La abrumadora responsabilidad de la izquierda en la elección de Donald Trump

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Por DOMINIQUE MÉDA

© Carme Masiá

© Carme Masiá

El enigma parece completo: ¿por qué los pobres y los obreros han votado por un millonario cuyo único mérito ha sido nacer (un don procedente de su padre, que al entrar en la vida adulta le permitió construir su imperio) y no por la candidata demócrata?

¿Por qué casi un tercio de los franceses que van a votar en las próximas elecciones presidenciales, entre ellos numerosos electores procedentes de las clases populares, están dispuestos, según los sondeos, a dar su apoyo no a la izquierda sino a una candidata, Marine Le Pen, cuyo repertorio ideológico estaba hasta hace poco en las  antípodas del anticapitalismo y de la lucha de clases?

¿Por qué las izquierdas se ven superadas, en casi todo el mundo, por partidos que tratan de poner en el centro de sus preocupaciones a los olvidados, los invisibles, los condenados por la mundialización, los subalternos, los desclasados?

Derechos que creíamos definitivamente conquistados

Esto se explica en gran parte por el hecho de que la izquierda simplemente ha renunciado a desarrollar una política de izquierda y por lo que, desde ese momento, no les queda nada a los que la votaban tradicionalmente como no sea volverse hacia los que se interesan (o aparentan interesarse) por ellos y por sus problemas.

¿Habríamos visto acaso al Frente Nacional cambiar radicalmente de fondo ideológico, interesarse por la clase obrera, por el valor del trabajo, por la debilidad de los salarios, por las regiones arruinadas por el desmantelamiento de fábricas, por la dificultad de llegar a fin de mes, o por la mundialización, si la izquierda hubiera permanecido fiel a su herencia ideológica, no digamos a sus valores?


La obsesión por el equilibrio presupuestario erigido en dogma y objeto del mayor orgullo mientras una parte del país revienta; el completo desinterés por las condiciones de trabajo cuya degradación, sin embargo, salta a la vista


Las víctimas de la globalización, los que han perdido su empleo o se desenvuelven en zonas marginales, ¿estarían ellos también tentados por el discurso de Marine Le Pen si la izquierda hubiera continuado defendiendo la igualdad, el aumento de salarios, el desarrollo del estado de bienestar, la cooperación, la reducción del tiempo de trabajo, su reparto?

Evidentemente, no. Indudablemente no estaríamos así, temblando por la paz y el mantenimiento de los derechos que creíamos definitivamente conquistados si, en 1983, en lugar de aceptar someternos a una Europa que no llegaba a convertirse en una Europa política, la izquierda en el poder hubiera continuado defendiendo el interés del paradigma keynesiano.

No estaríamos así si, en 1985-1986, la izquierda no hubiera cedido al canto de sirenas de la libre circulación de capitales y de la apertura de los mercados financieros, de los que el propio FMI reconoce hoy que están a punto de destruir nuestras sociedades; no estaríamos así si la izquierda francesa no hubiera aceptado, años tras año, una tras otra, las renuncias a la herencia de izquierda.

Aumento insoportable del paro

Hagamos memoria: la famosa igualdad promovida en 1994 por el informe Minc, adulado por la izquierda; la ortodoxia presupuestaria tan reivindicada por el actual Presidente de la República y que nos ha llevado a un aumento insoportable del paro; el abandono en que la izquierda  ha dejado a los barrios de las periferias (banlieues) tras treinta años tratando de ocuparse de las mismas; la obsesión por el equilibrio presupuestario erigido en dogma y objeto del mayor orgullo mientras una parte del país revienta; el completo desinterés por las condiciones de trabajo cuya degradación, sin embargo, salta a la vista todos los días; el progresivo deslizamiento de la izquierda hacia la condena de las políticas de subsidio; la total incomprensión hacia el entorno del «Moustachu» (el Bigotes, Philippe Martinez, secretario general de la CGT), considerado el Diablo en las más altas esferas del estado; el rechazo a obligar a las empresas matrices a asumir la responsabilidad por los actos de sus filiales; la sumisión al poder de los bancos…


Elites convertidas al discurso que la OCDE viene lanzando desde los años 80; elites de izquierda, incluido Obama, que prefieren conservar junto a ellas a los economistas campeones de la desregulación


Y, sobre todo, la completa conversión -puesta perfectamente en evidencia ya en 1994 en el interesante libro de Bruno Jobert y Bruno Théret, Le Tournant néolibéral– de las autodenominadas elites al bagaje teórico de las ideas neoclásicas, y a sus sacerdotes, que nos proponen desde hace años la bajada del salario mínimo (mientras que el menor de sus “ingresos” supone un salario mínimo en solo unas horas), contratos únicos, despidos rápidos, desmantelamiento completo de la protección laboral, una bajada de las ayudas por desempleo y subsidios a fin de que los perezosos vuelvan lo más rápidamente al trabajo, y todo ello con términos engañosos (que nos acordemos de la famosa «protección»).

