales”, ni quién tiene más, o menos, coraje en la lucha contra la usurpación y la “excepción”. No fue una parte, fue la totalidad do PT, la que entró en la dependencia de las alianzas ya superadas cuatro años atrás, una continuidad que fue el trance más profundo de nuestra vulgarización como Partido, cuya caricatura fue el nombramiento -durante el Gobierno Dilma- de Joaquim Levy para rescatar la economía tambaleante.

© Carme Masiá

© Carme Masiá

Lo que se discute, en consecuencia, es si desandamos este camino de tradicionalización partidaria y si apostamos por la refundación de la utopía socialista democrática, que nos unió para cambiar el Brasil. Ciertamente, eso es difícil y depende de una serie de condiciones internacionales que hoy están en “recesión”; pero quien no se mueve hacia el horizonte, no solo no llega hasta allí -nadie llegará- sino que tampoco elige un trayecto.  Entrar en acuerdos con el golpismo, para participar en las Mesas que van a dirigir las reformas antidemocráticas y antisociales del Gobierno de usurpación, es debilitarnos delante de nuestros aliados actuales y futuros, delante de nuestra propia base social y política. Y lo que es peor aún, debilitarnos frente a nuestros propios adversarios. Ellos estarán todavía más unidos y legitimados delante de nuestro reconocimiento tácito, que les consagraría -sin ninguna concesión programática por su parte- como “fiables”, a pesar de pertenecer todos ellos a la vanguardia golpista.


Lo que se discute es si desandamos este camino de tradicionalización partidaria y si apostamos por la refundación de la utopía socialista democrática, que nos unió para cambiar el Brasil


La adhesión a los acuerdos de las Mesas dificultará, por estos motivos, incluso la eventual búsqueda de interlocutores, con el ánimo de formar una nueva mayoría -en un momento de crisis incluso más aguda- para llamar a elecciones presidenciales antes de 2018. Es sabido que en una pelea por el poder nadie acudirá a respaldar a quien no supo ser fuerte para mantenerse en el Gobierno, ni supo consolidarse con fuerza de oposición para atraer aliados programáticos. Si elegimos el acuerdo con el golpismo, como el “medio”, por tanto, utilizado para extender nuestra influencia política, nos situaremos todavía más lejos de los “fines” que pretendemos, cuyos presupuestos son el debilitamiento político del Gobierno golpista y la inviabilización de sus reformas.

Determinadas decisiones que un partido toma en coyunturas especiales, concentran todo su pasado y delinean su futuro, como en el poema de Eliot, en el que “tiempo pasado y tiempo futuro” están condensados en el ahora. Difícilmente el PT revertirá su trayectoria descendente, si consentimos en un símbolo de esta grandeza trágica: ¡después de las elecciones al Congreso, usurpadores y usurpados, golpistas y golpeados, posarán juntos para una foto de compromiso! Sonrientes para la Historia, nuestros parlamentarios, que ocuparán “espacios” de poder, serán apenas los invitados condescendientes a un festín de engaños. Todos los que militamos  en la política ya cometemos muchos engaños, pero este no lo cometería la mayoría de nosotros. Vender el alma al diablo y no entregarla, es legítimo y humano. Pero venderla y entregarla, simulando que se trata de un acto de valentía, lleva a un camino sin retorno.

 

_________________

Tarso Genro. Fue Gobernador del Estado de Rio Grande do Sul, alcalde de Porto Alegre, Ministro de Justicia, Ministro de Educación y Ministro de Relaciones Institucionales de Brasil.