La cuestión meridional revisitada. Reflexiones sobre la oportunidad de replantear la actual relación entre Norte y Sur de Europa

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Por PERE JÓDAR

Peter Varga

Peter Varga

La cuestión meridional en Gramsci1 tiene un nodo central: la agricultura. Ésta es crucial para el bloque en el poder (financieros e industriales del Norte, terratenientes del sur), fuertes en la represión y débiles en su capacidad hegemónica, puesto que sus intelectuales (burocracia, clero…) o no supieron, o no pudieron (revolución pasiva), generar una hegemonía cultural sólida que arrastrara al campesinado y a la pequeña burguesía. Una fortaleza con pies de barro (dominación sí, pero no consenso) que, en definitiva, facilitó el camino al fascismo. Pero asimismo, para Gramsci, la cuestión meridional y agraria era crucial para el bloque alternativo en su intento de construir los instrumentos para consolidar sus alianzas; ahí, la interacción entre obreros, campesinos, intelectuales orgánicos y el príncipe moderno (el partido) resultaba fundamental. Por tanto, para Gramsci, la cuestión meridional era clave tanto para la hegemonía de la burguesía financiera e industrial del Norte, como también había de serlo para la alternativa revolucionaria. Sin fórmulas mágicas. Los campesinos necesitaban al proletariado y el proletariado necesitaba a los campesinos. Su liberación mutua sólo podía venir de una alianza política.

Desde ese punto de vista, ¿es interesante plantearse las actuales relaciones entre los países del norte y el sur de la Unión Europea, a partir de la lectura del texto de Gramsci sobre la cuestión meridional, tal como proponen algunos foros intelectuales del Norte europeo? En principio, diría que no. Es más, como yo también tengo mis prejuicios, pensaría que nuestros colegas críticos del norte que proponen dicha relectura todavía piensan en un sur europeo agrícola o, peor, de fiesta, siesta y toros.

Pero hablando seriamente, una de las reflexiones que para mí derivan de la idea de hegemonía en Gramsci es que, en la actualidad, las decisiones de la Unión Europea se imponen (dominio, fuerza), pero no convencen (consenso). Se está perdiendo el compromiso, las esperanzas que representaba Europa; o, como se dice ahora, el significante vacío Europa que, en cambio, se rellena de connotaciones negativas para los pueblos que sufren la austeridad. Y, nuevamente parafraseando a Gramsci, las últimas consecuencias de la dominación, hoy día es el neocolonialismo, el autoritarismo y el fascismo.Naturalmente ahora adoptan otras formas y planteamientos, pero pese a la expresión triunfadora del ‘fin de las ideologías’ o de la tecnocracia, sobrelos gobiernos democráticos de la Europa actual planea la sombra del totalitarismo. Contrariamente a lo pensado por Hayek2 no es el ‘comunismo soviético’ el que nos conduce por el camino de servidumbre, sino que es el neoliberalismo el que nos invade y absorbe bajo un manto de individualismo, competencia, rivalidad, disciplina y miedo, modelando nuestras mentes y cuerpos bajo el foco de un sólo pensamiento o ideología. Los países neoliberales, además, tienen ya sus gulags en forma de desempleo, precariedad, pobreza y falta de derechos.


El problema de la hegemonía, también la distinción entre Norte y Sur, continúan siendo vigentes; aunque no sería así el caso de la cuestión agrícola, o el del papel de la clase obrera (que además ahora tiene mono azul y cuello blanco, así como sexo y origen) y el del intelectual orgánico colectivo (partido)


Por tanto el problema de la hegemonía, también la distinción entre Norte y Sur, continúan siendo vigentes; aunque no sería así el caso de la cuestión agrícola, o el del papel  de la clase obrera (que además ahora tiene mono azul y cuello blanco, así como sexo y origen) y el del intelectual orgánico colectivo (partido).