Elites convertidas al discurso que la OCDE viene lanzando desde los años 80; elites de izquierda, incluido Obama, que prefieren conservar junto a ellas a los economistas campeones de la desregulación (como Larry Summers) mientras la disciplina económica parece hoy día despolitizada.

Sospecha generalizada hacia los parados

Hagamos memoria: la traición de Bill Clinton quien, en 1992, lanza que hace falta «To end welfare as we know it» (acabar con el estado de bienestar tal como lo conocemos) y establece, en 1996, una reforma que obliga a los  que reciben las mínimas ayudas sociales a tener que aceptar cualquier trabajo a no importa qué precio, lanzando a la miseria a los que no son capaces de obtenerlo.

Hagamos memoria: el terremoto que supuso el Manifiesto Blair-Schröder de 1999 en el que los dirigentes «de izquierda» nos llamaban a acabar con esta «vieja» izquierda, enganchada al gasto público, incapaz de creer en la empresa y en la competitividad.

Acordémonos de las reformas del canciller alemán Gerhard Schröder, la sospecha generalizada sobre los parados que rehusaran, por pura pereza, aceptar empleos (que no existen), la fusión del subsidio de paro con la ayuda de asistencia, la política del «garrote» como si aquellos que habían perdido su empleo y no conseguían obtener otro lo hicieran a propósito. Y, a lo largo de esa época, la explosión de las desigualdades, las fortunas colosales que algunos adquirieron rápidamente, el consumo ostentoso, las finanzas locas.

En casi todas partes, alcanzado el poder, la izquierda ha adoptado el paradigma neoliberal, frecuentemente para mostrar que ella es capaz de ser un tan buen gestor como la derecha, muchas veces también porque habría sido necesario volcar la mesa para poner en marcha otra política.

Una Europa que no tenga por único ideal el mercado

Cada época es única. Durante el primer septenio de François Mitterand, quizás no nos conocíamos, no podíamos imaginar que una Europa nacida de forma tan mala, una Europa incapaz de unirse a partir de acuerdos políticos, una Europa que no tuviera por único ideal el mercado, podría sobrevivir.


Hubiera sido mejor no ejercer el poder y conservar intacta la esperanza de cambiar un día la situación, más que ejercerlo imitando a la derecha, recuperando su herencia, sus maneras de actuar, los comportamientos, la ideología de la derecha


Pero en 2012 las cosas eran bien diferentes. Habría hecho falta, en lugar de querer ejercer a todo precio el poder, salvaguardar, al contrario, como la cosa más preciosa, los valores de la izquierda. Incluso a riesgo de ser objeto de risa, a riesgo de ser considerados como malos alumnos de economía, como peores gestores, hacía falta conservar contra viento y marea y como única brújula la búsqueda absoluta de la igualdad, la atención por los obreros, los desclasados, los marginados, los olvidados, los derrotados, los de los barrios periféricos, los de salarios bajos, los privados de empleo, y defender consecuentemente el servicio público, la solidaridad, la redistribución.

Hubiera sido mejor no ejercer el poder y conservar intacta la esperanza de cambiar un día la situación, más que ejercerlo imitando a la derecha, recuperando su herencia, sus maneras de actuar, los comportamientos, la ideología de la derecha, lo que lleva hoy a nuestros conciudadanos abandonados a lanzarse en brazos de los únicos que todavía no han probado.

Mientras la izquierda no renueve sus principios fundamentales, sus (improbables) éxitos electorales serán victorias pírricas, como hacer la cama a la derecha y a la extrema derecha.

 

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Dominique Méda (1962). Socióloga y profesora de la Universidad Paris-Dauphine. Ha sido firmante del llamamiento a unas primarias entre las izquierdas y ecologistas a fin de designar al candidato a las Presidenciales del año próximo. El texto fue publicado en el diario Le Monde del 13 de noviembre de 2016 y lo publicamos de acuerdo con la autora.