Una socialdemocracia que ha perdido el Norte

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Por BRUNO ESTRADA LÓPEZ

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Foto Flickr: Elisa Finocchiaro

Creo que lo más interesante del debate que estamos teniendo en Espacio Público sobre las políticas de austeridad y devaluación salarial imperantes en la zona euro es analizar el horizonte político al que nos conducen. En este sentido, Joaquín Estefanía hace una oportuna cita a Mark Blyth: “la razón de su existencia [de la socialdemocracia] es hacer algo más que simplemente permitir un paraíso para el acreedor en Europa”.

Los reiterados y contrastados errores de esta política económica están condenando a una parte importante de los ciudadanos europeos al desempleo, a un profundo deterioro de sus condiciones de trabajo o a la emigración, de forma similar a como sucedió en los años treinta del siglo pasado, aunque no en la misma magnitud.

Por eso, son de plena actualidad las palabras enunciadas en 1943, en su escrito “Aspectos políticos del pleno empleo”, por el gran economista polaco Michal Kalecki: “En la gran depresión de los años treinta las grandes empresas se opusieron sistemáticamente a los experimentos tendientes a aumentar el empleo mediante el gasto gubernamental en todos los países, a excepción de la Alemania Nazi. Esto se vio claramente en los Estados Unidos (oposición al New Deal de Roosvelt), en Francia (el experimento Blum) y también en Alemania antes de Hitler.”

Es más, Stuart Holland en su libro “Contra la hegemonía de la austeridad” nos explica con todo detalle como el último canciller alemán antes de Hitler, Heinrich Brüning, respondió al Crac de 1929 restringiendo el crédito e impulsando la congelación salarial, lo que agravó la crisis y provocó un aumento espectacular del desempleo. Como consecuencia de ello en tres años el apoyo a Hitler se disparó, pasando del 4% en 1929 al 44% en 1933.


La socialdemocracia sueca puso en marcha las políticas de pleno empleo, la construcción del Estado del Bienestar y apostó decididamente por la estabilidad macroeconómica, lo que ha permitido que ese pobre país de los años treinta sea, ochenta años después, uno de los más ricos e igualitarios del mundo


No obstante, hay algo que si ha cambiado radicalmente entre el horizonte político de los años treinta y el de la actualidad. En esos años las fuerzas políticas de izquierda, y particularmente la socialdemocracia, tenían un discurso político alternativo que se puede resumir en la frase de Ernst Wigforss, uno de los principales ideólogos económicos del socialismo democrático y ministro de Economía de Suecia desde 1932 hasta 1949: “La austeridad nos lleva a la conclusión de que el trabajo es un lujo, de que el trabajo para todos los ciudadanos es algo que uno puede permitirse en sociedades ricas, pero que supera con mucho las fuerzas de un país pobre”.

La socialdemocracia sueca puso en marcha las políticas de pleno empleo, la construcción del Estado del Bienestar y apostó decididamente por la estabilidad macroeconómica, lo que ha permitido que ese pobre país de los años treinta sea, ochenta años después, uno de los más ricos e igualitarios del mundo. La capacidad de generar una ilusión colectiva con el objetivo de construir una sociedad más justa y más libre es lo que posibilitó que en 1945 el Partido Laborista ganara las elecciones a Churchill, que ese mismo año los partidos socialistas y socialdemócratas, que tenían una fuerte imbricación con los sindicatos, accedieran al gobierno en Dinamarca, Austria, Holanda, Bélgica, Noruega, en 1946 en Francia y en 1948 en Finlandia, ocupando un papel central en la escena política de esos países hasta los años noventa, y casi hegemónico en el caso de los nórdicos.

El problema en es que en la actualidad la mayor parte de los dirigentes de las organizaciones que se reclaman herederas de esa tradición política han perdido el Norte, se han sometido, en las ideas y en la práctica, a la hegemonía cultural impuesta por los defensores de las políticas de austeridad y devaluación salarial, por quienes ponen por encima de la voluntad de los ciudadanos la de los acreedores.

En los años noventa la mayor parte de la socialdemocracia, con Tony Blair al frente, partiendo de la idea de que había que dar una respuesta no defensiva a la transición que se estaba produciendo en los países desarrollados del Atlántico Norte al pasar de ser sociedades industrializadas fordistas a sociedades post-industriales, relajó el compromiso de la socialdemocracia con la equidad social, llegando a declaraciones tan esperpénticas como las palabras de Ricardo Lago, expresidente socialista de Chile: “ A lo mejor ser socialista hoy es garantizar que usted puede llegar a ser Bill Gates porque tiene un sistema de educación que le permite desarrollar determinadas habilidades. En consecuencia, el conocimiento y la educación pasan a ser más importantes que los medios de producción de que hablaba Marx, o que la propiedad de la tierra, que establecía la diferencia entre ricos y pobres hace 300 años”.


En los años noventa la mayor parte de la socialdemocracia, con Tony Blair al frente, partiendo de la idea de que había que dar una respuesta no defensiva al paso de sociedades industrializadas fordistas a sociedades post-industriales, relajó el compromiso de la socialdemocracia con la equidad social.