Por ello, situados en la actualidad del mediterráneo europeo, es necesario calibrar el peso de la agricultura y de la industria, en términos de PIB, de ocupación, quizás de cuantificación de los componentes de las clases sociales, respecto de los tiempos de Gramsci. Por ejemplo en España (EPA) el campesinado es ahora una pequeña parte de la población ocupada. De hecho España pasó de ser una nación atrasada y agrícola a una sociedad industrial, sobre todo entre 1960 y 1980, aunque cuando aún no estábamos del todo desagrarizados-años ochenta-, ya tocaron las trompetas de la desindustrialización (imitando al Reino Unido de la Thatcher y a otros países neoliberales). Así, en 1985, un 18,4% de la población ocupada en España se agrupaba en la agricultura y el 24,5% en la industria, mientras que en 2012, eran el 4,3% y el 14,1% respectivamente (la media EU15 era de 2,7% y 16,4%).En cambio, los servicios tradicionales y personales en 2013 alcanzan el 40,4% del total de la ocupación española, y los servicios de empresa y públicos el 35%.De manera que ahora ya somos una sociedad de servicios, aunque en ella predominan empresas poco dinámicas y de baja calidad (turismo, servicios domésticos y personales), poco innovadoras e incapaces de crear suficiente empleo; de esta caracterización sólo escapa el País Vasco que mantiene comparativamente más industria.

Si miramos el bloque de poder, éste también se ha transformado. Poulantzas3 distingue la burguesía compradora (oligárquica) en la que sitúa a la banca, las finanzas, el comercio (podríamos añadir la construcción), aliada con los terratenientes y la industria de capital extranjero, de la burguesía interior, principalmente industrial o de capital productivo, que arriesga en sus producciones. Especulando, hoy día creo que podemos hablar de una unificación de estos intereses; quizás, incluso, aún predominen los hijos de la vieja oligarquía, por los nombres que se barajan en la banca y en los consejos de administración, o en el espectro político conservador, pero creo que se añade un fenómeno nuevo. Gramsci advertía sobre las nuevas clases medias: directivos, técnicos, profesionales, casi ausentes de la Italia de su época. En la nuestra, los directivos, profesionales y algunos técnicos de alto nivel, han invertido las predicciones de las teorías de la agencia y de los costos de transacción (también de la meritocracia y el capital humano; ver Piketty4) y, ahora, aun siendo asalariados, no sólo toman decisiones y controlan la producción, sino que poseen paquetes de acciones, manejan consejos de administración, viven o se distinguen de la misma manera y en los mismos barrios que las antiguas dinastías propietarias; intercambian sus redes y contactos sociales (también políticos) y, como ellas, patrimonializan. Dirigen las empresas del IBEX, más alguna otra ‘familiar’ de la industria (alimentación, textil, farmacia) o de la construcción y la gran banca. Y dado que este proceso en gran medida se ha acelerado y consolidado, privatizando empresas públicas o de servicio público (agua, electricidad, gas, carburantes, teléfonos, autopistas, comunicaciones…), esta revolución de los ‘agentes’ (que sin arriesgar capital propio, han conseguido acrecentar enormemente su poder y patrimonio en tiempos neoliberales y, especialmente, en las crisis) no hubiera sido posible sin la colaboración de los partidos políticos gobernantes, que obtienen recompensasfinancieras y personales (puertas giratorias). Ahora, incluso, España tiene empresas multinacionales que hacen más complejo el estudio de las relaciones de dependencia o la ubicación de la soberanía nacional, dadas las intrincadas interconexiones entre capitales locales y multinacionales.


Esta revolución de los ‘agentes’ (que sin arriesgar capital propio, han conseguido acrecentar enormemente su poder y patrimonio en tiempos neoliberales y, especialmente, en las crisis) no hubiera sido posible sin la colaboración de los partidos políticos gobernantes, que obtienen recompensas financieras y personales (puertas giratorias)


En este contexto, la cuestión meridional se desplaza. Ya no es la causa obrera (trabajadora), ni la campesina; ni su posible alianza. Pero sí bien la cuestión meridional de Gramsci se vacía en parte de contenido, toda vez que hemos perdido la posibilidad de la alianza obrero-campesina, en cambio continuamos teniendo Norte y Sur o centro y periferia; aunque a un nivel quizás más complejo (multiplicidad y difuminación de los centros). Y, además, en la Europa actual continúa siendo pertinente el análisis expuesto en el texto de Gramsci sobre el Príncipe Moderno: el problema de la hegemonía (fuerza y consenso), o el de la burocracia; aunque, posiblemente, sujetos y agentes requieren de un análisis actualizado para situar por una parte el bloque histórico dominante y conservador y, por otra, los elementos estructurales, sociales y culturales que conforman las clases alternativas abriendo caminos de emancipación.

En este sentido puede aportar luz a esta actualización incluir la relación entre países dominantes y subordinados expuesta por Poulantzas. Y, dado el creciente papel de la tecnocracia europea al servicio de los grandes capitales, apoyados en sus neoliberales intelectuales orgánicos, la propuesta alternativa del autor griego sobre la emancipación basada en la profundización de la democracia, también ayudaría en nuestra reflexión.

¿Cómo se construye la voluntad colectiva europea? ¿Un partido político europeo, una coalición de ellos? ¿Un Napoleón moderno que extienda el jacobinismo? O, más bien, ¿estamos ante una Europa basada en la ‘gran disgregación social’ que al parecer de Gramsci era propia del Sur italiano?, aunque, ahora,sea más acusada por la profunda desigualdad que se extiende en los últimos años. Aquí no hay órgano ‘vaticano’, pero la clase dominante o la élite en el poder anda sobrada de intelectuales e instituciones que gestionan ideas (Trilateral, Davos, OCDE, FMI, Banco Mundial, BCE, burocracia europea) y que, justamente, tal como relata Gramsci ‘desprecian a los campesinos’.En nuestro caso y, ahora, a la mayor parte de los ciudadanos de sus países de origen, al tiempo que reafirman su hegemonía, justamente, identificando política con economía y el ‘alma’ europea con una especie de espíritu (o ficción) eurócrata. Además la repetición del fin de la distinción entre izquierda y derecha, la banalización de las clases sociales o la acentuación de viejas y nuevas divisiones entre trabajadores, dificulta o incluso hace imposible un elemento clave de la propuesta Gramsci: toda clase tiene un solo partido. Tampoco estaría de más explorar, el cómo la ‘ciencia social’ se produce, reproduce y aplica a la manera ‘vaticana’ de conformación de lo establecido: sólo son válidos unos determinados objetivos de estudio, unas determinadas fuentes de datos, unas determinadas metodologías y técnicas y, para completar el control, aquellas que están subvencionadas o alentadas desde unas determinadas instituciones, y evaluadas por agencias supuestamente neutras e infalibles o publicadas en revistas y editoriales concretas, con tendencia al oligopolio.Al respecto es conveniente recordar una entrevista a E. P. Thompson5, en ella argumenta que la derecha ideológica disfraza la teoría en metodología (técnicas positivistas, cuantitativas o similares), o advierte que los poderes establecidos se consideran a sí mismos académicos objetivos mientras que sólo elaboran ideología, a veces tan supersticiosa, como la pretensión de Adam Smith (ahora de los neoliberales) de un mercado autorregulado.


¿Cómo se construye la voluntad colectiva europea? ¿Un partido político europeo, una coalición de ellos? ¿Un Napoleón moderno que extienda el jacobinismo? O, más bien, ¿estamos ante una Europa basada en la ‘gran disgregación social’ que al parecer de Gramsci era propia del Sur italiano?


La lucha por la hegemonía (fuerza y consenso) se juega ahora, a la vez en el nivel nacional y en el terreno internacional. El bloque histórico hegemónico ejerce con mano férrea en Europa sus medidas económicas, obteniendo el compromiso de los gobiernos nacionales a sus políticas y, allá donde éste no llega, se amenaza o impone al estilo colonial (Grecia como caso más flagrante; mails, cartas o llamadas al gobierno español e italiano en 2011…). El problema de los gobiernos europeos nacionales es que no deciden, sino que aplican políticas y medidas sin consenso, que ni tan siquiera son legítimas o justas puesto que no sólo no figuraban en el programa electoral de los partidos gobernantes sino que además fracturan y empobrecen la sociedad, generando enormes sufrimientos.