La retórica de la Tercera Vía sobre la igualdad de oportunidades, un concepto que en su origen era liberal, ignora que no es posible una verdadera igualdad de oportunidades mientras subsistan profundas diferencias sociales, económicas y culturales entre quienes viven en barrios pobres, como por ejemplo, Nou Barris en Barcelona, Villaverde en Madrid o Los Pajaritos en Sevilla y aquellos que viven en Pedralbes, Serrano o Los Remedios, los barrios más burgueses de esas mismas ciudades. Un reciente estudio (movilidad intergeneracional en el muy largo plazo: Florencia 1427-2011) realizado por dos investigadores del Banco de Italia demuestra que las familias más ricas de la Florencia actual son las mismas familias que ya eran las más ricas hace seiscientos años.

El sometimiento ideológico de la Tercera Vía, que alcanzó su cénit en la conferencia de Nueva York de 1998 en la que participaron, junto a Tony Blair, Bill Clinton (el abanderado de desregulación financiera en EEUU) y el canciller alemán Gerhard Schröder (el padre de los minijobs), llevó a una parte muy importante de la socialdemocracia a un callejón sin salida. Esa hegemonía cultural del neoliberalismo supuso que la socialdemocracia olvidara un elemento básico de su agenda política: si no se establecen frenos colectivos y democráticos a los procesos de acumulación de capital privado y de concentración de poder político que ello conlleva, es imposible hacer frente a la mercantilización de cada vez más parcelas de la vida, a la creciente desigualdad, a la privatización de la política. Es imposible que en la prosperidad participen todos.

La Tercera Vía también llegó a la conclusión de que la globalización financiera forzaba a los Estados a seguir políticas económicas similares y se sometió acríticamente a la pérdida de soberanía democrática, ignorando dos cuestiones elementales de la democracia, que hasta entonces formaban parte del ADN socialdemócrata: 1) La democracia permite orientar la creación de capital, público y privado, hacia objetivos políticos y sociales en cuya determinación han participado todos los ciudadanos; 2) cuando un Parlamento emanado de la voluntad popular no puede desarrollar la política que han decidido los ciudadanos se pone en cuestión todo el andamiaje institucional de la democracia. Por eso la democracia ha sido un instrumento que moderniza las sociedades, frente a la religión y el capital, que son instrumentos de cooperación autoritaria.

La democracia es un instrumento de cooperación horizontal que permite que todos los ciudadanos tengan las mismas posibilidades de participar, esto es, de influir en las decisiones públicas. La socialdemocracia no puede compartir el menosprecio de las élites económicas a la democracia, como han hecho de forma reiterada varios de sus líderes más relevantes durante la última década.

Mientras la prosperidad económica fue la tónica generalizada en los países desarrollados las condiciones de vida de la mayor parte de los trabajadores no se vieron afectadas por esa sumisión. Fue la Gran Recesión de 2007 la que puso en evidencia la incapacidad analítica y propositiva de la socialdemocracia europea para garantizar la participación de todos en la prosperidad, para defender los derechos e intereses de quienes decía representar.


Fue la Gran Recesión de 2007 la que puso en evidencia la incapacidad analítica y propositiva de la socialdemocracia europea para garantizar la participación de todos en la prosperidad, para defender los derechos e intereses de quienes decía representar.


La crisis supuso un fuerte debilitamiento de la hegemonía cultural neoliberal en EEUU, el gasto público bajo el gobierno de Obama llegó a ascender al 42,3% del PIB como una forma inteligente y solidaria de enfrentarse a la crisis. Sin embargo, en Europa hemos asistido a la incapacidad de la socialdemocracia europea de enfrentarse a las políticas de impulsadas por Angela Merkel y el ordoliberalismo alemán, cuando no las han apoyado con entusiasmo: como viene haciendo el socialista holandés Dijsselbloem, (presidente desde 2013 de la reunión de los ministros de Economía del euro, el tristemente famoso Eurogrupo); en las medidas de austeridad fiscal y devaluación salarial desarrolladas por el PSOE en España a partir de mayo de 2010; en la reciente reforma laboral aprobada por decreto por el primer ministro socialista de Francia Manuel Valls; en la regresiva modificación del Código del Trabajo en Italia impulsada por el primer ministro italiano, Mateo Renzi, que supedita los derechos laborales a la evolución económica de las empresas. En la actualidad, el partido socialdemócrata austriaco (SPO) está debatiendo el gobernar a escala estatal con la formación ultranacionalista y xenófoba que ha estado a punto obtener la presidencia de Austria. Es más, ya en 2015 el SPO alcanzó un acuerdo de gobierno con el denostado FPO en el lander de Burgenland que supuso un profundo cambio de la política migratoria de la socialdemocracia austriaca.

Las consecuencias de aquellos polvos son estos lodos. En un escenario político donde la voluntad democrática es quebrantada, donde, como dice Blyth, quienes tradicionalmente se han reclamado defensores de “los de abajo” son incapaces de ofrecer una propuesta de política económica y social diferente de los que defienden los intereses de “los de arriba”, no resulta nada extraño que surjan otras formaciones políticas que ocupen su espacio. Es mucho más saludable, en términos democráticos, lo que está sucediendo en España en relación con la emergencia de PODEMOS, que se reclama la nueva socialdemocracia, que lo que está pasando en Alemania, Austria, Francia, Finlandia, Hungría o Grecia, donde los emergentes son partidos racistas y ultraderechistas.

 

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Bruno Estrada López. Economista, adjunto al Secretario General de CCOO. Miembro de Economistas frente a la Crisis.