Por ello en el sur hay escepticismo, incluso rechazo, manifestado mediante la movilización y, por ahora, el apoyo a partidos que no aceptan el statu quo desde la izquierda,pero en el interior de una situación extremadamente móvil en la que nuevos partidos de derechaextrema también reclaman protagonismo.Al tiempo que, en el norte, se generaliza la movilización y el apoyo a partidos con programas y prácticas racistas o excluyentes. Quizás por ello los países refuerzan los aspectos de fuerza y dominación (ver Wacquant6; la ley mordaza, la reforma del código penal en España o la oportunista ley antiterrorista ‘para todo’).  En esos aspectos políticos y sociales (inmigración, refugiados, pobreza, libertades…), no hay una política europea, como sí la hay en términos económicos. Es una situación compleja. Por ejemplo, sólo la derecha conservadora agita el fantasma del comunismo o del elemento anti-sistema, aunque se une con la social-democracia para poner sobre la mesa el espectro del populismo o del no hay alternativa. Y, oportunamente, la amenaza yihadista abre los vacíos por los que se cuela el autoritarismo en unas democracias nacionales mermadas por la financiarización, la globalización, la corrupción y la austeridad.

¿Cómo plantear en este terreno la relación entre estructura y superestructura, la distinción entre el movimiento orgánico  y el coyuntural? o, más simple, ¿cómo situar la correlación de fuerzas?,¿cómo cambiar las cosas? Basta observar el panorama previo a las elecciones griegas de principios de 2015: ¿dónde estaba el campo de batalla?, ¿en Grecia, en Bruselas, en Estrasburgo, en el conjunto europeo, en el mundial, en el delicado equilibrio Norte/Sur…? Y colocados en la posición emancipadora ¿en qué factores estructurales apoyarse, cómo crear conciencia colectiva, identidad, solidaridad, intereses comunes, incluso intereses corporativos, alianzas de intereses?, ¿es el populismo la ideología que puede germinar y convertirse en el ‘partido’?, ¿qué fuerza actual puede plantear con realismo ‘la unicidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral… en el plano universal’?, ¿cómo consolidar medios masivos de comunicación alternativos al bombardeo continuo de los medios hegemónicos?

En este sentido, Gramsci pone sobre la mesa la importancia de buscar y encontrar una específica vía nacional al socialismo y es, desde ese punto de vista, que puede decir: ‘Una ideología nacida en un país más desarrollado se difunde en países menos desarrollados, incidiendo en el juego local de las combinaciones. Esta relación entre las fuerzas internacionales y las fuerzas nacionales se complica, todavía más, por la existencia dentro de cada estado de sectores territoriales de estructura diversa y con una correlación de fuerzas diversa en todos los grados’. El mecanismo, o la metáfora, de Gramsci es, ciertamente, de interés y aplicable a la Europa actual, añadiendo tan sólo que esta diversidad se multiplica al añadir las acciones y decisiones de esta especie de consejo de dirección que son las estructuras de la UE para el conjunto de países miembros.

Pero el presente se construye sobre el pasado y por ello Gramsci revisa factores o momentos ‘críticos’ de la historia que de nuevo ahora vuelven a ser tan de actualidad: la crisis económica y financiera, la crisis de los partidos tradicionales y su consecuente traslación a la dinámica representantes/representados. Y aquí Gramsci se detiene no sólo en cómo el problema de la hegemonía deviene en crisis de autoridad, sino también en cómo la burocracia deviene la fuerza conservadora más peligrosa (¿y qué es sino esta tecnocracia eurócrata que nos gobierna?). Además no hemos de olvidar que los momentos de crisis o ‘críticos’, han desarrollado las condiciones en las que se han producido las revoluciones o las contrarrevoluciones. Guerra de posiciones, frente único…. ‘Las ideas y las opiniones no nacen espontáneamente en el cerebro de cada individuo: han tenido un centro de formación, de irradiación, de difusión, de persuasión, un grupo de hombres, o incluso un solo individuo que las han elaborado y presentado en la forma política de actualidad’. ¿Cuántos thinkthanks tiene la izquierda alternativa para oponerse al número creciente y el poder de los grupos de ideas y de presión de la derecha?, ¿cuál es su peso en los centros de recolección, elaboración y análisis de datos, o en las universidades?


¿Cuántos thinkthanks tiene la izquierda alternativa para oponerse al número creciente y el poder de los grupos de ideas y de presión de la derecha?, ¿cuál es su peso en los centros de recolección, elaboración y análisis de datos, o en las universidades?


Poulantzas,más recientemente, planteó el problema de Portugal, Grecia y España (el sur de Europa) en el seno de un contexto imperialista mundial en el que las multinacionales invertían en los países, produciendo una emigración masiva de mano de obra (un camino por el que prosigue imparable la globalización). Hoy día, el capital se ha mundializado y se interconecta por encima de leyes, gobiernos y Estados. El juego de contradicciones entre la URSS, Estados Unidos, Mercado Común, que relata Poulantzas, es ahora más sutil y complejo y no sólo está gobernado por gobiernos nacionales y agencias internacionales sino también por agentes corporativos transnacionales.Sin embargo, para los países víctimas del daño colateral de la guerra de posiciones, mantenida con base a los recursos estratégicos o, simplemente, a la dominación, la cuestión es simple y cruda. Por una parte, los tradicionales ‘aliados’ (USA-UE), por otra Rusia, pero también China, etc., planteando batallas económicas en todos los continentes y guerras implacables en el sur y oeste de Asia,o en África. Además la distinción del autor entre burguesía compradora (vinculada a las multinacionales extranjeras) y burguesía interior, ha desaparecido; la burguesía nacional es ahora también multinacional -global-, dadas las conexiones financieras e inversoras establecidas. Los riesgos que aparecen en un país son asumidos como riesgos supranacionales a nivel europeo, o a nivel mundial. Por tanto, ¿los países del sur o del este europeo dependen de los países del centro o del norte europeo o hay una interdependencia mutua? La combinación de estrategias e ideologías de dominación y dependencia muestra un ‘centro hegemónico’ tan fuerte y poderoso que, quizás ahí resida su debilidad: ¿es malo para Grecia, u otro país, marcharse del euro o también lo sería para la UE? ¿La arrogancia de los dirigentes europeos, su miopía, su distancia respecto de los problemas y necesidades de los ciudadanos, facilitara su caída?

Susi Gutiérrez

Susi Gutiérrez

En el siglo XIX un fantasma (emancipador) recorría Europa, una experiencia que en cierta manera volvió a fracasar ante la primera guerra mundial (las socialdemocracias apoyando a sus beligerantes gobiernos) o, con menor virulencia, a finales de los años sesenta y principios de los 70 del siglo XX. Y, ya en el siglo XXI, el pensamiento hegemónico agita la división, que tiene raíces racistas y xenófobas, no sólo respecto de los ‘otros’ venidos de aquí y de allá y distinguidos según categorías tremendamente artificiales (refugiados políticos y emigrantes económicos), sino también en relación a los propios ‘vecinos’, es decir entre Norte y Sur o Este y Oeste europeo. Años y años resaltando y repitiendo la vergüenza (que comparto) sobre la existencia del muro de Berlín y hoy vallas, barreras y muros están a la orden del día a nuestro alrededor, sin que reciban mayor atención que alguna noticia aislada cuando se produce una desgracia mayor. Además, el desempleo, la precariedad, el trabajo atípico, el empobrecimiento, el recorte de los derechos laborales y de la dignidad vital, el acoso a la democracia, salta las fronteras y barreras nacionales y culturales. Ciertamente los partidos y sindicatos tradicionales pierden iniciativa, pero a su lado surgen movimientos de base comunitaria, por ahora aún dispersos y espontáneos, exponentes de intereses parciales y diferenciados, ¿serán capaces de construir una voluntad colectiva?, ¿el pensamiento crítico, las fuerzas alternativas, sabrán aprovechar o perderán de nuevo esta oportunidad?

En este sentido recordemos algunas palabras de Poulantzas, por ejemplo la idea de subversión hacia adentro, es decir, en el interior de los países. Aunque volviendo a nuestros días, y por las reacciones de líderes y burócratas europeos, sobre todo se trata de evitar una subversión griega o, ‘aún peor’ (para sus intereses), su contagio hacia una subversión o una alianza mediterránea.

Finalmente, aún en el contexto en que se escribieron, es decir de transformación de las dictaduras del sur, vale la pena tener en cuenta estas palabras de Poulantzas en 1976: ‘Para volver a la cuestión principal: la experiencia probó, o prueba que el derrocamiento de esos regímenes -es decir, una verdadera ruptura democrática- y su reemplazo por regímenes burgueses pero ‘democráticos’ al fin y no una simple fachada (una mera normalización), es posible también por otras vías que el levantamiento insurreccional masivo, general y frontal de las clases populares’. Es más, para Poulantzas, esta resistencia, esta ruptura, podría adquirir ‘el sentido de una ‘etapa democrática’ en un proceso prolongado, ininterrumpido y por fases hacia el socialismo, [que implicaría] alianzas con fracciones de la burguesía y la hegemonía en esas alianzas, las formas de lucha, etc.’. Una etapa en la que era necesaria la fortaleza y la movilización de las organizaciones alternativas, para explotar las contradicciones internas de las clases dominantes y de sus aparatos de Estado: ‘esas crisis políticas pueden hacer surgir las posibilidades, esta vez auténticamente históricas, de un proceso de transición al socialismo y de real independencia nacional’… A condición (aquí ya se refiere a Francia e Italia que a inicios de los 70 mantenían fuertes movimientos laborales y sociales) de que el movimiento popular ‘y sus organizaciones no se queden a la espera del ‘gran día’ sino que actúen permanentemente para crear las condiciones’ culturales, sociales y, finalmente, políticas y económicas de transformación.Una condición que como, sabemos –críticas a la transición española, por ejemplo- no sucedió. En todo caso, en sus últimas obras (especialmente Estado, poder y socialismo) el autor se debate entre la esperanza en la democracia y en la emancipación (incluso simpatizó con el eurocomunismo), mientras describía descarnadamente los peligros del neoliberalismo y de la involución hacia el estatismo autoritario.

En todo caso, a diferencia de los tiempos de Rosa Luxemburgo, de Gramsci, incluso de Poulantzas, la intelectualidad orgánica o la vanguardia, ya no sólo reside en un partido, sino  en varios y no sólo en los partidos, sino también en los sindicatos y en asociaciones y movilizaciones comunitarias. Pero como en aquellos tiempos la emancipación no sólo puede y debe contemplar la vía parlamentaria y de las libertades formales7, sino también las iniciativas necesarias para alcanzar la hegemonía social y cultural. Éstas, por un lado, han de ser organizativas e institucionales mientras, por otro, han de poner en marcha fórmulas de participación y de democracia directa que contrarresten los inevitables impulsos burocráticos y oligárquicos propios de asociaciones, partidos y sindicatos formales… Sin olvidar la necesidad de unir aquello que el capitalismo dividió para asegurar su dominación: los escenarios públicos y productivos y los privados y reproductivos. Todo es más difícil, pero no menos apasionante.

 

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Pere Jódar es Sociólogo del Departamento de Ciències Polítiques i Socials Universitat Pompeu Fabra. Especializado en sociología económica, sindicalismo y ocupación.

 

1.- Maria Antonietta Macciocchi. Gramsci y la revolución de Occidente, Madrid, Siglo XXI editores. [1]

2.- Frederick Hayek. Camino de servidumbre, Madrid, Alianza. [2]

3.- Nicos Poulantzas. La crisis de las dictaduras (1976) o Estado, Poder y Socialismo (1979), Madrid, Siglo XXI. [3]

4.- Thomas Piketty. El capital en el siglo XXI (2015), Madrid, Fondo de Cultura Económica. [4]

5.- Edward P. Thompson. Tradiciónrevuelta y conciencia de clase (1979), Crítica, Barcelona. [5]

6.- Loïc Wacquant. Castigar a los pobres (2010), Barcelona, Gedisa. [6]

7.- Rosa Luxemburgo. Huelga de masas, partido y sindicatos, Madrid, Siglo XXI; La Revolución Rusa: https://www.marxists.org/espanol/luxem/11Larevolucionrusa_0.pdf. [7]